El Comeviejas Del Roca. Autor: Mauro Gastón Fernández

Habrá sido una mera casualidad de la vida o el propio destino el que me llevó a viajar en el mismo vagón tres veces en una semana, para luego poder contar esta historia que debe ser conocida y recordada por todos aquellos buenos corazones viajeros.

Se trataba de un ilusionista. Un tipo de unos 29 años con la cabeza bien puesta y una presencia intachable que podría ubicarlo en los restaurantes más finos del barrio de Hudson. No era cualquier ex convicto, éste no llevaba tatuajes ni heridas de bala, solo guardaba silencio y decía todo con su mirada.

Una mezcla de George Clooney y Paco Tous pocas veces vista en la zona, vestimenta que marcaba tendencias y un perfume similar al desodorante de ambiente que usábamos en casa. Elegancia en su estado más puro, el tipo tenía una imagen bien ganada en los andenes de Constitución y era un viajero frecuente de los trenes del conurbano como así también un pasajero eterno en los corazones de las señoras más codiciadas del Roca, la línea de trenes más temida en la zona sur de la Provincia de Buenos Aires.

Se trataba de una leyenda, de un tipo muy respetado y admirado en el ambiente. El saludo de los vendedores ambulantes y de aquellos que mendigaban monedas con postales religiosas demostraba que tenía una gran pisada en los pasillos de los vagones, aunque generalmente viajaba en el estribo (el último escalón de la puerta del vagón) para romper las reglas y afianzar su rol dominante.

Imponía respeto, hasta los encargados de seguridad del tren agachaban la cabeza al verlo al costado de la puerta, fumando un cigarrillo o tomando cerveza fresca, con la campera de cuero, la camisa dentro del jean ajustado y los zapatos negros cargando un maletín que seguro se encontraba lleno de euros o metales preciosos.

Eran mis primeros días currando en Capital Federal y el Roca era mi transporte de regreso a La Plata para poder achicar los costos. Debía pagar derecho de piso, lo sabía, eran todas caras conocidas y yo no era del grupo. Escuchaba los comentarios por lo bajo, “este chaval seguro viaja en el autobús a la mañana”, “carne fresca”, “este tío no dura una semana”…

Era cierto, a la mañana me tomaba el autobús para viajar más tranquilo, pero la caída de la noche a la vuelta era mi peor compañera, no iba a poder sobrevivir a los viajes por mucho más tiempo.

Tuve suerte y aprendí de la casualidad en mis primeros tres viajes, donde la coincidencia o el destino estuvieron de mi lado. Junto a la vieja leyenda del ferrocarril nunca me pasaría nada, al chaval no le gustaban los líos y eso era de conocimiento público. En su vagón reinaba la tranquilidad y el respeto.

Quizás eso era lo que las enamoraba, o quizás era la brisa que entraba por la ventana que solo él podía bajar cuando se trababa. Tal vez no era nada de eso, tal vez se trataba de un simple mortal, pero yo estaba dispuesto a descubrirlo, quería saber todo sobre la leyenda más inquietante del Roca.

Se bajaba en Pereyra para luego perderse entre los árboles de la reserva más grande del conurbano bonaerense. Tomaba siempre el tren de las 18:30 como lo hacíamos muchos de los que salíamos a las 18, y puedo jurar haberlo visto en la línea C del metro en una de esas tardes, a la altura de Mariano Moreno.

No sacaba boleto y todos los guardas eran cómplices de ello, nadie se había animado jamás a exigirle el pasaje ni que saliera del estribo. El tipo era el rey de la selva y ninguno se levantaba a luchar contra ello.

Cuenta la historia que un día tuvo que hacer doble turno y salió del trabajo a las doce y media de la noche, por lo que llegó al último tren, al temido “tren blanco”. Se trataba del tren chatarrero, ese en que nadie se animaba a viajar.

Un tren destruido, sin asientos ni luces, sin puertas ni ventanas. Daba miedo por sí sólo, pero más aún cuando estaba lleno, era lo más parecido a un film de Resident Evil.

Las peores historias publicadas en los diarios Clarín y La Nación venían de ese mismo tren, era prácticamente la fuente de información para la sección “policiales” de esos grandes diarios argentinos.

“Asesinan a joven y luego arman un asado con su cuerpo en furgón del tren blanco”. “Violan grupalmente a un jubilado en tren cartonero y secuestran a su esposa, no piden rescate, la obligan a prostituirse en el barrio de Ituzaingó”. “Otro robo en el tren blanco, no hay detenidos y buscan el cuerpo de la víctima”.

Era una cuestión de sentido común, el tren cartonero era territorio privado de los mendigos y sin-techo de los barrios más humildes del conurbano. Zona liberada, ni siquiera los maquinistas se animaban a manejar la locomotora por lo que le pusieron rejas y dos policías dentro la cabina.

Pero por algo existen las leyendas y llegan a ser tales. Este tipo no le temía a la muerte ni a la tortura. No lo asustaban las historias de degollamiento ni de toma de rehenes en el tren blanco. Él necesitaba viajar y no buscaría un camino alternativo, el ferrocarril lo había visto nacer y nunca lo dejaría de lado, por nada en el mundo.

Según sus discípulos, fue ese día en que recibió la cicatriz en su brazo derecho. Por la misma se podía notar que nunca le dieron puntos aunque seguramente los hubiera necesitado. Fue un enfrentamiento a muerte, pero él apenas salió herido.

Era un vagón como cualquier otro del tren blanco.  Unos veinte cartoneros tirados en el piso junto a sus canastos robados de Wal-Mart o Carrefour, tomando un vino o comiendo un sándwich de mortadela. Cansados, tomando una cerveza o fumando un cigarrillo, los tipos solo querían regresar a sus casas, los que tenían…

Pero como solía pasar, había dos ‘locos’ que se creían la hostia del convoy, y fueron por él.

La era “eh amigo” (una forma de llamarse entre los jóvenes de las villas que ganó popularidad y marcó un nuevo estilo de vida), se asomaba como la nueva tendencia en el orden cultural de la sociedad y en esta ocasión se reflejaba a la perfección.

El enfrentamiento verbal que tuvieron los dos chavales del furgón con la “leyenda del Roca” sería parte del último libro de John Katzenbach. Esa noche también se ganó el respeto del tren blanco. Ya conocimos su herida, pero resulta difícil describir las de sus dos víctimas.

Había estado preso varios años. La primera vez por robo a mano armada en Varela y la segunda por golpear a un oficial en un intento de robo en Calzada.

Pese a no llegar a los 30 estaba bastante arruinado, parecía de no menos de 36. Según pude ver en un mensaje de texto que se escribía con una mujer, tiene como mínimo una hija a la que nunca le dejaban visitar por sus antecedentes penales.

Era hincha de Independiente de Avellaneda, fanático de Bielsa y seguía al Barça de Messi por televisión cuando podía. Militaba cerca de Moyano, el líder del Sindicato de Camioneros, y contaba seguido en su cabeza los años que le faltaban para jubilarse y mudarse a algún pueblito del norte del país para descansar en paz, en su eterna soledad.

Quizás eso era lo que las volvía locas, su mirada perdida en el tiempo y su imaginación inspirando a todos los de alrededor a volar un rato en el espacio de la mente.

Lo cierto era que se morían por él. Era el Brad Pitt del ferrocarril, el Hugo Silva del ramal La Plata-Constitución, el seductor del Parque Pereyra, o más conocido por todos en el vagón como “el comeviejas del Roca”.

Pude darme cuenta enseguida, el tipo se mostraba tranquilo, pausado, esperando a que su presa cayera en la trampa. Posaba su mirada sobre alguna dama posiblemente viuda o divorciada para crearle expectativas y despertar los latidos de sus apagados corazones.

Apretaba sus manos contra sus bolsillos para remarcar su equipaje y despertar la atracción de aquellas blancanieves que desde hacía mucho tiempo no conocían a ningún enanito. Se desabotonaba un poco la camisa y rozaba su mano por su pelo para dar el toque final que las ponía en el lugar que él las quería.

Se ubicaba siempre donde debía, achicando el margen de error para la conquista. Estudiaba estratégicamente a su presa durante unos momentos buscando los puntos más débiles para efectuar su ataque. Y hacia allá iba.

Se acercaba lentamente a su target y buscaba generar un roce que muchos de nosotros notábamos pero pretendíamos no hacerlo. Nadie, por nada en el mundo, quería poner incómodo al “come-viejas” mientras buscaba efectuar el jaque-mate que le daría por ganada la partida.

La más joven tendría 54 años, él no se andaba con nenas. Se aseguraba la victoria y eso nadie podía ponerlo en discusión. El Parque Pereyra había dejado de ser el lugar silencioso que algunos llegamos a conocer alguna vez. Siempre bajaba acompañado y todos actuábamos como si no nos enterábamos de nada.

Esos eran los códigos, todos éramos cómplices de su accionar y él nunca cambiaría su forma de actuar. Su vida correría siempre esa misma suerte, la de triunfar en el afecto y reanimar aquellos corazones dormidos que alguna vez supieron encender la mecha de viejas historias de amor.

Pude aprender mucho de la leyenda del Roca. Busqué ganarme su cariño. Se me había vuelto una costumbre, llegar al andén y  buscar entre los vagones a la vieja leyenda para viajar protegido, sabiendo que quizás algún día yo sería su sucesor.

Él también lo presentía, alguien iba a tener que heredar su legado en un futuro, y por momentos yo me daba cuenta de lo que hacía: buscaba alrededor suyo a quien sería el elegido.

No sería nada fácil ocupar ese lugar, pero sí valdría la pena el esfuerzo. Mientras tanto resultaba imprescindible para mí viajar junto al “come-viejas” para contar con la seguridad en mis regresos a la ciudad de La Plata.

El destino tenía un papel preparado para mí, eso yo lo sabía. Quizás se trataba de éste.

 

Anuncios

Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    El comeviejas del Roca tenía todo para volverlas locas, sobre todo esos aires de misterio y rudeza.
    Espero que el narrador llegue a ser un buen y digno sucesor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s