Divagaciones en Londres. Autor: Gloria Olguin

Entre sorbo y sorbo buscaba la forma de aceptar mi partida a mundos dimensionalmente desconocidos, aunque  tampoco sabía si tendría la  más mínima posibilidad de encontrar alivio a ese mutismo que  nos separaba con Aníbal, llevados por el orgullo y la soberbia.

Nunca porteamos hasta nuestra estación menoscabada, cada cual volvió a su territorio …  él a su tierra natal y  yo a los vientos …  decidida a  viajar a perderme entre los modernos edificios y las tradicionales fachadas de ladrillo que componen Londres.

Con mi piel húmeda y largas sombras, ya en el hotel ubicado en King’s Road, los trastornos producidos por el síndrome del  viaje se  apoderaron de mí …  sentía mutismo en mis piernas y un somnoliento cansancio, amén del inevitable cambio horario.

Dura lucha me resultó despabilarme  e   internarme por las mágicas calles de Londres. Mi lento andar me permitió  disfrutar de todos aquellos detalles que el corriente de las personas no alcanzaba a  percibir por su acelerado caminar … rostros duros, afables, sorprendidos, insinuantes, molestos, amables; todas las características de la especie humana reflejadas entre ceja y ceja,  desfilando ante mi vista, en un conjunto que lo hacía especialmente atractivo y misterioso.

Me desplazaba en cualquier sentido, no me molestaba ninguno, todos manifestaban su impresión de ser señoriales y de llevarme a destino …  un destino  que jamás había visitado … Tras ecos turbados de sol me detuve frente a las Casas del Parlamento,  por la acera caminaban nobles personajes con una leve sonrisa enmarcada en sus rostros, mientras en el sugestivo cielo pintado de grises  nubes preñadas,  resaltaba la figura oscura del Palacio de Westminster, la abadía que encierra los sepulcros de reyes y grandes hombres de Inglaterra y que hoy corresponde a parte del municipio londinense, siendo el templo más famoso de este reino y  en el cual se celebran las ceremonias nupciales y de coronación de la realeza.

Como lamentos de pesar el majestuoso sonar del reloj en la torre del  Big-Ben desgranando una hora más me transportó hasta mis hijos…  me pareció escuchar su susurro mezclado entre el ruido del mar …  aquel que tan sólo se siente …  al tiempo que una ronca sirena del puerto me devolvía  frente a la luz roja del semáforo.

Con mis pupilas un tanto sombrías, me sentía deseosa de escudriñar en las ansias de gozar y vivir de los espíritus londinenses y  en su señorío olvidado tras el trueque con una existencia plena de intrigas y placeres subyugados. Pero, bueno, la sublimidad del entorno me rescató de mis pensamientos con una sensación de exteriorizar por medio de la evasión todos mis desgarramientos emocionales y me llevó a recorrer las intersecciones de la Abadía , circundada por Whitehall, Downing Street, el Foering Office y  la Catedral de Westminster.

En la cúspide de mi inspiración encontré  allí a la aristocracia en pleno concentrada en sus esparcimientos intelectuales y literarios, demostrando su protección a los poetas y artistas,  cual fantasmas descansando en los rincones resplandecientes de las mentes, para brillar por siempre.

Fue entonces cuando, plena de sensibilidades eternas,  Rudyard Kipling se presentó ante mí, de la mano de aquellos personajes que lo llevaron a través de  sus versos en  un estilo fotográfico, directo y vigoroso,  a convertirse  en el bardo por excelencia del vasto territorio británico. Lo observé con desdén, su calvicie era tan notoria como sus gruesos bigotes, me extendí hacia él  en son de un abrazo, pero, no temas, no es el tipo de hombre con el cual haría el amor  …   el desprendimiento de todas sus rimas infantiles se trocaron ante las ambigüedades de la realidad del siglo veintiuno, logrando entender que  perdura entre la vida y la muerte y que es presencia y ausencia en la más perfecta amalgama de escritos que nos nutren a lo largo de la existencia.

Construyendo una morada silente en mi alma, mis pasos continuaron avanzando …  una luz extraña trajo hasta mi magín, como el bosquejo de un boceto a carbón, la imagen de Francis Bacon. Su rostro triangular perfectamente dividido por una larga nariz estaba coronado por un sombrero de copa levemente alado con su cuello coronado por un ruedo de encajes almidonados de siete vueltas, como queriendo atrapar todas las ideas de  aquel filósofo y político inglés propagador y defensor de la nueva ciencia de la naturaleza y del método inductivo. Inmersa en su recuerdo me transporté  al siglo XVI y me pareció escucharlo exponiendo sus propósitos de renovar el saber  basado en el reinado del hombre … ¿te imaginas si hubiese sido su condiscípula en el Trinity College de Cambridge, allá por 1564? … ¡qué locuras hubiesen surgido de esas aulas! …

En la templanza de mis pupilas, un trío de damas muy bien acompañadas por un maduro varón de barba incipiente y cabello blanco, adosadas al límite de mi abstracción, devoraban con prismáticos  cada uno de los detalles de la gran Catedral … no recorrían por su mente los históricos personajes, sino el recuerdo de la boda de la princesa …  nutriéndose de ella para la bitácora de su viaje, al igual como lo hacía yo para la de mis escritos.

Desvaneciéndose uno a uno comenzaron a retirarse de mi imaginación los grandes personajes que escribieron historia en el viejo mundo, como las páginas de un libro que se cierran lentamente luego de haber sido leídas, con la desconcentración que producía el murmullo de tantas lenguas escudriñando en los rincones del tiempo, sin importarles cuán inmersa pudiese estar en mis cavilaciones; es que para ellos eso no era más que el punto exacto donde confluían todos los tours que llevaban a recorrer Londres en un viaje a Europa…  para mí en cambio era disfrutar la luz de la cultura menos difundida en nuestro entorno latinoamericano, cruzando por aquellos vértices que existen tan sólo en el plano de quienes escudriñan en viejas enciclopedias o entierran sus narices en bibliotecas.

Aquellos sillones también trajeron a mi entorno a  Mac Millan enjugándose una lágrima tras el escándalo  que le provocaron en su gobierno dos de esas llamadas “chicas alegres” y las alteraciones que ellas introdujeron es sus sentimientos vertidos en ausencias …  todo en contraste con la personalidad de los ingleses repletando estacionamientos con coches de todos los modelos, bebiendo razonamientos especiales en su garganta,  discutiendo acaloradamente en los bares sobre la lógica del sentimiento que no deja de ser más allá que una caricatura de la lógica racional, escribiendo poemas a su amada o cartas a algún familiar lejano desde un banco de los tantos corredores de los edificios o tomando el té en una de las salitas con vista al Támesis …

En la ribera de los días mis pasos continuaban avanzando torpemente por el centro de West End  y    en medio de esa tolerancia mutua que existe entre los transeúntes londinenses.

Con cierta prisa me dirigí en  el carro hasta un rincón de Hyde Park,  donde las divagaciones son respetadas y bien custodiadas por policías que incluso me hicieron apagar el motor    para no molestar al orador de turno.

Con una sonrisa asomando el brillo de mis albos dientes, le dirigí algunas preguntas a un transeúnte, quien,  en un perfecto inglés, comprendió que nada había entendido de tan elocuente discurso (en sensaciones y contenido) solicitándome que fuese más explícita en mis aclaraciones. Ante ello me referí tan sólo a las emociones transmitidas en su rostro por tantos veteranos como aquel que veía avanzar las manecillas de su reloj diariamente en un rinconcito del Hyde Park.

Decidí caminar un rato en medio de la penumbra por una angosta acera británica.  En el quieto follaje del río meciendo suspiros,  cada paso variaba mi prisma de observación …  fue entonces cuando me sorprendí ante una joven negra que repetía como pavoneando su lengua ante los ojos de quienes habíamos llegado a la intersección justa de su vértice, en un perfecto francés, el poema “El huérfano” … sensibilizando mi piel y mis recuerdos  … hasta sentir rodar más de una lágrima por mi rostro al repercutir en mis sentidos  su verso final   y el taconear de los pasos alejándose con tan sólo un menear de la cola al no  recibir  hasta sus carencias ni al menos medio euro.

La noche invitaba a un paseo y decidí despertar  mis sentidos. Distinguida y audaz me interné por Piccadilly,  resaltando en mi pecho un pendiente de oro con engarzados de brillante.

Como corresponde a un  buen barrio inglés ingresé a una Cafetería cercana ordenando me sirvieran  cake y el bien conocido té  negro  … desde una mesa al poniente, un hombre con traje azul y un vistoso reloj de oro, degustaba  bizcochos con jerez y   no despegaba la vista sobre mis piernas … no despegué la vista del cristal por donde desfilaba todo tipo de personajes,  como en una noche de fiesta … y tampoco dejé de observar de reojo a  aquel lord que no cesaba de mirarme.

Al día siguiente me   trasladé muy temprano  hasta la Plaza Eaton Square, una larga plaza rectangular atravesada por la calle Sloan Square, barrio donde residí temporalmente durante mi estadía en Londres.  Allí mis ojos se perdían en las blancas fachadas de las casas …  con sus atrios de dos columnas sosteniendo el balcón … ¡cuántas historias de amor se habrán tejido bajo ese alero

¡Cuánta historia guardan esas fachadas! …  algunas ya perdidas y otras que han sabido atesorar a través de los años los secretos de una monarquía.

Me acerqué nuevamente a las blancas murallas,  en un  intento de rememorar historia, pero no aquella escrita en los gruesos libros que guardan  las bibliotecas …  ¡no! …  quería llevar hasta mi mente los momentos que se escondían tras los cristales y bajo las sábanas inmóviles y silentes de un pasado.

Fue entonces cuando evoqué a la época marital  londinense del siglo XV  …  tras aquellas ventanas cubiertas de un insinuante velo …  me pareció escuchar las insinuaciones que  lady Annie le hacía a su amado … estaba  dispuesta una vez más a excitarlo con ese lenguaje libertino que brotaba de sus labios y que llevaban a evocar situaciones fantasiosas …  para luego cabalgar sobre él cual si fuese una bestia.

Seguí caminando …  me encontré frente a aquellos murallones en los cuales  tras el portal  el  Conde Ed Grodfold visitaba a  su amante … exploraban allí las más íntimas caricias … y consumían horas de lujuria y placer en orgasmos delirantes que los llevaban a separar sus almas de sus cuerpos.

Mis pasos me llevaron hasta la señorial mampara tras la cual  residían el Duque de Berrington y su agraciada esposa …  una jovencita de respingada nariz y cola, que se empavonaba cada vez que su amante esposo cruzaba el umbral de la recámara con los destellos del sol en los hilos dorados de su traje …  cual haces insinuantes para una nueva jornada en la cama … no tardaba en despojarlo de sus ropas …  con sus frágiles y rosadas manos …  para deslizar sus dedos presurosos (y por qué no decirlo, también su vista) hasta la imponencia del  viril miembro que la transportaba al máximo de los orgasmos …  hasta desvanecida tumbarla. Tras aquel desmayo  tropecé con la otrora mansión de Lord Alfonso Skrangher y me pareció ver desfilar uno a uno los momentos aquellos en que él se deleitaba con las más bellas mozas de la alta alcurnia londinense, que bien ocultas traspasaban la mampara de cristales vitreados.

Primero vi ingresar a Lady Bett Anglincs …  entera de rosa …  con una mantilla de seda en el tono sobre el amplio vestido de tafetán … cruzó el amplio pasillo y se dirigió directamente a la recámara donde Alfonso la esperaba desnudo … cubierto tan sólo con una sábana …  tumbado sobre unos cojines de piel al costado de la chimenea … se arrodilló ante su cuerpo y éste entrecerró sus ojos para dejarse seducir por su amante … mientras …  ella  desabotonaba los broches de perla y oro de su traje …   perplejo …  lord Skrangher vio aparecer entre los dos bordes rosa la dorada silueta de Bett … coronada con sus senos erguidos y de profundos pezones oscuros … su vista se desorbitaba bajando por las curvas de su amada …  hasta enredarse en el cinto rosa del cual pendían cadenillas de plata que sujetaban las medias y que bien custodiaban aquel triángulo perfecto de  ensortijados vellos claros …  su virilidad traspasó más allá de la sábana blanca …  para perderse justo allí … en la inmensidad de la humedad quejumbrosa de su amada …  y  fluir en su ser …  cual  barrera que abre de par en par sus trancas … hasta despojarla toda de sus vergüenzas y sus ansias.

Luego fue el turno de la duquesa Isabel de Crafghill … iba toda de rojo …  cubierta con una mantilla de brocado de oro y su cuello cubierto de encajes …  seguramente Lord Skrangher la esperaba en la tina del baño porque tan sólo escuché el tintinear del agua al ser penetrada por las delicadas piernas de  Isabel … ella lo acariciaba por todo el cuerpo …  mientras Alfonso reposaba su cabeza en sus senos … lo atrajo hacia sí … a horcajadas … se afirmó en sus caderas para  moverse rítmicamente …  ambos en posesión de sus cuerpos … hasta confundir sus líquidos con el agua cristalina de la bañera.

La verdad, no vi cruzar aquellos umbrales por prostitutas, al parecer éstas estaban destinadas a los esclavos, no a la alta sociedad inglesa.

Lo que sí puedo contarles es que descubrí un amor de homosexuales, aunque la homosexualidad estaba muy difundida entres los condenados que debían pasar largos períodos de abstinencia femenina y no encontraban otra solución a sus escapes libidinosos que el satisfacerse entre ellos; también existía en la alta alcurnia.

Fue allí …  en la mansión del Duque de Gerald …  donde lo descubrí …  en una travesía lenta y angustiosa que realizó Lord Faldregh desde el borde de la acera hasta el dintel de la recámara …  el resto lo dejo a tu imaginación …  sólo puedo decirte que resaltaba en mis sentidos el  aleteo desenfrenado …  y la sombra de los dos hombres tendidos sobre la cama.

Claro está que,  inserta en la realidad,  todavía no cesaba de admirar a un maduro británico descendiendo de su elegante coche negro; cuando ya había cedido ante los atractivos que afloraban en un londinense de cabello  ondulado, descendiendo de una Harley Davison y  enfundado en pantalones de cuero.

Estaba inmersa en mis cavilaciones cuando me distrajo una sinfonía de carcajadas  que reventaba en la pacífica  Plaza  Eaton Square, pero grande fue mi sorpresa al percatarme que nadie se inmutaba ante ella. Guardé todo mi entusiasmo para observar cuando cruzara en línea recta la Plaza y me animara a abandonarla entre aquellas tantas personas  que circulan raudas por Chelsea o Carnaby Street …  mientras …  seguía ensimismada en las fachadas de las casas.

Me regresé  al Hotel …  por ese día  … tuve   bastante  …

Esa noche debo reconocer que dormí a sobresaltos, me costó conciliar el sueño en el afán de retener en mí la imagen ignorante de mi drama; juzgaba lo conveniente que era permanecerlo  en mis retinas hasta terminar con mi obra.

Mientras regresaba de mi visita matinal por la calle próxima en la cual disfruté del desfile de la más hermosa, liberal y extravagante generación europea, con jovencitas rubias de cabello aún chorreante, cual Venus en estado presexual despertando la líbido de todos quienes se les cruzaban … mis cavilaciones fueron interrumpidas por un cable del trolley que cedió a la calle emitiendo chispas, como una protesta tan intensa por el uso desmesurado durante años en el transporte de londinenses. Lo observé con cuidado, me pareció desfigurado, deseoso de huir de la vista de los transeúntes, hasta sumirse entre sus fierros en la más profunda melancolía.

Medité unos instantes sobre el espíritu que mueve la materia, en esos momentos en que un cable se desconecta de la  energía y el tralley se sume en una terrible emergencia, olvidando su capacidad de movimiento y creyendo firmemente que sin  sus músculos de acero ni su sangre eléctrica  es incapaz de recuperar la condición de “king street”.

Continué mi caminata y me sentía un gusano reservado y estereotipado … arrastrando emociones hasta la fría Plaza Eaton Square … simplemente parecía un extraño engranaje de lo que llamamos humanidad … 

Al día siguiente amanecí con la seguridad de haber asumido mi inevitable final y el de  tener  todo el material necesario para mi libro, por lo  que ya no se justificaba mi permanencia en Londres, pero no podía partir sin antes pasear lentamente frente a las vitrinas de Carnaby Street, cercanas a Piccadilly.  Debo confesarles que me rejuvenecía al ver pasar ante mí a cientos de jóvenes … cabelleras largas en honor a la voluntad del Creador …  desinhibidos, sin la herencia de las preocupaciones clasistas de sus padres … intuitivos… prácticos … traspasando todo el encanto de Westminster a Chelsea y permitiendo que las campanadas del Big Ben  fuesen escuchadas en el mundo entero.

El transcurso del breve tiempo y espacio que me separaba de esa habitación del Hotel hasta la escalinata misma del avión, era la distancia perfecta de la separación final entre una subordinación esclavizada y la liberación organizada de un destino.

El transfer demoraba más de lo debido y comenzaba  a inquietarme.

Entonces …  llegó el carro …   me acercaba lentamente al momento en que tomaría el avión y  colocaría punto final a esta historia.

Me sentía inquieta y presuntuosa ante el desconcierto de marcharme …   mientras …  se agilizaba mi embarque en el  Heathrow Airport …  sin darme cuenta  me encontraba ya en el borde de la manga  del avión … avancé pausadamente … ya no tenía prisa … y …  más allá de todo …  me embargó el silencio.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Un recorrido por Londres bien acompañada por fantasmas…fue muy interesante lo vivenciado por la protagonista.

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