Perdidos en el silencio. Autor: Chiltak

Vivían sumidos en la monotonía y el aburrimiento. Cada mañana, Elisa se levantaba la primera. Se marchaba a trabajar sin despedirse, dejando a Sergio todavía en la cama. Después de una larga y dura jornada laboral volvía a la casa que compartía con él y que aún no sentía suya. Realizaba sola todos los trabajos domésticos. Él llegaba tarde, a la hora de cenar cena, cuando ella lo tenía todo preparado. Sin mucha ceremonia, comían en silencio ante el televisor.

Llevaban tres años juntos. Durante los primeros meses, en los ratos que pasaban juntos, hablaban, reían y manifestaban su amor constantemente, con besos, caricias o abrazos. Después, todo había cambiado, sin que ninguno de los dos pudiera determinar cual había sido el momento y el motivo del cambio. Su relación se había desgastado, parecía que los dos habían perdido la ilusión y que ninguno de ellos sabía como reflotar su amor.

Sergio planeó el viaje con la intención de forzar un reencuentro entre ellos. Buscaba la forma de superar aquello que los había separado y resucitar los antiguos sentimientos.

No encontró en ninguna agencia de viajes un destino que le satisficiera. No quería un viaje convencional, que los mantuviera siempre rodeados de gente y ocupados todo el día en numerosas actividades. Quería algo diferente, algo más original y a la vez más íntimo que permitiera un acercamiento entre ellos.

Se le ocurrió elegir el lugar de una forma divertida, implicando a Elisa, a la que pidió que marcara un punto en el globo terráqueo, con los ojos cerrados. En dos ocasiones ella, posó su dedo sobre el azul del inmenso océano pacifico. En el tercer intento tocó tierra: Mongolia. Aquella elección, casi al azar, entusiasmó a Sergio. Elisa, algo reticente, no tuvo fuerzas para expresar alguna de las muchas objeciones que se le ocurrían, por lo que optó por callar.

Durante las semanas anteriores a su partida, dedicaron muchas horas a buscar información sobre aquel lugar y a la lectura de la historia y las costumbres del país sobre el que lo desconocían todo. Con la preparación del viaje se sentían más animados, volvían a comunicarse y a compartir proyectos, lo que produjo una sensación de acercamiento entre ambos.

Hicieron coincidir su llegada, con el festival que se celebra cada año a finales de julio.

Volaron hasta la capital. Desde el avión antes de aterrizar vieron la panorámica de una ciudad relativamente pequeña, presidida por las torres de refrigeración de una central nuclear. La primera impresión, con la visión de aquellas dos columnas de humo blanco fue decepcionante.

Desde el taxi que los llevaba al hotel, la imagen de la ciudad no mejoró. Aparte de algunos ger1, establecidos en las afueras de la población, el resto de la urbe era en realidad una ciudad del siglo XX, al estilo soviético, con grandes bloques de pisos en estado de dejadez y abandono, que parecía colocados sin ningún orden determinado. La ciudad no presentaba la regularidad de las ciudades europeas. Ante la ausencia de aceras los viandantes se veían obligados a caminar por la calzada, corriendo el peligro de ser atropellados por los vehículos que circulaban a gran velocidad, sin detenerse en los pasos de cebra. Ninguno de los dos se atrevió a expresar su desencanto, ambos optaron por callar, mientras mostraban una sonrisa fingida.

Sí comentaron, la sorpresa que les produjo el aspecto de los hombres, eran mucho más altos y corpulentos de lo que habían imaginado, ya que sin ninguna base real esperaban que fueran bajitos y delgados. No vieron a nadie con ropa tradicional, todos hombres y mujeres vestían de modo convencional. Incluso los jóvenes parecían estar a la última moda con los pantalones caídos enseñando la parte superior de su ropa interior.

Cuando llegaron al hotel, Elisa, se dejó ganar por el abatimiento, aunque se excusaba en el cansancio del viaje, en realidad sentía una gran tristeza. No quería hablar, ni tampoco quejarse y optó por callar. Permaneció ausente toda la tarde mientras visitaban la ciudad. Inmersa en sus propios pensamientos, no prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor y apenas si se fijó en los vestidos tradicionales que llevaban algunos hombres.

Salió por un instante de su mutismo, cuando pasaron a su lado algunos jinetes. Los caballos galopaban por el centro de la urbe. Era realmente llamativo ver la fortaleza de aquellos pequeños animales, que podían correr a pesar de llevar sobre su lomo a aquellos hombres corpulentos que prácticamente rozaban el suelo con los pies.

Sergio estaba disfrutando del ambiente, mientras Elisa seguía perdida en la nebulosa de sus pensamientos, incapaz de contagiarse con el entusiasmo que mostraba su compañero.

La ciudad se preparaba para recibir la visita de los nómadas que desde las distintas partes del país, acudían al festival. Aquel era el acontecimiento más importante del año ya que no sólo era una gran competición deportiva, sino también la escusa para reunirse con familiares y amigos. Aparte de otras destrezas, las carreras de caballos constituían una de las principales actividades.

A la mañana siguiente fueron a la gran explanada en la que se celebraban las carreras. Un numeroso público se había dado cita allí, los participantes eran recibidos con gran entusiasmo por los asistentes.

Allí pudieron admirar con gusto, la indumentaria tradicional que vestían familias enteras. Cerca del riachuelo habían instalado los ger. Aquella visión permitía retroceder con el pensamiento hasta los tiempos de Genghis Khan.

Mantenían encendida grandes hogueras en las que se asaba la carne lentamente. Alrededor de las fogatas se reunían pequeños grupos charlando animadamente, sin olvidarse de atizar el fuego para que no faltara la leña. Los niños jugaban alegres en la pradera.

La afluencia de público aumentó según avanzaba el día. Sergio disfrutó tanto con los caballos, como con las costumbres de los nómadas. Elisa al finalizar el día parecía menos ausente, y por primera vez en muchos meses de su boca brotó una franca sonrisa.

Al día siguiente dejaron el festival y la capital y comenzaron su viaje por el interior de Gobi. Habían alquilado un vehículo todo-terreno y pretendían pasar una semana, recorriendo el desierto, sin otra ayuda que una brújula y una estación de radiofrecuencia.

Sus conocidos, les habían advertido de la locura que suponía internarse en el desierto, sin la asistencia de un guía local, pero Sergio había sido inflexible, quería vivir la experiencia así. Engañó a todos mostrando la seguridad de un avezado aventurero, aunque sus pensamientos eran muy distintos. Sabía que su relación con Elisa, peligraba y esperaba que la vivencia de una semana totalmente solos ayudaría a resolver sus problemas. Acostumbrado a no comunicar sus sentimientos, deseaba que no fuera necesario buscar el momento para hablar, sino que simplemente la ocasión se presentara sola. Confiaba en que aquella aventura los uniera de nuevo.

Llenaron el coche con numerosas garrafas de agua, comida suficiente para una semana, un tanque de gasolina y dos ruedas de repuesto. Salieron de la ciudad, por una de las pocas carreteras asfaltadas del país. Antes de llegar al kilómetro treinta abandonaron el asfalto y se internaron en la estepa, viajando siempre con rumbo suroeste.

Durante algunas horas siguieron las señales de las ruedas de otros vehículos, pero después se internaron en el desierto. No volvieron a ver ningún camino, ni siquiera vallas que separaran las propiedades. Ninguna evidencia marcaba diferencias, todo lo que tenían ante ellos, por los cuatro los puntos cardinales, era idéntico.

No se sorprendieron al no encontrar ninguna persona. Divisaban a lo lejos rebaños de cabras

o manadas de camellos, pero ningún vestigio de los seres humanos. Continuaron hacia el sur y el calor fue aumentando, hasta ser insoportable al mediodía. Sin ninguna sombra bajo la que refugiarse abandonaban el coche solo para estirar las piernas.

Al caer la tarde se detenían. Montaban su tienda y se sentaban a contemplar como el sol se transformaba en una gran bola rojiza que desaparecía lentamente por el horizonte. Después de cenar bajo la luz de la luna, cuando la temperatura disminuía, daban un pequeño paseo, respirando el aire puro.

Los días se sucedieron idénticos y ellos no parecían encontrar el momento adecuado para hablar sobre sus problemas. Sergio se sentía cómodo, aquel viaje había transformado sus sensaciones y llegó a pensar que el silencio y soledad causaban un efecto balsámico en sus heridas emocionales. Estaba tranquilo y satisfecho, disfrutando de cada minuto con la serenidad del paisaje, ignorante de su dificultad para empatizar con los sentimientos de su compañera.

Elisa, abrumada por sus pensamientos, se replegaba en sí misma, observaba a Sergio, como si se tratara de un desconocido. No quería hablar con él, temía que si la conversación pendiente se producía, llegaran los reproches y quizás también alguna discusión y en aquel lugar perdido del mundo lejos de la civilización ella no podría encontrar un lugar seguro en el que refugiarse. Optó por callar. En aquellos días llegó al convencimiento de que su relación estaba muerta. Al volver a casa tomaría las medidas oportunas.

El viaje continuó, sin asperezas aparentes entre ambos. Cada mañana se despertaban con las primeras luces del alba, contemplaban la salida del sol y reanudaban poco después su camino.

Durante cada jornada se dejaban envolver por aquella la llanura sin fin que los hipnotizaba, de noche bajo la luz de las estrellas era la magia del silencio lo que cautivaba su atención. Vagar por aquellas tierras, infundía sensaciones difíciles de explicar. Nada parecía tener sentido fuera del sol, la tierra y el cielo que los envolvía. Disminuyeron la velocidad, él se concentró en cada una de las sensaciones que provocaba la soledad de aquellos parajes, mientras ella intentaba reprimir, sus continuas ganas de llorar.

No fueron conscientes de haberse perdido ni siquiera, cuando el agua o la gasolina empezaron a escasear. La magia del desierto se había apoderado de ellos, solo parecía importar aquel horizonte imposible de alcanzar y la serenidad que emanaba de cada una de las pequeñas colinas que ondulaban el paisaje. Incluso el alma dolorida de Elisa se calmó, abriendo una pequeña puerta a la esperanza. El ronroneo del motor era el único sonido que rompía aquel silencio reverencial y casi místico.

Pesaron en racionar el agua, pero ninguno de los dos hizo el esfuerzo por comunicárselo al otro. Cuando encontraron un rebaño de cabras bebiendo de un abrevadero, salieron del vehículo y se tendieron en el suelo y calmaron su sed junto a los animales.

Llenaron las garrafas con aquel agua, sin plantearse si era potable. Regresaron al coche, pero las fuerzas les estaban abandonado y eran incapaces de conducir. Acamparon allí, acostándose para saciar su somnolencia bajo el sol abrasador del mediodía, sin más sombra que la que escasamente proyectaba el coche sobre la tierra cuarteada.

El viaje cambió, cuando se inició una fuerte tormenta de arena, que impedía ver más allá de dos metros y que levantaba por los aires toneladas de polvo. Ante el peligro de que la tienda saliera volando y desapareciera, optaron por desmontarla. Se refugiaron en el interior del coche, esperando que llegara la calma. El vendaval balanceaba el vehículo con fuerza. Cuando se calmó el viento y llegó la noche empezó a llover con fuerza. El agua se estrellaba sobre el techo del vehículo ahogando cualquier otro sonido que no fuera aquel repiqueteo incesante. A la mañana siguiente cuando despertaron, se hallaban en una laguna. El agua cubría las ruedas hasta la mitad. Ni siquiera intentaron ponerlo en marcha. Sergio despertó de su letargo e intentó pedir auxilio a través de la radio, pero descubrió que no funcionaba y recordó que nunca la había probado. Ante el movimiento de los cuerpos, el vehículo se hundió un poco más. Abandonaron el coche ante el temor de que desapareciera definitivamente en el lodo que tenía una consistencia frágil, como si de arenas movedizas se tratara.

Caminaban con el agua por encima de las rodillas, la superficie fangosa del fondo dificultaba cada paso. Exhaustos, pudieron alcanzar el fin de aquella improvisada laguna dejando atrás el coche y los enjambres de mosquitos que pululaban a su alrededor. La extensión de tierra que permanecía inundada, era más grande de lo esperado y en medio se encontraba el solitario vehículo que parecía una mancha insignificante en aquel enorme charco.

Permanecieron tendidos boca abajo sobre la tierra que fue secándose bajo sus cuerpos, esperando que el agua desapareciera, bien filtrándose en la tierra o secándose por el sofocante calor. El ardiente sol, quemó su piel, sus labios se cuartearon y extraños sueños poblaron su mente. Elisa soñó con los grande dinosaurios que habitaban en aquel lugar, millones de años antes. Los observaba y huía de ellos cuando percibían su presencia. Sergio miraba el horizonte, viendo como se acercaba una caravana de camellos que nunca llegaba hasta ellos.

Al atardecer, pese a las mermadas fuerzas, retornaron al coche. Al atravesar el agua pudieron comprobar que todavía llegaba hasta las pantorrillas.

Aquella noche volvió a llover. Elisa asustada se abrazaba a su compañero. Cuando amaneció, el agua había crecido tanto que el vehículo flotaba. Elisa empezó a llorar, los sentimientos que hasta entonces habían permanecido dormidos, afloraban, aunque su intensidad quedaba mitigada por la debilidad de sus cuerpos.

Volvió a aparecer el viento que hacía avanzar al vehículo por la improvisada laguna. A lo lejos se divisaba una pequeña colina que había quedado a salvo del agua, pero el rumbo que llevaban era el opuesto. La fiebre se adueñó de Elisa que confundía la realidad con las fantasías que poblaban sus sueños. Empezó a delirar mientras se trasportaba a un barco pirata que surcaba mares embravecidos.

Sergio aterrado mecía entre sus brazos a su compañera, mientras ésta se hallaba muy lejos en un mundo que solo ella reconocía. Él observaba por la ventanilla el horizonte, sin distinguir el lugar en el que finalizaba el agua para dejar paso a la estepa. Con palabras torpes, pidió al cielo que cesara aquella pesadilla, pero sus ruego no fueron escuchados y la tormenta de arena se intensificó zarandeando con fuerza el coche, que acabó encallado en un promontorio.

Permanecieron en el interior del coche, dormitando. En mitad de la noche, cesó el viento y Elisa salió del sopor que se había adueñado de ella durante las horas anteriores. Salió al exterior, pisar la tierra nuevamente era agradable, a pesar de su cansancio extremo. Caminó torpemente por la superficie fangosa del lugar, que cedía ante su peso. No fue capaz de chillar cuando cayó por un agujero como si se tratase de un tobogán de barro.

En aquellos segundos, como en un fogonazo, vio pasar toda su vida por su cerebro. Pensó en la muerte y se despidió de lo que había poseído y disfrutado. Quedó embargada por una sensación de placentera felicidad. Cuando llegó al fondo, recibió un duro golpe contra el suelo. La niebla poblaba su mente, no sabía donde se encontraba, ni siquiera podía distinguir si estaba, dormida o despierta, viva o muerta. Se agazapó, consolándose con el sonido de los latidos de su corazón y el ritmo de sus pulmones al respirar el enrarecido aire que había a su alrededor.

Cuando Sergio despertó al amanecer y descubrió que Elisa no estaba en el coche, alarmado la buscó. Lloró desconsoladamente ante su ausencia. Poco después, pudo ver las huellas que Elisa había dejado en su breve recorrido la noche anterior, encontró el hundimiento del suelo y la oquedad, que le parecía demasiado pequeña para que hubiera caído por allí.

Gritó hasta la extenuación el nombre de su compañera, sin obtener ninguna respuesta. Cansado de chillar, ató a una cuerda una linterna encendida y una cantimplora con agua, haciendola descender por el agujero. La cuerda no tenía la longitud necesaria para llegar al fondo por lo que finalmente la dejó caer, sin saber si finalmente los objetos atados se había roto al estrellarse contra el suelo. Tras ninguna de sus acciones, obtuvo una señal que demostrase que Elisa seguía con vida aunque su corazón necesitaba aferrarse a esa idea.

Permaneció sentado allí durante horas. El ocaso de aquella tarde fue esplendido aunque para él pasó inadvertido. No abandonó el lugar durante horas. Ni siquiera percibió que la luna llevaba horas en el cielo, alumbrando con sombras fantasmagóricas aquellos páramos. Se quedó dormido allí, en la boca de aquel pozo oscuro. Soñó con simas profundas y ríos turbulentos.

Le despertó la lluvia. Se refugió en el coche. Por la mañana, los relieves del paisaje habían cambiado. El agua lo había trasformado todo, el agujero del pozo había desaparecido. Lloró desconsolado sobre aquella tierra que había sepultado a Elisa, mientras se preparaba para dormir su último sueño, deseando compartirlo con ella.

1    Vivienda tradicional, a modo de tienda, de forma circular, hecha con palos y pieles, que se puede montar y desmontar en cada uno de los lugares en los que se asientan los nómadas de Mongolia.

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