Universo de elefantes. Autor: Hernán Emanuel Araujo

“El verdadero sueño se situaba en una zona imprecisa, del lado del despertar pero sin que él estuviera verdaderamente despierto”.

J. CORTÁZAR, Rayuela

En los colectivos de larga distancia, hay momentos en los que casi nadie se mantiene despierto. A partir de entonces, nuevas circunstancias y cualidades brotan para configurar una aparente totalidad. Las cortinas cerradas, el amortiguado zumbido del motor y del aire-acondicionado, el vehículo que avanza rápido. Lo que existe se construye, se inventan reglas en las disposiciones y en las proporciones, se deciden secuencias invariables, genealogías de los sucesos, geometrías sólidas, objetividades cerradas, estados de las cosas. Viejos, adolescentes, trabajadores, vacacionistas duermen uno al lado del otro, de a pares, con las bocas abiertas, las cabezas colgando, acurrucados, extendidos, conocidos y desconocidos, todos iguales. Esa realidad percibida, observada y medida muere en los sueños, que abren la grieta por la que se cuelan los reinos negados.

Afuera, se extienden los campos silenciosos e infinitos. Lejos de las ciudades, el mundo se configura más simple y diáfano: las montañas a los lejos, el cielo abierto como el océano y los nubarrones son elefantes que cuelgan en manada. En las ciudades, las nubes son, simplemente, un pobre toldo de circunstancia, pero en el campo hay panorama suficiente como para verlas nacer y terminar, de punta a punta, ver la trompa del elefante iluminada y, en el otro extremo, sus pesadas patas ensombrecidas por otro elefante que se deforma por el viento. Qué hermoso paisaje podrían contemplar los viajeros desde sus ventanillas, ir más allá de la simple imagen de luz en la retina (que solo es mirar por casualidad), dedicarse a examinar con cuidado las texturas, los contraluces angelicales, la profundidad y la espesura de un mundo refulgente, de titanes de crema gris que flotan y avanzan parsimoniosa e inexplicablemente.

Pero, dentro del ómnibus, los ojos duermen, extrañamente todos duermen, después de la película mala y de la comida peor, después de reclinar los asientos, la somnolencia precipita disimulada, no sé el motivo. Será por los zumbidos constantes y suaves, los ventiladores, el motor aislado, el paisaje encapsulado, será porque se acostumbra a ajustar los relojes biológicos a la misma hora cuando se viaja o, simplemente, será por contagio o aburrimiento. Quizás, la gente anda despierta por la vida para otro tipo de cosas, como el trabajo, la televisión, las salidas o las conversaciones. Pero, como no hay nada para hacer, en los viajes hay que dormirse, hay que aprovecharlos para descansar, porque un paradigma tácito designa esa obviedad. El coche avanza, una realidad en aparente quietud y nadie es consciente de ello, porque la vigilia es una de las dimensiones de ese universo suspendido en la inexistencia para los que duermen.

Quizás llueva y el sonido del agua mojase la cara de uno de los viajeros dormidos. Entonces, se estaría duchando en un baño cualquiera. Una ducha entera que avanza rápido dentro de ese vehículo, un paréntesis que brota desde el inconsciente del pasajero y cada pasajero con el suyo. Decenas de planetas virtuales ocupan como pompas de jabón la contigüidad de esa cabina de coche-cama. Universos surrealistas, países de maravillas, deseos, incoherencias y temores se hacen y deshacen con una fertilidad exuberante. La adolescente de anteojos de sol sueña que besa al señor de su derecha, que sueña que lo despide del trabajo una adolescente con anteojos de sol. Así, el aire del colectivo se satura de globos elásticos e infinitos que se superponen, mundos tan reales como la ruta y las terminales que esperan a los creadores de burbujas.

La señora del primer asiento, de pelo corto color ceniza duerme cómodamente reclinada. Los demás, cuando subieron, la vieron dormir de la misma manera, como si su viaje hubiese empezado desde mucho antes. La cabeza la tiene apoyada hacia atrás, casi de frente al techo, el rostro plácido y estático y su cuerpo igual, pero sus pequeños ojos cerrados están visiblemente agitados, como dos insectos atrapados bajo los párpados que pestañean dormidos, como dos pompas inquietas que buscan escaparse desesperadamente hacia la ambigua realidad, hacia el engañoso desengaño. En su mente fecunda, se configuran perfectamente zumbidos artificiales y personajes anónimos, destino y tiempo, propios y ajenos, se dibuja su butaca recostada y su amplia ventana, se traza un recorrido alguno, un compañero de asiento, universos surrealistas, países de maravillas, todo un ensueño armónico de colectivo, de burbujas iridiscentes, que avanzan en la ruta bajo animales en el cielo.

Finalmente, la señora despierta y recae, lentamente, hacia su nueva ubicación de espacio, pasado y porvenir. Como un programa de computadora, se recarga de informaciones triviales aleccionadas por la inercia de los años. Un colectivero y ella van abandonados en un ómnibus rutinario y urbano de la línea seis. Los convenios vacíos de la vigilia cobran su dimensión real en la desilusión y el universo gris de las ciudades se abre paso por la ventanilla, hacia la calle, hacia el paisaje cerrado y sin paisaje. La mujer decide bajarse cuando nota que se pasó de su parada habitual. El vehículo frena desganado y, lentamente, desciende la señora por esos escalones irrespetuosos. Decepcionada, aunque sin esperar algo distinto, se queda mirando el cielo nublado, lejano y de fondo, corto e insípido, como un toldo, como un espejo de la ciudad empañado por la monotonía y el acostumbramiento.

En ese momento, en un ómnibus de larga distancia, la gente despierta y se despereza cuando percibe cerca el final del viaje, cuando el coche deja la ruta para adentrarse a una pequeña terminal. Todo retoma la normalidad. Los prejuicios, las apariencias, las formas se acomodan, el mosaico se corta, las pompas de jabón estallan en el olvido y los viajeros vuelven a ser diferentes e indiferentes, porque se dispusieron las cosas que existen para que ellos anden despiertos. Buscan sus bolsos de manos; llegan por fin a destino. Entre el tropel amontonado, entre el pequeño caos de equipaje y colectivo, hay una mujer de pelo gris, la señora a la que todos vieron soñar en el primer asiento. El pequeño nuevo mosaico, que se fue formando al costado del ómnibus con los fragmentos revoltosos de grandes e incómodos bolsos de viaje y de personas ansiosas por recogerlos, se interrumpe por esa mujer ajena a esos menesteres y a todo lo demás. Llama la atención su fascinación privada y su celeste mirada abstraída hacia el cielo. Lo ve perfectamente elefanteado.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Sueños compartidos entre extraños. Sueños colectivos dentro de un colectivo.
    Cielo elefanteado?

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