Un pájaro pregunta. Autor: Claudia Viviana Parreño

Los sonidos que venían desde el pastizal eran más que promisorios. Nada más bajarnos del auto, esa orquesta de trinos y gorjeos, esa musical sinfonía de voces que sólo la primavera puede ofrecer, penetraba en nuestros oídos y en nuestro corazón, ansioso de naturaleza y de aire libre.

Era temprano, como sólo los observadores de aves saben que debe serlo para tener la vista ideal, esa atmósfera diáfana de la primera luz del sol, que va desde el alba hasta la media mañana, y luego el aire se pone caluroso y las mochilas empiezan a pesar.

Aún se veía el Lucero y el vapor escapaba de mis labios mientras con las manos frías buscaba el binocular para colgarlo al cuello y esperar atenta a ese sonido especial, esa llamada desconocida que todo birdwatcher anhela, la de la especie nueva quizás apenas vislumbrada entre hojas y sombras, o más raramente exhibiéndose al sol.

Mientras tanto, los moradores habituales de la llanura, los jilgueros, los tímidos mistos, los cardenales y calandrias hacían su despliegue surgiendo y escondiéndose entre los pastos mientras los insectos, tras calentar un rato las alas, echaban a volar en pequeños grupos.

Ese océano de pastos que es la Pampa Argentina, esa dilatada planicie que sólo en algunos puntos se ondula brevemente o se acaba en barrancas junto a los ríos, o se eleva en sierras antiguas al sur, ya no es lo que solía ser. La soja, con su matemática supremacía sobre otros cultivos, le está cambiando la cara y sobre todo la fauna. Aquí supo reinar el puma, y antes el yaguareté, pero ahora apenas si hay ñandúes, encerrados en alguna estancia que los cría como curiosidad o por sus gigantescos huevos, que equivalen  a    de los de gallina.

Las aves se nos están yendo, y qué triste y sola estará la Pampa cuando no cante el zorzal y no vuele la cachirla con sus acrobacias de saltimbanqui. Demasiado callada sin los picaflores,  los pequeños junqueros o  las risueñas golondrinas.

Pero en esta mañana el devastador progreso está lejos, es este uno de los terrenos bajos donde la soja no llegó (aún) y los pájaros se agolpan para disfrutar sus nuevos plumajes y realizar los cortejos y la construcción de nidos.

La falta de árboles naturales ha forzado a las aves a construirlos adonde sea. Los carpinteros campestres los hacen en la tierra, las golondrinas en las barrancas y las lechucitas en las cuevas de las vizcachas, mamíferos hospitalarios que albergan a víboras, insectos y arácnidos. Las obras del hombre no son desaprovechadas: en los postes de luz los horneros construyen sus nidos de barro que solo ocuparán un año. Al abandonarlos, los jilgueros los usarán sin pagar alquiler hasta que se desmoronen por el sol y las lluvias.

Los árboles plantados por el hombre, como los eucaliptos, los aprovechan las cotorras para crear sus ciudades populosas, estructuras de ramas con decenas de bocas individuales, una para cada familia.

Pero la mayoría nidifica en el suelo, o entre los pastos, o entre los tallos de la cortadera, una gramínea local que puede llegar a medir tres metros desde el piso hasta los penachos blancos que la adornan en la parte superior.

Es esta mata de cortaderas una formidable barrera contra los depredadores como zorros, hurones o gatos monteses, y también para mí, que me corto y rasguño los brazos al meterme entre las hojas filosas y aserradas. Varios chingolos escapan emitiendo chillidos de alarma.

La mañana empieza a escaparse y ya hace calor, ese calor húmedo que agobia aunque el termómetro no haya subido demasiado. El aire caliente que sube en turbonadas atrae a las rapaces, desde los torpes jotes carroñeros hasta los estilizados milanos. Un milano blanco halconea balanceándose como un equilibrista, queda suspendido a unos metros del suelo y luego se deja caer, podemos adivinar un ratón atravesado por una flecha luminosa y mortal.

De pronto, a la altura de mi vista en el medio de la cortadera surge un hermoso pájaro negro con el pecho rojo que abre el pico y comienza a cantar. Un gorjeo potente y agudo acompañado de chirridos quiebra el aire de la mañana. Es un pecho colorado, un ictérido de mirada inteligente que habita todo el país, desde el norte subtropical hasta Tierra del Fuego y se halla tanto en la base de los Andes como en las llanuras aluviales del este. Pero su desfachatez me sorprende: apenas nos separa un metro, metro y medio, y en vez de huir me sermonea desde su percha, como echándome en cara la visita inoportuna.

El binocular es inútil a tan corta distancia; quisiera sacar la cámara pero me detiene el temor de romper el hechizo: el pájaro canta para mí durante largos minutos como si no me hubiera visto o yo fuera un poste. Mis ojos no dan abasto para contemplar su bellísimo plumaje, el rojo sangre del pecho, el negro profundo del dorso.

De pronto, lo comprendo todo. En otra mata de cortaderas, a la derecha y más abajo, se mueven dos bolas de plumón estriadas. Los feos pichones – los más preciosos para sus padres – al escuchar el canto del adulto han comenzado a piar.

Y al volver a mirarlo creo entender lo que me dicen sus ojos, mientras se ofrece como víctima fácil para salvar a sus hijos, sacrificando su vida a cambio de la de ellos, tan puro, tan sublime en su orgulloso canto. Había una pregunta en esos ojos, pero yo no he podido responderla, como no he podido volver a ese lugar que quizás es hoy una parcela de monocultivo, una progresista y rentable plantación de soja.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Hermosa ocupación: observar pájaros, deleitarnos con su canto, con su vuelo. Y aprender de ellos.

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