Un día de trabajo. Autor: Carlos Eduardo Neira Acevedo

Escenario: Una soleada mañana de mayo de 2011. Camino por la vía que de El Encanto conduce a La Laguna, ambas veredas del municipio Otanche. A mi lado, un grupo de muchos estudiantes (doce, realmente) miran de un lado a otro y de arriba abajo para conseguir piedras, matas, flores, palitos y cualquier cosa que de alguna forma se le pueda extraer algún tipo de color. Se trata de la Tercera Jornada Institucional del convenio de la Universidad Pedagógica Nacional con Computadores Para Educar, en la cual se pretende abordar la pregunta “¿De dónde vienen los colores?”; nos acompañan, también, Herlinda Galindo, quien diseñó el plan de acción para la jornada y, por tanto, es la responsable de esta caminata; y su hijo menor, Junior, de cinco años, quien también es su estudiante.

Herlinda Galindo es profesora en la vereda El Encanto desde agosto del año pasado; sin embargo, ella ha vivido siempre en Otanche, ya que nació ahí “hace algunos años, profe; no son muchos, la verdad”- (Y no parece que sean muchos, pues ella tiene una expresión de niña grande y pícara; de esas niñas que se aprovechan de sus hermanos menores). De manera que por ser de Otanche, ella se siente muy segura de conocer al dedo a la comunidad de su escuela: “Nada más mire cómo está de bonita la escuela: limpiecita y el pastico bien cortado; eso sólo se logra con persuasión. La gente debe convencerse de que esta es la mejor escuela de todas”. Y bien que lo podría ser, pues no sólo tiene unas instalaciones cómodas y bien adornadas, sino que está rodeada por un bosque donde el verde es de todos los colores y, además, se encuentra cerca a una cascada que para Junior es “bacanísima, profe; ahí vamos con mi mamá a bañarnos todas las tardes”. Ese sitio es, precisamente, el lugar a donde nos aproximamos.

Por otra parte, los estudiantes no solamente parecen motivados por el recorrido, ya que lo conocen de sobra, sino que se ven entusiastas, también, de mostrar su vereda y de traer y mostrarme cada una de las flores, ramas o piedras que recogen. Por lo general, estas son plantas que crecen al borde del camino que llevamos, pues entrar al campo como tal puede ser peligroso: “Hay muchas culebras, y de las bravas”, dice Heriberto, un niño con cara y ademanes de viejo que cursa el grado cuarto. Sin embargo, ese riesgo de entrar al campo no lo corremos porque Junior, la profesora y yo no somos muy expertos en recorrer a travesía; en cambio, los estudiantes ya están acostumbrados a entremezclarse con toda suerte de matorrales y atajos para realizar las múltiples tareas que les dejan en sus casas y para llegar todos los días a la escuela. De hecho, cuando llegamos en la mañana lluviosa con la profesora, su hijo y una delegada de la Registraduría, vimos cómo algunos estudiantes parecían que arribaban más de un cómbate que de sus hogares: con caras de cansancio y desolación, se quitaban las botas de caucho, los impermeables y la ropa sucia y mojada por la lluvia que caía desde la madrugada, para ponerse el uniforme de la escuela, limpio y planchado y envuelto cuidadosamente en una bolsa de plástico. Y de repente, parecía que la escuela motivara una transformación en todos ellos, pues comenzaron las sonrisas y saludos de complicidad, los juegos y los gritos y todas esas situaciones que describen la infancia. Pero, asimismo, parecía que la misma escuela transformara su gesto, ya que se veía de un momento a otro al sol que entraba por las ventanas e iluminaba sillas y mesas, tablero y escritorio, estudiantes y profesores. Así, la escuela dejaba de ser una trinchera y los niños, unos pequeños soldados.

-¡Gracias a Dios salió el sol! –Exclama la profesora Herlinda, como si tuviera la certeza de que Dios mismo hubiera aparecido así nomás al sol en toda la vereda.

-¿Es usted creyente, profe? –Contesto con esta pregunta a su exclamación supersticiosa, mientras Junior me muestra una piedra que acaba de recoger del camino. – ¡Muy bonita la piedra, Junior! Guárdela.

-Sí, profe, la verdad soy muy creyente. Hay muchas cosas por las cuales estoy agradecida con Dios. Y una de esas es mi trabajo, pues tuve la suerte de pasar el concurso para acá, para Otanche. Si no, estaría Dios sabe en qué caminos.

-Pues me alegra que esté usted tan contenta, porque muchos de los profesores que yo visito no son del sitio de donde trabajan. Y se ve que no están muy cómodos, que es muy difícil desprenderse de tantas cosas que dejan para llegar a sus escuelas. Sin embargo, así son estos trabajos: un día uno está acá y al otro, quién sabe dónde.

-Sí, ya muchos de los profes que entraron el año pasado están pidiendo traslado, pero eso es muy difícil, porque ni siquiera les ha salido el nombramiento; y para que le den a uno el traslado, deben pasar por lo menos tres años a partir del nombramiento. ¡Qué Dios les dé paciencia para..!

-Pero son jóvenes. –Le interrumpo –Tienen toda la energía para soportarlo.

-Juventud… -ella misma se interrumpe con un gesto que no puedo describir, pero que indica resignación-,  eso es lo que están perdiendo por aquí.

Ahora, hemos llegado a la cascada. Es un lugar mágico; a veces siento ganas de renunciar a este trabajo, pero cuando me encuentro con sitios como esta cascada o el mirador de la vereda La Cunchalita, desde donde se ve el Rio Magdalena y el Nevado del Ruiz al mismo tiempo, no puedo dar el paso al costado. Siento que de algún modo estos lugares me llaman hacia una aventura que todavía desconozco y me hacen sentir en comunión con eso que había olvidado mientras me encontraba encerrado en una oficina o un salón de clase. Por su parte, los niños ven esto como algo que no tiene importancia, pues de hecho, esta cascada a veces es un obstáculo para que ellos lleguen a la escuela. Me dice una niña que se llama Marly y cursa el grado cero: “a veces se crece tanto que ni siquiera las bestias pasan”; cabe mencionar que ella misma esta mañana había llegado en un burro y había pasado por esta misma cascada. Pero, por otra parte, no puedo resistir la tentación de meterme a la cascada y sentir cómo el agua cae en la cabeza, los hombros, la espalda; sin embargo, la profesora intuye mi iniciativa y me dice con una voz apenas perceptible:

-Profe, no vaya a meterse; después los niños querrán hacer lo mismo y se van a lavar la ropa. O sería peor si se la quitaran, pues puede pasar gente, ¡y qué van a pensar de nosotros! La comunidad va a decir que salimos con los niños de paseo y que es que la profesora no quiere trabajar; por mínimo, dirán eso. Mejor esperemos a por la tarde y venimos con Junior y con Martha.

-Bueno, profe. Entonces, esperemos. –afirmo con el mismo volumen de la voz de la profesora; aunque, no puedo dejar de sentir un poco de frustración; porque, para el calor que hace, esa caída de agua sería el mejor alivio.

Ahora bien, en la cascada siento que los niños no tienen ningún interés por entrar al agua. Son muy cumplidores de su deber; se les había dicho que saldríamos a la cascada a buscar flores, piedras o palitos y nada más. Es un grupo de doce muchachos y no se le nota a nadie un aire mínimo de rebeldía. No se ve ni siquiera una mirada de malicia que denote que alguno de ellos piense en echar a un compañero al agua. Nada de eso. Le hago saber esta apreciación a la profesora Herlinda y ella me contesta:

-Profesor, estos muchachos están muy acostumbrados a obedecer, pues en la casa todo el día los tienen trabajando. Ellos llegan de la escuela y les toca salir a buscar leña, arriar ganado, preparar la comida; en fin, lo que sea, y si no lo hacen, pues les pegan; pero les pegan de verdad. En el campo hay mucho maltrato a los niños. A veces, uno piensa que los tratan como tratan a los animales. Uno a veces los ve quemados en alguna parte y dicen: “profe, se me regó la agüepanela encima y me quemé”; pero, eso no es cierto. Son castigos de los papás. Lo peor es que uno no puede hacer mucho en esos casos. En esta escuela hubo un problema con una profesora y le tocó irse. ¿Usted vio la gruta que hay en la escuela?

-No, no la vi. –contesto, muy interesado en saber qué relación tiene la gruta que no noté con lo que estamos hablando.

-Bueno, la pusieron porque una vez mataron ahí a una señora. Y la mataron porque estaba con la profesora a la que le dispararon. Eso fue en un bazar, y a la profesora la iban a matar porque había denunciado el abuso a una niña como de diez años. Eso fue hace rato, como noventa y tres, noventa y cuatro. No recuerdo. Pero sí sé que, después de que cayó la señora, se formó una balacera ni la macha: se metieron los familiares de ella y se persiguieron a bala por toda la vereda, incluso por la noche. ¡Gracias a Dios no hubo más muertos ese día!

-¿Y la profesora?

-Esa misma noche se quedó en la casa de la difunta; y al otro día, cuando llegaron los policías, se fue con ellos. No volvió ni siquiera al Pueblo. La violencia era algo muy normal en esa época por acá en Otanche. Ahora las cosas han cambiado, aunque uno no puede olvidar y desconocer que se pueden volver a repetir. Nunca se supo quién le disparó a la señora, pero a partir de eso hubo más muertos. Por eso, a veces es mejor no meterse en esos casos. A mí me preocupa esa situación de maltrato a los niños, pero no quisiera resultar implicada en algo como lo que le acabo de contar.

Estamos de vuelta en la Escuela. Martha, la delegada de la Registraduría, hace un gesto de admiración por la cantidad de flores con la que llegamos con los estudiantes.

-¡Ay, qué bonitas estas! –Exclama, mientras toma un atado de flores de color naranja, con punticos y unas como antenas de color uva -¿Cómo se llaman?

-Pues no sé, Martica. Eso como que nos va a tocar salir a preguntarle a la gente.

-Se llama barbegallo, profesora. –dice Heriberto.

-¿Barbegallo? ¿Quién la llama así? –Pregunta la profesora.

-Pues así la llama mi nona; y ella dice que sirve para los nuches de las vacas. Yo he visto que hacen como una pomada y se la echan a la vaca en los nuches que tenga. Eso hace que salgan los gusanos. Y salen gusanos hasta de un metro.

-Sí, profe; -agrega Marly, la hermana de Heriberto –yo vi un gusano que parecía una culebra. Pero era todo blanco. ¡Huy, qué miedo que me dio! Y se lo habían sacado a una vaca. Pobrecita, ¡cómo estaría sufriendo!

-¡Huy, Pobrecita! –Repito, ya que no deja de consternarme la idea de que algo como una culebra o un gusano de tal tamaño se reproduzca en el cuerpo de cualquier ser vivo. Además, añado: -¿Y en las personas también salen los nuches? Mejor dicho: ¿se meten estos gusanos en las personas?

-A mi tío Oliverio le salieron como cuatro nuches: en los tobillos y en la nalga. –Comenta Heriberto – Y con la barbegallo le sacaron los gusanos. No tenía gusanos grandes, sino pequeños.

-Bueno, profe Carlos. –Interrumpe la profesora Herlinda –Entremos ya al salón. Mire que los niños ya parecen motivados y como que ahora sí quieren hablar. ¿Vamos entonces?

En el salón, la actividad inicial consiste en que los estudiantes clasifiquen las flores de acuerdo al color. Así, pues, son los niños de grado cero, Marly y Junior, quienes se encargan de hacer grupos de flores de acuerdo a su color. La profesora Herlinda nota que su hijo tiene problemas para diferenciar el rojo del naranja.

-Junior, ¿usted ve estos colores iguales?

-Sí, Mamá. Es el mismo color.

-Ay, profe –me habla la profesora a mí -, me está preocupando este chino. Parece que tiene problemas de visión. Mire que no es la primera vez que confunde los colores.

-Pues, yo creo que es que no conoce los nombres de los colores y por eso que los nombra con la misma palabra. Para él va a ser rojo, porque no sabe que existe un color naranja; para él, “naranja” es una fruta.

-Pues, puede ser, porque apenas ha visto los colores primarios.

-Bueno, por ahí debe ser el chiste.

-Entonces, ¿qué me recomienda?

-Que los pongamos a combinar colores y a descubrir qué colores salen de las distintas mezclas. Lo podemos hacer, incluso, con Scratch.

-Profe, pero no hay luz.

-Sí, ya me di cuenta; pero lo podemos hacer, también, con los tintes que saquemos de las maticas que trajimos. De ahí pueden salir muchos colores.

-Pues, ese era el objetivo, ¿no?

-Sí, sí, claro, profesora. Empecemos, pues, ahora que tenemos la plantas clasificadas por colores a sacar los tintes.

-Pero, ¿no sería bueno, también, que las clasifiquemos por especies?.

-Ah, sí. Para saber de qué planta salen los colores de un tono y otro.

Así, pues, los estudiantes se disponen a extraer los colores de las plantas. La profesora da unas instrucciones sobre cómo se deben sacar los colores y les pide, además, que tomen unas fotos de cada uno de los colores que extraigan. Los niños, muy obedientes, comienzan su tarea con todo el ánimo que se pueda esperar de alguien que cree que está jugando. Sin embargo, se nota que los muchachos usan demasiada agua para extraer los tintes de las plantas. Y la profesora trata de decirles que no usen tanta, que con una “gotica” es suficiente, pues de otro modo el color se pierde entre el agua. Es evidente que ese método funciona; sin embargo, Maicol, otro niño de grado Tercero, nota que los colores salen mejor sin agua, que si se pinta directamente sobre la hoja de papel con las flores, los colores salen más vivos.

-Y lo mejor –dice Maicol con un entusiasmo que casi me contagia –es que se pueden mezclar. Mire cómo quedó este dibujo, profesora Herlinda.

Y Maicol muestra un fiero tigre a la profesora. Es realmente asombroso el parecido del color que mezcló Maicol con el color de un tigre. Se nota que el muchacho tiene una gran habilidad para dibujar y, sobre todo, para mezclar colores.

-Si vio, profe –Me dice la profesora Herlinda  -, estos muchachos me sorprenden todos los días. Maicol no es bueno para las matemáticas, no se sabe las tablas bien, pero ese chino pinta muy bien. Estoy hasta pensando en decirle que nos haga un retrato a todos. Este muchacho no puede desperdiciar el talento que tiene.

-Profe, la verdad, a mí me impresionó los colores que este muchacho sacó de esas matas. ¡Y cómo lo mezcló! Creo que sí tiene talento. Sería una pena que no se explotara ese talento.

-Profesor, y eso pasa muy seguido aquí en Otanche –Nos interrumpe Martha, la delegada de la Registraduría para inscribir a los votantes de las próximas elecciones. –Yo me acuerdo de ese muchacho que pintaba tan bonito, que hacía los murales del colegio, en la iglesia… en fin, era el que hacía casi todos los dibujos en el pueblo; pero, lo mataron.

-Sí, pobre chino –Interviene la profesora –. Él estudiaba conmigo. Yo recuerdo que a él le tocó meterse en una de las pandillas. Es que si ellos no se metían, los mataban. Pero, fuera como fuera, los chinos terminaban muertos.

-¿Cómo así, profe? ¿De qué pandillas habla? –Pregunto algo confundido y exhortado.

-Es que acá en Otanche habían pandillas que se peleaban el control de territorios. De eso hace los años de la mazamorra. Imagínese, yo estaba en el colegio, como en séptimo. O sea, que de eso, ya van a ser veinte o veintidós años. Bueno…

-¿Era por las esmeraldas, profe? –Insisto con mi curiosidad.

-¡No, cuáles esmeraldas! Era poder. Nada más eso: poder. Había unos que querían controlar todo. Pero, lo que le quería decir es que una vez vi a Ignacio (así se llamaba este muchacho que pintaba muy bien) que llegó a la tienda de mi mamá; yo lo iba a atender, pues pensé que iba a comprar algo. Pero, de un momento a otro, Ignacio sacó una pistola y le pegó no sé cuántos tiros a un señor que estaba tomando una gaseosa ahí solito sentado. Yo me quedé he-la-da. Eso… la cabeza quedó irreconocible. Y ese señor no era de por aquí. Y si lo mataron fue por eso. Es que acá, viniera el desconocido que viniera, lo mataban. ¡Humm! ¡Como para que usted hubiera venido a Otanche por esas fechas, profe!

Ahora que los estudiantes han terminado los dibujos, la extracción de tintes, las fotografías y que, ¡por fortuna!, llegó la luz, nos dirigimos a la sala de informática. Es, en verdad, un saloncito; pero muy bien aseado y con unos muebles viejitos. La profesora no parece lamentar que los computadores estén casi en el suelo, al contrario de otras sedes en donde los maestros se quejan porque nadie les ha dado unos muebles para colocar los equipos; ella, en cambio, me muestra con orgullo las mesitas que con los mismos estudiantes adecuaron para la sala; y me muestra cómo las pintaron de colores vivos. A mí me sorprende bastante, pues en el cronograma que yo tengo figura que en esta sede no se realizaron jornadas de Gestión e Infraestructura. Para comprobarlo, pregunto a la profesora si alguien había estado antes en la sede haciendo jornadas, pero ella me contesta que no, que hasta el momento, yo soy el único que ha visitado la sede.

-Vea, profesor, estos son los equipos que no sirven. –Dice la profesora, mientras me muestra dos computadores que están arrumados en una esquina del saloncito.- Pero, el resto sí sirven.

-Pues, con esos podemos trabajar, profesora. Instalemos el software y pongamos a los niños a desarrollar unas actividades y que llenen la base de datos en E-Slate. Ese programa es fácil y los niños, estoy seguro, que lo van a comprender muy bien.

-Bueno, profe, eso espero, porque a mí ese software en griego,  me da como miedo.

-Es sencillo, ya va a ver que con los dibujitos, ellos se van a entender.

A continuación, con la profesora instalamos el software en los tres equipos de la salita y ponemos a los estudiantes a manejar la base de datos. Les pedimos que clasifiquen las plantas según los criterios que ellos conozcan o averigüen; y ellos comienzan a desarrollar la actividad. Al principio, se siente que los estudiantes se asustan por tomar el mouse entre las manos y por manejarlo; pero, de a poco, se van familiarizando.

Por otro lado, yo noto que Junior, el hijo de la profesora, está raramente quieto y silencioso, pues todo el día ha estado hablando y hablando de una y otra cosa. Es muy extraño, ya que el niño está mirando hacia una de las esquinas de la sala, donde está el arrume de los computadores que parece que no sirven. De pronto, veo que Junior está mirando una enorme culebra que está metida entre la CPU de uno de los equipos arrumados. Está absorto. Y yo, también; pero con algo de desesperación, pues quiero tomarle una fotografía a la culebra, pero mi cámara está en el salón de clase. La profesora nota la situación y exclama:

-¡Ayyyy, una culebra! Mijito, mijito, venga, venga, vámonos; salgan todos del salón.

Ya fuera del salón, la profesora continúa:

-¡Huy, no! ¿Esa culebra por qué está ahí? Si el salón estaba bien cerrado.

-Es que se meten por el techo – asegura Heriberto -. Así pasa en mi casa. Pero, profe, esa es una culebra que no es venenosa.

-Ay, sí, ¿que no es venenosa?, ¡Mijito! –dice Laura, una niña de ocho años y de pelo castaño claro, que cursa grado tercero. –No ve que es una “talla equis”. Esas son bravísimas y son venenosas. Toca llamar a mi papi para que la mate.

-Eso, eso, Luarita, llame a su papá para que la mate. ¡Corra! – grita a la niña, quien ya está unos metros fuera de la escuela. – Y usted, mijito, -le dice a su hijo –nos  vamos ya para donde don Patricio. Lo tienen que rezar, porque si no, no puede dormir y se enferma. Muchachos, vamos. Profesor, usted también. Estas culebras son de mala suerte.

-¡Don Patricio, buenas tardes! –Exclama la profesora Herlinda, quien todavía está exaltada. –Mire, don Patricio que a Junior lo acaba de asustar una culebra.

-Eso toca rezarlo; no hay más que hacer. –Dice don Patricio, un viejito con cara de tortuga, que bien podría ser una tortuga con cara de viejito. Tiene la misma lentitud de ese animal y su joroba parece su caparazón.

De un momento a otro, todos se acercan a Don Patricio, quien comienza a recitar unas oraciones, de las cuales no doy con ninguna palabra que pueda comprender. Sin embargo, no puedo ignorar la solemnidad con que la profesora y su hijo, la delegada de la Registraduría y los estudiantes cierran los ojos y escuchan con atención al viejo tortuga. Es algo sobrenatural y al mismo tiempo algo muy natural en ellos. Creer en esta clase de supersticiones es para ellos algo tan normal como respirar. Y, no obstante, no soy capaz de detener mi impulso de unirme al grupo; siento que, de alguna manera, estar en esta clase de ambientes y meterme entre estas montañas es una cuestión de fe, de fe en algo desconocido, pero que lo atrapa a uno como si uno mismo perteneciera a todo esto. Y ahí voy, camino a don Patricio para que me pase su mano untada de no sé qué aceite sobre mi cabeza.

Anuncios

Un Comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s