Huellas en la selva. Autor: Francisco Javier Pérez Garasa

Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. (Fernando Pessoa)

Intensa luz, intenso calor, insoportable humedad, esto es todo cuanto siento hasta que unas gotas de agua salpicadas en mi cara tras un brusco viraje, tienen la virtud de despejarme y sacarme del adormecimiento en el que la canícula y el monótono lamento del motor me han sumergido. Miro a mi alrededor con ojos despiertos y curiosos, dándome cuenta, no sin cierta sensación de vértigo, de donde me hallo cuando apenas han transcurrido 24 horas desde que estaba embarcando en un vuelo, en ese aeropuerto de naipes de la capital de España.

El ruido del motor es tal que imposibilita oír las conversaciones de quienes me acompañan en esta lancha con cofia de lona y hojalata que surca las aguas del río, del gran río, Del Río. Pero este tramo, todavía cercano a la ciudad cauchera y colonial, es una confusión de barcos y lanchas de todas formas y tamaños, algunos en tal mal estado que apenas consiguen mantenerse a flote en estas aguas irisadas y aceitosas. Nuestra lancha avanza solemne a lo largo del improvisado puerto, mostrándonos con toda crudeza el apocalíptico paisaje formado por una sucesión de herrumbrosos barcos agonizantes y chabolas que se apretujan hasta casi precipitarse por el talud de basuras y escombros que las separa de la orilla. Si esto fuera un documental, pienso, debería sonar de fondo “Naufragio” de Dulce Pontes, no solo por la idoneidad del título sino por ese contrapunto de belleza y desgarro que solo ofrece el fado y que haría más soportable una visión que resulta desoladora para quien tanto soñó con la selva y su gran río.

Continuamos navegando por este afluente, tumefacto y gangrenoso, conducidos por nuestro Caronte particular, en este trayecto inverso a través de la laguna Estigia, abandonando el mundo de los muertos hasta llegar al de los vivos y finalmente nos encontramos un lugar en el que el horizonte está formado únicamente por agua y cielo salvo unas finas líneas verdes en la lejanía que nos indican las orillas y el rumbo a seguir. El aire, aún siendo cálido, parece aquí más fresco, más sano, más respirable y hasta el cielo resulta más azul. Por fin empiezo a sentir que realmente estoy en el Amazonas.

Todo resulta tan inmenso a nuestro alrededor que parece que no nos movamos, pero estamos remontando el caudal, el ruido del motor se ha vuelto ahora más lastimero, casi agónico, por el esfuerzo que supone ir a contracorriente, gruñe, tose y hasta parece que se ahogue, pero el piloto no se compadece de su sufrimiento y avanzamos en un avanzar tortuoso a pesar de la ancha senda, esquivando remolinos, corrientes y grandes troncos que vienen a nuestro encuentro en su nado a favor de la corriente.

En un par de ocasiones pasamos junto a pequeñas barcas en las que pescadores se afanan en izar sus redes pero que aún así encuentran el momento de levantar sus  miradas y saludarnos con amplios movimientos de brazos, lo mismo ocurre cuando pasamos por algún poblado ribereño de míseras casas de chapa y los niños salen correteando de la nada para ondear sus manos y saludar a unos desconocidos que se apresuran a capturar el momento con sus cámaras. También nos saludan, ¿o nos devuelven el saludo?, desde las barcas en las que viajan familias enteras de nativos o que simplemente van cargadas de mercancías. Pero el saludo no existe cuanto la barca con la que te cruzas es una, otra como la tuya, de turistas, su presencia incomoda porque es como un espejo que nos devuelve la imagen de lo que realmente somos: unos intrusos que estamos viviendo un espejismo y pone en evidencia que no somos los únicos disfrutando de ese preciado trozo de paraíso.

Apenas han trascurrido un par de horas desde que zarpamos y la ciudad y su caos ya son solo un recuerdo lejano, una pesadilla borrosa. De manera imperceptible la lancha va minorando su velocidad a la vez que se va acercando a la orilla, parece que hemos llegado a la que será nuestra casa en la selva.  Estamos al final de la estación seca, y el río, a pesar de su abrumadora inmensidad, está bajo de caudal, como demuestra el tramo que tenemos que caminar por un empinado lodazal hasta alcanzar la pasarela elevada que nos conduce al lodge.

Cambiamos nuestro calzado por unas botas de jebe, como llaman aquí a las botas de agua, y estamos listos para adentrarnos en la selva, en fila india, como los ejércitos de hormigas con los que nos encontramos que, ajenas a todo, acarrean disciplinadamente su cargamento de recortes de hojas. Damos un paseo por una trillada senda donde todos los árboles presentan muescas y cortes, como las escarificaciones rituales de algunas tribus, heridas curadas que algún día sangraron como lo hacen hoy los machetazos con los que el guía nos enseña la savia que brota mientras nos relata sus distintas propiedades, otros árboles son menos afortunados y tienen que sufrir que les arranquen jirones de su corteza o que les amputen sus raíces para demostrar que lo que mana no es savia sino agua potable. Asisto a este espectáculo entre interesado y abrumado porque no puedo dejar de pensar en el destrozo que supone la llegada de cada grupo de visitantes y la destrucción de dejamos detrás nuestro. En pocos lugares como aquí se ejemplifica mejor que el turismo puede suponer la desaparición de aquello que tanto admira y no puedo dejar de sentirme culpable de participar, aunque sea de manera involuntaria, de ello.

Y otra vez en la lancha, rompiendo la magia de navegar por el Amazonas, enmudeciendo con su estruendo el canto de las aves y ocultando con sus humos los aromas de toda esa vegetación que nos envuelve. En esta ocasión nuestro destino es una pequeña reserva de animales, donde monos de varias clases, aves, perezosos y algún que otro reptil están no solo al alcance de nuestra vista, sino también de la mano. Una comitiva simiesca viene a nuestro encuentro para darnos la bienvenida y tras esos minutos de timidez que siguen a todas las presentaciones, empiezan a corretear entre nuestras piernas, regalándonos unos divertidos momentos de juegos y persecuciones llegando los más atrevidos incluso a abrirnos los bolsillos buscando alguna golosina que no llevamos. Los encargados del recinto sacan una anaconda de una charca fangosa para quien quiera hacerse una foto con ella como bufanda, yo prefiero un perezoso, animal por el que siempre he sentido una especial simpatía, y me lo ponen en las manos, así que tengo mi foto, mi modesto trofeo, con ese inanimado ser, falto de energía, de tacto áspero, como de paja, y como la paja, increíblemente liviano para su tamaño. Aquí de nuevo un sentimiento ambiguo: contento por haber podido ver  todos estos animales, cosa que hubiera sido imposible hacer si estuvieran en libertad, pero a su vez también me  entristece este cautiverio con el único fin de contentar y atraer a los turistas.

Y de  nuevo en la barca, ya es tarde, el sol va bajando y con su descenso la temperatura se va haciendo más soportable, quizá no es el momento del día en el que hubiera hecho más falta pero el guía nos ofrece zambullirnos en el río, oferta irrechazable para JM y para mí, que no nos lo pensamos dos veces y  nos tiramos de cabeza al agua, que aquí es turbia y marrón, pero que a diferencia de río abajo, en la ciudad y sus aledaños, es un marrón lleno de vida, rico en limos y fértil materia. El baño es breve pero dura lo suficiente como para refrescarnos y para sentirnos por unos minutos abrazados por las tibias aguas del Amazonas, el padre de todos los ríos.

Tras la cena, un momento mágico, navegando en canoa por un pequeño afluente, por toda iluminación, una gigantesca luna llena que recorta el perfil del bosque como sombras chinas contra un firmamento de otro hemisferio para mí todavía desconocido. Guardamos un silencio casi reverencial como cuando se visita un templo, los remos acarician imperceptiblemente el agua y nos quedamos absortos oyendo  los innumerables sonidos de una selva que parece no dormir nunca. La falta de luz hace que se agudicen los otros sentidos, oído y olfato ganan protagonismo, percibiendo la selva de una manera totalmente distinta, más compleja, más rica, más llena de  matices.

Cuanto esto sucede todavía no soy consciente de ello pero, tras el regreso, este  momento será para mí uno de los de más grato recuerdo.

Ha amanecido, en algún momento se ha producido el relevo, los animales de la noche han dado paso a los del día, con sus cantos y silbidos ya conocidos. La mañana llega con un agradable frescor que no tarda en desaparecer y las ropas vuelven pronto a quedarse adheridas a nuestros cuerpos a la vez que una miríada de minúsculas gotas perlan nuestras caras.

Y con el nuevo día llega también la  oportunidad nuevas visitas, y de entre todas ellas la más esperada, la del poblado Yagua, una de las tribus del Amazonas. Una gran choza comunal preside el claro en la selva en el que nos encontramos, ellos están en un extremo de la choza y nosotros en el otro, como dos mundos que se ven pero que no se tocan. Llevan sus típicas faldas de fibras vegetales y sus caras lucen las pinturas con las que han adornado desde hace generaciones, pero sus miradas seguro que ya no son las mismas, ahora son codiciosas porque saben que tras cada visita, las ventas de baratijas les garantizará su sustento. Nos hacen una demostración de sus danzas, allí en la misma choza comunal, convertida ahora en carpa de circo y ellos en unos figurantes que repiten sin convicción, apáticos y hastiados, unos movimientos y unos ritmos que, de tanto repetirlos cuando no toca, han perdido su valor ritual y su fuerza, reduciendo siglos de tradición a una simple farsa.

Nuestra aventura toca a su fin a media tarde. La lancha va veloz pero ya no se queja yendo como vamos a favor de la corriente mientras una agradable y fresca brisa acaricia nuestras caras y separa de nuestro cuerpo esa segunda piel en la que se había convertido nuestra ropa.  Me despido mentalmente del inmenso río y de la selva. Pienso en los cercenados árboles de nuestro paseo, en los pobres animales domesticados y manoseados, en los indígenas convertidos en un espectáculo para turistas y pienso que tal vez son los diques, los muros de contención, que sirven para contentar a los viajeros ávidos de experiencias y sensaciones, una frontera que impide que se vaya más allá y que estos son los héroes, los mártires, que se sacrifican para que el Amazonas, su fauna, su flora y sus gentes estén aún a salvo en lugares más remotos.

Y así, con estos pensamientos, abandono el Pulmón del Mundo para dirigirme a Qosqo, su ombligo.

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  1. merin

    Un relato íntimo y personal, me encanta tú capacidad de transmitir los sentimientos que te
    ha provocado este viaje. Debo decir que los he hecho propios.

  2. Jose

    Es como estar en un mundo recondito pero a la vez un lugar por donde ya ha pasado mucha gente.

    Mucha suerte con el relato.

  3. carmen

    Durante unos minutos he conseguido trasladarme allí y ser capaz de disfrutar de la emoción de la aventura y la tristeza de lo que está pasando en estas regiones del planeta.

  4. Elvira Endo Alvarado

    Viaje de descubrimiento de un mundo diferente en la selva. Aprendiendo a ver lo diferente

  5. mp

    Estupendo artículo … Me ha encantado! He sentiod la selva en mi piel, y comparto totalmente tus preocupaciones con los turistas, como cambiamos el entorno que visitamos.

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