Volando por el Universo. Autor: Rusvelt Julián Nivia Castellanos

En la mañana vio la niebla. Agitaba sus cabellos negros. Le acariciaba la cara. Era un niño feliz y estaba suspirando el incienso del bosque. Se sabía sentado sobre una hojarasca y descansaba los ojos bajo las sisellas de los andes. Mientras, la bruma siguió recubriéndolo junto con el frio. De súbito; se formaba en pequeños torbellinos, que veloces hacían repicar la llovizna. Estos espirales; atravesaban los árboles, arrasaban con las hojas grises y el rocío fue mojando al mago.

A causa del agua; Jovet se levantó del prado, caminó por la tierra húmeda y se refugió en una ceiba de enramadas cenicientas. Allá mismo, se recostó contra el tronco, cerró sus iris cafés. De a poco, comenzó a imaginar el cosmos. Lo supo de diversos colores. Desde su mente evidenció las galaxias orladas. Fulguró un planeta con androides. Cruzó por sobre las construcciones de ellos. Tras lo fugaz; se presenció en medio de muchas nebulosas. Así por lo que hubo explorado, quedó encandilado ante tanta belleza absoluta.

Más por lo deseado, el niño intentó volar con su alma para ir a los parajes sibilinos. Al principio, fue alejándose del cuerpo suyo lentamente. A fuerza, se elevó sobre las serranías nevadas. De una forma maravillosa se fue retirando de las campiñas. Hacía lo etéreo, subió hasta los espacios tan claros como oscuros. Con agrado los admiró con adoración. En efecto recorrió sus paisajes sagrados. Tanto, que de repente llegó hasta un agujero de gusano y allí se metió para seguir viajando.

Ante lo obrado, trasegó por entre un montón de rayos acrisolados. Esta visión de pleno lo hizo más sensible. Cada chispazo le mostraba una naturaleza nueva. De sorpresa, surgían centauros violáceos y cientos de estrellas. En el otro instante, vio germinar un mar de plata con varios delfines que allí nadaban. Todo esto lo asombró. Así que siguió por el túnel de la vida. Exploró cosas que nunca antes había conocido. Y sólo se detuvo, cuando descubrió el mundo de los sibilinos. Ellos eran una tribu de marcianos. A Jovet, por cierto le dio miedo. No sabía si estos seres eran bondadosos o malvados. Sus cabezas eran redondas; tenían las orejas largas, sus pieles eran fucsias. Además, uno de ellos se le acercó al frente suyo y le susurró unas palabras incomprensibles. De paso, olió su esencia espiritual. Ante ello, claro que el niño volvió a su bosque por medio de un embrujo.

Ya en su paraíso; abrió los ojos suyos, se supo junto a la ceiba y luego se encontró allí con el marciano.

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