Perdido en la ciudad. Autor: Rusvelt Julián Nivia Castellanos

Todo sucedió en la mañana del lunes. Yo deambulaba por las calles de parís, queriendo evitar la perturbación que padecía. Sin ninguna compañía, divisaba las mansiones del barrio montmartre. Las fachadas me parecían hermosas, estaban rodeadas por jardines. Como un humilde colombiano, exploré cada unas de las estructuras maravillosas. En demasía, quedé asombrado. Fue haber encontrado el futuro ante mis ojos. Más las mozas, con sus pañoletas rojas en la cabeza, salían a los balcones para escuchar los pájaros. Eso desde temprano se presentía la fiesta. Sus bellezas colmaban todo lo dócil. De una manera inesperada surgía el alboroto en las plazas; ellas posaban como modelos en tanto los fotógrafos hacían el arte.

Mientras, yo cogí de rumbo en bajada por unas escaleras. Y pensé que muchas veces en las cosas simples está la felicidad. De paso, rebasé a varios poetas malditos. Algunos de ellos, inquirieron en mi espíritu según como sus rostros permanecían impasibles. De a poco se dejaban arrastrar por la despreocupación. Casualmente uno de esos rapsodas, quien tenía puesto un sombreo, estaba fumando bajo un almendro, viendo nomás pasar a la gente y esto quizá lo hacía para estimular su inspiración.

En tanto lo personal; se me olvidó el tiempo, voltié en una esquina, crucé por un prado amarillo sin detenerme. En efecto, los artistas se quedaron atrás. A lo distinto por allí, había unos niños jugando a ser libres. Los unos felices, se resbalaban por un rodadero y los otros risueños, montaban en columpio. En cuanto a mí, seguí de camino a pie. Avancé con pleno despabilo. Tanto que no recapacité en como devolverme. Eso adelanté varios edificios entre muchos callejones. Cada vez más, quedaba fascinado con esta capital gloriosa. Por lo linda, sus perfumes me empujaron hacia otros sitios desconocidos.

Ya pasada una hora, me di cuenta de que estaba perdido. Lo primero que hice fue tratar de no asustarme ni ponerme a llorar. De reacción, llamé a un transeúnte con la mano para que viniera adonde yo resistía, sin embargo el señor no entendió y salió corriendo. Ante tal situación, fui al restaurante que había al frente mío. Cuando estuve adentro, un camarero se me aproximó con prudencia. Iba vestido de blanco. En el acto le formé un rectángulo con los dedos, aparte de haberle ejecutado una mímica como pintor. Por suerte, el joven adivinó mi petición. Entonces, extrajo de su bolsillo una libreta con un lapicero, pronto me entregó esas dos cosas.

Gracias a ello, pude dibujar la plaza de tertre. Una vez  acabé lo pretendido, el joven de ojos azules logró reconocer aquel sitio. En razón; tomó el boceto, figuró un muñeco donde nosotros estamos con el restaurante y luego trazó un camino que llevaba a la plaza de culto.

Bien, mucho tiempo después, llegué a donde los maestros de tertre. Fue extenuante la caminata, no lo niego, aunque estando ya allí entre ellos y sus cuadros, yo volví de repente a mi calma. En ese paraje; naturalmente recordé en cómo ir al hotel menosal, donde llevaba varios días y noches de estadía.

Así que por lo vivenciado, fui hasta aquel edificio de tres pisos. Más, cuando ingresé al cuarto donde dormía, sentí alivio al observar mi máquina de escribir intacta, aún con la hoja llena de letras hasta la mitad. En sucesión, para no recaer en ningún otro incidente, me puse a terminar este cuento.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    En una ciudad como París, no es ninguna desgracia perderse, lo comprobaste,no?

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