El harragán. Autor: Oliver Montilla

Una mañana muy resplandeciente, una señora se levantaba a cultivar de buena gana su jardín, pero su marido estaba de muy mal humor y quería seguir durmiendo; su mujer le increpó: ¡Levántate haragán, ayúdame a cultivar para poder sembrar verduras siquiera!, pero el marido ni quería mirar el machete.

La señora amarga botó al marido de la casa y éste le dijo: Mujer, acuérdate que por la misma puerta por la que hoy me botas, voy a regresar ganador.

El marido se fue hasta del pueblo, porque la gente sabía de su ociosidad y no lo quería, se fue lejos, pero era tan haragán, que no podía construir ni una chocita; padecía de hambre y temblaba de frío, así que un día, moribundo, se durmió.

Dos gallinazos se posaron sobre él, creyéndolo muerto, pero uno de ellos dijo: Se mueve un poquito, creo que está vivo, mejor vamos a ese pueblo donde la gente se está  muriendo de sed, ahí la comida está segura, porque la gente no sabe, menos el gobernante, que hay un pozo detrás de una de la letrinas, y está el agua a sólo dos metros de profundidad, además  ese gobernante ofrece una recompensa muy grande para el que encuentre un poquito de agua. En esas estaban lo gallinazos, cuando el haragán se movió bruscamente, se asustaron las aves y se fueron. Te lo dije atinó a decir una de ellas.

El haragán había escuchado todo; sin embargo, vuelve a echarse para dormir. Estaba ya casi soñando, cuando otros dos gallinazos se posaron sobre él y lo tantearon por si estaba muerto. Uno le dijo al otro: Que tal si le doy un picotón para saber si está muerto, porque parece que está vivo.

Su compañero lo respondió: A lo mejor nos mata, en todo caso vamos a la casa de ese alcalde que está próximo a morir, pero no sabe que su mal está debajo de su cama y es ese sapo que ahí vive y todas las noches le succiona su sangre; si ese sapo moriría, el alcalde se salva y se recupera en un mes, como él no sabe de esto ofrece una fortuna al que lo salve, ¡Vamos!, y los gallinazos se fueron.

El haragán no se aguantó. Fue al primer pueblo, avisó al gobernante, cavó detrás de la letrina y a dos metros halló abundante agua. Se le dio su fortuna, compró cincuenta caballos y se dirigió al otro poblado. Allí informo que él podía salvar al alcalde, quedó a solas con él y sacó al sapo, lo mató y lo cuido durante un mes; al cabo de ese tiempo, el alcalde sanó y le entregó una gran fortuna, por lo que el haragán compró otros cincuenta caballos y se marchó a su pueblo.

Una vez en su pueblo, el haragán al llegar fue objeto de adulaciones de los pobladores. Pero al llegar a la casa de la mujer, si bien ella lo recibió, primero le invocó que dejara la haraganería. Él prometió hacerlo, pero luego acotó: ¡Ya ves mujer, te dije que por esa puerta por donde me botaste, voy a regresar ganador!

*Pronunciado así, para enfatizar semánticamente este comportamiento.

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