Ping Pong Bar. Autor: Franz Manuel García Zorrilla

El Grandioso me observaba. Inerte.

Con su pequeña sonrisa y grandes orejas que recordaban las mias.

Con el pecho y el cuello bordado de ramas y medallas.

Con sus lentes cuadrados de pasta con los que podía mirar lo que quisiera.

Pero me miraba a mi.

Yo estaba sentado en el lobby del Four Seasons de Bangkok y lo admito, a pesar de nunca haberme interesado, Asia me tenía embriagado.

En todo el lugar, cientos de flores como bayonetas de colores en tubos de cristal apuntaban al techo de cuarenta pies de altura. Enorme, dividido en cuatro y adornado con diseños circulares y colores psicodélicos como Sunshine of your love oriental; Amarillo,

rosa, azul acua y rojo.

Una gigantesca flor de loto pendía justo sobre mi cabeza y miles de florecillas planas, verdes y doradas, volaban por el espacio.

Tenía en las manos aquel libro, que tomé de la pequeña mesa junto a mi.

Y aquella vieja foto de aquel rey, que no paraba de mirarme, con aquel peinado de lado, Bhumibol Adulyade.

Un séquito de militares, funcionarios y sirvientes lo acompañaba. La sombrilla que no cargaba dibujaba una sombra muerta a sus pies. El libro recogía parte de su vasta colección de fotos. Orgulloso, el rey mostraba lo espectacular de su tierra y de sus hijos, como solía llamar al pueblo, en ciento ochenta y cuatro páginas satinadas.

Nada en su reino escapaba de su lente.

Aparentemente, era desde muy joven aficionado a la fotografía y siempre llevaba del cuello su cámara Nikon.

Aquel año, en su sesenta aniversario de mandato, fue proclamado El Grandioso.

El libro titulaba ‘El ojo del Grandioso’.

Esa noche pensaba regresar con mi amigo Andrés Moya al bazar nocturno Sua Lung de artesanía, y explotar con souvenirs el poco espacio libre que quedaba en mi maleta.

Andrés quería llevarse una segunda muñeca rezadora para su hija, y un Budah durmiente tallado en madera para la sala de su casa. Y acordamos pasar luego por el mercado de flores que abría a las dos de la mañana, dándole algo de crédito a los gays, insomnes y enfermos del jogging que no pararon de comentarlo a lo largo del seminario.

Andrés era colombiano. Lo habían transferido junto a su esposa e hija a Puerto Rico para rescatar la oficina de San Juan y luego por lo mismo a ciudad México.

Recuerdo que decía:

-Hermano, usted sabrá que la cagó cuando me manden para su pais-

Pagó los siete whiskies que se tomó y mis dos ginebras con tónica.

Yo dejé el libro de fotos del rey sobre la mesa y nos marchamos.

Un pequeño botones abrió por nosotros la gigantesca puerta blanca del frente del hotel e inclinó su cabeza en reverencia.

–Dependiendo de qué tanto los chinos éstos bajan la cabeza en el saludo, el que lo recibe merece: Respeto, altísimo respeto, o se trata de una puta divinidad- me susurró Andrés.

Pues para el tipo éste somos Jagger y Lennon, pensé para mi.

Un taxi Hyundai blanco nos esperaba.

-Sua Lung Night Market-

Dije en inglés, con una torpe imitación del acento thailandés.

No sé por qué hice aquello. Sonó ridículo. El taxista sonrió y respondió sin voltear

–Night Market! …Ooooh nice girls!-

Y reímos sin entender.

Doblamos en la esquina, pasando frente al gigante Budah al costado del centro comercial.

Se veía como en el día. Con el torso vestido por una banda de satín.

Combinado con infinidad de flores amarillas y blancas.

Con un cementerio de baras de incienso, en vasijas a sus piés.

El olor del día no estaba. Se había marchado junto a los fieles que lloraban en silencio.

El portón que lo rodeaba aparentaba cerrado. Estaba solo.

Descansando su ardua jornada laboral de fe.

Pasamos dos o tres calles y todas las casas y negocios que vimos tenían al frente un pequeño altar. Una especie de buzón de correo repleto de flores, incienso y postales religiosas.

Hasta McDonalds tenía el suyo.

Creo que era una forma de bendecir el lugar. De alejar posibles espíritus que pudieron habitar allí. Qué se yo.

Pasando frente al parque, el paisaje me tomó de la barbilla y golpeó contra el cristal.

Una poblada de carritos de aluminio y sillas replegables se extendía en filas a lo largo de cuadras completas.

De noche, la ciudad se crece mostrando sus estrías de metal.

La gente caminaba como cucarachas en la basura. Las aceras estaban repletas de minúsculos negocios de comida, armados con el atardecer. Apiñados, pequeños carritos con tres o cuatro mesitas ajustadas en el precario espacio de la calzada.

No se veía mucho. Sólo lo que recogían los bombillos que llevaban colgados los techos de lona. Entre uno y otro, en el suelo junto a la cuneta, se amontonaban los platos sucios de los clientes satisfechos que terminaban de comer.

Minutos más tarde el taxi se detuvo en un callejón bastante más oscuro.

No era ninguna de las tres entradas del mercado Sua Lung. Otros dos autos esperaban por algunas personas que salían de una modesta puerta de metal.

No le reclamamos al taxista pues hubiese sido inútil. Le pagamos con un billete de veinte bahts y decidimos entrar.

El lugar no tenía letrero y a pesar de que adentro no habían raquetas de caucho ni mesas azules, todo el mundo lo conocía como Ping Pong Bar.

Una joven de inglés tan precario como su dentadura nos indicó el cover, quince dólares por persona para ver el show, un trago incluido.

Andrés se adelantó, -¡Démosle marica!- y entramos.

Pidió en la barra, la cual no recuerdo, dos rones con Coca y nos sentamos en la segunda fila de la derecha, frente al escenario.

El lugar era oscuro y pequeño. Más pequeño que la celebración de mi último cumpleaños.

Al otro lado, un grupo de cinco jóvenes finlandeses, cuatro chicos y una chica, bebían y gritaban sin parar.

Como en juego de fútbol.

Dos mujeres se sentaron a nuestros costados pidiéndonos algo de beber.

Sin mirarlas empezamos a reir de manera nerviosa. Entre risas, Andrés me decía:

-Hermano, yo creo que su primo quiere beber algo-

Y no paraba de bromear.

-Uy marica, la mía es la vieja más inmunda del planeta. Se la cambio por su primo-

Las mujeres empezaron a tocarnos en rudas caricias.

A ritmo tropical, una joven delgaducha con las piernas amoratadas y una marca de queloide en el hombro inició su rutina de baile sobre el escenario.

La joven no perdió tiempo y torpe se desnudó en un momento.

Llevaba tres tatuajes indescifrables en el costado, la nalga izquierda y la espalda.

Éste último sin terminar.

Tenía los dientes superiores tan separados que parecía faltarle uno.

Desnuda y dando pasos propios de un mago, se agachó en el escenario y recogió lo que parecían ser hojas de navaja. Una tras otra y de manera minuciosa, las amarró a un pequeño hilo sin perder el ritmo de la música en tímidos y cortos pasos.

El calor y las luces del escenario hacían que la chica sudara.

Sus brazos y rostro se llenaron con diminutas gotas.

Al terminar de amarrar las navajas al hilo, como experimentado scout, las mostró al público, las embolló delicadamente y colocó entre sus piernas.

Directo en su vagina.

La música cambió por un redoble de tambores brasileños y luego por una zamba.

Por espacio de dos minutos la delgada joven bailó, más animada que antes.

Las mujeres continuaban tocándonos.

Dentro de mi crecían el asco y la curiosidad al mismo paso.

La joven detuvo su baile de manera abrupta. Parada en el centro del escenario abrió las piernas y empezó a halar del pequeñísimo hilo visible.

El hilo salió poco a poco y una tras otra se descubrieron las navajas frente a todos.

Una, dos, las tres fuera.

La joven se agachó nuevamente en el escenario y recogió una hoja de papel.

Se acercó al público y cortó el papel con las navajas en delgadas tiras como prueba de lo peligroso de su acto.

Los alegres finlandeses deliraban en aplausos, gritaban y se empujaban frenéticos, salpicando con sus tragos a los locales de las mesas vecinas, quienes al parecer conocían el acto y no compartían la euforia de los extranjeros.

Minutos después, las mujeres continuaban pidiéndonos alcohol.

Nos flanqueaban. No dejaban espacio para que nadie pasara, ni espacio para que pudiéramos salir.

Nos dijeron que era su turno, que las observáramos.

O al menos eso entendimos que nos dijeron.

Le dije a Andrés que aprovecháramos para salir de allí.

-No marica, ¿cómo le hace eso a su primo?, no sea hijueputa-

Me dijo. Y luego, mucho más serio susurró.

-Tan pronto acaben las viejas, antes de que se bajen, nos largamos-

Subieron juntas al escenario. Se escuchaba The final Countdown de Europe.

Una llevaba un vaso. Por fin pude verlas bien. La otra era regordeta, con un aretito en el oculto ombligo y una cicatriz en el costado.

Era asiática, no de las blancas sino de las que tienen la piel tostada.

Empezó a desnudarse.

Tenía el pelo teñido de rojo. Sus manos, las que minutos antes me tocaban en ominosa caricia, éran toscas y masculinas, pero eso ya lo sabía.

Se comía las uñas.

Sus tetas eran pequeñas y puntiagudas. Un pequeño collarín de bolitas de madera fue lo único que se dejó puesto. Sus piernas eran más delgadas de lo que correspondía y tenían várices. En el tobillo derecho, un ordinario tatuaje en forma de alambre de púas.

Tenía las uñas de los piés pintadas de naranja con las puntas negras, y unos adornos blancos que no logré distinguir.

Eran uñas largas, como si fuesen de manos.

Parecían grandes manos con dedos cortos pegadas a sus tobillos.

Para cuando el piano de inicio de la canción terminó la mujer estaba desnuda, y Andrés continuaba burlándose:

-¡Marica, mire a su primo en bolas!-

No se veía ni un pelo en su cuerpo.

La otra mujer, se dejó sólo una tanga y sostenía el vaso con cuatro pelotitas de ping pong. Las que le pasó a su desnuda compañera.

El baile comenzó. Más suave y violento que el anterior. Su cuerpo agonizaba en suaves convulsiones. Los grumos en su abdomen vibraban en cada pulsación.

Mostró una bolita de ping pong.

La mostró mientras caminó como flamenco por todo el escenario.

Sonreía sin dejar de mirarme a los ojos. Se detuvo frente a nosotros y en grotesca rutina se introdujo la primera bolita entre las piernas hasta tragarla por completo.

Luego la segunda y la tercera.

Para mi asombro, la cuarta pasó con mayor facilidad.

La mujer continuó bailando, moviendo los hombros y alborotándose el pelo.

Movía las caderas delicadamente en largos pasos. Mientras, su compañera colocabael vaso de cristal en el piso del escenario, a dos  piés de ella.

La música se detuvo.

Se paró con las piernas semi-abiertas y las manos en la cintura.

Un sonido de redobles martilló todo el lugar. Tras una ligera contracción de cintura, su barriga tembló como demolición en cámara lenta y en un violento apretón de nalgas una bolita de ping pong salió disparada cayendo dentro del vaso.

La gente aplaudía. Unos más que otros.

Los más ebrios, los finlandeses, celebraban sin dejar de fumar ni beber golpeando sin darse cuenta las sillas de los locales quienes furiosos retaban sus miradas.

El redoble gritó silencio de nuevo.

Dos, tres bolitas disparadas tras el apretón de sus nalgas, cayeron en el vaso tan certeras como niño de bomba en piscina.

La voz en los parlantes pidió silencio en varios idiomas. El redoble tomó ventaja.

La mujer se concentró. El sudor cubría su cuerpo hasta las plantas de sus pies, dejando huellas húmedas en todo el escenario.

Su pelo lucía empegotado. El humo de los cigarrillos finlandeses se coló en el escenario, dentro del proyectil de luz que le palpaba la barriga y las piernas.

Cerró los ojos, respiró profundo, afincó bien los piés separando un poco más las piernas.

Se sujetó de las caderas y sus brazos parecían cartabones.

El sudor quería arrojarse de sus codos pero no lo hizo.

Presionó la barriga y las nalgas con enorme fuerza.

Los finlandeses bailaban sin consideración por los demás. Los locales, hartos, se pararon para iniciar la pelea.

La cuarta pelotita dió a parar con las demás.

El sonido del plástico chocando con el vidrio del vaso anunció el suceso.

Tras abrir los ojos, agotada y triunfante me sonrió.

Para cuando regresaron a nuestros asientos ya estábamos en la calle.

A dos esquinas de aquel lugar. La caminata fue rápida y pesada. Una parte de mi, la que va los domingos a comer donde mi mamá, quería morir.

-La humanidad está jodida hermano-

Andrés se quejaba amargamente sin dejar de reir, tratando de llamar a su esposa e hija en un ataque de nostalgia y miedo. Pero su celular nunca funcionó.

Dudamos un minuto si podríamos encontrar el mercado de flores, pero nos rendimos antes de iniciar la búsqueda y decidimos regresar al hotel.

Luego de un par de minutos de caminata, frente a nosotros se izó de nuevo la caravana de casetas de metal. Para entonces lucía algo angelical. Como una escena del paraiso. Y a pesar de eso, evitamos las aceras ampolladas de carritos, las sillas replegables y la gente hambrienta, cortando paso por una avenida peatonal que desembocaba, afortunadamente, a dos cuadras de nuestro hotel.

Un enorme cartel con la imagen del rey se descubrió en el fondo.

Y estaba allí, otra vez frente a mi, con el mentón erguido.

Los ojos del Grandioso lucían como el faro que guiaba al resto del mundo a su tierra.

Con su pequeña sonrisa y grandes orejas que recordaban las mias.

Con sus lentes, ahora no tan cuadrados de pasta, con los que podía ver claramente las flores que recién amontonaban en el mercado,

a sólo cuatro calles de donde estábamos.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Te segui por toda tu salida nocturna en Bangkok y de tu mano sentí que realmente estuve alli.
    Saludos

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