Menudo Viaje. Autor: Tulio

Ha pasado una semana y aún guardo el recuerdo de aquel sujeto faltón, bastante desaseado y grosero por completo. «Menudo personaje.», susurró mi vecina de asiento al pisar la terminal 4 de Barajas, «Yo creí que ese tipo de cavernícolas habría desaparecido con la Democracia…»; lo dijo con un marcado tono de tristeza. Entonces me di la vuelta. Comprobé asqueada que el mamarracho seguía allí, persiguiendo nuestros traseros con la vista, casi babeando… Pero será mejor que regresemos al principio:

Interior de un Airbus 320 de la compañía Iberia. Lunes. 07:00 Zulú. “IB101”: vuelo regular entre los aeropuertos de Sevilla-San Pablo y Madrid-Barajas. Una hora de cómodo trayecto que nos permitirá cumplir con nuestras obligaciones laborales en la capital del país. La cabina de pasaje va prácticamente repleta de ejecutivos. Ellos, con chaqueta y corbata; ellas, con traje sastre y zapatos con bastante tacón. Todos, absolutamente todos, provistos de teléfonos móviles de última generación y minúsculos ordenadores portátiles con conexión inalámbrica a Internet. Silencio general. Aprovecharemos el comienzo del viaje para repasar nuestras agendas y retocar los últimos informes. En el Sur el tiempo es bueno. No obstante, uno de los pilotos se apresura a comunicarnos que tanto en altura como en la aproximación final soplarán fuertes rachas de viento africano, y en consecuencia, nos prepara para soportar el embate de severas turbulencias. Comienza a caldearse el ambiente: a nadie le apetece volar en condiciones meteorológicas adversas y es casi seguro que todos hayamos sufrido antes alguna mala experiencia por tal motivo. Un par de minutos más tarde, cuando el aparato culmina la rodadura y el mismo piloto nos anuncia la entrada en pista para ejecutar un despegue inmediato, una de las azafatas debe desplazarse hasta la sexta fila para pedir a aquel tipo desagradable que por favor deje de solicitar una bebida casi a gritos y se abroche de una vez el cinturón de seguridad. Como buena profesional: responsable, serena y educada, no le importará arriesgar su integridad física; pues está regresando a su asiento en el galley delantero cuando las turbinas comienzan a rugir.

Pocas novedades durante el ascenso. Bueno, quizás un aumento progresivo de los bandazos y de las vibraciones. De nuevo, los ánimos se encrespan en silencio. Alcanzamos el nivel de crucero sin que se apaguen los indicadores luminosos de los cinturones de seguridad. Esa misma situación persiste a lo largo de todo el trayecto y no significará otra cosa sino que el viaje podría complicarse en cualquier momento. No obstante, el imbécil calvo de la cazadora de cuero -no se ha desprendido de ella a pesar de la perfecta climatización del Airbus– se empeña en liquidar al menos tres güisquis de un solo trago, dirigirse a gritos a las auxiliares de vuelo y resto del pasaje, e incluso deleitarnos con canciones típicas de su pueblo.

La aproximación final, la toma y la carrera de frenado resultarán de auténtica pesadilla. El avión cayendo a cada paso por efecto de las fuertes rachas de viento con cizalladura; los motores atronando cada dos por tres para hacer frente a las pérdidas de sustentación; y el cielo despejado que nos permitirá comprobar la urgencia con la que nos acercamos a los terrenos baldíos (primero) y a las áreas urbanas (después) que rodean el noroeste de Barajas. Los pasajeros reprimimos el pánico como podemos. Bromeamos con cada sacudida o imitamos con la voz las oscilaciones de los motores. Como remate algunos comentarios en alta voz a cargo del impresentable. En concreto, el relato en sepia de sus años de servicio militar en el aeródromo burgalés de Villafría: «En aquellos trastos sí que se pasaba miedo… ¡Me cago en mis cojones!, la cantidad de veces que estuvimos a punto de matarnos en los putos DC-3…». Aterrizamos por fin. La mayor parte del pasaje aplaude la pericia de los pilotos, aunque el antiguo recluta les resta méritos mediante sonoros «Bah» y un repetitivo movimiento de la mano derecha; como si espantase moscas.

Pero (a mi juicio) lo peor sucederá al desembarcar. Como es costumbre en la compañía de bandera, la pareja de pilotos abandona su confortable y discreta cabina de mando para despedirnos a pie de finger. Aun a pesar de habernos dejado en tierra sin mayor consecuencia que la mera incomodidad, se obligarán a disculparse cara a cara con los pasajeros por la brusquedad del final del vuelo. Esa es precisamente la imagen que guardo en el pensamiento, la secuencia que me ha acompañado durante estos últimos días:

Mi acompañante y yo hemos abandonado la quinta fila de asientos de la derecha. Aguardamos de pie en el único pasillo del aparato. Justo detrás de nosotras podemos detectar el olor a cuero rancio y alcohol del hombre de las cavernas. Avanzamos con lentitud. El estúpido sexagenario no deja de hacerse el gracioso con una selección de chistes, a cual más trasnochado y soez, relativos a los hábitos sexuales humanos. Supongo que todos tenemos unas inmensas ganas de llegar para poder librarnos de él. Al pasar junto a la cabina coincidimos un segundo con los pilotos: un hombre moreno, joven y bien parecido, y una mujer que rondará los cuarenta y cinco años: ojos azules profundos, cabello rubio recogido con elegancia, y gesto de absoluto control de la situación; una profesional de esas que te inspiran confianza al momento, vaya. No parece causarle la misma impresión a nuestro maleducado vecino, puesto que al cruzar frente a los aviadores obvia por completo a la mujer y en su lugar, con tono confidencial y supuestamente versado, se dirige al hombre que luce tres barras amarillas en las charreteras de sus hombros: «Buen aterrizaje, comandante. ¡Eh!, y sé de lo que me hablo… que aquí donde me ves, hice la mili en Aviación; en Villafría, nada menos… Pero qué vas a saber tú, criatura, si no habías nacido.», y al tiempo, chasqueando ruidosamente mientras repasa de arriba abajo el cuerpo de la mujer de uniforme, se ajusta los pantalones mediante un enérgico tirón de su cinturón hacia arriba. «Disculpe caballero», replica de inmediato la mujer piloto, «pero en este ciclo la responsable de volar el aparato he sido yo, la COMANDANTE Heredia. A lo mejor no recuerda ya que esas tres barras que luce mi compañero indican tan solo el grado de primer oficial. Mire, yo llevo una más…»; expone cortante mientras se señala los galones. Cuando el tipejo es por fin capaz de reaccionar, cuando cierra su bocaza de pasmarote y se dispone a responder, ella añade categórica: «Y en lo sucesivo, cuando vuelva a volar con esta compañía, le sugiero respete las normas y vigile sus modales; no sea que nos veamos obligados a alertar de su mal comportamiento a la Policía. ¿Me ha comprendido, caballero?»

Qué lástima: no podemos entretenernos más. Ocupamos la puerta delantera del Airbus, colapsando el arranque de la pasarela. Por ese motivo, mi compañera de asiento y yo tendremos que dar media vuelta y comenzar a caminar hacia el área de llegadas. La sonrisa de satisfacción nos durará bien poco. Como he apuntado al inicio, unos segundos después, al girar la vista de nuevo hacia el avión, comprobaré que aquel tipo machista y repulsivo, humillado en su más íntima esencia Neanderthal, trataba de reponer el ego gracias al panorama de nuestros traseros.

Los tiempos cambian y la sociedad civilizada avanza. Aunque quizás sería deseable que lo hiciera un poco más rápido, ¿no creen?

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