Feliz 2084. Autor: Gonzalo Tomás Salesky Lascano

H. bajó de norte a sur por la avenida Juan B. Justo. Debía encontrar la forma de cruzar el río. El muro grisáceo se veía desde lejos. Las trincheras cavadas veinte años atrás habían perdido gran parte de su profundidad y el alambre de púas estaba tendido a lo largo, medio metro por encima de la pared. Pero no habría problemas con eso.

Tampoco con el agua. El lecho del Primer Río estaba prácticamente seco. Desde la sequía del 32, el Gran Lago era sólo una gran depresión llena de tierra y basura.

Cada uno de los guardias que custodiaban los puentes que llevaban a Córdoba del Sur estaba vestido de la misma manera. Casco de color negro, barbijo, fusil venezolano al hombro, botas, uniforme azul y anteojos oscuros.

Llegó hasta la barranca Las Heras. Un viejo parque de diversiones desvencijado y tétrico resistía el paso del tiempo y luchaba por no oxidarse. Algo utópico con el aire de estos días. Lleno de humo. El olor a pelo quemado le había quitado el apetito durante toda la tarde.

Miró al cielo. Lo que podía verse de él. Más allá del quinto piso de cualquier construcción no podía distinguirse más nada. Las nubes grises y blancas cubrían por completo el cielo de Córdoba del Norte desde unos diez años atrás.

Quizá su abuelo había jugado en ese parque, subiéndose a algún árbol, empuñando algún juguete liviano. ¿De plástico? ¿Cómo se llamaba ese material? Le habían contado algo de esos elementos pero no recordaba mucho. Seguramente antes del 49 había pasado a la gran Lista de Elementos Prohibidos.

¿Cómo habría sido aquella época? Hoy sólo permitían esos juguetes pesados de metal. Su madre trabajaba las catorce horas reglamentarias fabricándolos. No podía imaginárselos construidos de otra forma.

¿Plástico? ¿Cómo sería eso?

Llegó hasta la frontera y decidió esperar hasta el crepúsculo, el mejor momento para tratar de cruzar. En su mochila llevaba el recipiente lleno de soja y arroz. Cenaría pronto. Pero no podría brindar con nada, en la noche de su cumpleaños número quince.

Una hora después de cruzar, siguió caminando por la avenida Maipú hacia el sur, siempre hacia el sur. En plena subida decidió colocarse de nuevo los tapones para sus oídos. Otra vez molestaban los parlantes callejeros, el volumen estruendoso, las imágenes de radiotevé que bombardeaban con buenas noticias al tránsito aéreo y a la poca cantidad de transeúntes que no temían cruzar de noche por la ciudad. A su derecha vio el domo gigante que recubría la Gran Iglesia Amarilla y la estatua de un santo a caballo.

Cerca de las cuatro de la mañana, comenzó a llover. H.G. activó la protección de su abrigo y siguió caminando sin mancharse. En la palma de su mano, el mapa-móvil lo seguía orientando. Faltaban sólo catorce kilómetros para la prisión. Al finalizar el día, si el Gobierno y Dios lo querían, podría estar hablando con su padre. Si es que decidían quitarle el casco y no llenarlo previamente de toveína.

Tenía toda la semana para hablar con él y convencerlo de declararse culpable. No había otra salida. Se estaban arriesgando a perder su casa, la pensión de su madre, la comida para sus hermanas. ¿Para qué tanto esfuerzo en sostener la verdad? No iba a tener sentido su lucha de todos los días. A los doce años había entrado en la grandiosa fábrica estatal. Las nuevas leyes lo permitían. Había oído de su abuelo que antes se empezaba a trabajar a los dieciocho. ¡Qué desperdicio de tiempo! Desde que bajaron la edad de imputabilidad, uno podía ganarse su propio dinero. Si se puede delinquir e ir a la cárcel, ¿por qué no aportar para el Estado? Lógica pura. Con un argumento similar, el aborto era legal en las dos ciudades de Córdoba.

Ya hay demasiada gente. ¿Para qué más?

Llegó hasta el Parque Nuclear Sarmiento. Un complejo dedicado a generar energía pura. Sana. Limpia. Nunca entendió por qué lo llamaban parque. Desde allí salía la luz que alumbraba su casa las ocho horas por día. Otro de los privilegios que podían perder si su padre cometía la locura de seguir clamando por su inocencia. Era sólo una pequeña renuncia la que debía hacer.

La vida está hecha de esos sacrificios. Son esas pequeñas cosas que nos permiten seguir viviendo bien.

Contó de nuevo el dinero en su bolsillo. Llevaba por las dudas el billete de cincuenta mil, con la cara de Perón. Y dos más de veinte mil, con el rostro de otro célebre desconocido.

En total tengo… ¿cuánto? ¿Ochenta mil? Sí, ochenta.

Había terminado la escuela a los once y no recordaba algunas operaciones, sobre todo las más complicadas.

A su lado comenzaron a pasar las bicicletas, rumbo a las fábricas de la zona. Cientos de mamelucos azules como una fila de hormigas obreras. Con el día un poco más claro, pasó por la entrada de Nuevo Bouwer. En ese pueblo seguían viviendo los mutilados y ciegos, hijos y nietos de la última generación contaminada por la basura. Tantas malformaciones juntas… ¡Qué afortunado se sentía por no ser como ellos!

Él iba a tratar de mejorar su historia. Quería llegar a los veinticinco, pedir permiso legal para casarse y tener un hijo. O poder ahorrar mucho y esperar que lo dejen tener dos.

Sólo dos. ¿Para qué más?

Si convencía a su padre, esta misma noche y todas las que seguían podrían comer tranquilos. Tener mucho arroz. Mucha agua reciclada. Casi para todos los días.

Al fin y al cabo, es lo único que importa. ¿De qué sirve la libertad si no hay comida? ¿De qué sirve la dignidad a la hora de dormir en la calle?

Su padre no lo entendía así.

Agotado por la caminata, finalmente llegó. En esa prisión atestada de culpables e inocentes, la vida era un reflejo de lo que ocurría afuera. La división de clases, de bienes y servicios para unos y otros. Los horarios de explotación para empleados y reos. Las comidas distintas para la jerarquía y la plebe. Las oficinas abandonadas, podridas por la humedad. Los peores asesinos del siglo anterior habían podido salir de ese lugar. Y su padre inocente quizá iba a morirse de viejo allí dentro.

Mientras esperaba su turno, H.A.G. pensaba en la prisión sin muros de su ciudad y su país. Quizá se parecían bastante a esto…

Tomó aire, juntó coraje una vez más y entró.

Ánimo. Tengo que ver a papá. Tengo que convencerlo.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Prisioneros los de adentro o los que seguían fuera?
    Esclavos ambos de las voluntades y disposiciones tomadas por otros.
    Tantos años después en el futuro lo esencial no había cambiado…

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