Harlem. Autor: Lola Ortiz

–         Quiero que sea breve. Un abrazo fuerte y ya está.

Sentí sus brazos rodeándome. Aquél abrazo teletubiano marcaba el final del viaje, los cuatro lo sabíamos. Subimos las maletas al tren. Annaïs, la anfitriona, intentaba agilizar la despedida, pero no la íbamos a dejar salirse con la suya.

–         Muchas gracias por todo.- dijo Paula antes de entrar al tren.

–         Has sido un sol.- comentó Riki y la siguió.

Yo, sonreí y subí. Se cerraron las puertas, una última sonrisa y se puso en marcha.

–         Ehm ¿Cuántas paradas son? ¿Cómo se dice aeropuerto en holandés?- pregunté yo.

Aún se notaba la euforia de las setas que habíamos tomado el día anterior. Tampoco se podía negar que los porros matutinos nos habían afectado. Ni los fumados durante cuatro días non-stop. Pero las setas del día anterior habían sido la estrella del viaje, sin duda.

Tuvimos claro desde nuestra llegada a Harlem que el singular picnic lo reservaríamos para el último día de nuestra estancia. Annaïs escogió un parque bastante diferente de los típicos holandeses que habíamos visto durante aquellos cuatro días

Nos sentamos encima de unos troncos y preparamos el campamento base. El menú, para unos, yogurt con setas y para otros, un sándwich de pan dulce holandés con queso y, por supuesto, setas.

–         Entonces, ¿ellos son tus vecinos?- preguntó Riki.

–         Sí, pero puedes preguntarle a ellos directamente.- respondió Annaïs.

Los dos vecinos de Annaïs parecían majos, pero era el primer día que los veíamos. ¿Qué se le dice a un desconocido en un picnic de setas? Después de la comilona, decidimos dar una vuelta por el parque. Estábamos en lo alto de una colina mirando el lago.

–         ¿Esto era así de verde?- Paula de repente lanzó la pregunta al aire, pero era lo que todos nos llevábamos un rato planteando.

–         Vale… Pensaba que era la única. Clarísimamente no era así.- respondí.

Carcajadas generales. Empezábamos el viaje y entonces se hizo evidente.

–         Tengo una idea, le hacemos una foto para ver como se ve en la cámara.- dijo Annaïs.

–         Sí, si.- Riki siempre dispuesto a sacar la cámara.

–         Esta cámara no va bien… – apuntó Annaïs después de ver la foto.

Iban apareciendo colores a nuestro alrededor, muchos matices. Todo se me hacía borroso a la lejanía. Muchos inputs nuevos, difícil de clasificar. Muchas ganas de reír. También desconcierto, o mejor dicho, desubicación. Las cosas no eran igual que antes, eran nuevas. Poco a poco lo acepté. Estaba en un sitio diferente. Pero no pasaba nada, porque se estaba bien ahí.

Miraba a cualquier sitio y esperaba ver algo diferente, mejor. Y así era. Allá donde mirábamos había algo fascinante, que atrapaba nuestra mirada. Aunque podías entretenerte en una sola cosa, porque había tantas que llamaban tu atención.

–         Uf…- intenté expresar algo.

Paula me miraba y se reía, yo la seguía. No habíamos dicho nada, pero nos habíamos entendido a la perfección. Sabía que ella me decía que estaba conmigo, allí donde quiera que estuviéramos, y que molaba. Estábamos de turismo, teníamos que ver tanto y teníamos tan poco tiempo.

Seguíamos en la colina. En el cielo se combinaban blanco, azul, rojo, rosa y lila, con muchas degradaciones de cada uno; el agua del lago era verde y azul al mismo tiempo y de la ladera de cada colina salían pelos de perro. Más bien era como el pelo del dragón de la Historia Interminable.

Bajamos la colina por una pendiente de arena. Era tan excitante y divertido. Me habría pasado horas haciéndolo. Llegamos a un árbol. Annaïs lo había proclamado como suyo. No me extrañó que se lo quisiera quedar, era genial.

–         Este árbol lo han pintado unos indios.- le comenté a Paula.

–         Parece pintura.- respondió ella.- ¡Le queda súper bien!

Nada parecía estar quieto. Annaïs rápidamente se subió al árbol. A mí no me pareció una buena idea. Así que nosotros tres dimos un paseo por  la orilla del lago. No paraban de moverse las cosas.

–         ¿Qué hacéis?- gritó Annaïs desde arriba.

–         No sé, no queríamos molestar, estáis muy zen.- respondió Paula.

–         ¡Venid!

Corrimos al árbol.

–         Tiene más pintura ¡Me encanta!- susurré a Paula y ella asintió.

Risas

–         ¿Subís?- preguntó Annaïs

Estaba tan arriba. Me parecía un árbol gigante. Aquella vez sí que creí que era una buena idea. Me enfilé. Me movía sin pensar, el cuerpo se movía solo. Pero la verdad es que lo hacía muy bien sin mi ayuda. La alcancé.

–         Dios que inestable.

Decidí que ya no quería estar allí arriba. Cuando miré hacia abajo me di cuenta que Paula y Riki me habían seguido. Todos árbol abajo. Teníamos muchas ganas de hacer cosas. Así que decidimos ir a casa. Nos adentramos en el bosque. Apenas se veía nada, pero como iba de la mano de Paula, y ésta de la de Annaïs, me sentía segura.

Por un instante todo para mí era ese bosque. No podía plantearme otra realidad que no fuera ir andando por ese bosque. Y d repente, un vacío. Silencio. Estábamos en un gran descampado, la entrada de un párking al aire libre rodeado de árboles. Era tan grande. Habíamos entrado en una enorme sala de baile de un antiguo palacio. El suelo era precioso, cubierto por una enorme alfombra, que no paraba de cambiar, y los árboles eran unas hermosas paredes.

Pero teníamos que seguir, teníamos que ir a casa. A la salida del palacio una valla nos impedía salir. Se podía abrir con facilidad, y era tan divertido hacerlo.

–         ¡Mierda!- gritó Riki.

Tenía el pie dentro de un charco gigante. Ya estábamos en la carretera de camino a casa. Se parecía a la carretera por la que llegamos al parque. Era igual, pero de juguete.

Annaïs llevaba un gorro de nieve, de repente me di cuenta. Le quedaba tan bien. Me fascinó esa idea. La veía tan guapa y encantadora. No paraba de reír. Me gustaba mucho verla reír.

Yo iba cogida de Paula. Íbamos cogidas del brazo. Me sentía tan bien con ella del brazo. Estaba preciosa. La veía tan familiar, tan como siempre. Llevaba una bufanda nueva que había pasado a formar parte de ella. No quería que se fuera de mi lado. La envolvía un ambiente anaranjado que le sentaba genial. Brillaba.

–         ¿Habéis mirado para atrás?- Annaïs preguntó con cara de asombro.

–         ¡Sí!- respondí rápidamente.

–         Es negro…- dijo Paula.

–         Pero lo de delante es tan claro… ¡Vamos creando nuestro camino y cerrando a la vez!- se iluminó Annaïs.- ¡Mirad ese árbol!

Corrió a abrazarlo. Todos la seguimos. Arrancamos unos trozos de cortezas. Me lo quedé en la mano.

–         Es nuestro tótem- dijo Paula.

Seguimos.

–         No mires atrás…- le susurré como si lo negro nos pudiera oír.

Annaïs y yo empezamos a correr. Era genial la velocidad. Tocaba la corteza. Allí seguía. Era mi tótem. Parón y risas.

–         ¿Y esa cara de asco?- pregunté. Paula se miró la mano y yo dije.- Sí, empapado. Está todo mojado.

Risas.

–         No tenéis calor.- Annaïs empezó a quitarse ropa.

–         No, Annaïs… – me acerqué y dije más bajito.- Este tipo de espectáculos son los que tenemos que evitar.

–         Pero quítatela, ya verás que bien. – y se echó a reír.

La verdad es que tenía calor. Mucho. Me recorría todo el cuerpo. Además, iba acompañado de placer. Mucho. A rachas.

–         Vamos a casa y nos quitamos la ropa.- propuse.

–         Sí, sí… Por favor a casa.- Paula hablaba entre suspiros.

¿Y el tótem? Allí seguía.

–         No mires atrás…- le repetí a Paula.- No estás muy cachonda…

–         Joder, empapada…- respondió y risas.

–         ¡Sí! Empapada- Annaïs gritó.

Ya habíamos llegado. La casa era genial. Muy bonita. Entramos. Olía muy bien. Olía igual que la casa de mi padrino. Como me gustaba ir. No sé porqué, me encantaba, pero no era capaz de recordar ninguna escena concreta.

Los vecinos de Annaïs, que habían ido en bici, ya habían llegado y estaban en la habitación de Thjis. Thjis en toalla.

–         ¿Qué tal el viaje?- preguntamos los cuatro.

–         Buah! En la bici genial.- respondió Dirk.- Él se ha dado una ducha.

–         Ducha…- nos miramos las tres.- Sí, sí, sí queremos ducha.- Paula añadió.- Y porro.

Subimos hasta la habitación de Annaïs. Pantalones fuera y camisa. Agua. Abrí el grifo, necesitaba un vaso. Un vaso… Sí, un vaso era buena idea ¿Dónde? Miré a Paula. Me miró.

–         ¿Qué estaba buscando?- le consulté.

Silencio.

–         Tú te estabas haciendo un porro- dice Annaïs a Paula desde la otra punta de la habitación.- y tú querías agua.

–         ¿Y tú?- le pregunté.

–         No, sé…- risas generales- Pero aquí estoy muy bien.

–         Yo creo que ahí estás genial, te sienta bien estar de pie.- le confirmé.- ¿Qué tal el porro?

–         ¡Ostia el porro!- se acordó Paula.- Me había olvidado, pero va bien.

–         Sí, yo lo veo bien.- ahora hablaba sentada bebiendo.- os veo estupendas a las dos, una hay de pie y la otra con el porro.

Nos costó pero llegamos a la ducha. Cabíamos las tres perfectamente. ¿Quién la construyó habría pensando como medida tres chicas desnudas? Teníamos agua, un Chupachups  y un porro. Lo teníamos Todo. Un poco de agua, una calada y un rato de Chupi. Un largo beso, o dos, y lo que me había parecido Todo desapareció.

Descubrí el suelo. Sentarse fue un orgasmo. Paula me acompañó. No se pierde una. Annaïs erguida como un gran árbol  nos duchaba. Nosotras, empequeñecidas a sus pies, disfrutábamos. Paula me sonrió mientras el agua le caía y me transportó a Santo Domingo. El agua caliente cayendo a raudales y yo misma, riendo.

Nos habíamos cansado de la ducha y estábamos en la habitación de Thijis. Ya había olvidado el frío al salir, si es que había pasado frío. Sentada en un cómodo sofá entre Riki y Paula. No podía dejar de mirar aquella fotografía. Me sentía tan privilegiada. Podía mirarla cuento quisiera, analizar cada parte, no sé acababa nunca. Todo era interesante.

Annaïs estirada en la cama. Sentado en frente Dirk, tenía una pose realmente curiosa y parecía haber sido creada para él, o él era el inventor y por eso le quedaba tan bien. Thijs a nuestra derecha, jugaba con una cadena y un vinilo, era realmente atrapante. El atrezo de la habitación que nos recogía era digno de un comentario de arte. Las paredes claritas estaban llenas de cuadros, muy diversos, una gran cortina amarilla tapaba el gran ventanal y a un lado una bicicleta holandesa verde estaba apoyada contra la pared.

Otra habitación. Aquella a la que nos habíamos cambiado anunciaba el final del viaje. Estaba vacía, en comparación a la anterior. El mar. Un gran equipo de música nos había traído el mar hasta Harlem. Estiradas en la orilla de parquet no dábamos crédito a aquél viaje.

Anuncios

  1. Rayalau

    Si la intención de un relato es que la persona que lo lea se transporte a ese lugar y lo viva en su propia piel a mí me ha encantado viajar contigo.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Bueno como relato y original como tema de viaje.
    Consideraciones literarias y moralistas aparte, es de todas maneras un viaje que no me gustaría hacer.
    Gracias por compartirlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s