Mis principios viajeros. Autor: Alicia Ortego

Corría el año 1.980 cuando mis padres nos anunciaron que ése verano nos íbamos a Túnez, y después, pasando por Argelia, a Italia. Un mes.

Yo tenía 8 años de edad, y mis hermanos 6 y 5 años respectivamente. Lo que más nos gustaba de ése plan era que venía nuestra prima de 18 años, nuestra tía Chon –cuya memoria e inspiración nunca me dejarán, aunque falleciera demasiado pronto por culpa de un maldito cáncer-, y Jaime, un compañero del trabajo de mi padre, el típico chico con magnetismo irresistible para los niños. No dejábamos de jugar con él!

Sí, estos eran nuestros principales leit motiv para ése viaje.

Qué queréis, éramos niños.

La expedición, ideada y planificada –supongo- por los mayores, consistía en viajar con nuestros coches (un Jeep y un Dos caballos) las tiendas de campaña, y ya.

Economizando, que éramos muchos y pocos los recursos –inversamente proporcionales a las ganas de viajar-.

Éste no fue mi primer viaje, pero sí es uno de los que más recuerdos ha dejado en mi memoria, retazos que sobreviven a las décadas que han transcurrido ya.

Me queda un conjunto de sensaciones, pensamientos, imágenes y ensoñaciones que no las cambiaría por nada en el mundo, como:

-El sabor o la conciencia de descubrir culturas diferentes.

-Oír otros idiomas a mi alrededor y aprender algunas palabritas útiles para el día a día del viaje como “adiós” en francés, o “salam aleikum” (que la paz sea contigo).

-Jugar con los niños tunecinos y argelinos en cada parada o en los zocos (recuerdo que decidí regalar un “barriguitas” –muñeco de la época- a unas niñas con las que estuve jugando mientras mis padres hacía no sé qué gestiones en… ¿una comisaría?. Recuerdo su mirada, primero de incomprensión y después de infinita alegría).

-El sentir de aquél calor tremendo del mes de Julio, que según mi padre escuchó en la radio local un día, alcanzaba los 50 grados a la sombra.

-Mi primer té a la menta, mi primer cus-cus (por la noche, porque estábamos en Ramadán).

-No entender por qué los señores de las tiendas, en el zoco, me decían “Fátima”, cuando yo no me llamaba así! –mis padres me lo explicaron varias veces, pero yo seguía pensando que era muy raro eso… (Fátima es la hija del Profeta, y como no sabían mi nombre, para saludar o llamar nuestra atención o a modo de “piropo”, me decían “Fátima!”).

-La gastroenteritis que mi prima y yo sufrimos después de comer ostras y lapas que recogimos en las entonces playas desiertas de la isla de Djerba. Las dos tuvimos fiebre. Yo viajaba tumbada en la tabla de encima del maletero, detrás de los asientos traseros, en el Jeep y ella en el Dos caballos. Ella lo pasó peor, la fiebre y lo demás le duraron varios días, y los mayores estaban asustados, pero se recuperó.

-El frescor del agua y el fondo de arena de los arroyos del oasis de Nefta, cuando fuera el sol derretía hasta las piedras.

-Los ratos leyendo el libro de Los cuentos de Andersen de Arthur Rackham, en el patio de un hotelito de Matmata. Ése libro que aún conservo, que tantas veces leí de cabo a rabo.

Qué curiosa es la memoria.

Recuerdos de algunas “aventurillas”, escenas desdibujadas y muchos aprendizajes, como cuando yendo por una carretera, flanqueada de árboles con el tronco pintado de blanco (era cal y ahí aprendí o me contaron que eso se hace para que no suban las hormigas y dañen las hojas), nos dimos cuenta de que estaban llenos de caracoles!.

Paramos y Jaime propuso recolectar unos cuantos, asegurando que sabía cocinarlos. Toda la troupe nos pusimos a recoger caracoles. ¿Qué pensarían los locales que pasaban por allí? (si los había, no lo recuerdo). Imaginaos la escena por un momento: cinco extranjeros y tres críos cogiendo caracoles en los árboles de una carretera tunecina.

No recuerdo si finalmente Jaime los cocinó.

Qué curiosa es la memoria.

Recuerdo cómo al ver unos canales de hormigón enormes por donde discurría el agua para regar los campos de árboles frutales de la zona, a los mayores se les ocurrió parar y aprovechar dichos canales (era una canalización abierta a la superficie) para lavarnos, ya que no habíamos pasado por una ducha desde hacía… no sé, ni idea. Pasé mucha vergüenza porque los camiones y otros vehículos que circulaban por la carretera nos veían perfectamente, y yo no quería levantarme el vestidito que llevaba (un vestido heredado de otra de mis primas, apenas dos años mayor que yo, y que me encantaba J). Mi madre consiguió que lo hiciera, o más bien me obligó a ello, mientras mi hermano se escapaba corriendo para esconderse detrás del Jeep, ja, ja!!, y mi padre se dedicaba a retratar el momento con su Leica de segunda mano, comprada en 1971 o 72.

Qué curiosa es la memoria.

Otro recuerdo que atesoro es el de aquella noche, acampados en algún punto de las montañas de la Gran Kabylia (norte de Argelia). Estábamos en medio del campo. Mientras cenábamos, ya en la noche cerrada, los adultos conversaban animadamente y quizá con las voces algo alzadas. Yo oía aullidos y una especie de grito o risa a lo lejos, de fondo, y les decía a los mayores:

-Callaos! ¿no oís a los lobos?.

Ellos me miraban como de reojo y se preguntaban entre sí:

-No, yo no, ¿tú lo oyes?

–no, no, no oigo nada…

… y seguían hablando… no paraban, qué fastidio, así no oían nada!!

Yo volvía a oír aquellos aullidos y volvía a la carga con mi vocecilla infantil:

-ahora, ahora, callaos!!

No recuerdo si mis hermanitos decían algo, o estaban más cansados, o ya se habían ido a dormir. Sólo recuerdo cómo observaba alucinada la indiferencia de los mayores. Me sentía llena de impotencia.

A la segunda o tercera vez que les pedí que prestaran atención, me contestaron muy desenfadadamente:

-anda, anda, no digas tonterías, que aquí no hay lobos!

Nos fuimos a dormir. Esa noche, cosa rara, Jaime se quedó a dormir dentro del Dos caballos  (era un tipo realmente alto). Creo que le pregunté y contestó de forma un poco rara que prefería dormir allí, que estaba más cómodo. ¿¿??.

No sé cuánto tiempo llevábamos durmiendo, cuando un bulto enorme (y vivo) se empezó a echar o restregar contra la tienda de campaña. ¡Qué susto!. Pensé que era un oso!!. ¿Qué era eso?!

Durante unos minutos todo fue un caos. No sé quién o cómo salió fuera, pero sí recuerdo que  descubrimos que eran… vacas!.

Por allí el ganado queda suelto, semisalvaje, como en el Norte de España o en los Pirineos, y los animalillos habían sentido curiosidad, o lo que fuera.

El que peor lo pasó fue Jaime, porque las vacas zarandearon el Dos caballos a base de bien, y según mi padre, casi lo vuelcan, con él dentro.

Al día siguiente, sorprendí a los mayores comentando el ataque de las vacas y los aullidos de la noche. Resulta que sí, que los habían oído perfectamente.

No eran lobos, sino chacales. Los gritos-risas eran hienas.

No sé si hoy en día quedarán hienas en la Gran Kabylia, pero según mi padre hace 30 años sí las había.

El caso es que negaron mis llamadas de atención para no meternos miedo (a los niños). Eso me contaron. Quizá, y eso no me lo iban a contar, lo que pasaba es que tampoco querían alimentar el suyo propio.

Al menos sentí restablecido mi “honor” y “veracidad” ante los demás y ante mí misma. No me había imaginado nada –llegaron a hacerme dudar-.

Qué curiosa es la memoria.

Cómo ha cambiado la forma de viajar. ¿Os imagináis un grupo como éste, con tres críos, viajando así hoy en día? Acampando libremente por aquí y por allí, haciéndose la comida un poco entre lo que encuentran y lo que se les ocurre, conduciendo por carreteras y países desconocidos, y un largo etcétera. Entonces la mayoría del entorno social y familiar pensaba que estaban locos. Hoy… probablemente también, e incluso quizá la censura moral o de valor fuera mayor. Al menos por llevar a tres niños pequeños con ellos.

P.D. Esta es una historia real, basada en mis recuerdos y en los recuerdos de mi familia cuando hemos revivido este viaje en voz alta, y reforzada (no dominada) por las fotos de mi padre.

Mis padres no eran hippies, ni irresponsables. Eran y son apasionados de los viajes y querían (lo lograron) hacer partícipes de esa pasión a sus hijos y a todo aquél que quisiera apuntarse (en esta ocasión, mi tía, mi prima, y Jaime).

Con ellos aprendí que el mundo es más fácil y amable de lo que parece, incluso en los sitios más recónditos. Sólo hay que creer en él.

No me imagino una mejor educación, ni un mayor privilegio.

A mi familia, y a mis padres en particular: gracias.

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  1. alisetter

    Muchísimas gracias por vuestros comentarios, Yolanda y Elvira, un placer que os haya gustado 🙂

  2. Elvira Endo Alvarado

    Qué gran regalo para los humanos es la memoria, sobre todo cuando permitir atesorar recuerdos como éstos y nos facilita el acceso a ellos cuantas veces deseemos.
    Muy lindo tu relato, tiene un tinte de ingenuidad infantil que lo hace auténtico.
    No es una adulta recordando, es una niña contando sus tempranas experiencias de viaje.

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