El Sur. Autor: Fernando Gracia Ortuño

Nada más cumplir los dieciocho me fui de casa. Cada vez que pienso en aquél viaje no puedo por menos que pensar en la juventud y los errores y precipitaciones propios de la edad. Las incongruencias y estupideces que se hacen, te sorprenden al recordarlas, como si no hubieras sido jamás tú el que las hubo hecho. O ya  fueras tan del todo otro muy diferente que pensarlo resulta inconcebible. Pero por otro lado no tuve más remedio que coger los cinco duros que tenía, hacer la mochila y encaminarme hacia la salida de la autopista hacia el sur. Era el año  que Italia ganó el Mundial de Fútbol y los coches con banderas tricolores hacían sonar el claxon estrepitosamente al pasar a toda velocidad, como para que me uniera al festejo. Llegó un momento en que pasaba de levantar el brazo como golpeando una puerta imaginaria. Lo  tenía entumecido, y con el calor que hacía, que parecía que mis pies nadaran en un charco de lava, a duras penas podía continuar sin pensar en ello a cada momento. Un calvario del que no te podías olvidar a medida que caminabas. No podía renunciar. Me había propuesto llegar al sur y lo haría, aunque fuera con cinco duros en el bolsillo y pasando todo aquello, lo conseguiría. La chica que me esperaba allí se parecía un poco a Paul Newman, pero esto nunca se lo había dicho cuando estuvo en Barcelona. Era imaginarlo, y pensar en el actor, y mecánicamente luego en ella, pensar en él, y verla por la grabación de la cámara, y volver a ver al actor. Bueno, se generaba una especie de mal rollo, y medio rechazo, una casi repulsión, que tenía que meditarlo otra vez. Como un pez que se mordiera la cola, no había nada que hacer, trataba al fin de convencerme. Creo que en estas cosas el instinto es muy importante, es como una premonición lejana que te llega a través de extraños y ocultos presagios, llamadas del futuro que te hacen tomar otra dirección, y ya está: No había nada que hacer, vamos que ni en bandeja, pensaba, si me lo ofreciera de nuevo en bandeja, pensaba medio mareado por la deshidratación, me escapaba corriendo como un poseso, me largaría, y ahí se acaba todo. Por muy buena que estuviera. El calor me abrasaba, sudando a chorros y sin protección, no sé cómo no cogí una insolación. Tenía mi primera meta casi al alcance: Molins de Rey, a pocos kilómetros. Allí podría beber, pensaba sin caer en la cuenta de que muy bien podía haber ido por la nacional 340, donde a cada paso encontraría fuentes, pero mira, cosas de la adolescencia. Me estaba abrasando y viviendo un infierno desértico en la autopista, rodeado de alquitrán, yerro y cemento, apabullado por los zumbidos de los neumáticos de los coches, deshidratado y medio muerto por el cansancio, con los pies hechos unas ascuas, y ni siquiera se me ocurrió lo más evidente. Recordaba como un malentendido hizo que nos conociéramos mejor.  Mientras caminaba de vez en cuando me imaginaba la escena, cuando un día ella se puso de espaldas y arrodillándose comenzó a bajarse los pantalones porque yo le había dicho que en el trabajo habíamos ido de culo. No sé cómo diantres debió entenderlo que enseguida se desencadenó todo y fue muy gracioso luego al recordarlo. Se generó mucha afinidad entre nosotros por mucho tiempo. Por eso cuando se fue al sur y meses después me invitó a pasar una temporada allá con ella, todo y que no me acababa de gustar ese parecido suyo con Paul Newman, -no sé, como si se me hubiera atragantado en la conciencia el hecho de ver su rostro de espabilado en una chica tan imponente. No me lo pensé dos veces porque las cosas en la casa no estaban en su mejor momento, así que le pedí dinero a mi padre y todo lo que me dio es lo que llevaba, cinco duros, y tenía que llegar a Málaga. No tenía ni para una bolsa de pipas. Allí podría trabajar en varias cosas y volver cual hijo pródigo. Eso me creía, por lo menos entonces. El Sur me gustaba, había oído hablar mucho de las juergas a las tantas de la madrugada, de los fines de semana interminables, las discotecas, las playas tan bonitas, la comida, los pescaditos fritos, en fin, la vida que tanto añoran los países nórdicos como Inglaterra y Suecia, y que nosotros teníamos a la vuelta de la esquina. Por mucho que me saltaran las ampollas de los pies, llegaría. No era tan difícil ni imposible. Además, ya había llegado a Molins, En una frutería me dieron unas manzanas, casi sin creérmelo me las comí en marcha. Enseguida encontré una fuente en un parquecillo y continué poco después dirección a Tarragona. Bajo un puente, donde un poco más adelante había una cementera, me di cuenta que había apostados estrategicamente unos guardias poniendo multas. Enseguida se me ocurrió pedirles ayuda, y unos minutos más tarde me cogió un coche. Una mujer de mediana edad, que me llevó hasta Vilafranca del Penedés. Seguro que debió de pensar que se había ahorrado una buena multa gracias a mí. La verdad es que costaba bastante que te parara alguien haciendo autostop. Por eso tenías que ingeniártelas. Son cosas que jamás se te pasarían por la cabeza antes de verte en semejante situación. No tardé mucho en darme cuenta también que en las gasolineras había un filón si te lo montabas bien. Le tenías que caer bien al personal de la gasolinera, porque conocían a mucha gente que te podía llevar. Efectivamente: Gracias a éste truco llegué hasta El Vendrell, pero el camionero se desviaba hacia el Oeste, y tuve que volver a caminar un buen trecho, casi hasta Tarragona. El trayecto por carretera, ahora sí, me lo pateé yo solito el primer día, ya casi de noche y exhausto, sin saber dónde parar a descansar, ni si era aconsejable hacerlo, porque podía pasarte cualquier cosa. La incertidumbre sobre mi futuro inmediato me incentivaba a seguir en mi objetivo. Llegué a duras penas a una placita donde supongo estaba el Ayuntamiento y me senté en un banco un rato, observando la gente pasar y unos adolescentes despreocupados que jugaban con unos skates y se tiraban cosas, y recordé luego me refresqué en una fuente. Tenía los pies y las piernas destrozados por la pesadez y las ampollas, y me daba cuenta que necesitaba descansar un buen rato. Me acordé de que normalmente a esas horas estaba en la casa viendo la tele, después de cenar y a punto de irme a dormir. Pero ahora todo había cambiado, no había solución de continuidad, y era consciente de la plena diferencia entre ellos y yo en aquellos momentos, de que yo tardaría tiempo en estar en esa situación de total dejadez y despreocupación lúdica. Sin conocer el lugar ni las gentes, ni nada de nada de aquél pueblo, me imaginada la vida particular de toda aquella gente tan dispar que veía, y me hacía miles de cábalas acerca de sus costumbres y cotidianidades, hábitos y obligaciones que por otro lado no descubría muy diferentes a las mías, y esto hacía que de alguna manera me solidarizara con ellos y no me sintiera tan desplazado del pasado que había dejado atrás hacía apenas unas horas. Si por casualidad aparecía por una esquina una chic atractiva, salida de la nada, me imaginaba al instante que la conocía, me resultaba familiar siempre, y me figuraba que yo era del pueblo, o que habíamos ido al colegio juntos, por ejemplo. Era una posibilidad más, como tantas que había por los alrededores del mundo. Por qué no podría yo haber nacido allí. Perfectamente podría haber sido, y hubiera encajado como encajaban ellos allí, se reían y bromeaban y sus risas resonaban en la plaza desde la profundidad del tiempo. Creo que pensando en todas estas cosas me quedé un rato dormido, y me desperté de pronto sobresaltado en el asiento público, con un dolor de cuello que me hizo sentir ridículo allí con la cabeza sobre el pecho. Seguro que la pandilla de críos se había estado cachondeando, pensé. Así que cogí la mochila y entré en un bar para ir al lavabo. Primero, como era un servicio exclusivo para clientes, pedí un café con leche. Al salir del lavabo me lo tomé, vigilando escrupulosamente los movimientos de la camarera para escoger el tris oportuno. En un momento dado, al cabo de unos veinte minutos, la camarera entró en el almacén porque un cliente ebrio le había pedido unas banderillas para disimular toda la cerveza que se había echado por el gaznate, y las que tenía en el expositor de las tapas le habían acabado. Fue justo lo que yo estaba esperando, recogí la mochila del suelo, y como si tal cosa salí distraídamente los primeros metros a la calle, cuando llegué a la primera esquina comencé una carrera loca hasta la carretera, con la culpabilidad del miedo todavía en el cuerpo, que creo que hubiera batido muchas marcas de los polideportivos de la comarca. Llegué a una gasolinera al cabo de pocos kilómetros. Durante el camino me había propuesto fijarme en las matrículas de los camiones. Tuve mucha suerte. Uno de ellos, un tráiler de productos agrícolas se dirigía hacia Córdoba. Era una barbaridad de kilómetros. El conductor era un tipo curioso, de esos en que te fijas enseguida por su rara peculiaridad, de pocas palabras muy correctas y educadas. Nada más montarme dijo las cuatro tonterías típicas. Le conté un poco por encima qué es lo que me había propuesto y le pareció muy bien y se calló como dándome a entender que tenía que estar por la carretera. No me importaba estar callado, le dije, siempre, en los trabajos que había tenido, la gente rajaba por los codos y esto te impedía realizar correctamente el trabajo. Había algunos que hasta se choteaban, interrumpiendo a propósito y contándote todo tipo de memeces sólo para entretenerte cuando más faena tienes en ese momento. El camionero sonreía callado. Los focos me deslumbraban de vez en cuando mientras permanecía con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la escotilla de la cabina. Era relajante, y estaba tan cansado. Me desperté al cabo de mucho tiempo sacudido por los empellones del camionero, que por lo visto quería que bajásemos a tomar un café en un bar de carretera. Era extraño aquél tipo. En la cafetería el camarero parecía que le tomaba el pelo, ridiculizándolo y riéndose con desfachatez de alguna anécdota que no pillé, pero el tipo ni se defendía, se quedaba quieto, callado, inhibido y cortado, y en lugar de defenderse, lo dejaba parloteando estruendosamente delante de la clientela, mofándose y riéndose de él. Era indignante. Le hubiera partido la cara al camarero aquél. Cuando volvimos a la carretera, estaba amaneciendo, la luz se filtraba a través de una espesa neblina y el relente se calaba hasta los huesos. Pero se lo dije al camionero, y entendió que no había dejado de fijarme. Entonces comenzó a contarme una historia dando por sentado todo lo que yo decía, pero que esto a fin de cuentas no contaba para nada para él, o que cada uno es libre, y que las cosas son como son y punto. A mí me repateaba su argumento de manos caídas, pero me dije que a fin de cuentas ni me iba ni me venía, y que más bien tenía que dar gracias a Dios por haber encontrado alguien que me trasladara al Sur. Me resultaba tan curioso lo interesante de sus palabras en contraste con la fragilidad de su propia personalidad que era para mí como un contrasentido. Un pequeño teatro de lo absurdo. Me habían enseñado todo otro tipo de maneras de ir por la vida, y aquello me pillaba sin elementos para la comprensión, y me preguntaba si él querría entablar un largo debate con el extraño aquél para aclararlo. Pero al no decir nada de todo esto, y como leyendo mis pensamientos, el camionero comenzó a hablar. De las palabras concretas no recuerdo mucho. Más o menos venía a decir lo que muchos años después comprendí en los muchos trabajos que tuve, Cosas que se saben por el sentido común y los años sobre la diplomacia, la tolerancia y el perdón, la paciencia y el honor, pero que se aprenden de verdad cuando las vives en piel propia. Cosas que todo el mundo sabe. Era la forma en que las decía lo que llamaba poderosamente la atención. Las luces del alba contrastaban los reflejos y las sombras de un modo que no podía vislumbrar su rostro en ellos mientras hablaba. Era tan sugerente lo que decía del hombre del Universo entero, como el modo en que lo decía. Sugestionado, llegó un momento en que me asusté al comprobar que el que conducía era otro, no ya el camionero tímido y pusilánime que había visto horas atrás en la cafetería, sino un ser dotado de una fuerza inusitada y misteriosa que hasta llegué a pensar que la transmutación había sido por obra y arte de los extraterrestres. Este pensamiento no lo olvido, y siempre que pienso en aquella experiencia, me embarga la impresión de cómo puede alguien transformarse tanto en otro por el mero pensamiento y la descripción de las cosas, pues aquello fue muy distinto a cualquier debate o discusión. Al llegar, lo primero que hice fue contárselo a mi amiga, todavía asombrado por la experiencia de lo sobrenatural, casi sin darle tiempo a reconocerme. Descubrí que ella a su vez había cambiado mucho. Ya no se parecía al actor famoso, para nada, se había cambiado el corte de pelo, y algo en su mirada lo había trastocado todo, dejándome de súbito entusiasmado y sin aliento. No dejó que siguiera contándole la historia de mi viaje, y me invitó a visitar la Costa del Sol, donde conocía muchos sitios. Allí además podríamos trabajar en un chiringuito de la playa, si quería. Después de ducharme y arreglarme me invitó a cenar. Recuerdo que de pronto y sin saber por qué, después de decirle que con la condición de que invitaba yo, me opuse enérgicamente a que pagara ella. Era lo más estúpido que podía hacer en ese momento, con cinco duros en el bolsillo, y supongo que por el cansancio no me daba cuenta de ello, pero me empecinaba tozudamente, hasta que la cosa se puso tan pesada que ella cambió el semblante y dijo que lo dejara para más tarde, y esto casi nos acaba enemistando. Es curioso, al cabo del tiempo me contó por carta que entonces se dio cuenta que necesitaba dormir mucho más de lo que se había imaginado, cuando dijo que por lo menos había adelgazado diez kilos en el viaje, y que eso me había afectado la cabeza, y me había dado una insolación, y que estaba atontado, o llevaba una torrada y ésta había acabado por trastocarme la cabeza. Cuando le dije sin pensar que no me podía creer que hubiera hecho mil y pico kilómetros de un tirón para ver a Paul Newman, se puso como una moto, y vi claro la inutilidad de mi viaje. Ella empezó a bramar tonterías y al final me pegó dos bofetadas, y acabó la cosa como el rosario de la Aurora, pues no dudó en echarme de su casa ipso facto. No se lo esperaba ni ella un desenlace así, me dijo por carta, y luego le supo mal. Pero es que yo todavía no sabía que las cosas cambian -y las personas-, y no son lo que parecen. Ni yo mismo lo era, ni lo sabía por aquél entonces, ni que tal vez son necesarios que pasen treinta años, o muchas veces siglos.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Cosas de adolescentes contadas desde una edad más madura…
    Supongo que tocó volver a casa como el hijo pródigo.

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