El latir de la tierra de los olvidados. Autor: Eva Garrido Bayón

Maletas vacías, mente saturada. Subí al avión. Inquieta y algo desconcertada, me acurruqué en el asiento e intenté dormir para apresurar la larga travesía que me esperaba destino a África. Pero no podía. Era incapaz de conciliar el sueño y mi trasero se zarandeaba buscando comodidad. Atrás dejaba el tumulto de las calles de Madrid, el ruido de las carreteras apestadas de coches, el ir y venir entre constantes empujones del metro en hora punta…

Después de muchos paseos por la pista, el avión se levantó ligeramente del suelo, los motores desataron un estruendoso silbido y alzó el vuelo. El fuerte ruido del despegue me taponó los oídos.

“Switch of your mobile phones….”, se percibía de fondo.

Quería olvidar, escaparme. Mientras hacía estas reflexiones convenciéndome de que aquella decisión era la mejor que podía haber tomado, el llanto penetrante de un bebé terminó por estropearme las pocas expectativas de descanso que me quedaban. Cuando alcé la vista, una niña de ojos enormes y negros como el carbón, piel chocolate y un pelo precioso lleno de coletas, me miraba triste. No tendría más de dos años.

Su madre, una mujer que parecía incluso más joven que yo, se sentó junto a mí, me sonrío y me mostró orgullosa a su hija. “Me llamo Nakamia”, se presentó en un perfecto pero pausadísimo inglés. Aquella mujer viajaba hasta Kenia, la tierra de sus abuelos, sola con un bebé, y con un montón de pañales en el bolso casi como único equipaje. Cogió a la niña en brazos, la acurrucó bajo su pecho y la acunó recitando una cantilación hipnótica que hasta a mí consiguió provocarme el sueño.

La joven supuso una grata compañía. Me contó que había abandonado su país años atrás en busca de un sueño que todavía se le antojaba lejano. Occidente no resultó ser lo esperado. Había dinero y trabajo, pero confesaba que las caras que la rodeaban estaban apagadas, carentes de vida. Me fijé en sus ojos caoba. Desprendían el brillo de la esperanza.

Su conversación me tranquilizó. Su seguridad me asombraba. Yo, en cambio, no dejaba de preguntarme el porqué de aquella estúpida y arrebatadora decisión que, de la noche a la mañana, había destartalado toda mi cómoda vida. “¡A África! ¿A quién se le ocurre?”, resonaba la voz de mi madre en mi cabeza.

Habíamos llegado. Los relojes se pararon en seco. Alguien había dado al botón de la cámara lenta. Eso sí, había subido el volumen a tope. Se destaponaron mis oídos.

Al bajar del avión, nos recibió una ingente masa de mosquitos. El cúmulo de insectos en el ambiente era tal que se distinguía el crujido del chocar entre ellos. Percibía, además, un zumbido, un continuo latir que no conseguía descifrar de dónde provenía. Era el ruido de la gente al caminar, al amontonarse en las colas del aeropuerto, al esperar la llegada de un taxi que les llevara hasta casa.

Aturdida, cogí mi equipaje mientras mis oídos se acomodaban al murmullo. Salí del pequeño edificio del aeropuerto. Olía a humedad y el calor resultaba incómodamente pegajoso. Seguía oyendo pulular a los mosquitos a mi alrededor.

El aparcamiento al que llegué estaba atestado de coches, tanto que no conseguía llegar a ver el final en aquella explanada inmensa. Decidí esperar sentada a que alguien viniera a recogerme. La puntualidad era una cosa poco habitual.

Había algo raro en el ambiente. No sabía qué pero algo no acababa de cuadrarme del todo. Sentía como si mis pies se encontraran sobre una tierra de arenas movedizas, como cuando agitas una bolita de navidad y la nieve que hay dentro va cayendo poco a poco sobre los muñecos pero parece no terminarse nunca. Siempre queda algún copo en el aire. Inestabilidad. Sentía que me encontraba sin control sobre una tierra que se movía bajo las leyes únicamente de la aleatoriedad. Allí nadie parecía controlar nada.

El murmullo no cesaba. De repente me di cuenta de que junto a mí se erigía un pequeño puesto de comida a la brasa (realmente, bastante chamuscada). Su dueño tenía la radio a todo volumen y, sin nada mejor que hacer, se movía tímidamente al ritmo de la música. Al ver mi cara de asombro, me invitó a que le acompañara con la danza. El sol se agitaba sobre nuestras cabezas meneando su alegría.

Vino una furgoneta en mi búsqueda, subí y nos dirigimos hacia el centro de una ciudad frenética entre traqueteos, baches y el acompañamiento de una radio a todo volumen. Tenía, entonces, los ojos abiertos como platos captando las vistas que me ofrecía el camino. Pero lo que se me habían dilatado hasta la exageración eran mis oídos (o esa sensación sentí), la información sonora era tal que no daba abasto para asimilarla. Ese murmullo infinito era parte de la decoración de la ciudad.

El trayecto hasta lo que iba a ser mi estancia resultó largo, larguísimo; pero cuando miré el reloj apenas habían pasado treinta minutos. Es cierto, se había parado el tiempo. Sólo un ritmo bajo nuestros pies parecía no parar. Ese batir de tambores bajo la arena era el motor, el segundero que medía su vida. Empezaba a resultar agradable… ¡Bienvenida!

Cuando uno se acostumbra termina por no darse cuenta, pero en África parece no existir el silencio. Miles de ruidos envuelven las calles, ágiles y entusiastas incluso en la más desoladora de las aceras. Las radios, las teles o las melodías taladrantes de los teléfonos móviles se encuentran eternamente encendidas, de día y de noche, en la calle o en el taxi, pareciendo ser escuchadas por todos o por nadie, eso da igual.

La música se siente por todas partes, la música no descansa. Desde que nacen, los niños ya se mueven al compás del caminar de sus madres, sobre su espalda o bajo su pecho. Y ese ritmo que les acuna desde su nacimiento va creciendo con ellos a lo largo de su vida. Es el ritmo que fluye y no descansa.

Atardecía y las calles iban tiñéndose del color de la incertidumbre, y su aroma a sueños descompuestos recordaba que sus habitantes estaban más que acostumbrados a largas noches en vela. La actividad de la ciudad se ralentizaba, poco a poco, muy poco a poco, mientras que sus sonidos parecían no querer morir nunca. Aquellos eran los susurros sonoros de los supervivientes de la Tierra. Aquél era el lugar  donde perduraba noche y día el rítmico latido del corazón del hombre al que, maleable, la civilización había vetado su propia naturaleza por una ilusoria saciedad artificial.

Aquello era África. El tambor inintermitente que marca el pulso del corazón del hombre, para todo aquel que esté dispuesto a sentarse bajo las estrellas, cerrar los ojos, abrir el alma y escuchar.

Pom, pom, pom.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Es el corazón de la Madre Tierra, que posiblemente lata con más fuerza en algunos de sus lugares. O es que quizá seamos nosotros quienes escuchemos más fuerte su latir dependiendo del sitio que nos llegue bien hondo en nuestros gustos y en nuestros afectos
    Saludos

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