Ataque al corazón. Autor: Leandro Airaldo

Cuando levantó la mano para que el taxi se detenga, Antonio, regordete de cincuenta años y con anteojos de aumento, tuvo la impresión de que su corazón dejaría de latir. Algo lo había estado aquejando durante esos últimos días, y sin pensar demasiado en una causa del por qué podía sufrir un infarto, decidió rápidamente ir hasta el hospital. Al subir al coche, el taxista, mirando por uno de los espejos esperó la indicación hacia dónde debía moverse.

-Al hospital, creo que voy a tener un ataque al corazón-

El tachero aceleró, dejaron unas cuadras detrás y giró su volante tomando la avenida Rivadavia.

-¿Prefiere algún hospital en particular?-

Estanislao López llevaba treinta años trabajando de taxista, veinte lo había hecho en su ciudad natal, Asunción, y los restantes en Buenos Aires luego de casarse con Arismenda González, paraguaya quince años menor que él radicada en Argentina.

-No tengo tiempo para elegir un hospital, como si eso podría importarme en este momento-

Antonio mantenía una de sus manos apoyada en su pecho, la otra reposaba sobre el asiento. Sus ojos cansados, con ojeras prominentes, daban un hombre trasnochado, de noches acumuladas y apenas una o dos horas de sueño por día.

-Mi peor mal es que no puedo dormir. Ha sido mi desgracia durante todo este año-

Antonio observó la ficha color amarillo que colgaba del asiento del conductor. Estanislao, con gran esfuerzo por soltar palabras trató de remediar el problema con su parecer sobre el asunto.

-Yo también sufro de insomnio y por eso trabajo de noche. Con los males lo mejor que uno puede hacer es amigarse-

Estanislao concentró su mirada en los semáforos calculando la onda verde.  Antonio leyó el número de documento que colgaba escrito en la ficha y se detuvo en los ojos del taxista que de tanto en tanto lo observaba por el espejo.

-Tenemos la misma edad, mitad de siglo. Me gustaría seguir viviendo-

Estanislao permaneció callado, había perdido hace tiempo el gusto por dialogar. Arismenda estaba convencida que el don de su marido era ese mismo, conversar.  Las palabras de su Estanislao en aquella noche de peña folklórica la conquistaron, y a pesar de la edad, no dudó en casarse cuando ese hombre mayor se lo propuso. López no creía en dones y si no respondía ahora, era porque poco le interesaba su pasajero. Harto de la gente, lo invadía un desgano social.

Ante el silencio, Antonio habló nuevamente.

-En Diciembre del año pasado mi esposa falleció. Me quedé solo. Tengo miedo a la noche, miedo a los fantasmas, a la muerte. Hoy tengo miedo de que se me pare el corazón ¿Cuánto falta para llegar?-

López observó por el espejo, los ojos del pasajero brillaban y parecía conmovido. En la frente se dibujaban líneas que resaltaban cuando el auto atravesaba por debajo las luces de la calle.

-Estamos a unas veinte cuadras-

Antonio llevó su cabeza hacia atrás y continuó hablando, arrastraba las palabras.

-Creo que voy a morirme de miedo. Creo que lo que más me asusta soy yo, me desconozco-

Estanislao olió alcohol. Luego, en el arrastre de las consonantes  confirmó que el hombre que tenía detrás estaba levemente alcoholizado. Los ojos se cruzaron en el espejo otra vez. La borrachera progresaba con las cuadras hacia una inexorable consumación.

-Mi nombre es Antonio Ojeda, anótelo. Si me muero tiene algún dato. No sé, algún amigo o familiar perdido siempre se encuentra. Si tuviera por lo menos a mi hija, pero no, el tiempo de Dios parece que no es el mío y también me la quitó antes de lo previsto.-

Las cuadras restantes viajaron en silencio. Ojeda arrugaba su cara arrugada. Sus lentes algo torcidos, su pulóver manchado, sus ojos quietos y perdidos en diagonal hacia la manija de la puerta, sumado a las canas que alborotadas se desprendían en direcciones opuestas,  mostraban un paisaje de hombre completamente abatido.

No tardó demasiado tiempo hasta que el auto estacionó frente al hospital. Estanislao dio media vuelta y vio a su pasajero dormido. Recordó el insomnio relatado por su cliente y sintió compasión. Observó la mancha en el pulóver, el olor a alcohol parecía desparramarse desde esa misma mácula y de cada aliento que emergía con los ronquidos.

-¡Llegamos, hombre!-

Sacudió levemente uno de los brazos. Ojeda no despertó. López pensó que el pasajero  no tendría dinero para pagarle. Lo agitó, esta vez más fuerte. Antonio dio un ronquido estrepitoso y un escupitajo fue a parar al techo del auto. El cuerpo pesado se venció sobre el costado y fue de cara al asiento, incómodo para los amortiguadores que sintiendo la caída crujieron en el silencio de la cuadra desierta. El taxi, un Peugeot 405, además de chapa y pintura pedía a gritos un servicio integral de motor e interiores. Estanislao no tenía dinero para la manutención del coche,  Arismenda había sido despedida del hotel dónde trabajaba de mucama y llegar a fin de mes resultaba una tarea ardua de noches extensas al volante.

Movió las piernas de Antonio pero nada parecía conmover al borracho. Bajó del auto, abrió la puerta y tomó sus pies. Intentó arrastrarlo hacia afuera pero apenas consiguió moverlo unos centímetros. El cuerpo dormido duplicaba su peso. La idea de buscar ayuda lo ofuscaba aún más, no quería hablar con nadie, sólo mantenerse al volante y trabajar en silencio. Para ese tiempo podría estar por el segundo viaje, o un tercero, y luego un cuarto, y un quinto.

López se paralizó. Estático en la noche, cada nuevo viaje que imaginaba era un nuevo nervio, una nueva gota de sudor que caía por su frente pesada, bajando entre el ceño fruncido y los ojos achinados por el cansancio. Ingresó en el auto, lo tomó de la cintura y tiró una vez más. Por detrás de él, dos adolescentes en bicicleta no tardaron en reflejar la escena como un momento de intimidad sexual.

-¡Viejo puto!- Le gritaron al pasar.

Estanislao sacó su cuerpo del auto y murmuró algunas palabras casi inaudibles ante el agotamiento que sentía por la fuerza empleada para sacar al borracho.

López sintió odio, por su pasajero, por los borrachos, por los pibes de la bicicleta, y hasta por Arismenda. Imaginó llegar a casa y ver la cara de su mujer ante tan poca paga. Vivía de antemano los reproches detrás de sus orejas, las recriminaciones, las peleas. Apoyó su trasero en el baúl. Pensó en su vida desgraciada, vida miserable de taxista nocturno e inmigrante paraguayo. Experimentó cierto deseo de morir, a diferencia de su cliente que yacía inmóvil dentro del auto y quería seguir viviendo.

Estanislao estaba agotado. En la quietud de la noche, reparó en que su agotamiento era causa de años viejos, un cansancio histórico, acumulación de fatiga, desgano decrépito, postración añeja. Se acercó y observó que Antonio había girado su rostro hacia arriba. Sintió piedad, por el borracho y por él mismo. Golpeó con su palma la cara del pasajero. Dos veces la golpeó intentando que despierte. Sacó un cigarrillo y fumó. Fumó todos los cigarrillos que le quedaban. Pasaron cerca de dos horas.

A través de las ventanas del hospital podía observarse alguna gente que caminaba de un sector a otro. Luces encendidas y cuartos a oscuras.

Al fin, en el silencio de la noche se oyeron los pasos de una figura robusta. Un joven de treinta años que en su camisa gris uniformada llevaba un imán con su nombre, dejó que su uniforme hablara por sí solo, y como seguridad del hospital fue acercándose desde la entrada del edificio médico, con su cabeza inclinada hacia un costado, interrogando a la distancia con todo su cuerpo y sombra. Hizo preguntas, breves, y entre palabras cortadas y desganadas del tachero, se fue enterando del mal momento y de la imposibilidad que lo había detenido en ese lugar.

El joven con su rostro iluminado, ávido de acción y sobrante de voluntad para esas horas de la madrugada, ofreció su colaboración y de inmediato ingresó en la parte trasera para despertar al gordo. La ayuda fue en vano, su cuerpo salió despedido del auto y boquiabierto miró a Estanislao.

-Señor, este hombre…  Está muerto-

El taxista miró detrás, tocó el cuerpo, asintió con su cabeza, y durante un momento, antes de que la lógica del suceso llevara a comunicar la muerte de Antonio Ojeda a quien correspondiese, Estanislao López fue sorprendido por un escalofrío, incrédulo arrugó la frente y no pronunció ninguna palabra. Luego sintió culpa, pero su letargo permaneció hasta horas más tarde en que llegado a casa, después de dormir y reanudar sus pensamientos, comentó el suceso a su Arismenda y se fue en llanto. Estos días no están siendo buenos para nadie, pensó. A la noche volvió a trabajar.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Cualquier lugar, cualquier momento, cualquier compañía son buenos para morir…cuando ya se le tiene miedo a la vida

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