Página 36. Autor: Albertina

Soy viajero, aventurero y vivo de sentimentalismos y emociones. Es así, como una vez, hace unos cuantos años, me embarqué en una travesía por el estrecho de Magallanes, para sentir la inmensidad de la nada y del todo. El poder de sensaciones que sólo el fin del mundo, recóndito y sombrío, nos puede otorgar.

No pocas razones avalaban mi viaje, pues mi sed de explorar tendría explicación en mis propios genes. Mi bisabuelo habría estado en esas tierras muchos años antes en manos de un barco blindado de la Armada chilena. General de primera línea, irreflexivo, severo, pero muy caudillo y reconocido como líder en su jerarquía. Este hombre barbado, con calvicie prominente, aunque aún a cuestas con algunos pelillos rubios luchando contra una caída inminente; de ojos penetrantes como el acero y casi un metro noventa de altura, fue capaz de sortear y sobrevivir a los mares del sur. Entregado a los vicios del whisky y el cigarrillo, según cuentan los que aún lo recuerdan, llegó hasta estas tierras para nunca regresar. Razones claras para que mi bisabuela lo dejara partir sin rezongar y viviera todo el resto de su vida bajo un luto estricto y una pensión apetitosa.

A punta, quien sabe, de espadas antiguas o simplemente barrotes de fierro, sus intenciones habrían sido muy diferentes a las mías. Claramente este antecesor romántico y extravagante buscaba descubrir un nuevo mundo de árboles desarmados, peces estrafalarios y tierras cubiertas de aborígenes abandonados a su suerte. Su fin era hacer patria. A costa de muchas privaciones, el desgano, la soledad y los años, mi bisabuelo habría logrado concretar ese ímpetu en decenas de hectáreas de una estancia en medio de las llanuras de la pampa. Tierras que lamentablemente nunca conocimos y, que a decir verdad, dudamos de la veracidad de su existencia. Pese a ello, debió lograr su objetivo en un mal llamado continente lejano y desconocido.

Nunca supimos más de él, ni la causa de su muerte, excepto lo que les cuento ahora. Fuera de ello, desde niño me di la licencia de inventar una muerte heroica para el viejo. Siempre lo interpreté como protagonista de una épica reyerta en medio de pastizales bajos y a punta de terciados maltrechos. Quizás a cuantos indios se enfrentó, monstruos marinos y seres sobrenaturales para subir finalmente a la corte celestial y mirarnos desde su trono. Quien sabe, esa es mi versión. Pero más allá de mis fábulas e invenciones, en lo concreto, me heredó un innegable patriotismo, la calvicie y una búsqueda constante de la verdad, de la vida y lo universal, que a veces se vuelve involuntaria. Me enajena y enloquece. Por ello, mis motivos eran muy diferentes a los del abuelo, aunque en la práctica buscaba las mismas consecuencias.

Siempre busqué lo infinito, lo incomprensible, inexplicable y la voluntad de poder definir la vida que perduro. Así fue como logré alcanzar a percibir y aprehender el principio donde se une el día y la noche, sutilmente como un sueño de niñez, que más bien parece una alocada pesadilla, y que por esa precisa razón, es inolvidable. Eso sólo se logra cuando estas en el fin del mundo.

Un 5 de Abril comienza mi historia, era día Martes. Como decía mi madre: “Martes, mi hijito, no te cases, ni te embarques. Que no se le olvide”. Precisamente hice lo contrario a las supersticiones familiares. Me dejé caer por la costa central de Chile y nos hicimos a la mar justo un martes por la mañana desde el puerto de Valparaíso, pues era el fondeadero más importante por esos años. No recuerdo si fue por el 1938 o el 1940, pero si estoy seguro que en esa época las cosas no se daban tan fáciles como ahora.

Un capitán avezado, hombrón de ojos duros y de cara difícil, acostumbrado a la mar y conocedor de esos trotes, necesitaba tripulantes para emprender un viaje imposible a Puerto Williams. Requería negociar un preciado cargamento de frutas y verduras, que a su juicio era un negocio seguro y una necesidad primordial al fin del mundo. Convencido, claro de memoria y muy seguro de su expedición, me persuadió fácilmente. Dadas mis ganas de aventura me inscribí sin remordimientos como quien firma su testamento a los ochenta y tantos. Ni siquiera me detuve a juzgarlo. Pero fuera de parecer pretencioso o adivinatorio, siempre supe que nuestra carga no llegaría a destino. Todos los accesos en barco exigían un riesgo mayor, sobretodo, cuando los marines son unos novatos como largar un barquito de papel en una acequia correntosa. Pues ninguno de nosotros superaba los 20 años, excepto nuestro osado capitán que ya iba para los 70. Y a decir verdad pocos estábamos acostumbrados a la mar. Hecho que quedó al descubierto el primer día de viaje tras limpiar la cubierta infinidad de veces a causa del vértigo espantoso, los mareos, vómitos y arcadas repugnantes de todos.

Nuestra expedición duró más de tres meses, que parecieron tres siglos. Tanto tiempo de desgano, pereza y perplejidad que podías contar todos los granos de arena que tenía el océano y seguir desocupado. Hubo días en que me odié, mi identidad, mis necesidades corporales, mi humillación y esa barba que se erizaba como un reloj de arena que marca inexorablemente el paso del tiempo espacial pero a la velocidad de una babosa gorda y lenta. Ciego a la culpa de haberme embarcado, hubo otros amaneceres incomprensiblemente alegres como cuando el capitán contaba historias mentirosas de otros viajes y bebíamos hasta emborracharnos.

En este paso por mares desconocidos y brutales del sur, vi infinitas cosas. Quiero dar fé, que aunque parezca inverosímil y ficticio, fui testigo de muchas de las cosas que ocurrieron, aunque algunas me las confesaron como un secreto de gobierno. Sólo les describiré algunas, pues más me interesa que conozcan que ocurre después de pisar estas tierras indómitas.

Tal cual versa en mi bitácora de viaje aquí les cuento en resumen que pasó por esos mares: hoy 07 de Abril, observé una luna llena inmensa posarse en el horizonte, mientras un pez de kilómetros la surcaba. Pude ver muchos amaneceres púrpuras y noches con auroras boreales. Mis ojos vieron una mujer desnuda con una larga cabellera rubia que mientras nadaba entonaba canciones violentas y armoniosas. Tierras lejanas con formas geométricas con millones de árboles. Eran triángulos y círculos enormes. Sentí el tiempo sin tiempo. Vi la muerte. Presencié batallas a bordo y hombres sobreviviéndolas muy malheridos. Observé la misma mujer rubia pero con una cola enorme de pez y agallas. Pude ver sacerdotes, jueces y condenados. Hubo fiebre, desesperación y hombres enloqueciendo.  Seres incomprensibles, estrafalarios y maniáticos. Un hombre amarillo y otro verde medio azul. Ellos murieron. Estrellas que no parecían estrellas. Eran luces en el cielo escurridizas y sin explicación. Sólo las pude ver una vez y tenían varios colores brillantes. La mujer rubia aparecía a diario donde se reflejaba la luna. Aparecía sólo las noches de luna llena. Escuché sonidos escalofriantes de marejadas inexistentes, que algunos de mis compañeros siguieron sin retorno. Tormentas donde el agua caía como si fueran balas de cañón. Si te topabas con una te rompía el cráneo. Pude ver un marino morir por una bala de nieve en la cabeza…

Sólo el Dios de nuestro empeñoso capitán y la preciada carga de frutas y verduras permitieron que sobreviviéramos a tan peligroso viaje. Pero yo era joven y tenía hombría para intentar vencer mis miedos y emprender las más grandes osadías.

Aquí viene la historia que me interesa que conozcan. Jamás llegamos a Puerto Williams, pues sólo recalamos en Punta Arenas. Una vez que pisé tierra renuncié a mi empleo de marinero, ya que muy pocas posibilidades tendríamos de volver en la vieja barcaza que mas tarde sería vendida como chatarra a unos pescadores del lugar. El resignado capitán dio un sentido discurso de despedida y nos deseó la buena fortuna. Mientras apretaba su mano por última vez, me recomendó un bar cercano al puerto, donde encontraría buena comida y una cama para pernoctar sin problemas. Fue así como me despedí de este hombre apasionado, que gracias a su ímpetu, cambió mi destino para siempre.

Comienza así mi historia en Punta Arenas. Edificios de poca altura al mas puro estilo europeo adornaban la ciudad. Las avenidas dejaban al descubierto las cúpulas y arquitecturas de casas preparadas para inviernos imposibles, probablemente únicas en Chile. La plaza, en tanto, nevada, parecía un monumento estoico a aquellos que llegaban a hacer patria en estas tierras indómitas. Atiborrada de árboles, era un lugar único que jamás podré olvidar. Logré entender, en cierto modo, las razones de mi bisabuelo para quedarse para siempre.

Al caminar por sus calles noté la influencia de los inmigrantes. Las caras con rasgos croatas, alemanes, árabes le daban un estilo aún más cosmopolita al mezclarse con los pocos indios nativos que alcancé a divisar. Etnias que, me enteraría mas tarde, estaban siendo consumidas por enfermedades, que ya no se curaban con brebajes de hierbas, ni con ritos sagrados.

Fue así como recorrí la ciudad en busca del sitio que me había recomendado el capitán, para beber algo y disfrutar de los placeres del fin del mundo. Cerca de la avenida Bulnes me llamó la atención un pequeño letrero de madera “Avec moi”. Era el pequeño bar recomendado por mi capitán. Había un gato gordo gris en la entrada que las hacía de guardia. Propio de la displicencia y personalidad gatuna se dejaba acariciar por cuanto transeúnte pasara por su lado. Parecía un dios egipcio con cara de pequeño diablillo, pero con unos cuantos kilos de más. No pude evitar mimarlo por un buen rato. Tenía un collar verdoso con su nombre: “Agustín”. Cuando entré, me siguió las pisadas de cerca, como estudiándome o buscando más caricias. Le pedí al cantinero un vodka para pasar el inmenso frío que me empalaba los huesos, mientras en el baño me quité los tres meses de barba con una navaja. Me instalé en la barra, mientras el gordo gato también buscó su lugar y se durmió junto a mi vaso de licor.

Mil cosas pasaron por mi mente mientras continuaba lustrando el pelo esquivo del mágico felino. El ronroneo incesante me recordó lo lejos que estaba de mi mundo. Lo asombroso y perpetuo de ese momento. Y lo mimado de ser un animal domesticado, al igual que yo. Nuestras necesidades eran bastante parecidas. Un par de regaloneos, cariño, atención, suaves masajes y placer…

Mientras pensaba en estas necedades y empinaba mi mano para beber el tercer vodka, mi amigo escurridizo corrió hacia la puerta para hacerse cargo de su trabajo de portero. Como si alguien le hubiese llamado la atención por su flojedad. No por menos, varias horas llevaba a mi lado contando las pulgas. Tras seguir su seductora cola perderse hacia la puerta noté recién el cambio radical que había ocurrido en el bar. Estaba atestado de bucaneros, marineros, delincuentes, reos, desalmados y seres insólitos. Hasta percibí lo viciado del aire y el olor a muerte del lugar. Tal vez por eso mi amigo felino había decidido tomar algo de fresco, más allá de recuperar su empleo.

Fue entonces que entre centenares de ojos petulantes y vacíos, mientras buscaba al gato para ver si volvía, una aparición fantasmal se cruzó por mi seño. Era de cabellos largos y rubios, de ojos grises. La llamaban la Estela, porque su aspecto daba la sensación de un torbellino de ilusiones casi como un espíritu fantástico. Se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. No sé si mi sequía de marinero o mi falta de personalidad me impidieron hilar oración, gramática, idioteces y frases. Pero no deje de intentarlo y conversamos un buen rato de su historia y de la mía, de trivialidades y de trascendencias. Del espacio, las estrellas, los árboles, la tarde, Punta Arenas, el tiempo, la lluvia, lo infinito, la alegría y la tristeza, el pasado y el futuro, lo atemporal, el universo, entre muchas más, hasta pasadas las tres de la madrugada.

Estábamos en eso, cuando entre obscenidades, gritos, amenazas y garabatos, un gordo rojizo malacatoso con cara hinchada, sudor y una barba de mucho tiempo fue a caer sobre mis pies. Sus ojos me miraron fijamente, con una ira que no había visto nunca antes, para después perderse en la inmensidad de la muerte, petrificados en un punto inexistente. Dicen que un cuchillazo bien puesto en el cuello es tan mortal como el veneno del Manto de Eva. Nunca corta la hemorragia y es paso seguro a la mejor vida como un río de lava que lloriquea hasta desahogar todas las penas. Absorto en lo extraordinaria situación, con suerte advertí una botella que pasó como lanza de acero por el costado de mi cabeza. Mientras volaban sillas y vasos en una trifulca enorme donde todos los asistentes participaban. La riña no me involucraba, excepto por el gordinflón muerto en mis pies, así que no desvíe ni un puñetazo. No respondí a insulto, ni mire feo a ninguno, cumpliendo mi labor de proteger a mi compañera de copas.

A esas alturas mi pantalón estaba cubierto de sangre y Estela tenía hasta el pelo salpicado. Pasó un rato hasta que me quitaran de encima al difunto, que ya olía a mezcla de alcohol y putrefacción. Sólo lo lograron entre tres o cuatro hombres, que como verdaderos camilleros, lograron levantar el cuerpo para taparlo con unos manteles y dar aviso a la viuda. Era una buena hora para dejar el bar. Además el cantinero, un tanto nervioso, pero no lo suficiente, anunciaba que ya cerrarían, mientras volteaba las pocas sillas que quedaron vivas sobre las mesas.

Cuando salíamos del bar Estela me miró a lo ojos y sin rodeos me invitó a su casa. Caminamos unos cuantos minutos hasta llegar a su puerta. No había oportunidad de arrepentirse y para ser sincero no se me pasó por la mente. Fue así como recorrimos los íntimos rincones de la locura y el deseo. Un beso profundo, artístico, suave comenzó la escena, seguido de caricias tiernas, desesperadas, grandes, pequeñas, de esas que enredan el cuerpo como para retenerlo y disuadirlo. Conocimos el fin y el principio. Una sensación de abandonarse al destino que me hacía perder el juicio. Hicimos el amor demasiadas veces apresurados, sin descanso, lánguidos, en calma. De muchas formas, colores y sonidos.

Sin exagerar, pero me había enamorado sin vuelta atrás. Me quedé. Sin dramatizar, con la intención de que fuera para siempre. Los días transcurrieron como ocurre en estos recónditos lugares, sin apuro, ni mayores contratiempos. Estela continuaba escribiendo sus novelas y yo dedicado a la mar en empleos esporádicos. Llegó la primavera con abundancia en la pesca, luego el verano con sus días largos y eternos que no cesan hasta pasadas las 11 de la noche y comienzan a las 6 de la mañana, y nuevamente el invierno, y el otoño, y la primavera. El tiempo se detenía sin mesura para observar nuestros encuentros furtivos y alucinantes.

Ella era impresionante, extraordinaria, clarividente, gustaba del amor torpe como una niña iniciándose en el sexo y a la vez era una geisha experimentada. Era objetiva, incisiva y a veces petulante. Con una inteligencia admirable, sensata, honesta y muy intuitiva. Pero también tenía desaires, negligencias, apatías y locuras. Sus eternos despertares de manías. Hasta crueldades que tenían una explicación más patológica que racional que me impedían abandonarla. Su memoria maniática me sorprendía a diario. Era capaz de recordar hasta los detalles más ínfimos de situaciones que para mi eran inverosímiles.

Una tarde mientras realizábamos un paseo por la arena encontramos un pequeño gato abandonado. Estela quiso adoptarlo y lo llevamos hasta nuestro hogar. La cría felina era gris, tal y como era “Agustín”, el gato del bar donde nos conocimos. Yo casi ni podía recordar al minino, pero Estela sí, y también que esa noche de la trifulca al interior del local, se había perdido. El inquieto felino se convirtió en su obsesión. Tratando de compensar su negligencia por “Agustín”, recogía cuanto animal encontraba abandonado en la calle. Fue así como llegamos a conservar cerca de 20 gatos y 15 perros que fantásticamente fueron siendo adoptados por familias del sector. Pero Estela no se sentía satisfecha y continuaba pensando en el gordo gato gris del “Avec Moi”. Siempre señalaba que si dejaba de buscarlo, el felino dejaría de buscarla a ella y se perdería para siempre en las tinieblas de un supuesto cielo gatuno.

No se si fueron sus oraciones, mis plegarias, el frío o la teoría de Estela, pero una tarde “Agustín” golpeó con su garra nuestra puerta, convirtiéndose en un mimado, grosero y malcriado Dios egipcio. Sus pícaros ronroneos, juegos y travesuras llenaron todos los espacios y rincones de nuestro hogar. Un gran compañero para Estela a la hora de la siesta, la lectura y las frías semanas extendidas de pesca en alta mar. Y un fastidio delicioso para mi durante las mañanas pidiendo su comida, cuando debía recorrer la ciudad en su búsqueda porque se dejaba escapar buscando novias y simplemente una sociedad secreta a  la hora de salir a fumar un cigarrillo a la medianoche.

Estela pasó a ser la persona más importante en mi vida y su imagen mi luz para seguir adelante. Su cuerpo me recordaba las ganas de seguir viviendo y su rostro era la imagen más perfecta de la dulzura y el amor. La única mujer que había logrado apaciguar mis tormentos, de una forma tan sutil que no logré evadirlo, ni llegar a cuestionarme que hacía en el ultimo lugar del mundo viviendo un amor insólito y tan escaso por esos días.

Todo transcurría como en una novela rosa hasta esa mañana que la fiebre me sacudió los sesos. Me sentía ahogado e inseguro. Se nublaba mi conciencia y como ya lo dije antes, soy un viajero, sentimentalista y aventurero. Un torbellino de insomnia, necesidad, libertad y rescate fue la causa. Debía continuar mi itinerario.

Inconscientemente buscaba un destino inexorable, que entre arrebatos y locuras, lo encontré. Estela no quiso acompañarme, siempre sintió que su vida estaba ahí. Con inviernos insostenibles, fríos que traspasan el alma, el sol que nunca entibia y el mar que parece interminable. Nostalgia que siempre fue la inspiración de sus novelas.

Sin lágrimas ni rodeos una mañana nos despedimos con un tibio beso. Tras mi compromiso de volver algún día, hicimos un pacto oculto de locura y amor que debía cumplir al pie de la letra, como parte del legado que Estela me daría para el resto de mi vida y como consecuencia de haberla abandonado. Fue así como esa ultima noche juntos, luego de hacer el amor sin parar, Estela abrió su baúl de recuerdos y sacó una de sus novelas, que comenzó a leer en voz alta sentada al borde de la cama. Con esa calma que la caracterizaba me indicó que debía leerlo cada vez que la recordara, sin olvidar su desconsuelo por haberla abandonado. Recorrer palabra por palabra, viajar a través de esos diálogos anhelantes, fluir por el torrente de los protagonistas y dejarse llevar por la lluvia, las estrellas, los objetos, los escenarios novelescos, sólo concertaban y adquirían el color y el movimiento de Estela. Me obligaría a traerla a mi mundo, a congelarla en una frase, una letra, un dibujo plácido de mi mente y tenerla a mi lado para siempre.

Nunca fui un gran amante de la lectura, aunque muchas veces leí algunas páginas de los borradores de Estela consiguiendo entusiasmarme. Este volumen era especial, no sólo porque me recordaba mi abandono, sino porque el libro tenía una página en blanco pérdida en algún lugar. Si desembocaba en esa carilla, antes de volver a ver a Estela, la muerte me alcanzaría. Preciado detalle del que mucho tiempo después tomé conciencia y del cual nunca fui advertido. De una u otra forma, Estela quería que pagara por su desconsuelo. Pero quizás, presa de su propio orgullo, nunca lo admitió completamente. Honestamente guarde el libro y no le di mayor importancia. Mi mente estaba en mi bitácora de viaje que volvería a actualizar.

Los años pasaron y me hice viejo, cansado de caminar y viajar por el mundo como un loco. A veces la recordaba, sí… pero tantos años de ausencia me impedían volver. A veces buscaba el libro y lo tomaba entre mis manos, incapaz de leer una sola línea. Sin embargo, una sospecha me aquejaba el alma y fue así como un día mientras me hospedaba en París me atreví a leer el libro de Estela. Sin pensarlo comencé a repasar una historia entrañable que pese a la ficción me parecía muy familiar. Empecé a interesarme lentamente con la intrincada trama y el dibujo de los personajes entrañables. Al pie de la letra estaba escrita la historia que había vivido con ella en Punta Arenas, incluyendo el viejo rojizo del bar que había muerto sobre mis pies, el gato gordo gris, nuestros paseos por la arena, nuestra despedida, mi posterior viaje a España y las aventuras que había vivido en el Caribe.

Un miedo incontrolable me inundó y el frío que sólo en Punta Arenas había sentido muchos años antes, me traspaso los huesos. Frente a mis ojos pasó mi vida de locuras, excesos, amores y los eternos viajes. El relato detallista y minucioso me cautivó. Intuí que se trataba de aquellos libros mágicos que te cuentan el pasado, presente y el futuro. Dicen que en ellos puedes encontrar las respuestas más escondidas del mundo, el universo y la infinidad. Mi curiosidad pudo más y continué leyendo. De pronto la descripción paciente de la habitación donde estaba, mi rostro, mi perplejidad y de mi mismo leyendo junto a la ventana, de mis pensamientos, gestos y todos los recuerdos que evoqué aparecían escritos allí. Un desasosiego incontrolable me ahogó mientras pasaba a la página siguiente. Fue en es momento que en segundos interminables me encontré fatalmente con una página en blanco. Era la 36.

Comencé un viaje sin memoria, ni pasado, ni presente. Mi vida comenzó a retroceder y volví a recorrer todos los lugares donde había estado. Me sobrepasaba constantemente con los hechos, pero las sensaciones eran las mismas. Mis pensamientos se habían convertido en un gran sótano que otorgaba la oscuridad suficiente de no ser, ni estar. En un estado incomprensible me refugiaba de mi destino como cuando un reo es obligado a entrar a un calabozo sin retorno, condenado a una muerte segura al siguiente amanecer.  Me sumergí en un rumor que no era yo, en un ser infinitamente único. Me sentía como un cúmulo de engaños, mentiras, letras, sandeces, poesía, historia, viajes, humanos…Parecía un espectáculo apresurado y siniestro. Necesitaba recobrar mi vida nuevamente y sólo Estela sabía como.

Volví a Punta Arenas. A cuenta de mi nueva condición, bastó sólo el pensamiento para llegar allá en segundos. “Agustín” estaba lamiéndose en el umbral de la puerta de la casa. Fue el primero en reconocerme y salir a acogerme con unos ronroneos y toritos en mis tobillos. Estela estaba a su lado, no se dio el tiempo de levantarse. Sólo miró el horizonte como reconociéndome y evocando una sonrisa en sus labios. No dijo ni una sola palabra, pero sus ojos de satisfacción se clavaron en mi alma. Había logrado que regresara.

Pasaron días, quizás meses en que la esperé, la observé y estuve a su lado, pero ella ya no quería verme, negándose a mi presencia. Y ahí estaba, diferente, aquejada por los años, escribiendo frente al mar, con los mismos ojos grises y la sonrisa cansada. Trate de hablarle pero fue inútil. Con rabia y dolor le exigí una explicación. Le grité, lloré sin entender su profundo sosiego.

Pasé de la rabia a la negación, de la negación a lo absurdo, de la preocupación a la aceptación y cuando logré entender mi condición ocurrió lo que tanto esperé. No podría describir con exactitud todo el tiempo que transcurrió hasta que Estela me miró a lo ojos y me otorgó su perdón en un atardecer, con un gesto de buena voluntad. No obstante, la poca decencia de la existencia y el destino querían otra cosa como cuando llueve a mares y el sol no se esconde para ver el espectáculo.

Estela estaba cansada de la existencia y a causa de una enfermedad que la aquejaba, decidió embarcarse en la única travesía que haría durante toda su vida. Entonces no volvió a salir de su cama y por días eternos calmé su ansiedad. La fiebre nunca se detuvo, el dolor era insalvable. Mis síntomas eran miserables al lado de su mal, así que no le exigí respuestas, aplazando mi cura.

Desafortunadamente mi pobre Estela no soportó el sufrimiento de su enfermedad. Se fue en medio de un frío penetrante y olas disparejas con las llaves de mi prisión. Nunca más volví a reconocerla. Su aparición fantasmal desapareció para siempre de mi lado.

Me dejó su tortura y condena de esta cárcel de muerte. De aquí no puedo salir, ver, sentir, ni decir. Estoy en un espacio atemporal de limbo constante. Vivo escondido en este espacio sin punto, principio y referencia. Como una existencia falsa de la que sólo yo puedo tener conciencia. Como una vieja araucaria que pese a tener más de cien años no conoce humano porque su tiempo es lento y pausado que no percibe el tiempo de los demás. Mi tiempo es así de eterno, renovable a cada segundo, minuto por periodos sucesivos e infinitos.

Nunca más pude abandonar Punta Arenas, tal vez, preso bajo las mismas condiciones en que está mi bisabuelo y cuantos otros por estos lados. Prisionero de mi suerte cumplo esta condena de abandono y excesos en medio de la nada.  Soy un objeto secreto. Una mutación de la muerte, un ser infinito y finito a la vez. Llevo en mi espalda la carga que desean, buscan y detestan muchos hombres a la vez: la inconcebible eternidad.

Desde ese día leo las novelas de Estela una y otra vez para traerla de vuelta. La busco en sus personajes, signos y comas, pero no logró encontrarla. Tampoco la página 36 para revertir mi circunstancia. Escribo en mi memoria su recuerdo y llevó la cruz de haber tardado tanto tiempo en volver a buscarla. Cada vez me doy mas cuenta que mientras yo buscaba la muerte, ella el amor. Ahora soy yo el enamorado y ella la viajera.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Me ha gustado tanto y me ha parecido tan bueno este relato que la verdad es que me quedado sin palabras para comentar.
    Se queda uno atrapado en la historia como el protagonista en la suya.
    Saludos

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