Don Quijote en Mallorca. Autor: Carlos Feal Deibe

Conocíamos toda España menos las islas Baleares. Por eso aceptamos encantados la posibilidad de un intercambio con Aina y Agustín, residentes en Palma de Mallorca, que querían pasar en Nueva York parte del verano. Todos felices antes y después del acuerdo.

Transcurrido algún tiempo desde aquella estancia tan grata en Palma, Agustín me mandó un libro suyo, El hacedor (de Borges), Remake. Me apresuré a leerlo, seguro del placer que iba a darme. Un relato del libro, “Parábola de Cervantes y de Quijote”, me atrajo especialmente. El narrador-protagonista de esta breve historia se despierta en medio de la noche. Distingue entre sombras su mesa de trabajo; se levanta luego para ir al lavabo; cruza el umbral del dormitorio en dirección al pasillo, donde al borde de la escalera (la casa tiene dos pisos) ve un extraño objeto que recoge. Se trata de una rebanada de pan integral con un agujero en el centro.

Habiendo yo vivido en esa misma casa reconozco perfectamente los lugares descritos e igualmente la cocina, el salón, que el narrador menciona después. Por añadidura, me despierto con frecuencia en medio de la noche, voy a veces al baño o desciendo las escaleras (también mi apartamento neoyorquino tiene dos niveles) y me instalo un rato en el estudio frente al ordenador. Con seis horas de diferencia ya es de día en España, quizás tenga un e-mail; me entero cuando menos, acudiendo a la pantalla, de lo que ocurre en ese país. Vidas paralelas de insomne, de contornos borrosos, donde surgen objetos extraños. Además de la rebanada de un tipo de pan (integral) que no come, halla en el salón un dibujo del mismo. El narrador de este remake de Borges supone que se trata de un ovni o, más exactamente, la representación de un ovni, visto en sección.

Aquí se da, yo creo, la similitud con Cervantes y don Quijote, no muy clara a simple vista. El insomne, moviéndose entre la vigilia y el sueño, va a parar como don Quijote a un mundo encantado. Abandonado el lecho, donde yace dormida una mujer, la casa se transforma en esa venta que el hidalgo manchego imaginaba ser castillo. Allí se encuentra, como saben, Maritornes, que el calenturiento don Quijote convierte en hija del señor del castillo, enamorada de él. No una extraterreste, bien terrestre es la mujer, pero sí una presencia mágica en medio de la noche. La rebanada de pan con un agujero en el centro, le dije yo a Agustín, parece ser un símbolo femenino y lo mismo la pila de DVDs vírgenes en la mesa de trabajo, que cree que nunca usará. Como el andante caballero, añado ahora, cuyo amor a Dulcinea le obliga a resistir cualquier otro intento de seducción.

Me doy cuenta de que mi vida se funde íntimamente con la del narrador de esta “Parábola de Cervantes y de Quijote”. A través del intercambio de casas y del motivo del insomnio. Respecto a este último viene a mi mente otro texto (lo siento, estoy hecho de literatura): el muy bello soneto “Insomnio” de Gerardo Diego, incluido en su libro Alondra de verdad. En él el yo lírico, otro insomne, no abandona el lecho para sumirse en un recinto surrealista sino que permanece al lado de la mujer dormida y, como tal, inasequible. Aunque próximos, pues, la imaginación del poeta los presenta como muy distantes: ella en su sueño, equiparable a un mar surcado por naves: “Tú por tu sueño y por el mar las naves”. Ese mar lo rodea a él, solitario en tierra, quien exclama en un terceto alucinante, cierre del poema: “Qué pavorosa esclavitud de isleño, / yo insomne, loco, en los acantilados, / las naves por el mar, tú por tu sueño”. La figura del loco, por antonomasia don Quijote, se une aquí a la del insomne, y las dos coinciden en la del isleño, ya sea éste imaginario o real, como el narrador de la parábola quijotesca, situado en la isla de Mallorca, o el autor de esta historia, que ocupó su casa y vive, además, habitualmente en la isla de Manhattan.

En esas dos islas, intercambiables, se agita por tanto un personaje similar, bien retratado por Gerardo Diego, vinculado a Borges en su juventud. Nuestras vidas encajan en marcos literarios de autoría ajena. No hace falta inventar ninguna historia: basta encontrar la apropiada, ya escrita. Y o mucho me equivoco o en el soneto de Diego se lleva a cabo la inversión de una célebre fábula mitológica, la de Ariadna y Teseo. No es la mujer aquí, aunque inicialmente lo parezca, la que, como Ariadna, es abandonada mientras duerme por su amado Teseo en la isla de Naxos. Más bien es el hombre el que acaba recluido en una isla, desesperado al ver partir a la mujer querida por los mares del sueño. De Ariadna desnuda, soñando, hay una excelsa representación pictórica en la Bacanal  de Tiziano (Museo del Prado), a la cual cabe remitir el primer verso de “Insomnio”: “Tú y tu desnudo sueño”. Pero la mítica Ariadna finalmente se convierte en una constelación de estrellas. Y esta forma celestial de la mujer se muestra también en el soneto, para expresar la lejanía en que ella está respecto del amante: “No. No hay vuelo / que alce hasta ti las alas de mis aves”. Ariadna, así vista, anticipa la figura de la inasequible Dulcinea.

El narrador-protagonista de la “Parábola de Cervantes y de Quijote” es, a esta luz, un nuevo Quijote, que desciende las escaleras de su casa para sumirse en un bajo mundo, nuestro mundo, donde ve visiones. Arriba queda la mujer en su sueño. También yo he bajado esas escaleras o las de mi propio apartamento a horas inciertas, confusas.

El insomnio nos aísla del resto de la humanidad, dormida o soñando a estas horas. ¿Soñará alguien con nosotros?, se pregunta el narrador, me pregunto yo, identificándome con él. ¿O nuestra soledad de insomnes no la comparte nadie? A lo lejos vislumbro apenas el mar y algunos edificios. ¿Son ventas o castillos? ¿Hay doncellas o maritornes detrás de las ventanas? ¿Alguna me espera? No hallo mi cake en la cocina, donde debiera estar. Lo busco; finalmente lo encuentro en el suelo, medio comido. Debe de ser Bart, travieso, quien lo arrojó allí.

Pero ya amanece. Ya despunta el sol y entra poco después a raudales por la azotea y las ventanas de este piso octavo de una calle de Palma de Mallorca (la calle fray Luis de León). Espléndido día. Romy, dormilona, no ha asomado aún por la planta baja, donde yo la espero para tomar el desayuno juntos. Planearemos entonces nuestra salida. ¿Adónde ir? Quizás a alguna playa, a gozar del sol y del mar o, si no, un paseo por la acogedora ciudad: cruzaremos la riera y el Paseo de Mallorca para luego enfilar por la Avinguda de Jaume III, el hermoso Passeig d’es Born y ascender por último a la Catedral o contemplar, desde el Mirador, la animada bahía. Las naves por el mar. Romy, corpórea, a mi lado. Ni dormida ni celestial.

Tarda, sin embargo, en bajar. Está en el baño, creo. Me mira Bart con sus ojos amarillos. Bartiño yo lo llamo. Mientras, en Manhattan, nuestra gata Meiga hechiza a Aina, quien no para de fotografiarla. Está divina en esas fotos que Aina le hizo. Y el gran Agustín en mi (su) estudio ultima su remake de Borges y a ratos contempla a los niños que juegan en el parque de enfrente a ese juego, el béisbol, que ni él ni yo entendemos para nada. O a muchachas alegres que juegan al fútbol (futuras campeonas del mundo) ante la mirada amorosa de sus madres. Soccer moms.

No ha bajado aún Romy. Pienso que es un buen momento para llamar a mi familia en Galicia, mi tierra natal (y también la de Agustín Fernández Mallo).

–Ya no vienes a vernos. ¿Qué tal por Palma de Mallorca?

–Estupendamente. El buen tiempo aquí está garantizado.

–Aquí no –me repuso una voz familiar, con acento propio (mi acento), como si me arrancara de un buen sueño.

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