En octubre volveré. Autor: Jose Manuel Díez García

Cuando regresas de un viaje, algo en ti enmudece y se desorienta, incluso se enfada con la rutina. Se implanta un sentimiento de orfandad al haber sido arrancado de una situación placentera. Llegas a

sentirte extraño en tu propia cotidianidad. Giras la cabeza y te cercioras de que sí, que estás en el territorio al que te has atado casi inconscientemente y que ya estás realizando las tareas habituales,

unas obligaciones que te convierten en turista, cumpliste escrupulosamente con la fecha de regreso. Ya lo dijo Paul Bowles, el turista sabe la fecha de salida y de regreso, el viajero solo la de salida.

Afortunadamente llegó el día de comenzar. Fue en Madrid, en un día todavía con calor casi veraniego. Después llegó la noche y entonces nos levantamos de un banco cercano a la estación de Atocha y

nos fuimos aproximando con nuestro viático a un avión que despegó ya de madrugada rumbo a occidente, a otro occidente, y también al sur, a otro sur donde, desde un prisma europeo, el norte es el sur.

La humedad y el calor eran enormes. Ya se habían producido las primeras lluvias y la selva discurría muy verde al asomarnos a la balaustrada del malecón. Un barrio de chozas insalubres chapoteaba en el

lodo formado por la ribera del gran río, donde madres lavaban ropa en baldes de colores, donde los niños jugaban al fútbol con un balón descosido y donde los gallinazos, negros, con una mirada circunspecta y

atrevida por igual, se movían por las calles sin asfaltar en busca de despojos y carroña. Esas calles pronto se inundarían ahogadas por el gran río, formando la Venecia de los pobres, de los hastíos y

del futuro huero. Descendí para comprobarlo. Lo hice lentamente, mirando a izquierda y derecha intentando no perder detalle, y al mismo tiempo intentando anticiparme al posible peligro que incuba la miseria.

Era consciente de ser un intruso, y así anduve por los descampados que formaban los espacios públicos. Regresé subiendo la misma cuesta y el orden quedó fijado: unos arriba y otros abajo.

La selva, si la dejas, lo engulle todo poco a poco, pero aquí no la han dejado hacerlo, más bien al contrario, aparece retraída, asustada, permitiéndonos pasar para observarla, tocarla y pisotearla. Hormigas

acarreando hojas cortadas, que es su sustento, caminan enloquecidas de un sitio a otro, convirtiéndose en el flujo sanguíneo de esta selva. Más allá una tribu nos da la bienvenida. Luego nos baila y después

nos ofrece su artesanía. Ellos y nosotros, domesticados, cumplimos con nuestros papeles y cada uno vuelve a quedar en su lugar. Las miradas pensativas, tristes y ausentes evidencian la realidad, y no me

transmiten nada halagüeño. La selva domada los envolvió en papel de regalo y nos los ofrece así, casi como enanos de circo. Pero quizás, actualmente, sea la forma más digna de ganarse la vida.

La humedad se intensifica aquí, en el lodge, tumbado en la cama en mitad de la noche solo en ropa interior, que incluso molesta también. La selva no calla, habla constantemente, inquietándome y

asustándome cuando oigo el ruido de unas patas escurridizas por el tejado de paja. No sabría decir que animal es el que acecha. ¿Será un murciélago cargado de rabia? ¿Tendrá hambre? ¿Me quedaré

dormido? ¿Entrará y se alimentará de mi sangre? Despierto. Ya es de día. Se lo cuento a J. Todo quedó en un ruido sobre el techo.

La estancia en la selva amazónica iba concluyendo. Sentados en una terraza del malecón contemplábamos la luna llena mientras bebíamos una cerveza de menta. Por detrás, el cielo rojo del crepúsculo se

tiñó de un gris sucio y pronto una tormenta descargó el aguacero. Los motocarros plastificados recorrían los jirones a gran velocidad al mismo tiempo que la gente se refugiaba debajo de cornisas y toldos

de tiendas esperando a que amainase la furiosa lluvia. Después ya nos esperaban para llevarnos al aeropuerto por una carretera siempre alborotada.

Otro avión con escala. Otro clima. La primavera suavizaba la temperatura, pero la noche seguía siendo fresca. Lo primero era mitigar el soroche con un mate de coca, y así lo hicimos en la salita del hostal

junto al viaducto, nuestro hostal. Dispuestos ya a ver la ciudad atravesamos la verja de seguridad que protegía dicho lugar, quedándonos un rato observando el contorno, como hace un cachorro la

primera vez que sale de la madriguera. Avanzamos despacio hacia el centro, atravesando el viaducto, y ya estamos en él, en una plaza enorme rellenada con iglesias, casas con balcones, fuentes,

jardines y coches. Las luces del barrio que cuelga de la ladera casi se confunden con un cielo estrellado. Desde un banco contemplamos el sencillo espectáculo y una sensación reconfortante me

recorre el cuerpo, un cuerpo sentado al lado de otro cuerpo teniendo la misma sensación.

El taxi espera. Ya es otro día. El taxi avanza por una carretera retorcida. El taxi se detiene frente a gente que mira. Nosotros nos apeamos y recogemos las mochilas. Alguien se acerca y nos habla.

Se llama Paulino. Nos llevará a Ollanta, pero ahora le dejamos atrás mientras subimos por una cuesta que nos conduce a la iglesia y las ruinas de este pueblo altivo. Las calles perfiladas por casas blancas

y marrones están desiertas; de vez en cuando una cholita aparece cruzándose o adelantándonos, con ese andar de pasos cortos y rápidos que las caracteriza, pero otras veces está sentada con su sombrero

y su pollera, y con una sonrisa, por donde asoman caries y molares picados. Nos saluda sin apenas hablar pero con una mirada bondadosa y humilde. El mercado de artesanía se despliega frente a la decrépita

iglesia, donde chanchos y corderos merodean entre telas y piedras. Para nuestros ojos, no deja de ser un decorado viviente, una actuación en un escenario al que puedes subir, pero tu papel siempre será

el de cercano observador y luego el de pagador.

Volvemos a descender al borde de la carretera y ya estamos en una nube de polvo rodante dirección al valle, un valle desde el que se alza triunfante la montaña acariciada por las nubes, y que guarda en su

vientre abierto en canal al hijito de nombre Machu-Picchu, al que a toda madre le hubiese gustado tener: discreto y triunfal. Pero ese triunfo fue su perdición, el hijito aún mantiene el cordón umbilical, aunque

no con la madre, ya muerta, sino con la coya, la reina inca ejerciendo de madrasta mala que los niños temen. Ella enviaba a los chasquis (mensajeros), que correteaban hacia él por ese cordón llamado camino

inca ,para asustarle. Ahora son los turistas (y viajeros) el motivo de sus pesadillas, que han descubierto su intestino caído y aparecen serpenteando por él hasta llegar al centro de su estómago. Él intenta

digerirlo todo, pero no puede, se va hinchando poco a poco hasta el día en que reviente.    

Como ángeles caídos expulsados ya del paraíso, atravesamos la maleza descendiendo hasta el río Urubamba. La corriente viene fuerte, el deshielo primaveral debe estar produciéndose en alguna parte.

El tren sale puntual y ya en Ollanta de nuevo, una sopa de quinua reconforta en el frescor nocturno, como también lo hizo el copioso desayuno del día siguiente dispuesto frente a las empinadas ruinas del Incario.

Subidos en atestadas combis atravesamos el Valle Sagrado. Las miradas son entre esquivas y ausentes, y la vibración por los baches del terreno hace que sea muy complicado captar los pensamientos

que ocultan. Ya bajamos al llegar a la antigua ciudad áulica. Anochece. Los días van pasando inexorablemente. Vuelve a titilar el barrio de la ladera cual cielo estrellado. La plaza de Armas respira

acompasadamente con el ritmo de esas luces de la ladera. La fuente, coronada por el inca Manco Capac, quizás llora a mares por lo que no fue, su imperio dividido cayó en poderes desconocidos, Viracocha

no regresó.

 

Y jovialmente retrocedemos al lugar donde se ubica la leyenda de este primer inca llamado Manco Capac. El pequeño barco zozobra en el lago más alto ,amarrado a la pasarela de tablas movedizas.

Allí Marita nos recibe “chisporroteante”, con sus pequeños brazos abiertos de par en par. Nos hace bailar con ella y sin darnos cuenta ya se ha ido, ha desaparecido como un endemoniado remolino de

aire. Que mujer más histriónica, afirmo, perece en su propia falsedad exagerada, es la personalidad del que ameniza la velada pero huye ante la adversidad. Aparecerá de nuevo unos días más tarde, entre

las tumbas-torre de la necrópolis de Sillustani, nos saludará y volverá a desaparecer bajando por el camino de salida, se convertirá de repente en una viajera escapando de este montículo de muerte, pues

aunque regrese, nosotros ya no la volveremos a ver.

La espuma de las olas del lago sale impulsada hacia arriba, Manco Capac así escapó, nacido de la espuma del Titicaca, para fundar la estirpe incaica, nada menos que ayudado por su hermana Mama

Ocllo, con la que se casó, querían que todo quedara en casa, las estirpes reales siempre han tenido esa obsesión. Después vino la leyenda para esconder una realidad siempre más ordinaria y miserable.

El barco ya llegó a la isla, sus habitantes nos esperan ataviados con el traje típico, es para ellos como un día de domingo antiguo. Nos distribuyen por las distintas casas que salpican el agreste paisaje

amarronado. De esto viven, de esto y de sembrar un pequeño terreno mancomunado de patatas. Todo está organizado para que nadie sea más que nadie, y puede que así sean más felices, por lo menos la

semilla de la envidia y del insulto de la opulencia no tienen el mejor abono. La pobreza se ve y se palpa en cada rincón, la comida es escasa y el ralo té de muña que la remata sabe a gasolina. Comemos en

silencio en el austero comedor pintado de azul. Ellos, con pegotes de humildad y timidez, sacan las viandas de la cocina, que tiene las paredes con la pintura levantada y donde los pucheros cobrizos se

apretujan ,tambaleantes, encima de un fuego ya casi inexistente. Al final del día se les ve cansados, desprendidos de nosotros en este simulacro de acogida. Ya estamos bajando casi verticalmente al muelle,

y ellos nos despiden de nuevo con su traje de domingo. Luego se les ve darse media vuelta e irse, pero yo ya estoy demasiado lejos para apreciar sus rostros imbuidos otra vez de vida cotidiana.

Edgar, ya en Puno, nos vuelve a dar la bienvenida a la puerta de su casa, que también fue la nuestra, en un día soleado. Nos habla, con su bonhomía, de los aymaras, los indígenas de este lugar fronterizo, que

recientemente fueron protagonistas de altercados por culpa de un asunto de tierras y de minas donde siempre hay un dirigente que traiciona, y donde los sueños se esparcen semienterrados por la codicia y la

mediocridad para que pueda seguir imponiéndose el orden inmemorial, en cuya cima siempre estarán los que ofenden y a la vez se sienten ofendidos, los que infunden miedo y luego se quejan.

Nos hemos enterado y la conversación concluye, la excelente acogida termina, el taxi nos transporta y por último el autobús nos aleja.

 

Han transcurrido varios días entre una ciudad bajo un volcán “mistirioso” y una grieta muy profunda. Regresamos otra vez a esa ciudad. Vemos de nuevo el monte Ampato y no puedo dejar de pensar en los

crueles abandonos que se producían en las cimas de los Andes para aplacar la mente proterva de la montaña. Era un viaje que no tenía regreso, pero tampoco continuidad, éstos si eran viajeros, viajeros

hacia un estado onírico de chicha que les preparaba para el golpe mortal. La montaña volcánica llamada Ampato ya quedó saciada, la civilización creyente respira tranquila al realizarse este sinsentido provocado

por el temor primigenio.

Seguimos descendiendo a la ciudad blanca, cuya plaza principal bulle de gente con niños. La vida se libera desparramada por las holgadas calles mientras que al fondo se ven los volcanes crepusculares,

los cuales amenazan con volver a soltar una sonora carcajada con humo para rebajar el nuestro. Los últimos momentos en la ciudad aparecen, es la hora de marchar sin perder el norte.

 

Otro autobús nos revela al amanecer un desierto gris y rubicundo. Quizás naciese en este paraje otro viaje, poco a poco más pausado, y por lo tanto, tranquilo. En el desierto todo se adormece, vamos al

compás del yermo paisaje. Más allá siempre está la muerte, esta vez son unos cuerpos momificados que permanecen sentados en agujeros oblongos, desconcertados como animales a los que se les ha

destripado su oscura guarida. Alrededor nada, solo arena grisácea con vetas de tierra rojiza por donde se desparraman multitud de tibias, cúbitos y trozos de cráneo, poniendo en evidencia la abyección de los

huaqueros o ladrones de tumbas, y en medio un árbol retorcido en si mismo y ladeado hacia la izquierda, como intentando escapar atemorizado de este lugar negacionista de vida; pero, ay, todo es en vano,

permanece ahí clavado por unas raíces obstinadas en quedarse, diciéndome sin hablar que de la muerte no va a escapar nadie.Ya nos marchamos por la trocha que desemboca en la carretera Panamericana.

El viaje, como la vida, aún puede continuar para nosotros.

Ha vuelto a amanecer y alargamos el desayuno lo mismo que se acorta nuestra sombra en el soleado patio del hotel, un oasis de paz que resulta un espejismo cuando nos introducimos en el fragor

de la calle principal, por la que ahora vamos con la mochila a cuestas, ya dispuestos a dejar este emplazamiento rayado e insondable. Vuelvo a pensar en el turista y en el viajero, y así se lo digo a J., me

cuesta hacerme a la idea de que soy un simple turista que busca algo de aventura, pero que apenas logra encontrar, todo está ya manido, sobado hasta la saciedad. Me resigno, él también, aunque a veces

nos hagamos la ilusión de que somos lo contrario. Estos lugares trillados pueden recorrerse de otro modo, pienso, alcanzando previamente el punto a partir del cual no hay retorno posible, como ya dijo Kafka

hace años. Nosotros seguimos, pero aproximándonos siempre al retorno.

Y de esta manera hemos llegado por la tarde al pueblo del seísmo, que aconteció en 2007 a una gran escala. La Plaza de Armas jamás lucirá igual que antes, le arrancaron su adorno más vistoso,

sustituyéndolo ahora por un diseño moderno y sin gracia, una iglesia de ladrillo naranja que no se lleva bien con los edificios colindantes, uno de los cuales es el de la Municipalidad, que aguantó estoicamente

la sacudida pero que quedó surcado de heridas externas e internas, y que aún anda recuperándose de ellas. Es fácil hacer el símil con el soldado que regresa dañado después de la cruenta batalla. En la trasera,

a unas cuadras, está el camposanto, que vio aumentada su población tras el dantesco suceso. Caminamos hacia él por una calle con casas rotas y solares llenos de hierbajos secos que suplantaron a las

viviendas sepultadoras de vidas. Hemos llegado a la verja de hierro y las tumbas asoman detrás tomando el sol ahora que ya comienza a decaer. Inopinadamente se oye una canción, es el cumpleaños feliz.

Nos dirigimos al lugar de donde procede y vemos a un grupo de personas pobres delante de un nicho, y a dos mujeres con micrófono en mano cantando, con horrísona voz de arrabal, al muerto que allí yace,

el cual hoy cumpliría años. La música agridulce se cuela entre las cárcavas violentando al silencio que ve invadido su territorio, un silencio que en toda su dimensión es más molesto que el mayor de los

ruidos, es un silencio incómodo por ser la constatación de que estamos siempre solos cuando la tempestad amaina, el conticinio de la noche a veces aturde más que la algarabía de la mañana.

En el último momento vemos la tumba albar de una “vampira” inglesa llamada Sarah Ellen, seguramente el afán de ser más libre la llevó a estar maldita para la pacata multitud.

Volvemos a salir atravesando la misma verja de hierro. La calle recta te empuja hacia el mar, al otro lado del pueblo, justo en el momento que el sol es una bola de fuego que baja a apagarse en el agua salada.

Nos sentamos en el tortuoso muelle de madera podrida para ver como se baña, pero no es un baño alegre, es agónico hasta que acaba ahogándose sin violencia, como un suicidio premeditado.

La noche nos atrapa de vuelta a la Plaza de Armas, donde ya no se distingue apenas nada, solo se atisba algo al final de la avenida, y es otra vez el océano manso, pacífico. También se ve a dos personas

que se asoman desde lo alto de un acantilado, que sirve de soporte a un barrio de la capital de este país, el cual empieza a sentirse orgulloso de si mismo, y que se dispone a trabajar para ello.

Las dos personas bajan ahora al borde del mar, paseando por la playa mientras alargan lo inevitable; ya la arena comienza a escaparse entre los dedos sin que haya modo de retenerla, la constatación de ser un turista se ha producido.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Me llegó hondo este relato de viaje porque uno de mis hermanos y su esposa acaban de hacerlo y en ambas versiones he descubierto, como es obvio, lugares comunes.
    Leyéndolo fui reconociendo lugares de los cuales apenas acababa de oir hablar.
    Evidentemente, los toques personales son bien diferentes en uno y otro caso.
    Saludos

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