Nadie se muere en la víspera. Autor: Jairo Alfonso Ramos Jiménez

Me he despertado antes de lo esperado. Los movimientos bruscos del autobús han sido los culpables de mi pronto despertar. Miro por la ventana y observo que un derrumbe ha vuelto la carretera un poco intransitable; pero gracias a la pericia del conductor podemos continuar nuestro viaje. Un viaje de mil doscientos kilómetros que nos llevará desde el frío páramo hasta las cálidas playas del mar Caribe. Mi reloj marca las once de la noche, llevamos una hora de recorrido, lo que significa que aún nos faltan diecisiete horas para llegar a nuestro destino.

Como el sueño se ha espantado, me dedico a observar los rostros de los demás pasajeros. Viajamos veintiuna personas en total. Ocho mujeres, nueve hombres, dos niños de trece años, y los dos conductores; por lo tanto han quedado muchos puestos libres, los cuales, con seguridad, serán ocupados en la siguiente parada; aunque preferiría que siguieran así hasta el final. Ninguno de los pasajeros me inspira desconfianza, así que intento volver a quedarme dormido; pero no puedo. Algo en mi interior me dice que debo permanecer despierto; y así lo hago hasta que el autobús se detiene de improviso. Las sirenas de la policía y de las ambulancias, indican que un accidente automovilístico ha sucedido. Varios de los pasajeros nos bajamos, más con el fin de ver lo ocurrido que de ayudar. Las escenas son dantescas. Hay varios muertos y muchas personas heridas con pocas posibilidades de sobrevivir. Los vehículos de rescate son insuficientes para transportar a tantos lesionados; así que la policía toma una decisión inusual.

Los conductores se oponen; pero nada pueden hacer ante la decisión de las autoridades y ante lo dramático de la situación. Nuestro autobús se convierte en una especie de ambulancia comunitaria. A mi lado acomodan a una joven mujer que presenta una herida en la cabeza y fractura del brazo derecho. Al inicio, me sentí incómodo con el contexto en que se desarrollaba el viaje. Era tan diferente a lo que había planeado que cierro mis ojos para ver si se trata de un mal sueño; pero es tan real como el moderno autobús en que me movilizo.

El pueblo más cercano queda a cuarenta minutos. Deseo con toda mi alma que el conductor hunda el acelerador hasta el fondo para acortar la distancia; sin embargo tengo que conformarme con que ande a la velocidad reglamentaria, no en vano vamos detrás de una patrulla de la policía. Ante eso, sólo queda relajarme y esperar que todo pase con rapidez. Acomodo mi silla de tal manera que la inclinación asemeje una cama para descansar; sin embargo los quejidos y el hedor a sangre de los heridos me lo impiden. La mujer que yace a mi lado, nota mi fastidio, y a pesar de sus dolencias esboza una sonrisa que ilumina, en cierta forma, su rostro, luego estira su mano izquierda, como quien necesita un apoyo. La miro por algunos segundos, después, con cierto temor, tomo su ensangrentada mano. Vuelve a sonreír, balbucea algo incomprensible y fallece en el acto. Grito pidiendo ayuda; y aunque el autobús llega al hospital a los pocos minutos, los médicos no pueden reanimarla. Es la primera vez que veo morir a alguien, prácticamente en mis brazos, y eso me impacta hasta la última fibra de mí ser. Me siento perturbado así que deambulo por los alrededores mientras trasladan a los heridos desde al autobús hasta el interior del hospital. Este momento lo aprovecho para reflexionar sobre la conveniencia de proseguir el viaje. Cierro los ojos y una visión llega a mi mente. Veo que el autobús cae por un abismo tan tenebroso como el infierno, terminando en el fondo del mismo, transformado en una bola de candela que sentencia nuestra muerte. Asustado abro mis ojos, y más me aterro al ver el temblor de mis manos y al sentir el latido desaforado de mi corazón. No sé qué hacer, si quedarme en éste pueblo o proseguir según lo planeado. Que dilema tan grande en el que me encuentro. A lo lejos escucho el sonido estridente de la corneta del autobús anunciando la partida. Tengo que decidir cuál es el paso a seguir. Uno de los conductores grita a todo pulmón “todos abordo”.

Espero no arrepentirme de la decisión que he tomado. Prosigo en el autobús rumbo a mi destino con la esperanza de llegar a la ciudad de Cartagena de Indias, sano y salvo, y así poder gozar de sus hermosas playas durante los siguientes tres días. Unas vacaciones bien merecidas después de casi dos años de permanecer encerrado en una oficina en la fría Bogotá. Nunca he sido rezandero; pero en este instante siento una gran necesidad de encomendar mi vida a todos los santos implorando su protección divina. Lo hago con una devoción inusitada como si presintiera que algo malo va a suceder. Tengo que apartar de mi mente esos pensamientos tan pesimistas que me acompañan y tener fe en que todo va a salir bien.

En la siguiente hora, no hubo incidentes en la carretera que retrasaran el viaje; pero dentro del autobús los pasajeros nos sentíamos inquietos; hasta el grado que el retrete es utilizado por lo menos una vez por cada uno. Es un miedo colectivo a algo que no podemos explicar y mucho menos ver.

El pueblo más próximo se encuentra a unos treinta minutos. Para cuando lleguemos allá, el sol habrá despuntado en el firmamento, lo cual será un gran alivio porque según las leyendas populares los espíritus malignos sólo salen en la noche.

El autobús detuvo su andar en una zona conocida como “el paradero”, un lugar que sirve de Terminal de transporte y a la vez es el asiento de múltiples restaurantes populares que ofrecen diferentes platos de comidas a sus asiduos visitantes. El conductor anuncia que tenemos una hora de descanso. Tiempo suficiente para alimentarnos y asearnos un poco. Lo primero que hago es ir a la zona de las duchas, me doy un buen baño con agua caliente, el cual refresca no sólo mi cuerpo si no también mi alma. Observo mi rostro en uno de los espejos del baño, me dan ganas de afeitar mi incipiente barba; pero desisto y pienso que será mejor cuando llegue a mi destino. Camino con dirección a uno de los restaurantes donde ingiero un suculento desayuno que me hace olvidar todos mis temores. Creo que los demás pasajeros sintieron lo mismo.

Uno de los conductores informa que es tiempo de partir. Subo al autobús y para mi sorpresa encuentro a una hermosa mujer al lado de mi puesto. Doy una rápida mirada a todo el interior y cuento cinco nuevos pasajeros. Todas mujeres. Si bien cuando empezamos el viaje pensé en que era mejor no recoger otras personas en el camino, al ver a la joven que sería mi compañera de puesto durante el resto del trayecto, cambio de opinión. Me acomodo en el lado de la ventanilla, así que al pasar rozo sus piernas y un escalofrío me envuelve.

El conductor enciende el motor del autobús, el cual suena como si fueran miles de caballos desbocados corriendo por una sabana, lo que significa que hemos reiniciado el viaje hacía la ciudad de Cartagena de Indias. Aún faltan muchos kilómetros de cordillera, muchas curvas que recorrer antes de llegar a las planicies del Magdalena Medio. Espero que ésta travesía montañosa se desarrolle en completa calma y sin aspavientos de última hora. Creo que la mejor manera de pasar el tiempo es conversando con mi compañera de puesto. Tengo la impresión que ella piensa lo mismo.

Sonríe.

Correspondo su gesto de la misma manera y sin más preámbulo, digo mi nombre y pregunto el de ella. Rosnelia, un nombre raro; pero que en alguna parte he escuchado o tal vez leído, claro que no logro precisar dónde. Como es habitual, en estos casos, indago un poco por su pasado, por su profesión y por su destino. Se muestra renuente a hablar del pasado; más sin embargo se explaya en el presente y en el motivo del viaje. Debe llegar a Cartagena de Indias, entregar una encomienda y regresar de inmediato. Un recorrido que realiza una vez al mes.

Al oír ese relato, sólo se me ocurre que es una traficante de drogas; pero me equivoco. Según sus palabras, sus viajes se debían a una promesa que le hizo a la Virgen del Carmen, patrona de los conductores, por haber salvado a su hermano menor de morir en un accidente de tránsito diez años atrás, en la misma carretera por la cual transitamos. Al escuchar esas palabras, la piel se me eriza. Ella nota la expresión de terror en mi rostro y el leve temblor de mis manos, ante lo cual dice con jocosidad “Nadie se muere en la víspera”.

No comento nada. Prefiero realizar una inspección visual de las características del autobús para saber si viajo en un automotor seguro. Una salida de emergencia a cada lado, un extintor de incendios, un botiquín de primeros auxilios, sillas cómodas y espaciosas, dos retretes y dos conductores prudentes. Sin duda, estoy en un autobús seguro y confortable. Rosnelia parece adivinar mis pensamientos, sonríe y vuelve a tomar la palabra para relatar con una minuciosidad impresionante todos los detalles de la muerte de su hermano. Parecía como si estuviéramos en una sala de cine viendo la película más dantesca sobre accidentes de tránsito. Siento nauseas. Me levanto y corro al retrete ubicado en la parte delantera, está ocupado, entonces de varias zancadas llego a la puerta del ubicado en el sector posterior. También está ocupado. Las nauseas son incontrolables, quiero vomitar, necesito vomitar. Un niño sale del baño. Entro de inmediato y descargo todo el contenido gástrico en el lavamanos. Es asqueroso. Trato de limpiar toda la suciedad lo más que puedo; pero aún así, advierto que es mejor utilizar el primer retrete.

Los demás pasajeros me miran extrañados, como si hubiera cometido un pecado capital. Me dirijo a mi puesto. Rosnelia se muestra sonriente y vuelve a expresar esa bendita frase “Nadie se muere en la víspera”.  Me molestan esas palabras; pero sobre todo la fijación de hablar de accidentes y muertos, así que decido no prestarle atención y más bien observar el paisaje por donde vamos pasando o tal vez dormir un poco, opto por lo primero. La zona de cordillera está a punto de terminar para dar paso a una extensa llanura que termina en las costas del mar Caribe. Será un cambio de clima dramático, atrás dejaremos el frío que cala hasta los huesos para entrar en el calor inclemente de la costa Atlántica. En ese momento se pondrá a prueba toda la capacidad del aire acondicionador para brindarnos un ambiente agradable.

Cuando estamos a pocos metros de terminar el último kilómetro montañoso, Rosnelia entra en un mutismo impresionante y su rostro se torna sombrío. Pienso que tal vez estamos pasando por el sitio donde murió su hermano. Se lo pregunto en dos oportunidades; sin embargo no logro romper su absurdo e inexplicable silencio. Me mira, sus ojos están desorbitados. De repente se escucha el chillido característico de un frenazo inesperado y el estruendo de golpear contra un objeto contundente. Todo se zarandea de un lado para otro. Algunos gritan, otros lloran, y al final, un gran silencio se apodera del autobús. Nadie se mueve de su puesto, sólo intercambiamos miradas de miedo. La puerta de la cabina del conductor se abre y desde adentro, alguien nos pide que bajemos. Soy el primero en hacerlo, seguido de Rosnelia. Lo que mis ojos ven y mi cuerpo siente, me deja atónito. El autobús está parqueado en un parador turístico sin ninguna evidencia de accidente, en la carretera no hay huellas de frenado brusco y lo más sorprende es que estábamos enfrente del mar. Miro mi reloj con la duda de saber si fue que me quedé dormido. Todo es tan raro. No entiendo porqué estoy enfrente del mar, nueve horas antes de lo previsto y con un frío incomprensible para una región costera de mi país.

La risa alegre de Rosnelia me saca de mis cavilaciones, se ve tan distinta a la de hace unos minutos, que parece otra persona, corre como una niña recién salida al recreo escolar. Los demás pasajeros también han bajado y siguen, en fila india, a uno de los conductores hasta abordar otro autobús en el extremo opuesto del parqueadero. Los dos niños se devuelven, se acercan y me invitan a continuar el viaje, lo mismo hace Rosnelia y los dos conductores. Antes de ir con ellos, regreso a mi puesto a recoger mis cosas.

Al bajar del autobús. Una fuerte brisa sopla en ese preciso instante impidiéndome tener una buena visibilidad. Rosnelia grita que me apure. Con mucho esfuerzo logro abordar el otro automotor. Me sorprende su interior, es mucho más cómodo que el anterior, es más amplio y la temperatura es más agradable, es como si estuviéramos en el cielo. Por el altavoz, el conductor anuncia nuestra partida, al mismo tiempo una hermosa azafata va pasando de puesto en puesto entregando el periódico del día. Al leer la noticia publicada en primera página no puedo contener mis lágrimas. Miro a Rosnelia y entre balbuceo le pregunto ¿Porqué? Su respuesta fue la misma frase de siempre “Nadie se muere en la víspera”.

La noticia hacía referencia a dos muertes ocurridas en accidentes de tránsito, en el mismo sitio, con semejanzas espeluznantes; pero con una diferencia de diez años, la de Rosnelia y la mía.

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  1. Sofía varela

    Recorrí innumerables veces esos hermosos caminos y sentí en carne propia ese miedo narrado por el autor para mi fue como silo viviera muevamente después de 5 años que no he vuelto a Bogotá; es escalofriante las noches cuando uno viene bajando desde Bogotá hacia la costa atlantica. Me encantó la narración es como volver a vivir lo ya vivido.

  2. Mónica

    Interesante relato hace volar la imaginación a lugares desconocidos y a los que tanto tememos…

  3. Diana Téllez

    El concurso es sobre relatos de viaje, y este es muy original, ya que el protagonista viajó a la otra vida

  4. Elvira Endo Alvarado

    El argumento es original aunque al final me perdí un poquito porque no entendí en qué momento se produce el accidente mortal para el protagonista..
    En el primer accidente acaso?

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