Los viajes. Autor: Héctor Krikorian

Era el momento en el que la luminosidad del crepúsculo emparejaba su fuerza con la que nacía de los focos de las calles.

Todo parecía estar en el inicio de una rara neblina. El ambiente estaba teñido de una fosforescencia que hacía confusos los contornos y los matices.

Yo volvía de mi trabajo, que, como jubilado, era una tarea inferior a mi capacidad y, para colmo, mal pagada; caminaba hacia mi hogar, como lo había hecho muchísimas veces, resignado a mi destino: la vida misma, ahora aliada a la vejez, había convertido mis sueños juveniles de poeta en recuerdos dolorosos y reiterados.

Mi espíritu ya no se interesaba por ninguna de las cosas que pululaban alrededor mío: personas, viajes, máquinas, autos, deseos. Todo aparecía y desaparecía sin que nada atrajera mi atención, como desde hacía un tiempo, creo que desde que Delia, mi mujer, cayó en la invalidez por un accidente cerebro-vascular y, no sé si por eso, quizá inconscientemente, decidí acompañarla en su viaje hasta el final definitivo.

Desde entonces, rebotaba en mi cerebro, ya apocado, el miedo a la muerte, no el miedo al mero acto, escena, explosión o silencio total de morir, que de alguna manera ocurre y termina, sino a esa etapa que –fuera lo que fuese–, sucedería, inexorable, después. Y ese temor seguía presente en cada momento de mis horas, aunque intentara espantarlo como a una mosca insistente, repulsiva.

Ya me faltaba recorrer una distancia muy corta: sólo llegar hasta la esquina, doblar y andar unos veinte metros.

Primero, fue un extraño perfume, tal vez a pan recién horneado, pero mucho más suave y dulce; después, enseguida, quizá fue el resplandor de las fuertes lámparas de alguna vidriera o el ramalazo de luz de los faros de los vehículos que rasgaban la avenida, sólo sé que se rompió la semioscuridad –más mental que física–, en la que estaba sumergido y apareció la cara. Yo, que nunca miraba a quienes se me cruzaban en la calle, la vi. Mi sobresalto fue instantáneo, profundo; las palpitaciones del corazón me llegaron a la garganta, me ahogaron, me apretaron contra la pared, me hicieron sudar frío y me pregunté –sin poder controlar el miedo–, si ese ya era el momento en que mi cuerpo me castigaría por haber abandonado, tiempo ha y en rebeldía inmadura, todos los medicamentos que me habían prescrito, sin pensar ni medir las consecuencias, sólo guiado por una idea persistente: ¿para qué tantas drogas, si lo que deba suceder, sucederá? Pero no fue ese el desenlace, supuesto y, al mismo tiempo, rechazado, sino que, todo era más simple: ella estaba delante de mí.

¿Un segundo? ¿Una hora? No sé cuánto tiempo estuvimos frente a frente, hasta que, con una voz que acarició el aire como un eco tibio, le escuché decirme:

“– ¿No me reconoces, Martín?”.

La seguí mirando, sin contestarle, rebuscando en los restos de mi memoria alguna huella de esa presencia.

“–No te esfuerces más. Éramos muy pequeños cuando nos conocimos. Teníamos cinco años”.

Su ayuda me permitió precisar la búsqueda:…cinco años…, mi primera infancia…y, así, como de pronto apareció, así, sin aviso previo, irrumpió en mi mente el recuerdo nítido de su figura: pelo rubio con trenzas a los costados, adornadas con moños azules, azules como sus ojos; Nuni, mi compañera de jardín de infantes.

“– Sí –dijo, como si me leyera el pensamiento–, soy Nuni, de la salita Naranja

de los chicos de cinco años”.

Un relámpago de alegría me golpeó las piernas como si un perro enorme me atropellara, enceguecido: “…mi primer-primer amor…” Quise acercarme más, para abrazarla, empujado por el chispazo de una felicidad casi desconocida, pero, mientras mi cuerpo ya se estaba por apretar al suyo, ella desaparecía sin hacer movimiento alguno, como si las tinieblas de miles de noches la hubieran diluido, absorbiendo el resplandor que había irradiado hasta ese momento.

La busqué a mi alrededor, como si estuviera atontado –en realidad lo estaba–, pero la ciudad subrayó de nuevo mi anonimato, mi soledad. No la encontré. Ella, o lo que fuese, había dejado de existir, me dije. Y, en ese momento, recordé que Nuni había muerto cuando apenas había cumplido los doce años. Me sentí un verdadero idiota al no poder contestarme: ¿cómo podía ser que después de tanto tiempo ella me encontrara, me reconociera y con qué propósito?

Pero, había sido ella la que detuvo mi camino a oscuras, había sido ella la que me habló tan dulcemente, era ella a quien vi, a quien escuché, y si no: ¡a quién vi, a quién escuché! ¡Qué era eso a lo que tuve que enfrentar! Además, estaba seguro de haberle escuchado murmurar, antes de que se esfumara:

“–Pronto nos volveremos a ver”.

Durante el regreso a mi hogar sólo pensé en cómo explicarle a mi mujer lo sucedido; Delia, por culpa del ataque que la había dejado semiparalizada de la cintura para arriba, no sólo resultaba casi imposible que nos comprendiéramos sino que, además, me despreciaba a mí mismo al pensar que la odiaba porque, debido a su enfermedad, no sólo los gastos de médicos sino que también los de masajista, enfermera, medicamentos, análisis, se hicieron inalcanzables y por eso yo había tenido que volver a trabajar, ya que la jubilación que cobrábamos era insuficiente para afrontarlos. Al fin, desistí de hacerla partícipe de mi experiencia.

Ya en casa –una vez que terminé de darle algo de cenar–, agotado, me dejé caer en mi camastro de una plaza, que estaba casi pegado a la cama donde Delia tenía que pasar todo su tiempo –sentada, apoyada contra el respaldo–, y que, como le resultaba casi imposible conciliar el sueño si yo me movía a su lado, nos hizo tomar la decisión de dormir separados.

Así pasó esa jornada, llena de vivencias impactantes. Y, después, transcurrieron más días y más noches en las que yo vagaba por la vida como un espíritu desquiciado, con el pensamiento puesto únicamente en Nuni, en la necesidad de volver a verla, y sé que, en el silencio de más de algún amanecer, mi grito clamando por su presencia pudo haber angustiado a Delia. El hecho de que no regresara hizo que casi despreciara también a Nuni  porque no hacía lo que yo quería que hiciese, obrando con ella como lo hacía con todos los que no satisfacían mis deseos.

Mi empeño en llegar todos los anocheceres al mismo lugar y a la misma hora del primer encuentro –en un intento desesperado de que se repitiera–, no tuvo resultado alguno. Hacia la nada, Nuni había partido hacia la nada.

Y mi vida continuaba su caída, golpeando entre las paredes del temor a la muerte, el odio a Delia y el resentimiento hacia Nuni.

Hasta que una noche, quizá en la profundidad de mi sueño, el olor al dulce pan recién horneado me acarició el cerebro, y escuché que una voz suave, no desconocida, me susurró:

–         “Martín, Martín…” –aletargado, miré a Delia, pero ella estaba dormida, muy

quieta, en su forzado mutismo; quise volver a mi sueño.

–         “Martín…”.

–         ¡Qué! –dije, sorprendido por mi propia voz.

Y la vi de nuevo: Nuni, mi primer-primer amor, estaba allí, sus labios casi me

rozaban la cara.

–         “No te asustes”.

–         “¿Qué pasa?” –le pregunté. “¿Por qué estás aquí, ahora?”.

–          “¿Te agrada verme, cierto?”.

–         “Claro que sí”.

–          “Entonces viajarás conmigo”.

–         “¿Dónde, cuándo? ¿Para qué?”.

–         “Quizá para enseñarte a no tenerle miedo a lo que pueda suceder después de

la muerte”.

Enseguida, sentí una brisa en los ojos cerrados. Creí que algún rayo de sol había entrado en el dormitorio y que me había hecho suspirar con fuerza, pero seguía siendo de noche; mis párpados fueron atravesados por una luminosidad violenta aunque indefinida. Delia seguía durmiendo; en la habitación estábamos ella y yo, nadie más. Me senté en la cama para pensar qué era lo que había sucedido: si alucinación, si realidad.

Al fin, otra vez se hizo de día. Llegó la enfermera. Me acerqué a Delia y le di un beso en la frente. Salí al trabajo arrastrando mis piernas acalambradas, con una sensación de ahogo y una taquicardia muy dolorosas, como nunca había padecido, ¿me muero ahora, así nomás?, me pregunté, aterrorizado. Pero seguí adelante, como empujado por algo que no alcanzaba a comprender.

Y, de regreso a mi hogar, volvió a ocurrir. En el mismo lugar, a la misma hora, con la misma ráfaga de luces y niebla y envuelta en el perfume fresco del pan, apareció Nuni enfrente de mí. Esta vez superé mis temores y sorpresas, ni siquiera intenté acercármele.

–         “¿Estás listo para viajar, Martín?”.

–         “Sí”.

Sentí como si me apretara la mano, pero sin roce alguno. Se produjo un relámpago que del blanco puro transmutó al rojo violento, y atravesamos – fusionados en ese brillo–, no sé qué distancia ni qué tiempo ni qué lugares.

Pasaban –o yo pasaba frente a ellas–, a una velocidad infinita, miles y miles de esferas, de todos los tamaños, de todos los colores, girando sin cesar, inmensamente luminosas; navegábamos como en un espacio azul brillante, como en un cielo de pintura infantil.

De pronto, una esfera cristalina se detuvo, nosotros también, quedamos enfrentados, creo; una puerta, casi transparente, se abrió con amplitud, silenciosa:

– “¿Lo ves?” –me preguntó Nuni, señalándome con los ojos, en un paisaje

fuera de toda razón, a un hombre maduro, sentado a la orilla de una laguna– “¿Lo reconoces?”.

Me quedé en silencio; no pude contener las lágrimas al distinguir a mi hermano

Eduardo, muerto ya hacía muchos años. Le percibí en la cara una sonrisa franca –como nunca le pude notar mientras vivía–, la mirada llena de paz, las manos calmas, sosteniendo una caña de pescar cuya línea desaparecía a lo lejos en el agua cristalina y mansa que tenía adelante.

–“¿Cómo lo notas?”.

Apacigüé en lo que pude los latidos de mi corazón y susurré:

–“Feliz, feliz, como nunca antes. Era un loco por pescar, aunque debe haber

podido hacerlo dos o tres veces en su vida, llena de dolor”.

–“Nos volveremos a encontrar” –dijo Nuni.

El relámpago multicolor me encandiló de nuevo; enseguida, volví a ver a toda la gente y a toda la ciudad, que, siguiendo su rutina, estaban como si no se hubieran movido en el lapso en el que estuve y no estuve. El violento golpeteo del corazón me acompañó el resto del día y la noche.

Y así, pasado un tiempo sin huellas, otra vez, la luz sin amanecer y la fragancia del pan me absorbieron, casi con dolor. Y mi primer-primer amor, con la sonrisa más dulce, purificándome con su fosforescencia y sin rozarme, me transportó, junto a ella, hasta donde no existía el tiempo ni el espacio. Luego de que una de las esferas se detuviera frente a nosotros y terminara de abrir su puerta, casi traslúcida, Nuni me preguntó:

–“¿Quién es?”–, y me señaló una mujer espléndida, ataviada con una túnica blanca, con el pelo largo negro-azabache que se le desparramaba por la espalda en torrentes de brillo y suavidad, sentada a un piano, que ejecutaba, con manos vibrantes y delicadas, una sonata de Beethoven, mientras, alrededor de ella, centenares de personas, descansando en un prado verde, esperaban ansiosas que concluyera de tocar para aplaudirla y agasajarla con flores y aplausos.

–“¿Alicia?” –me atreví a contestar. Nuni afirmó con una leve inclinación de

cabeza–. “A ella le apasionaba la música y, pobrecita, jamás pudo estudiar instrumento alguno. Murió joven. Es maravilloso verla tan feliz” –terminé de explicar.

Regresé, y noche tras noche, los relámpagos y el aroma, mudos y vibrantes, me reunían con Nuni, quien me transportaba a territorios indiscernibles, a esas esferas enigmáticas. Y, noche tras noche, me hizo observar a varias personas a las que yo había conocido mientras estaban con vida: mi padre, mi madre, a varios amigos, y, tal vez, a alguna enamorada malherida, lo notable era que todos parecían radiantes, haciendo lo que más habían ambicionado y que jamás lograron mientras vivían.

Hoy, el amanecer, obstinado, me encontró peor que nunca: tuve que hacer un esfuerzo inaudito para abrirle la puerta a la enfermera que cuida a mi mujer para, después, salir hacia el trabajo, maldito trabajo.

Ahora, de regreso, después de casi arrastrarme como un inválido para llegar hasta aquí, enfrento el rito diario, pre-mortuorio, de atender a Delia: hablarle –aunque no me entienda ni pueda articular un simple monosílabo–, lograr que coma algo, higienizarla, cambiar las sábanas y su ropa interior, darle masajes con el ungüento para evitarle las escaras.

Al fin, ya agotado, sufriente, alcanzo a arrojarme en mi cama.

Los brazos me duelen desde los dedos hasta el cuello; en el pecho tengo acorralado un monstruo que me despedaza el corazón.

Imprevistamente, como siempre, aparece Nuni que, casi acariciándome la frente, elimina todo mi cansancio, mis dolores; y tras los relámpagos y el tibio aroma del pan caliente, me lleva hacia las esferas: las veo maravillosas, fulgurantes, miles, millones, girando, rumbo hacia quién sabe dónde, sin importarles nada de lo que hay a su alrededor. Y al fin, como lo hiciera antes, una de ellas se aparta de las demás –o las demás desaparecen de mi vista–; se me acerca; en ese espacio incomprensible estamos solos frente a ella; ahora, la esfera ha cambiado su colorido brillante por una tonalidad oscura, opaca; ávido, busco la abertura para observar en su interior –como hiciera con las otras–, pero no hay pórtico ni ventana ni la más mínima grieta, interrogo con la mirada a Nuni, exigiéndole una explicación:

–“Es tu esfera” –dice, como si me leyera el pensamiento.

–“¡No puedo ver dentro de ella!”.

–“Ya lo verás”–y Nuni y las esferas y el infantil cielo azul profundo, desaparecen.

No le comprendo la frase, pero, en cuanto la escucho, una ráfaga ardiente, como la garra de un animal feroz y desconocido, me arranca del interior del pecho un dolor insoportable, me arrasa la garganta, me explota en los ojos.

Y, en un éter amniótico, suave y transparente, estoy flotando, como una partícula de sombra, imperturbable; observo a Delia: sigue en la cama, pero llora, algunas lágrimas le mojan la cara, plena de arrugas y sufrimiento; parece que intenta decir algo y de su boca torcida sólo salen quejidos, débiles, impotentes; con esfuerzo, mantiene el torso inclinado hacia mi cama.

Y me desplazo en el aire, por encima de ese ámbito.

Y me veo: las piernas de través sobre el camastro, la espalda desnuda contra el piso, la cara hacia arriba, las manos apretándome el cuello, y el corazón quieto, ya en silencio…

Y, de pronto, algo oscurece todo, y nace una noche sin estrellas con relámpagos lejanos que mueren en su primera luminosidad, mientras un olor nauseabundo invade las moléculas del Universo.

Y mi esfera abre su puerta negra. Y estoy adentro. Y…

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    La muerte contada por su propio protagonista parece ser un tema recurrente en esta versión del concurso.
    Me ha dado mucha pena la soledad de Delia, antes y por supuesto después de la muerte de su esposo.
    Y me he quedado sin entender el por qué de ese “olor nauseabundo que invade las moléculas del Universo”.
    Es un buen relato.

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