Viajando de noche. Autor: Claudio Araya Villalonga

Instalado en una cómoda butaca y buscando la mejor posición para conciliar el sueño, viajo de regreso a la capital luego de visitar aquellos familiares en el sur del país, de los cuales tanto oí hablar y que un buen día decidiera conocer. Luego de un tiempo recorriendo con la memoria los increíbles paisajes conocidos me sumerjo en un profundo sueño.

Es una noche tan oscura, que resulta prácticamente imposible advertir cualquier cosa que se mueva más allá de lo que alumbran las luces del vehículo en la carretera. Sólo cada cierto tiempo, los focos de uno que otro en dirección contraria hacen variar el paisaje cuando se acercan desde la distancia y, se pierden luego de pasar por el lado del bus en que viajamos. La última vez que Tiburcio miró su reloj marcaba las 5 de la madrugada y a esta hora, la mayoría de los pasajeros se encuentran durmiendo o en un estado tal de somnolencia que han contagiado incluso al ayudante, auxiliar del móvil quien se ha ubicado al fondo del pasillo, en un asiento desocupado en el cual intenta conciliar el sueño tras su previa y correspondiente autorización. Pese a la persistente llovizna, el bus se desplaza a una conveniente velocidad crucero que oscila entre los ochenta y noventa kilómetros a la hora calculándose el arribo a la ciudad más cercana alrededor de las siete de la mañana.

Tiburcio, ante la nula posibilidad de entretención observando lo que ocurre alrededor de la carretera, añora aquellas noches de luna llena que se presentan tan claras  pareciendo iluminar el entorno como si fuese de día; no cabe entonces otra alternativa que concentrarse en la conducción, previendo la posibilidad de algún imprevisto e intentando observar cualquier falla de la máquina que pueda entorpecer el tranquilo transcurrir de la ruta.

De pronto, al entrar de lleno a una amplia y pronunciada curva, el vehículo se introduce bruscamente en un banco de espesa neblina que, por poco le hace perder la visión del camino. Reduce la velocidad sin pisar el freno, al tiempo que activa los focos neblineros y  sitúa el pesado vehículo lo más cerca posible de la raya demarcatoria, en el eje central de la calzada. Es entonces cuando nota con sorpresa que el motor se ha detenido por completo. Aplica un par de aceleraciones sin resultado pues, la velocidad se mantiene igual y para su mayor extrañeza, lo que sigue a continuación es advertir que el vehículo ha dejado de producir el sonido característico de las llantas sobre el pavimento, siguiendo su camino  pero sin provocar ningún ruido. Ante la insólita situación, gasta un par de segundos entre decidir cuál será su siguiente movimiento: abandonar la silla del conductor, alertar a los pasajeros, llamar al ayudante, informar de la situación  a su empresa, abrir la puerta, dejarse llevar por el pánico, gritar o… quedarse sin hacer nada y… esperar el curso de los acontecimientos. Optando por esto último,  le parece que ha pasado un siglo cuando nota que –suavemente- el vehículo aminora la marcha retornando el ruido que las llantas producen al correr sobre el pavimento y casi enseguida, con evidente alivio escucha nuevamente el suave ronroneo del motor. Lentamente ahora, el conductor detiene el vehículo a un costado de la carretera donde encuentra un buen espacio para  estacionar y se queda allí por un momento.

Asustado pero, sin alertar a nadie aún -ni siquiera a su ayudante- y sin provocar ruido alguno, baja del bus intentando visualizar el camino por el  que han pasado recién. Mira hacia atrás y allí está la espesa niebla en la que minutos (¿o segundos?) antes se han introducido. Prefiere no continuar con su investigación  volviendo atrás y luego de subir rápidamente al móvil acciona los mandos que obedecen prontamente. Sin mayor dilación, se aleja rápidamente del lugar. El viaje transcurre en forma normal pues ya ha comenzado a clarear y algunos pasajeros –incluido el auxiliar- se desperezan  y acomodan en sus asientos aprontándose para la próxima parada. El resto del tiempo no tiene contratiempo alguno y arriban sin novedad a destino poco antes de las siete de la mañana, como estaba previsto.

Sin contar a nadie su experiencia, el conductor se dirige a la cafetería y trata de pensar lo menos posible en el incidente mientras consume su temprano desayuno. De pronto, fija su atención en el noticiero que transmite la televisión y que –justo en ese instante-  informa profusamente sobre una tragedia que se habría desatado esa misma noche, precisamente en la ruta por la cual pasara esta madrugada. Como en un sueño escucha al reportero diciendo:     – “Esta noche, al caer un pequeño puente del sector, producto de la crecida del estero a causa de las intensas lluvias de los últimos días, ha dejado un forado en la carretera, el que ha ocasionado la accidental caída de seis vehículos antes de advertirse el daño ocasionado por el temporal. Sus conductores no alcanzaron a advertir el destrozo en la calzada y cayeron a las torrentosas aguas. Se calcula el desaparecimiento de –a lo menos- doce  víctimas.

Sin contener su desosiego, Tiburcio Valderrama, chofer del bus de pasajeros de la ruta Osorno-Puerto Varas-Santiago, corre hasta el vehículo y se sienta en la butaca del conductor donde -presa de una emoción incontenible- rompe en llanto. Cuando se ha calmado y  trata todavía de encontrar alguna explicación a lo ocurrido, su vista se fija en la pequeña calcomanía que porta adherida al panel de comandos. La ha leído mil veces pero hoy, y para siempre, toma una nueva dimensión: “Sólo Dios sabe si vuelvo”.

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Realmente, lo mejor de los milagros es que ocurren…y Tiburcio y sus pasajeros pudieron contar la historia todavía desde esta dimensión.

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