El Gran Viaje. Autor: Mancus Polemiconus

Siempre hemos viajado.

Como hijas de emigrantes, una vez al año, para ver a la familia. Desde pequeñas, dos destinos.

Luego, para conocer nuestro país, con nuestros padres.

Y, finalmente, llegó mi gran viaje: Italia.

El gran viaje no fue tan maravilloso como yo pensaba.

La mejor compañía para conocer Italia no son un grupo de adolescentes con las hormonas en ebullición que sólo piensan en sexo y alcohol.

Y cambiar la visita a Pompeya por una noche en una discoteca no es la mejor forma de conseguir que le caigan bien sus compañeros de viaje a una adolescente que será arqueóloga.

Ha habido otros viajes, a otros lugares, aunque no a Pompeya.

He trabajado como arqueóloga, aunque ya no ejerza. Pero recuerdo lo suficiente de aquellos tiempos para que mis compañeros de viaje me pidan que me calle, cuando comienzo a explicar un monumento de la Antigüedad…

He vuelto a Italia en varias ocasiones, sola y acompañada, y el reencuentro siempre ha sido grato.

Hace poco, viajando de noche, como en otras ocasiones, comentaba con mi padre lo hermoso que es atravesar la Riviera de noche, yendo a Italia.

Montañas junto al mar, iluminadas por innumerables farolas, muestran su silueta al viajero que prefiere mirar a dormir. Y éste es premiado viendo el reflejo de las mismas en las bahías cerradas, haciendo que las noches sin luna sean menos noche.

Siempre mi padre me comentaba que eso era igual, y que para qué viajar… Detrás de una montaña sólo hay un valle, y detrás de un valle, una montaña, y así hasta el infinito.

Esta noche, no. No comentó nada de eso. Y me extrañó profundamente.

Ya es mayor, pero no me había dado cuenta de cuánto.

Quizás porque su gran viaje se va acabando, no tenía ganas de discutir. Sólo de saborear la negra noche, y las pocas y pequeñas luces que se veían en la distancia.

Sigo echando de menos mis viajes de estudiante, con el asiento barato, sin reserva, buscando, a veces, en un tren vacío, otras en un tren abarrotado, un lugar cómodo donde dejar la maleta, descansar y observar.

Observar la vida de los otros, escondida tras un libro. Oír sus conversaciones en otras lenguas, mientras finges leer y que no entiendes lo que dicen. Ver desfilar otras culturas y otros mundos frente a una, desde el asiento de segunda de diferenciación tan marcada en otros países.

Ver sus vidas pasar delante de una, en una o dos horas, que a lo mejor es lo único que dura su trayecto, y ver cómo se suceden a tu lado personas, vidas, preocupaciones, risas, borracheras, e incluso, alguna navaja que, esgrimida de noche, puede poner los pelos de punta a una joven viajera inexperta, que correrá a pedir ayuda al revisor del tren, dejando libre el compartimiento a los dos tunantes espabilados que han sabido lo que había que hacer para librarse de la única mosquita muerta que los separaba de una noche económica durmiendo a pierna suelta.

La diversión no se acaba al no viajar, pero hay cosas que se echan de menos. No surgen los imprevistos, no conoces lugares nuevos, gente nueva, costumbres nuevas. Dejas de sorprenderte por lo que verás al volver la esquina, porque lo que hay al volver la esquina llevas viéndolo desde hace años, tantos, que ya no lo ves.

Te encuentras como Nerón, en “Quo Vadis?”, lamentándote de lo aburrida que es tu vida, viendo siempre las mismas caras, las mismas personas, y cambiando el color de la lente para tener sensaciones nuevas.

Con la crisis, he dejado de hacer grandes viajes. Alguna amiga, de las habituales en ellos, incluso se quedó por el camino… Alguna por el camino del olvido, al descubrir que ya no era más lo que nos unía que lo que nos separaba. Otra dejó el camino de la vida, y marchó prematuramente no sabemos a dónde, aunque sabemos cómo… Como tantos otros que se marchan prematuramente de este mundo, dejando vidas quizá inconclusas, a no ser que se dieran prisa en vivir la vida que tan poco les iba a durar.

Actualmente ahorro, ahorro planeando el futuro, aunque no sé si me servirá de algo. Ahorro también esperando que algún día podré volver a realizar un “gran viaje”.

Un gran viaje que nunca olvide, un gran viaje que llene mi vida de sensaciones y recuerdos, de ganas de vivir y de aferrarme a la vida pensando que me queda mucho por descubrir, aunque cada vez tenga menos tiempo, menos ganas, y cada vez me parezca más a mi padre.

El problema de todo viaje es que da igual a dónde vayas. Siempre encontrarás lo mismo. No una montaña detrás de un valle, o un valle detrás de una montaña.

Siempre te encontrarás a ti mismo.

Porque, viajes con el equipaje que viajes, viajes en primera, en segunda o en tercera, hay algo que siempre llevas, aunque quizá pretendas perderlo por el camino, como se hace con un paraguas que te han regalado y no te gusta, o con un libro que te aburre y con el que no piensas cargar durante más tiempo.

Siempre, aunque vayas sólo, viajarás contigo. Y ¿qué pasa cuando lo que ves no te gusta?

En una habitación de hotel, sólo o acompañado, sola o acompañada, siempre llegará un momento en que te quedarás sólo con tus pensamientos, y te preguntarás ¿valía la pena llegar hasta aquí para huir de mi mismo? ¿Son tantas las distracciones del viaje, de la compañía del viaje, de la prostituta o del gigoló que alquilas para matar el tiempo y la soledad, para olvidar quién eres y que no te gustas?

El viaje, el gran viaje, sólo lo puedes disfrutar si te gusta quién eres, si sabes lo que buscas, si no lo haces para huir de tu vida y de ti.

Entonces, no te importará no ver Pompeya, no te importará la soledad, no le darás menos valor al paisaje, o más, del que tiene.

Pero, ¿cuántas personas en el mundo pueden viajar así?

Y si eres de los afortunados que pueden desplazarse en esas condiciones ¿para qué quieres viajar?

En ese momento, te dará lo mismo viajar que no: detrás de una montaña, verás que hay un valle, detrás de un valle, verás que sigue una montaña, y quizá lo que de verdad te importe sean las personas a las que dejas atrás, y de las que te alejas.

Y si no estás sólo, quizá lo único que no te importe sea verte obligado a alejarte de las personas con las que convives y a las que amas.

No es huyendo de ti mismo o misma como harás el gran viaje.

Muchas personas no han viajado nunca, y han sido felices, profundamente felices viviendo siempre en el mismo lugar.

Otras siempre han viajado, cambiando de ambientes, personas, lujos, comodidades, compañías, y nunca han conseguido ser felices. Ni siquiera se soportaban. Y cuando descansaban junto a alguien, se preguntaban qué hacían en esa cama, quizá con un extraño o extraña, a la que lo único que le importaba era lo que iba a cobrar.

Hay muchas maneras de sentirse sólo, como hay muchas maneras de hacer el gran viaje.

Moviéndose, sin moverse, en paz consigo mismo, odiándose a muerte, descubriendo lo maravillosas que son otras personas y otros paisajes, o lo horrorosos que pueden ser los extraños que nos rodean y los lugares que habitan.

La belleza o fealdad de un lugar está en los ojos que miran, como la bondad o la maldad de una persona está, en parte, en la mente de quien la valora y calibra.

El calor que no llevas en tu corazón no te lo puede dar nadie.

París, para mi hermana, es una ciudad maravillosa. Para mi, que residí en ella durante un año, es una pesadilla. Transcurridos veinte años, quizá ya no la calificaría de pesadilla, pero en el momento que viví en ella sí lo hice. Y me volví a mi casa, porque no encontré lo que buscaba.

En realidad, hacemos solo un gran viaje en esta vida, y según avanzamos en ella yo me he dado cuenta de que cada vez necesitas menos equipaje. Me acuerdo de que al principio viajaba cargada de cosas que “podía necesitar”. Mis maletas cada vez son más reducidas, y pesan menos.

También, en los viajes me gustaba ir con más gente. Cada vez viajo mejor sola, y me encuentro más cómoda viajando de esta manera. Y también hecho de menos a menos gente cuando viajo, escribo menos postales y cartas –o correos electrónicos, en su versión moderna-, hago menos fotografías –aunque sean digitales- y acumulo menos direcciones, pero observo mucho más, y conservo muchas más sensaciones.

Cómo es un lugar es inseparable de cómo te sientes en él. Cómo lo percibes está condicionado por cómo eres.

Sabemos que el Danubio sólo es azul para los enamorados, según la tradición vienesa. París es la ciudad de la luz, aunque sus luces no son tantas. Y la ciudad del “amour”, siempre y cuando lo lleves puesto de casa, o busques allí su sucedáneo, tan vendido hoy en día en todas partes. Y recordando a Aznavour, Venezia es triste y gris, cuando no estás tú, como la ciudad en la que una Hepburn vieja y amargada vive su última pasión de americana solterona y aburrida, aunque en realidad es una ciudad luminosa y hermosa, salvo cuando está inundada en verano y apesta el agua de los pantanos –y la vi sin estar enamorada- por el calor.

Algún día volveré a hacer mi gran viaje. Volveré a Italia para volver a vivir Ravenna, Venezia, Spoleto, Pisa, Génova, Roma –aunque creo que los céntimos que eché en la Fontana de Trevi me harán esperar un poco-, y para descubrir la Pompeya que me sé de memoria, siempre y cuando el servicio de antigüedades italianas no la deje caer de vieja.

Y también haré un nuevo gran viaje, quizá a algún parque nacional norteamericano o canadiense, para ver la naturaleza en un relativo estado de pureza, o a algunas de las islas del Pacífico o del Índico, antes de que el cambio climático las hunda para siempre bajo las aguas y no pueda ya, sacando los pies de la cabaña, caer en el mar para bañarme.

Y sobre todo, intentaré no perderme el único y gran viaje, irrenunciable para todo ser humano, el de la vida y las personas que me rodean.

Y me prometo a mi misma que miraré para ver, escucharé para oír, caminaré con los pies bien firmes sobre el suelo, tocaré para sentir, besaré a los que amo, y nunca, nunca más al acostarme me sentiré sola.

Tendré todos mis recuerdos, todas mis vivencias, todas mis experiencias, vividas intensamente, que nadie, nunca, me podrá robar.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Pues muchos párrafos parecían escritos por mi. Me he hecho reflexiones parecidas en circunstancias similares.
    Finalmente, Mancus, es bien cierto aquello de “nadie nos quita lo bailado”.

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