Teselas de Marruecos. Autor: Ricardo Martínez-Conde

Mogador es tan bonito que habría que

hacer allí una academia de pintura.

Nicolás de Stäel

Una vez más la transparencia del aire, iluminado por un gran sol protector, define los perfiles, los colores. Es invierno y todo (el paisaje, el edificio, la indumentaria del solitario) parece transmitir armonía. Armonía como una forma antigua, una actitud en la cultura de esta gente, por lo común, cordial y discreta.

A primera hora hace frío pero algo invita al camino. A mediodía templa, y ello trae concurrencia a las terrazas, siempre con algún pasajero: a veces en charla cordial; a veces, aquí y allá, algún soñador que mira sin mirar. Lo mismo que esa figura femenina que, embozada en su túnica, contempla en El Jadida, a última hora de la tarde, cómo se posa ese mismo sol de la mañana en el mar.

Viajar es una forma de latir; de ahí la vida que destila todo viaje asumido como propio, tal como ha de ser para que se cumpla esa vieja convicción: solvitur ambulando.

Meknes

Subiendo hacia Rabat por la autopista desde Casablanca, a medio camino está el desvío hacia Fez. La autopista, como se sabe, es solamente una raya gruesa, monótona y fea trazada sobre el terreno. Es una ofensa al paisaje de la cotidianeidad –la de los pueblos y ríos y viejos viendo pasar-, un aburrido trayecto para el que  quiere pulsar la interioridad de ese paisaje que se desea conocer, así que, habiendo recorrido algunos kilómetros, abandonamos esa ‘cara alfombra roja’ y accedemos a la carretera general, la que acerca desde siempre, la que vincula escenarios e imaginación. Recuérdese: ‘se es de un paisaje’ escribió ese buen viajero que es Claudio Magris. El camino natural así lo atestigua en el ánimo de las gentes.

La carretera otorga una forma más sosegada de viaje, y en esta ruta abierta y venteada camino de las primeras estribaciones de la cordillera del Atlas, atravesamos campos con nuevas perspectivas desde cada curva sobre un terreno suavemente abombado, cuidado con detalle, en el que se distinguen aquí y allá manchas de color semejando un dibujo trazado por un niño. Es un camino sereno, entretenido, en el que pronto aparece, en predominante color siena, la muy histórica ciudad de Meknes.

Concebida a modo de fortín, como tantas ciudades defensivas, la diseñan una doble muralla no muy erguida que lucha con innumerables orificios en su estructura a fin de que el barro se airee –no para vigilar, como sostiene el bueno de Ahmed- Estas murallas dejan un espacio amplio entre sí para el paseo y la charla en calma, arte que los pueblos árabes cultivan con fruición.

Tras la segunda muralla se entra de lleno en la intrincada Medina (entiéndase, para en adelante, “barrio antiguo en una ciudad árabe”), un enjambre lleno de vida en ebullición. algo que no siempre se advierte en un primer momento. Y una vez dentro, ¿cómo orientarse en la maraña de puertas cerradas y calles estrechas que jamás se cruzan sino que se complementan haciendo un dibujo arquitectónico en volutas, una espiral inacabable? Desde el aire imagino que semejará el laberinto de un jardín inglés, si bien aquí la meta es, o bien dar con la salida, sencillamente; o acceder al cobijo para quien viva en este arabesco humanizado.

Ahmed, que así es el nombre de nuestro guía accidental llegado del azar, nos lleva por ese paisaje estrecho de puertas naïf, de ojos furtivos que nunca hieren, de matices de ocre, amarillo, rosa desvaído… Acceder a las calles-pasadizo donde todo parece adquirir movimiento es como acceder a una colmena y su antiguo rumor. A ello, no obstante, le da la contra la vieja casa bereber, de varios pisos, decorada con rebosante gusto –aunque la expresión parezca contradictoria-, un álbum minucioso de geometría, de colores acordes bajo una luz zenital de recogimiento… Una casa donde es un rasgo distintivo el probar el tajin de pollo con ciruelas caramelizadas, luego del aperitivo compuesto de una rica variedad de aceitunas, cada una con su aroma y sabor casi frutales. Junto a ello, cualquiera de los Riad, esa casa discreta con luminoso y amplio patio interior, tan propia aquí, constituye una bella composición dentro de las medinas.

El caso es que Meknes había de ser solo el umbral, el más desconchado tal vez, del acceso a los trazados humanizados de esas medinas, referente arquitectónico donde todo (la escuela infantil, el horno colectivo, los baños, la mezquita…) se acogen para dar cabida a la solemne y quebradiza relación de vida entre sus gentes.

Fez

La bella Fez podría recordar esa denominación un tanto edulcorada de ‘ciudad jardín’ Aquí le sería atribuida no solo por la elegancia vegetal en compañía de su arquitectura (y el palacio de Batha es un hermosísimo ejemplo interior) sino como tal modelo de ciudad ubicada en un paisaje feraz.

Definen su estructura urbana el barrio antiguo, el barrio judío, la ubicua extensión de las posesiones reales y, sobre todo, uncido a su ladera desde siempre, ese caserío denso, cosido al paisaje, que es su Medina, una de las más vitales y auténticas de Marruecos. Vista desde el fuerte ubicado en una colina cercana, da la imagen poética de una geometría caprichosa, mas equilibrada, siempre sublimada por el color, ya sea al amanecer o al atardecer. El viajero observa una tupida red urbana hecha por un hábil artesano que parece, en su aparente desorden, un mosaico monocorde pero a la vez lleno de sugestión.       Nos adentramos allí con la ayuda de Fátima como guía, la misma que, un poco antes, nos había llevado a visitar (a deslizarnos por) el palacio de Batha, el que, ofreciendo un fondo de ricas puertas a una extensa plaza rectangular, guarda dentro de sí sombras azules y ejemplos de vestimentas o útiles de barro a modo de museo. Semeja un libro de simetrías coloreadas, con un antiquísimo boj que engalana el cuidado jardín. Un escenario de orgía fotográfica gracias a su luz infantil. Un lugar donde hasta la sombra en la pared tiene un perfil de serena realidad.

Dentro de la Medina, el ciego se mueve con confianza, casi con seguridad. Yo, sin embargo, me azoro entre tantos fragmentos de cosas: de callejuelas, de productos, de colores; casi de gentes, pues el movimiento perpetuo de personajes concentrados en su quietud o decididos en su tránsito, nunca huraños, les hacen semejar un único ser intercambiable.

Ajeno, casi perdido, voy como por un encanto; y es que me parece percibir, o sentir, un código no del todo expreso de solidaridad, de unidad en estas gentes, en esta cultura centenaria que, basada en el equilibrio implícito que le  proporciona la geometría, posee también la cortesía innata que destilan sus formas de comportamiento, su actitud. Allí dentro tienen su adecuada ubicación la Madrasa (un dibujo perfecto de construcción) o el recogimiento de la Mezquita. Pero también la curtiduría o los añejos telares. Todo lo que atañe a la vida del hombre existe dentro de la Medina, o bien todo allí es posible.

El Jadida

Aquí, muy manifiesta y melancólicamente arrumbada, queda la huella de la marítima y soñadora empresa portuguesa llevada a cabo allá por el siglo XV. ¡Qué heroísmo, que fe o ilusión o ansia de riqueza para agruparse un día en los hieráticos galeones y surcar el mar inasible y proceloso camino de hipotéticas tierras de riqueza sitas allá, en el Este, por donde cada día sale el sol. Allá se fueron, sí, apoyándose para tal empresa en algunos salientes de la costa africana, tal como pudiera hacerlo un borracho en las esquinas camino de un calor que le acoja.

En este aventurero periplo, uno de los lugares más demacrados y poéticos es la ciudadela de El Jadida. Ahí están, todavía, esos muros ciclópeos de tan suave color al atardecer, guardando con celo viejos edificios: iglesias, comercios y un ramificado de calles trazado con mano más racional, lineal y fría que las viejas medinas.

La ciudadela portuguesa es, todavía hoy, un recinto ancho, amurallado en su totalidad, que guarda la costa con sus pequeños secretos arquitectónicos, los que permiten  la entrada, restringida, a las pequeñas chalupas de los pescadores. Algo similar a lo que ya habíamos visto en la entrañable Essaouira, el antiguo Mogador portugués: un juego de muros y compuertas que guardan, al final, una reducida playa donde se acogen las románticas barcazas azules, gordezuelas y cansadas. Aquí, junto a la alta muralla, discurre aún, exterior a ella, el canal que da a los astilleros.

También afuera, extramuros de la ciudadela, se ha ido asentando la ciudad moderna, siempre dotadas sus calles de esos soportales que guardan cada día el ajetreo de los comercios al aire libre y, un poco más lejos, como añadido posterior en homenaje al dios Turismo, los nuevos edificios, la infraestructura hotelera que va transformando sustancialmente sin remedio todo el perfil de la ciudad.

En El Jadida, al igual que en Essaouira, un gran arenal, tendido como una sábana oscura de gruesa tela, enmarca y diseña desde la orilla el paisaje del caserío. Es la gran playa donde juegan y revolotean las gaviotas y los niños, donde pasea el solitario sus sueños y hace ejercicio aquel que todavía guarda  una cierta fe en el futuro. A veces incluso los restos de un barco encajado en la arena recuerdan el ser esquivo de un mar inexplicable (¡Honra, desde aquí, a los aventureros, a los arriesgados valientes que han querido mirar más allá del futuro, de la línea del mar. Honra a su innato sentido de la libertad!)

Desde Essaouira, donde su perspectiva aparece tupida a un lado por los bosques de cedros y al otro abierta hacia el horizonte marino, el camino discurre paralelo a los grandes arenales y se prolonga por toda esa costa trazada a tiralíneas donde, a veces, se puede divisar el original paisaje de una duna cultivada. Y a lo largo de él existen todavía ejemplos de la huella de los viejos navegantes: una construcción aislada, un faro… Un susurro de impulso a la aventura diríase que todavía resuena por allí.

Casablanca

Esta ciudad, curiosamente, apenas tiene colores si no fuese por la presencia del mar y ese perifollo urbano (¡tan poco vivida, al contrario de lo que suele ser habitual!) de la Gran Mezquita, un ejercicio megalómano de escasa función rutinaria y cotidiana.

Esta llanura como oxidada, receptora de todo el polvoriento trajín de una circulación confusa, siempre a punto de enloquecer (o de tocarse cada uno con su coche, a modo de saludo cruento) resulta, por tal razón, a primera vista, un paisaje camino del abandono. Sin embargo el movimiento incesante la renueva cada amanecer (el atasco, según nuestro hábil taxista, solo se produce de siete de la mañana hasta las ocho de la tarde; luego aminora). La renovación se advierte en el aciago ritmo de los pitidos desde primera hora, audibles sin dificultad.

Casablanca pasa por ser la ciudad industrial, de negocios. Pero semeja como si los negocios, en gran parte, fuesen de bajo nivel. Hay más sensación de intercambio en especie que de procedimientos entre altos ejecutivos. Allí existe sobre todo ese pequeño comercio diario de la manutención, incesante, perennemente activo del día a día, de la necesidad a la necesidad.

Hay una frase que me parece aplicable, y extensiva, a esa cultura de la actividad comercial en locales y aceras; dice “el ocaso aviva el dinero”. Y así parece ser: con la caída del sol –y coincidiendo con el final de los rezos del día, cuando se cierren las medinas- el tejido humano entra en ebullición bajo los porches, sobre las aceras, en tinglados improvisados: aquí humea, allí un vendedor canta su mercancía, más allá un niño señala la golosina a su madre…

Ahora bien, esta ciudad de más de cinco millones de habitantes asentada sobre un plano de grisalla tiene también sus rincones con encanto. El colorido nocturno de las cafeterías, la promesa de una reconstrucción en proceso de la zona colonial francesa, con su tranvía suave y deslizante… La zona está próxima al puerto y guarda aún esas perspectivas de calles jalonadas por manzanas de un inequívoco tono burgués, con su mercado en el centro, con su distinguido color en las fachadas de reminiscencias parisinas.

No lejos de la trama colonial está ubicada la vieja Medina, esta sí, me temo que muy deteriorada y con un futuro incierto salvo el de mantenerse. Unos y otros acogiéndose cerca de la orilla como signo de vida, cerca de los antiguos muelles. Y es que así ha sido siempre: el puerto como escenario comercial, de actividad, de progreso, símbolo  sempiterno de una mentalidad liberal.

Pasa cerca, haciendo su trazado grandilocuente y obsceno, la llamada Avenue des Forces Armées Royales, un tajo circulatorio donde todo se vierte como un gran desagüe automovilístico. A cambio, al margen de aquí está el sosiego de los numerosos y viejos cafés, siempre con sus mesas aposentadas en la acera. Es el lugar para ver, para charlar, para acomodarse y esperar, a saber qué.

Esas figuras solitarias, hombre o mujer, que, muy estáticamente, miran sin mirar, son para mí un rasgo  entrañable en el paisaje de esta cultura. A veces sobre un exiguo taburete asomado al muro, a veces en el café, a veces al borde de un camino… Una figura solitaria que, paradojas del alma, nunca parecen estar del todo a solas. Y no sugieren exactamente soledad… Cómo decirlo.

Y siempre (mínimas teselas)

Siempre hay una voluntad dispuesta al rezo

Siempre el rubor de la palmera que, al bambolearse, zurea, y en ello indica que hay vida.

Siempre hay un niño que confía en el gesto de alguien

Siempre hay un ciego cuya presencia inesperada recuerda la más íntima de las soledades (Dentro de la espiral de la Medina es como el reclamo del vacío dentro de la abundancia)

Siempre hay una gaviota que espera a que la miremos, o admiremos: su porte blanco de precioso diseño, su frío mirar, su condición individualista…

Siempre las piedras acomodadas en el río, redondas como el agua.

Siempre hay un hombre (o una mujer) que mira y guarda

Siempre la huella fecunda del Arte y la Historia: en el juego figurativo del color y la geometría, en los restos de la soñadora aventura portuguesa desperdigados por la costa…

Siempre habrá un Ahmed, una Fátima que nos guíe con paciencia y conocimiento propios por los bullicios arabescos de las Medinas…

Siempre, o casi siempre, las relucientes y prometedoras nieves de Ifrane.

Siempre, siempre habrá un motivo oculto y maravilloso para viajar.


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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Y por siempre: el misterio oriental que envuelve como un manto las medinas, sus callejuelas, esos personajes dentro de sus túnicas..

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