El secreto más bien guardado de Senegal. Autor: Eduard Figueres Volart

Bajo un sol abrasador, uno llega a la recóndita región del País Bassari y tiene la sensación de pisar finalmente auténtica tierra africana. Sería injusto negar la africanidad de los 800 km que median entre la costa atlántica de Senegal y la región del País Bassari. Sin embargo, sí es cierto que la África Negra más tradicional y profunda parece comenzar en esta región cerca de la frontera maliense. Para llegar, uno debe pasar por Tambacounda, el gran cruce de caminos senegalés.

Tambacounda es una ciudad mediana que se encuentra en la región más oriental de Senegal. Apodada cariñosamente como Tamba, a primera vista puede parecer poco interesante. La ausencia de monumentos, museos o edificios singulares hará que el turista convencional pase de largo sin percatarse de su verdadero valor. Tamba es una ciudad especial porque es un centro neurálgico de comunicación entre varios países (Senegal, Malí y Guinea). De hecho, la primera estación de tren senegalesa de la línea Dakar-Bamako pasa precisamente por Tamba. Esto hace que Tamba sea un lugar bullicioso y auténtico donde uno puede parar un par de días para reponer fuerzas y empaparse de historias y anécdotas de gentes venidas de lugares lejanos. Aquí, tener que esperar unas cuantas horas en la Gare Routiere (estación de transporte de carretera) no supone ningún drama. ¡Se trata más bien de una oportunidad! Una ocasión para tomar un boniato frito acompañado de un rico café Touba mientras se presencian situaciones de lo más divertidas: cabras atadas encima de los coches, vendedores de papá noeles hinchables, gallinas errantes entre los vehículos, mujeres que venden frutas de todo tipo, hombres haciendo el té en un rincón, camiones mastodónticos a rebosar de sacos de arroz, y niños mendigos harapientos que, a pesar de los pesares, te sonríen con una inocencia cautivadora. La primera sensación al pisar la Gare, es de haber ido a parar a un desguace. Voitures, que en otro tiempo pertenecieron a familias francesas que iban los domingos de pique-nique, son ahora chatarras motorizadas que funcionan milagrosamente gracias al arte chapucero del mecánico africano. Se respira una decadencia de lo más romántica… Para dirigirse al País Bassari, el viajero debe comprar un pasaje del primer transporte que salga (Autobús, Camioneta, taxi 7-place) en dirección a Kédougou.

Si todo va bien, el trayecto de Tamba a Kédougou dura unas 5 horas por una carretera que atraviesa el parque nacional de Nikolo Koba, que es el área protegida más grande de Senegal. En caso de tener suerte, des del mismo coche se pueden divisar manadas de monos o gacelas que pastan por la sabana colindante con la carretera.

Kédougou constituye el campamento base para acometer la exploración del País Bassari. En ausencia de una red de transportes regular, para el viajero de pocos recursos la mejor forma de acceder al corazón Bassari es en bicicleta o a pie. Des de Kédougou, se llega al pueblo Peul de Ibel después de 23 km. de una preciosa carretera de tierra roja. Quien lleve tiempo rondando por Senegal, encontrará que estos paisajes son muy diferentes del resto del país. En parte es así por el hecho de que es la única región con montañas. Aunque sólo se trata de pequeños montes rocosos aislados (300m de altitud), su contraste con la planicie les dota de una belleza singular.

Ibel es un pueblo situado en la falda de una pequeña montaña, donde no llega la electricidad y donde todas las casas son pequeñas chozas redondas de adobe con tejado de paja. Aquí la gente vive esencialmente del cultivo de maíz y algodón, combinado con el pastoreo de unas cuantas vacas africanas. La tradición se ha mantenido muy arraigada en las gentes de esta zona montañosa, quienes se han conservado bastante impermeables al centralismo cultural de la república senegalesa. Esto llega al punto de que muchos de sus habitantes no hablan Wolof, la que es lengua oficial junto al Francés, un síntoma claro de que el “progreso” homogeneizador aún no ha llegado a estas tierras.

La ascensión a la montaña de Ibel nos conduce a uno de los secretos mejor guardados de este lugar: Iwol. Se trata de un pueblo situado en el valle escondido detrás de la montaña. Su acceso sólo se puede hacer a pie, o en burro. Es un asentamiento de la etnia Bedik, descendientes de mandinka provinientes del antiguo imperio de Malí, que tiene su origen en el siglo XII. Entre enormes baobabs y fromagers (ceibas), se alzan tímidamente unas diminutas chozas de adobe, con puerta de madera, y tejado de paja. Las mujeres llevan una indumentaria completamente diferente al resto del país, con ropas de colores y ornamentos de madera en la nariz. Los hombres se encuentran todo el día en el campo, y los niños corretean como locos. Aquí hablan Bedik, una lengua proveniente del Mandinka que ni los mismos habitantes de Ibel (¡el pueblo de al lado!) alcanzan a comprender. La comunicación se realiza mediante gestos y sonrisas. Nos piden cola, cola. Un fruto muy amargo que mascan con extraña delicia. Por suerte, fuimos prevenidos y antes de venir compramos un quilo de esta Petite Cola en un mercado de Serekunda (Gambia).

Des de las rocas que coronan la montaña de Iwol, la visión de la infinita sabana africana pone la piel de gallina.

De nuevo en Ibel, cansados y sudados, una ducha de agua fría (con barreño), bajo la luz de una majestuosa luna llena, nos devuelve las fuerzas y el hambre. Aquí el plato es único y siempre el mismo: cuscús africano de maíz, con n’dambe (habichuelas) y calabaza. Ya con la barriga llena, unos niños nos conducen hacia la casa de Yoro, donde se ha reunido todo el pueblo. Yoro vive y trabaja en España y cuando viene es un gran acontecimiento. Con un generador eléctrico que funciona con gasolina, ha instalado un sencillo cine en el patio de su casa. Cada noche, pone una película de acción, de monstruos, de aventuras o de risas. Hoy toca Anaconda, un clásico del cine de serpientes que les encanta. Aunque la película esté en español, absorbe la atención de todo el pueblo, que espera con temor la aparición de la peligrosa serpiente asesina. ¡Cette serpent est vraiment méchante!

A la mañana siguiente, nos dirigimos con nuestras bicicletas en dirección a Dindefelo, una cascada natural de más de 80 metros de salto, que se encuentra a unos 30 km. de Ibel siguiendo caminos de pastor. En las inmediaciones de la cascada, el cambio de paisaje es brutal. El pequeño río crea un microclima selvático que permite que una exuberante vegetación nos proteja del radiante sol. Además, las altas paredes de roca que encierran este minúsculo cañón suavizan notablemente la temperatura. Un baño en la charca fresquísima de Dindefelo es el premio por los kilómetros recorridos. Bajo el chorro de agua de la cascada, uno siente como si mil diminutos cuchillos se le clavaran en la espalda. Es un poco doloroso, pero muy agradable y uno sale de aquí como nuevo. Ni el mejor de los mejores quiroprácticos iguala el poder curativo de Dindefelo. Encendemos una hoguera que nos ayuda a recuperar el calor y, después de comer un rico bocadillo de sardinas, emprendemos el regreso rumbo Kédougou.

Atrás dejamos unos parajes mágicos, llenos de leyendas e historias de otros tiempos. Una roca en medio del camino, apodada roca de la hiena, nos recuerda que estas tierras son aún propiedad de la naturaleza. Por la noche, sentimos un llanto en la lejanía. ¿Será la hiena que sabe que su tiempo se acaba?

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Tamba o el discreto encanto del trópico…
    De cine la escena de Yoro y su peliculas.
    Iwol y la cascada de Dindefelo, lugares cuya magia ojalá no rompa nunca las hordas de turistas.

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