Cartagena de Indias: La estrella de mar del caribe. Autor: Alonso Pahuacho Portella

La tierra del calor eterno pero muy distante de ser un árido desierto se llama Cartagena y queda en el litoral caribeño de Colombia. Desde el cielo, parece una prolongación de terreno que da la bienvenida al viajero, una suerte de rompe muelles gigante únicamente alterado por los enormes hoteles con vista al mar. Y es que toda la ciudad abraza el color azul de forma intrínseca, algo que los define como personas y como pueblo costero. Sin embargo, esa posibilidad que les brinda el mar no es lo más suculento del plato: la ciudad se ha convertido en un faro que derrocha luces de fantasía y antigüedad.

Desde tiempos coloniales, Cartagena de Indias atrajo la atención tanto de buenos como malos: conquistadores españoles contra piratas holandeses e ingleses. La ciudad bañada por el mar era el centro de desembarco de las principales riquezas que venían desde el sur y que partían rumbo a la metrópoli ibérica. En épocas donde nunca se imaginó la construcción de un canal que atravesase dos océanos, la única solución posible era la del transbordo de riquezas tanto materiales (joyas, alhajas, oro) y humanas (esclavos, sirvientes). Así, cada día desembarcaban en la costa del pacífico miles de barras de oro que eran llevabas a carreta hasta Cartagena, para luego tener su final en puertos como Cádiz y Sevilla, ya en el mar mediterráneo.

Desde Francisco Drake hasta –dos siglos después- Edward Vernon, Cartagena sufrió numerosos ataques navales a lo largo de su historia. Resultado de esas incursiones, hoy es posible, ver desde lo alto del cielo, una de las fortalezas arquitectónicas más impresionantes de toda Sudamérica: el castillo San Felipe. Pensado originalmente por Felipe II para contener los incesantes ataques piratas, hoy en día es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad. Aún guarda en sus entrañas cañones de hace más de cuatro siglos y la oscuridad de sus túneles secretos hace que uno se sienta en el intestino del leviatán que relata Víctor Hugo en su obra cumbre: Los Miserables.

Quien no se baña en el mar de Cartagena, es que nunca ha ido. El agua es profunda desde muy cerca de la orilla, pero la tranquilidad de la marea hace sentir al turista como si estuviera en una tina con agua tibia. Sí, porque a diferencia de las frías aguas limeñas, el mar colombiano es tibio y te llega a la cintura. Aquí no hay agua verde transparente como en las Bahamas, no obstante el color plomizo te puede llegar a agradar y dejar de lado odiosas comparaciones. Total, no muchos pueden decir que se han bañado en aguas del Caribe.

Unas manos morenas siempre reciben al turista que va a la playa. Las agitadas mujeres no repararan en cumplidos con tal de hacer suyas los cabellos o pies del extraño. Está es una de las actividades principales en todas las playas de la ciudad: mujeres que le hacen las trencitas por unos pesos o aquellas otras que se brindan un masaje casi podológico mientras el bañista descansa sobre una cómoda cama playera. Por favor, no se olvide de quitarse las gafas para el sol.

El colombiano es una persona muy respetuosa, pero sobre todo servicial. Siempre están atentos a las necesidades del turista. Que no le falte nada, ayudarlo si es que anda perdido, invitarle gratis unas ricas arepas o cualquier otra diligencia que ellos crean que puedan ser de utilidad. A la pregunta del forastero “¿Me puede ayudar…?”, el colombiano –y sobre todo cartagenero- siempre responderá con una sonrisa en los labios “¡A la orden!”. La consideración por el otro es básica, muestra de ello es la ausencia de tuteos hasta en su lenguaje coloquial. Aquí al padre, amigo, vecino o niño se le llama por ‘usted’.

Las calles en Cartagena no son anchas y ajenas. Son más bien angostas y cómplices. Aún perduran antiguos balcones coloniales, monumentos a héroes anónimos y costumbres arraigadas hace siglos. El centro de la ciudad es un viaje en el tiempo: vestimentas, personas y lugares se confunden en medio de una atmosfera que te invita a ver y recordar.

En la ciudad hay muy pocos semáforos. Sin embargo, aquellos que se vean en la necesidad de cruzar alguna avenida no demorarán mucho tiempo: todos los vehículos acostumbran a ceder el paso y saludar a mano cambiada. La cultura vehicular dista mucho de la realidad de otras urbes sudamericanas. Mientras en Lima cada día se registran decenas de accidentes, en Cartagena apenas si existen autos para satisfacer la demanda popular. Allí se prefiere caminar, y andar en bicicleta.

Esta tierra es un hibrido extraño: conserva su encanto de ser un pueblo que empieza a convertirse en ciudad pero a la vez el turismo galopante lo arrastra hacia los encantos de una urbe solida y próspera. Uno puede hallarse en medio del centro histórico leyendo un periódico arrugado o disfrutar un cuba libre en el pent-house de un hotel 5 estrellas con vista al mar.  La modernidad llega en forma de rascacielos cuya sombra se proyecta hasta la costa, las costumbres perduran como fieles vestigios de una historia colonial rica en aventuras y héroes. La fusión aún está en proceso pero ya se ven huellas latentes.

Cartagena es historia y a la vez futuro. La ciudad marcada de raíces coloniales transforma su historia en base a su presente. Todo vestigio se convierte en algo que mostrar, y eso es lo que finalmente sale a flote con el vendaval turístico que la azota cada año. Si siglos atrás fue el puerto más importante de la colonia, hoy se reinventa para mostrarse quizás como el destino turístico más importante del Caribe colombiano. Aquí hay de todo: pasado, presente y futuro. En las calles se respira eso, la sensación de volver a ser el centro de la atención en muchas partes del mundo. Si para el poeta peruano Antonio Cisneros Cuba era la perla del Caribe, el pueblo cartagenero reclama una analogía más sofisticada y moderna: la estrella de mar –eterna- del Caribe.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Primero que todo: agradecerte esta imágen tan cálida y amable que das de una ciudad, nuestra Cartagena, La Heróica, de la cual todos los colombianos nos sentimos orgullosos.
    Segundo: comprobar que a pesar de todas las cosas (ciertas unas, otras no tanto) que se cuentan sobre mi país, el más grande riesgo para los visitantes y turistas es “que se quieran quedar”…

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