Entre el viaje de un sueño. Autor: Ian Sergio Miranda Sánchez

Me desperté, tomé una vieja bicicleta herrumbrada. Pedaleé en a una larga y ancha avenida cubierta de grises tristes losas de piedra y enormes palmeras verdes en los costados. Avanzaba a paso lento por la columna vertebral de la ciudad, dirigida al norte. El calor me sofocaba. Los autos parecían ser células que se movían con un rumbo indefinido. El ruido y el tráfico me aturdían, pensé que tal vez este caos avivaba las ánimas de la ciudad, ya que sin él ninguna ciudad tiene vida. En el avanzar de los autos un bus repleto de gente casi me atropelló, me caí en la acera, maldije al chofer y limpié mis pantalones. Volví a montar la bicicleta.

La avenida era interminable, al acercarme al epicentro los edificios eran cada vez más altos. Parecían alcázares resguardando la ciudad, cada vez amurallándose más y más. En una parte del trayecto, un Cristo gris levitaba en el horizonte, no estaba en una cruz, simplemente la figura volaba. Seguí recorriendo las arterias de la ciudad, veía a la gente de distintos colores; esta ciudad, con el paso del tiempo, acogió a toda gente volviéndose un crisol de nacionalidades. Ya por llegar al ombligo de la ciudad la gente dibujaba sonrisas en sus rostros. No aparentaban vivir en problemas, tal vez el aire amazónico aligeraba sus cargas. Las mujeres, con sus sueltas vestiduras, mostraban la lujuria de las tierras bajas, provocaban lujuria a quien las veía. Llegué al mercado, me quedé impávido, manejando lentamente en la bicicleta, viendo la amalgama de colores, viendo las formas difusas dibujadas en las calles, chocando suavemente a la gente con mis llantas, sintiendo el vaho y catinga del ambiente. Al avanzar un poco más, después de estar en medio de los olores equívocos del mercado, vi una calle bifurcada en siete rutas, elegí la segunda y el tiempo se detuvo. Viejos se pavoneaban en la calle, bebiendo mate y fumando largos cigarros, me invitaban llamándome con sus sombreros panameños a compartir con ellos, pero seguí mi trayecto.

Adelante, el viento soplaba con fuerza, la tierra cubría mi rostro, embarrando mi frente sudada. Mis piernas soportaban la travesía, soportaban el sopor de la tarde veraniega. Alejándome de las calles empedradas el asfalto alfombraba las calles. Llegué a una rotonda, el punto de encuentro de cuatro avenidas. En el punto cero de las avenidas una figura se erguía. Era un hombre gigante, inmóvil y perpetuo. Su mirada era dura pero afable, a su vez resaltaba su tosca desnudez guerrera. Me apuntó con su arco patriarcal, una flecha atravesó mi pecho y caí al suelo, junto a mi bicicleta.

El metálico sonido de mi alarma me había despertado, era un sueño. Encendí el televisor y una mujer española me daba las noticias. Miré a la ventana dándome cuenta que estaba en Barcelona. Ya no estaba en Bolivia, ya no estaba en Santa Cruz. Mi sueño fue un viaje, un viaje a la nostalgia que añoro volver a soñarla.

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Todos los sueños son viajes: hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, hacia sitios conocidos o dimensiones por conocer.
    Y a su vez, todos los viajes han sido primero sueños…sueños que se materializan.
    Saludos

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