Encrucijada estelar. Autor: María del Carmen Guzmán Ortega

Yo, Alfonso Carrera,  en la mitad de mi vida y harto de esta asquerosa sociedad, he decidido retirarme voluntariamente. Dejo mujer e hijos en la Tierra, ese planeta contaminado, pero en el que tan bien se sienten ellos, con su casa inteligente, paredes televisivas, motos voladoras y supermóviles de ultimísima generación. Les pedí que vinieran conmigo, pero prefirieron quedarse en un planeta gastado, en el que apenas quedan árboles y casi todo es artificial. Allá ellos.

En el Año del Señor de 2.500, grabo mis palabras para la posteridad. Quiero que todos sepan que me marcho voluntariamente, que dejo a mi esposa libre y le cedo mis posesiones, la casa, el dinero, todo, hasta mi aeroacuomóvil. Sólo me llevo lo puesto, mi nave espacial, Juana, un poco obsoleta, ya lo sé, pero que aún funciona y es capaz de generar su propio combustible y procesar alimentos y agua. No necesito más. Dentro de unas horas me introduciré en mi cámara hibernadora hasta que el supercerebro de la nave, Pepa, me despierte. Ella solita, pues la tengo programada para eso, me dirigirá a un planeta semipoblado, donde dicen que existen  salvajes viviendo en la edad de piedra, sin máquinas, luz eléctrica ni nada de de tantos cacharros estúpidos que nos están ablandando los cerebros.

Aunque tengo un problema. Hace rato que vengo observando en el radar algo que no me gusta: naves terrestres que siguen el mismo camino que yo. Hemos hablado por radio y he llegado a la conclusión que si llegan al mismo planeta al que me dirijo, Thetis, lo van a colonizar y en pocos años lo convertirán en la misma mierda que la Tierra. Así que, he pensado cambiar el rumbo y aterrizar en otro, Perseus, mucho más desconocido, pero…allí no hay nadie, bueno, nadie nadie, no; hay lo que podríamos llamar seres inteligentes, seres que no son como nosotros, exactamente, pero que hablan, piensan y tienen su cultura, sin embargo ¡no saben lo que es la guerra!

Pues sí que lo tengo claro: en el planeta Thetis hay poca gente, medio salvaje, pero que dentro de muy poco estará concurridísimo. En pocos años se llenarán de colonos que los convertirán a los nativos  en esclavos (si no lo han hecho ya), construirán carreteras, automóviles, quemarán bosques…lo de siempre, vaya. En cambio, en el otro, Perseus, no hay, que se sepa, humanos, pero es un auténtico paraíso de paz, donde no tendré que trabajar en mi puñetera vida, solamente arrancar de los  árboles las riquísimas frutas. Además, seguro que habrá alguna perseíta de tres hermosos ojos, pelo verde y doce dedos en cada mano, una perseíta guapa que me hará compañía, me endulzará las noches de tres lunas y me llevará a pasear por los hermosos bosques en donde crecen exóticas plantas al calor de sus dos soles.

Mirándolo bien, no sé si me podré habituar a vivir sin teléfono, automóvil y personas con las que no podré hablar mi propio idioma, sin libros ni periódicos, sin fútbol, ni televisión, pues en el otro, Thetis, hay de eso, pero muy primitivos ¡Menudo dilema! Le pido a mi ordenador, Pepa, que me conceda unos minutos para decidirme, pero la muy com…putadora, me dice que ya tiene las coordenadas marcadas, y que no va a cambiarlas ahora ¡pues las cambias y ya está! ¿Qué se habrá creído esta imbécil, que es ella la que manda aquí? ¿En qué tiempo estamos, Dios mío, que las máquinas se vuelven respondonas y con iniciativa propia? ¡Hala, cómo va esa nave! Se piensa que es suyo el espacio!

— ¡Oiga, aquí Alfonso Carrera; conteste conteste!

—Hola, aquí, Lola Pérez ¿A dónde se dirige?

—Hola, pues…todavía no lo tengo muy claro ¿y tú?

—A Thetis, por supuesto.

—Oye, te veo en la pantalla, y estás muy bu…muy bien, Lola.

—Tú no estás mal tampoco, Alfonso. Bueno, chico, nos veremos en el, astropuerto.

— ¿Pero, ya tenéis astropuerto? No lo sabía.

—Astropuerto…no lo es, la verdad, pero ya han habilitado allí una astropista. Quitaron todos los árboles y prensaron la tierra, y ahora ya se puede thetirizar.

—Vaya, así se empieza. Bueno guapísima, ya nos veremos. Cuídate de los asteroides y no corras demasiado.

—Si no corro, sólo voy a tres puntosluz. Hasta la vista, Alfonso..

—Hasta la vista, Lola.

Ahora es cuando no puedo decidirme. Después de haber contemplado a esta monada, que además parece que le gusto…pero el tiempo pasa y mi impaciente computadora me está gritando, la muy perra. Ya voy, ya voy. Espera. A ver: Thetis, belleza, comodidades, tranquilidad, congéneres y una “congénera” guapísima, pero ruido y guerras. Perseus, naturaleza pura, paz, sosiego, descanso, pero posiblemente soledad y nostalgia.

Debería decirle ya a esta charlatana cuál es el camino elegido y mientras ella hace sus cálculos, elige las coordenadas y enfila la proa de la nave hacia su destino, yo debería estar preparando la cápsula donde estaré en hibernación varios años. Aunque antes, comeré un poco de carne seca, beberé de un frasquito de fruta líquida y echaré mi última meadita en varios años. Después, introduciré unos cuantos cables por los orificios de mi cuerpo y así, ellos se encargarán de mis funciones vitales.

Tendré tres años para soñar con bellezas de tres ojos…o con la beldad que acabo de ver, con inmensos bosques o con carreteras, algo obsoletas, como del siglo XXI, con mis hijos, a los que no volveré a ver, con la Tierra infestada de máquinas y sangrante por las guerras, con música de Austin Benavides o el canto de los pájaros, y eso sí, después de haber dormido tres años, me despertaré  rejuvenecido ¡Calla, Pepa, maldita máquina del demonio! No me metas prisa ¡Déjame pensar! No sé cuál de los dos itinerarios elegir…si seguir a la caravana de naves que se dirige a Thetis o el otro camino, el que lleva al planeta salvaje, Perseus. Elige tú, máquina impaciente, porque yo no puedo elegir.

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  1. escripoeta

    Bueno, en el futuro ¿quién sabe?
    Muchas gracias por el comentario. ¿Cuál es el tuyo?

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