¡Felices vacaciones en crucero!. Autor: Anselmo Miguel Molinas Adrover

       

            ¡No se deje encerrar en un crucero!

La agencia de turismo convenció de sus virtudes, hasta el entusiasmo, a la traidora de mi mujer.

“Ideal para la tercera edad”.-  Dijeron. Mi amada miró, indignada, para otro lado.

Revivió cuando revelaron que colocaban todas las noches chocolatitos y bomboncitos de licor bajo la almohada. Nunca fue así.

Para que no comience con las obsesiones apenas dejemos puerto yo había comprado broches para colgar la ropa.  No existe forma alguna de atar un hilo en aquel féretro que llaman: baño.

Todavía hoy no sé cuál de los dos líquidos envasados para higienizarse era jabón o champú.

Me entretuve, cruzando hacia otros continentes, escuchando el ruido de los inodoros que funcionaban con un delator sonido a turbina de avión acelerado a máxima velocidad.

Los ascensores se averiaron en el medio del océano.  Tres pisos, dos veces al día usando escaleras para ingerir alimento.

¡Cómo recordar el horario si nos hacían cambiar la hora ante cada meridiano que pasábamos!

Nos entretuvimos dentro de un tornado casi medio día.  Vomitamos todo.   Temí que la Guardia del Mar nos acusara de contaminar.

Luego devino un frío espantoso desatando a bordo una furiosa epidemia de gripe “A”.

Las piscinas dejaron de usarse y estábamos cruzando estoicamente la línea ecuatorial en verano.

Mil quinientos náufragos y un solo doctor.  Cuando el médico bajó en la primera isla que desembarcamos, presentó su renuncia indeclinable.

Todas las excursiones en los puertos nos tocaron días feriados, fines de semana o lluviosos; nada abierto, ni un museo, una iglesia o un maldito cementerio.

Partíamos con los bolsos repletos de ropa, paraguas, comida, cámaras, sombreros.  Retornábamos desfallecientes.  Una que otra rodilla rota, alguna cintura irrecuperable o un anciano quebrado y a los alaridos.

Volvíamos en avión, por suerte.

-Velocidad y eficiencia.  Señalaron los de la Agencia.

Por aquellos días una aeronave se había estrellado con un Presidente y toda su comitiva adentro.

Un volcán ocurrente tiraba cenizas que se debían esquivar dando la vuelta al mundo para volver a América  o no levantar vuelo.

Quebró, por esto de la crisis global, la compañía aérea que nos debía devolver a la paz de nuestro hogar.

A la semana nos transfirieron a otra; casualmente los pilotos… estaban de huelga.  Y los reprogramadores trabajaban – es un decir –  “a reglamento” y desgano por no lograr las necesarias horas extras.

Después de dos meses  con la Gorda, mi mujer, logramos regresar; divorciados, por supuesto.  Es lo mejor que me pasó.

Ahora recomiendo los viajes en crucero.

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Relato en tono de humor…suena divertido leerlo pero si fue real, pues no debe haberlo sido tanto, a pesar del final.

    Como quien dice: valió la pena soportar tantos tormentos si como digno final lo libraron de su tormento mayor! 😀

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