Luna de Mar. Autor: Nora

El puerto parece no llegar nunca. Se esconde al final de raíles, andenes o espera al cabo de la vía que amenaza con no tener fin. Viajo en la hierba que crece a lo largo del tránsito. Hierro y verde, hierro sobre hierro. Las ventanas, los ladrillos cotidianos, van quedando atrás. Durante unos días los cambiaré por cristaleras, ruinas ilustres, lamparillas de colores, cúpulas, olas… Con la nariz pegada a la ventanilla del tren, mis ideas marchan en tropel cuando me pongo a imaginar lo que está por descubrir.

La máquina aminora la marcha, al contrario que mis latidos. Hemos llegado. Saltamos a la estación con cuatro maletas. Quisiéramos multiplicar nuestras piernas cuando nos damos cuenta de que se aproxima la hora de embarcar y el tiempo se nos ha echado encima. Aceleramos el paso, preguntamos chapurreando en un italiano casi ininteligible hacia donde queda el puerto de Civitavecchia. Nos hacemos una idea, más por los ademanes que por lo que entendemos, y volvemos a apurar el paso.

¡Ahí está! Enorme, casi magnífico; el barco. Se me viene a la cabeza aquella primera secuencia de “Titanic”, aunque también recuerdo el resto del film y prefiero desterrar ese pensamiento.

Después de trámites, esperas y unas galletas acompañadas de agua fresca cortesía de la naviera, embarcamos. Cambiamos de mundo en un instante.

*

La primera jornada a bordo ha pasado sin darnos cuenta. Ya estamos en el camarote después de un simulacro de incendio; hemos cenado, visitado casi todas las cubiertas y necesito dormir urgentemente… No puedo con mi cuerpo. Mañana será otro día.

 

 

2

Nuestro primer contacto con suelo griego fue en la isla de Santorini y ahora se me acelera el corazón sólo con pensar en nuestra visita a Atenas. Mi querido mundo antiguo…

Hace un calor insoportable. Atenas nos recibe amarilla en un puerto lleno de hierros rojos y paredes de cemento. Enseguida escapamos de allí. Caminamos y caminamos preguntando en inglés a griegos. Viajamos en metro hasta llegar a una plaza que se supone nos lleva a todas partes y aún tenemos oportunidad de contemplar una manifestación. Caminamos y caminamos… Y ahí está, en lo alto: la Acrópolis.

Me compré una pamela en Santorini; fue una de las mejores ideas que he tenido en mi vida. El sol cae a pedazos, el mismo sol que vio el nacimiento y cénit de estas piedras que nos escupen la historia a la cara. Soy insignificante…

La visita se hace larga por el exceso de calor, sólo pienso en bajar a tomarme una naranjada en un puesto que hace su agosto a las afueras de las ruinas.

-¡Cuánta piedra! -rezan la mayoría de los comentarios.

-Sí -pienso yo -, cuánta piedra, pero ¡qué piedras!

Escapando del calor, decidimos entrar en el museo. Bajo el fresco techo de la modernidad, dentro de sus túnicas de piedra, descubrimos en su reposo a las mujerescolumna. Grandes matronas que no se hunden con el peso del mundo sobre sus cabezas. Me impresiona la fuerza que transmiten las Cariátides, el gesto altivo que te avisa de que se enteran de todo y en cualquier momento podrían cobrar vida. Sus compañeras las esperan en el Erecteión, bajo el sol aplastante de la Acrópolis.

 

 

3

El mar nos rodea por los cuatro puntos cardinales, las cristaleras del barco imitan su color. La espuma blanca parece los colmillos que el mar nos enseña para recordarnos que es más fuerte que nosotros, que podría engullirnos dentro del gigante orgulloso en el que viajamos. Ahora todo es azul. Hoy será así durante el día entero.

Por la noche despierta el color negro. Míster Hyde nos enseña sus colmillos más blancos que nunca. No se ve el cielo. Todo es el gran azul convertido en negro. No se distingue si hay distancia, se pierde la perspectiva, parece que flotamos en una nada oscura, que todo lo que nos rodea es lo mismo, arriba y abajo.

De día o de noche, prefiero no mirar largo rato esta inmensidad, ni siquiera sumergirme en mi propio pensamiento, temo bajar demasiado hacia el fondo del océano.

Hemos terminado de comer. Estamos en una especie de hamaca cuadrada situada en la cubierta de la piscina, rodeados por una mosquitera blanca de la que sólo hemos descorrido la parte que da a la cristalera del barco.

El mar a nuestros pies y Asia frente a los ojos; Europa, a estribor. Dardanelos abre sus columnas concupiscentes en la tarde mediterránea. Alguien contempla lo mismo que yo. No sé lo que piensa. Nos da el aire en la cara. Yo, escribo.

Consumimos el resto del día con la infinidad de propuestas que nos ofrecen a bordo. Esto no es ocio, es vicio.

Ha caído la noche. Siempre nos dejan una chocolatina en cada almohada. Las guardo en una cajita roja, no pienso comérmelas hasta que esté en casa, en nuestro sofá.

Dormimos mientras el mar nos balancea levemente.

 

 

4

Estambul de gris piedra. Por momentos estoy en Bizancio o en Constantinopla. Turquía nos acogió hace horas y, en esta mañana agrisada, nos da los buenos días tras las cortinas del gran buque. Veo el cielo de color estaño, traslado mi vista hacia la izquierda y descubro los primeros alminares de carne y hueso. Estaño.

Me pregunto dónde está el color; el color de Estambul. Achaco su falta al día nuboso y a la amenaza de lluvia, pero si lo tiene, no habrá lluvia que se lo lleve.

Llegamos al Gran Bazar envueltos en una nube de rezos puntuales que recuerdan insistentemente en qué lugar del globo nos encontramos. Si miro al tendido, en algún punto, podría pensar que estoy en cualquier ciudad: coches,  escaparates, vallas publicitarias… Pero los cánticos reclaman de manera inconfundible la identidad del lugar donde nos encontramos. Todo se cubre con un velo místico.

Dentro de los pasillos bulliciosos del popular comercio se adueñan del ambiente banderas, oro y plata, sudor, neones… Encuentro el color.

Igual que alumnos aplicados, seguimos las instrucciones del personal del barco: regateamos. Regateamos y miramos el reloj, miramos el reloj y regateamos. Queda una inmensidad de maravillas por descubrir y no hacemos más que perdernos en esas tiendas que quizá no volveremos a visitar. Regateamos a los turcos y el tiempo nos regatea a nosotros. Ya es suficiente, para nuestro planning y para nuestro bolsillo. De la mano de Mauricio, un ecuatoriano residente en Turquía con quien, por casualidades de la vida, terminamos visitando Estambul, llegamos al Raki Taki; teníamos un agujero en el estómago.

Por muy española que sea, no había probado “la palomita” y para mí, el “raki” (anís seco con agua), una bebida típica turca, fue todo un descubrimiento. El té, exquisito.

El resto del día no entramos en ningún museo ni visitamos monumentos famosos. Paseamos por las calles respirando el aire verdadero de la urbe, llegamos a la bahía del Cuerno de Oro. Encontramos reposo en las terrazas del Pierre Loti, donde logramos llegar montados en teleférico. La subida fue impresionante. Ya había oscurecido y las luces de la ciudad eran por sí solas una atracción. En un ala de la cuesta, yacían losas de un antiguo cementerio como si fueran centinelas del río. Las luces lejanas, las tumbas casi nos daban la mano. Al llegar arriba… Espectacular, magnífico, grande.

Mañana volveré para entrar en los museos, realizar la visita inexcusable a los monumentos célebres y, finalmente, despedirme de Estambul, pero antes de hacerlo probaré el tacto de la alfombra de la Mezquita Azul en la planta de mis pies.

*

 

La he pisado. Sus rojos tulipanes me han mirado con cara de cansancio y orgullo. La luz se filtraba por la celosía de una puerta que daba entrada al habitáculo reservado para las oraciones de las mujeres.

He pisado con firmeza sobre ese ángulo concreto de la mezquita con mis pies de mujer; de mujer europea bien metida en la treintena. En ese momento he albergado en mí a todas las mujeres de todas las edades y todos los tiempos cuyos pies han dejado su huella y han sembrado un tulipán en ese lugar. Salí de allí, me descubrí la cabeza.

 

 

5

 

 

Hay que reaccionar deprisa. Debemos desprendernos del éxtasis, regresar a la realidad, nos quedan dos horas para ver y hacer, al menos, lo indispensable.

En el Bazar de las Especias, antes de confundirme con el pescado, el queso y los mejillones frescos de la bahía, encuentro el olor. Las especias son las que me gritan: ¡Estambul!

*

¡Tenemos que correr hasta el barco, se nos escapa! Cruzamos un puente lleno de pescadores y anzuelos, nos miran entre el asombro y la risa al vernos así, corriendo cargados de bolsas, con sandalias, sin resuello. Llegamos cuando estaban recogiendo la escalera de acceso al buque. De milagro no tenemos que coger un taxi que en ocho horas nos hubiera dejado en Kusadasi, nuestro próximo destino.

Recuperando la respiración, desde el ventanal del barco: adiós… Estambul.

 

 

 

 

 

6

Al llegar a Kusadasi todo es turco, pero es distinto. Más sol, menos urbe, más calor…

Las curvas de la carretera que nos llevan a Éfeso llegan a asustarme casi tanto como el mar, pareciera que vamos a salirnos del carril en el desafío entre la velocidad a la que se empeña en ir el conductor y ellas. Vamos siete en el taxi. La línea continua está pintada pero no existe, los dos carriles son uno, para el que llegue antes. Sálvese quien pueda.

Llegamos. Éfeso se extiende ante nuestros ojos; una ciudad pateada por los cientos de pies diarios que la peinan, pulida por las estaciones. Más y más piedras entre la hierba, testigos de cambios climáticos, caídas de imperios, modas, flashes… Telamones del sol, de aguaceros, espectadoras de hazañas y fechorías del tiempo; más reales, más vivas que nosotros mismos, que sólo somos intrascendente paso entre ellas. Estas piedras tienen un alma milenaria que te arrastra hasta el túnel de la Historia. Soy un granito más.

El colofón de la visita es la casa de la Virgen María. Dicen que es donde pasó sus últimos años de vida. Un pequeño cuadrilátero de piedra húmeda y fría en el que entras con tus dudas, pero al estar allí, la sola posibilidad de estar pisando el mismo suelo que ella – por remota que fuese y sean cuales sean tus creencias religiosas-, te estremece. Me sumergí en una ensoñación de cómo podía ser su vida y sus movimientos dentro del diminuto habitáculo. Cuando salí, tenía la sensación de que no había estado, de que no lo había visto; tuve que volver a entrar.

Al lado de la casita, el muro de las peticiones, nevado de cualquier papel o material donde los visitantes, ávidos, van dejando sus deseos. Dejamos los nuestros nadando en plenitud.

 

 

7

En el barco veo muchas caras, fenotipos, colores de piel, escucho lenguas distintas. Esto es una pequeña ciudad flotante. Con algunas personas no vuelvo a cruzarme, pero a otros los veo habitualmente y espero, inconscientemente, encontrarlos en el lugar acostumbrado a la hora justa. Allí están. Me pregunto si a ellos les ocurrirá lo mismo conmigo y yo, la completa desconocida de hace diez días, también habré llegado a resultarles familiar.

Hay un hombre que siempre va con su mujer o, al menos, con una mujer. Tiene el pelo cano, un corte muy cuadrado con la raya al lado, su cara es amplia, grande, igual que sus facciones. No le he escuchado hablar, pero sé que no es español. En la mujer a penas he reparado. La primera vez que me crucé con él fue cuando esperaba uno de los ascensores, él pasaba de largo. Me fijé en su cara de buena persona, en su gesto de serenidad. Intenté imaginarle en el día a día, pululando por su casa, sentándose a la mesa a la hora de comer. Me pregunté si siempre tendría esa cara amable, si sería tan buena persona como parecía. He vuelto a cruzarme con él dos o tres veces más -con su cóctel o su helado- y siempre lleva ese eterno gesto de bondad.

Hay personas que parecen cortadas por el mismo patrón, si has visto a una las has visto a todas, como con las mariquitas, y no te llaman la atención por nada excepto por su propia simplicidad, pero otras sí cambian el ambiente que te rodea cuando entran donde tú estás o no puedes evitar quedártelos mirando por la especialidad que desprenden, como me sucede con una señora del barco de la que no sé nada, pero no puedo evitar observarla; la belleza que todavía ostenta a pesar de la edad, su clase y elegancia, a pesar de su espalda encorvada. Siento pena, ha debido ser muy hermosa, pero además, no sé por qué, tengo la impresión de que está enferma…

Supongo que todos entramos dentro de una tipología, que, al igual que somos observadores, también somos observados y clasificados.

Me gustaría saber en qué saco me colocarían mis espectadores; si soy viento en cubierta, llamativo y aún más molesto; el reflejo de la luna en el agua negra del mar, brillante pero engañoso; las estrellas, esperadas aunque inciertas; o como el sol, necesario, bienvenido, y al que hay que tener respeto.

*

Todas las noches antes de irme a la cama me fumo el cigarro prohibido. Después contemplo el mar unos minutos. Cada noche es distinto, varía la luz que refleja, varía su color o el oleaje; es invariable el misterio que desprende y que nos hace preguntarnos qué esconde…

*

El plan de mañana es todo un desafío para el paso del tiempo, un desafío para la sensibilidad. Pompeya espera, sigilosa, rodeada de ese silencio sepulcral que únicamente se encuentra en un cementerio. Toda ella lo es.

8

 

Al entrar siento un respeto inmenso. Una ciudad completa, casi nueva, se podría vivir en ella haciendo únicamente unas pequeñas reformas. Se sienten los pasos de sus ciudadanos por las calles perfectamente delimitadas; veo correr a los niños dentro de los jardines de sus casas, oigo vociferar a los mercaderes en la plaza dedicada al comercio. Pero los calcos empujan mi vista al suelo después de quedarse clavada en ellos unos minutos contemplando el gesto de terror antes de ser calcinados por la lava del Vesubio. No ha pasado el tiempo; están condenados a revivir ese momento por los siglos de los siglos. Imagino cuando se levantaron esa mañana y vistieron sus túnicas; nunca imaginaron que les cubrirían eternamente.

 

¡Y todos mirando morbosamente sus manos y sus brazos

retorcidos por el pánico!

¡Y todos fijándonos en su cara!

Intentaba ponerme en su piel, imaginar el instante justo en que vieron caer sobre ellos la ceniza incandescente; el último. Me sentí aún más insignificante.

Pero la vida, con más fuerza aún que el Vesubio, siempre se abre camino por muy complicadas que parezcan las condiciones.

Allí, entre pura roca, donde todo brote tierno y frágil parece imposible, aparece el germen de lo hermoso, dos amapolas. Sólo algunas proezas del hombre son equiparables a la madre naturaleza.

 

9

Cuando visito algún lugar siempre me hago la misma pregunta: ¿Regresaré? Y lo abandono con el ansia de haberme dejado algo en el tintero. No he terminado de marcharme cuando ya estoy pensando dónde pararé la próxima vez que mi vida cotidiana me lo permita.

Mañana abandonamos el barco. El camarote desprende una calma extraña que se contrapone con el trasiego de ropa, calzado y recuerdos. El pasillo de nuestra cubierta está lleno de maletas dispuestas para el desembarque por parte de la tripulación. Las nuestras se retrasan, soy única para preparar algunas cosas a última hora. Las que me resisto a que lleguen.

Siento emoción por regresar, por el reencuentro con mis seres queridos. Les daré sus regalos como si en cada uno de ellos fuese un pedacito de lo que hemos vivido. Como así es.

*

Esta noche es distinta. Rodeados de bolsas y pertenencias con las que jugamos al Tetris para que encajen en las maletas, nos hemos tumbado, abrazados, sobre la cama. La puerta del balcón está entreabierta. Nos llega el rumor de las olas, el olor salado del agua.

¿Se ha colado un grillo en el camarote? No… No es posible… estamos en alta mar… No. Son las notas del mágico Royal Lake de Mars Lasar que invaden la estancia desde un amplio monitor. La plenitud y la melancolía son casi irresistibles.

Se nos ha pasado la hora de entregar el equipaje, mejor. Lo bajaremos nosotros mismos, no tendremos que esperar a que nos lo entreguen.

*

Ya ha llegado el momento. Abro la puerta del 1.114 y miro hacia atrás. Miro el que ha sido nuestro hogar durante doce días, dejo que pasen por mi cabeza todos ellos en tres segundos, suspiro con una media sonrisa, digo adiós.

Algo de nosotros quedará ahí, como siempre queda en los lugares que pisamos, donde respiramos.

 

 

10

Estamos otra vez en el puerto de Roma, tan distinto al de Nápoles, sucio, cuya agua parecía un auténtico vertedero. Desde abajo, al final del viaje, el barco parece más imponente que nunca, resulta inalcanzable. Ahora siento que no disfruté lo suficiente el día que embarqué, pero sí lo hice, lo que ocurre es que todo aquello que termina parece aún más maravilloso, ya se te ha escapado de las manos.

Comienzo a ver gente conocida, mi familia durante la travesía, con quien hemos comido, bebido, bailado, visitado lugares míticos, posado en fotografías. Ahora tengo que despedirme, allí sí que no podré regresar. Probablemente nunca volveré a ver a la mayoría. Cuando suba a otro barco esperaré encontrar sus caras por los pasillos o en las mesas del comedor, pero serán otras que descubriré y pasarán a mi cuaderno existencial de bitácora.

Abrazos, sonrisas, intercambio de direcciones (algunas tan lejanas…) y lágrimas que se resisten a asomar, pero terminan cayendo por su propio peso.

Nos quedamos solos camino del avión. Nuestra luna de mar ha concluido. Regresamos a casa.

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  1. ameterno

    No es sólo un relato descriptivo. Invita a ver más allá de lo que nos rodea y del suelo que pisamos.
    Está escrito con emoción, ilusión y alma.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Nos quedaste debiendo la crónica de Santorini. Pero no importa, lo demás lo ha compensado ampliamente.
    Ha sido un relato perfecto para esta mañana de Viernes Santo.
    Me he escapado de casa para hacer contigo un crucero de ensueño por sitios que ya me son queridos, algunos, y por otros que algún día lo serán.
    Saludos

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