Un Hombre bueno. Autor: Lino Salson González

Del griego: ANER, ANDROS, HOMBRE

Una ciudad cualquiera en febrero del año 2005.

Andrés abrió la puerta del lado izquierdo y se acomodó en su asiento. Sintió cómo aquel tendón le seguía tirando y,  apretando con sus dedos, se masajeó el muslo dolorido -“Esto  cada vez va a más”- Pensó. La rodilla derecha seguía produciéndole unos pinchazos que ya comenzaban a inquietarle. Era como si una aguja, de las de hacer  calceta, se le hubiera clavado y le hubiera atravesado el hueso. Lo malo era que, a la hora de acelerar, notaba cómo el pequeño esfuerzo que tenía que realizar, le hacía resentirse en el gemelo , originándole un dolorcillo agudo que, a través de la tibia, llegaba y se instalaba en los meniscos de la rodilla.

-“ Señoras y señores pasajeros, me llamo Andrés y en nombre de  Alsa y en el mío propio, les doy la bienvenida. La duración del viaje hasta Lukianía, será de cinco horas, si la intensidad del tráfico nos lo permite. Efectuaremos dos paradas, una  en Nocedalia, la otra, en Sobradelid. Ponemos a su disposición los aseos, solamente para usos menores y, durante el trayecto, podrán disfrutar de la película “ La Diligencia.

Recorrió con la vista los diez rostros de cada uno de los pasajeros que le observaban recostados en la trasera de las mullidas butacas. Entre  todos ellos, fijó su atención en una jovencita de rostro apacible, enmarcado entre dos trenzas de brillante pelo negro, poco maquillada, pero de una belleza que le pareció importada de las lejanas praderas. No le  pasó desapercibido su avanzado estado de gestación.

Habían recorrido unos trescientos kilómetros cuando, desde el fondo del autocar, llegó hasta sus oídos un leve gemido. Puso todos sus sentidos en alerta para confirmar, unos segundos más tarde, que, de nuevo, alguien se quejaba en los asientos de la parte de atrás. Recorrió con su vista la amplitud del autocar, a través del retrovisor panorámico y no observó nada extraño, tan sólo las cabezas recostadas de los pasajeros que, con los ojos cerrados, dormitaban, ajenos a lo que ocurría, arrullados por el sonido  mecedor del motor  del autobús. Acertó a distinguir que la muchacha de las trenzas negras no estaba en su asiento.

-“Estará en el aseo”- pensó y, dando todo por bueno, volvió a concentrarse en la conducción.

No habían transcurrido diez minutos desde la primera señal de alarma cuando, nuevamente desde el fondo, un desgarrado  y  prolongado grito de  inmenso dolor se extendió por el interior del vehículo, despertando a los asustados viajeros que, incorporándose en sus asientos, atolondrados por la sorpresa y mirándose unos a los otros, no acertaban a comprender el motivo de aquel grito que, procedente del interior del aseo, les mantenía a todos ellos atenazados con las manos apretadas contra el respaldo de las butaca, gracias a lo cual pudieron mantenerse, a duras penas, en pié, cuando Andrés pisó a fondo el freno hasta que el autocar se detuvo a la derecha de la calzada.

Unos segundos de silencio absoluto en los que se palpaba la tensión, el susto y el miedo. Intrigado, Andrés se dirigió a la parte trasera del autobús interesándose por el estado de cada uno de los pasajeros. Pasando revista al grupo, pudo comprobar que, efectivamente, la persona que faltaba era la muchacha de las trenzas negras. Se detuvo unos instantes y  se quedó petrificado cuando, desde el interior del aseo, se oyó, primero muy tenue y luego con mucha más nitidez el llanto de un bebé. Se abalanzó hacia la puerta y, empujándola, vio a la muchacha que, sentada en el suelo, sostenía un bebé, recién nacido en su regazo. Tenía la piel morena, con mucho pelo, en su cara y en su pecho aún conservaba restos blanquecinos y húmedos pegados a su piel. El cordón umbilical  de color azulado unía los dos cuerpos ensangrentados mientras las manitas del pequeño se agitaban en el aire. Asustado y sorprendido, Andrés posó sus ojos en el rostro sudoroso de la muchacha que le devolvió la mirada con una sonrisa.

-Déjeme pasar, soy médico!- Oyó a sus espaldas.

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Un día cualquiera de cualquier mes en una localidad del condado de Austin, en el Estado de Texas. Año 1870

Andy había nacido fuerte y se había criado  robusto y rollizo. Acudía todos los días a la escuela. Raquel, su madre, se preocupaba de que el chaval estuviera ocupado la mayor parte del tiempo entre libros, pizarras y cuadernos de hojas blancas ensartadas en cordones de cuero negro. En casa, ella  se ocupaba de atender un pequeño huerto y una muy poco nutrida granja de animales. Había cumplido diez y ocho años. No era fácil trabajar  en tareas exentas de  peligros. Cuando no eran los indios, eran los cuatreros que asaltaban las granjas y ranchos del lugar, con el riesgo de que una bala perdida o, simplemente mal dirigida, le atravesara el pellejo. Al terminar la fatigosa jornada, antes de llegar a casa, pasaba siempre por el salón, curioso por saber quién había llegado, ese día, en la diligencia. Así tuvo oportunidad de conocer más a fondo a Ronald, el conductor, quien con su revólver al cinto y su sombrero de ala ancha siempre más cerca de la nuca que de los ojos, vociferaba las historias que había escuchado en San Antonio.

Andy sabía  que  Ronald vivía solo, en una casa cerca de la fragua. En alguna ocasión le había visto hablar, cordial y amistosamente, con su madre y era de dominio público que nunca se había casado, si bien  se comentaba, jocosamente, que había dejado pasar una buena oportunidad al conocer, en uno de sus viajes, a una joven maestra que había abierto una escuela en San Antonio. El se defendía de los rumores asegurando que lo que más le importaba, seguía estando  en aquel pueblo y culpaba a sus continuos desplazamientos de acá para allá  como los responsables del fracaso de aquello que hubiera podido ser una hermosa relación.

Andy aceptó la oferta que Ronald  le hizo para trabajar, a su lado, en los viajes de la diligencia.

No lo dudó ni un segundo. Se lo contó a Raquel, su madre, quien, al oírle, esbozó una sonrisa de satisfacción que  a Andy  no le pasó desapercibida.

Se limitaba a hacer  el trayecto  escoltando al pasaje y ayudando a colocar el equipaje en lo alto de la diligencia. Siempre que regresaban, hacían un alto en la cantina, bebían para refrescarse y  Ronald se despedía con un “Buenas noches, chico. ¡Saluda a tu madre !”

Dos años después,  Ronald moría en un enfrentamiento con  un grupo de indios Karankawa. Era una cuadrilla de no más de siete piel-rojas que, tras vadear el río Pecos, les esperaba, emboscados entre los juncos que crecían en la orilla. Cuando quisieron darse cuenta, una lluvia de flechas hizo diana en el armazón de la diligencia, obligando a los cuatro pasajeros a protegerse, al tiempo que respondían con sus revólveres. Andy sintió un terrible dolor en su rodilla. Una flecha  se le había clavado atravesando su peto

de cuero empolvado  mientras, a su lado,  con el pecho ensangrentado, Ronald  yacía con el pulmón atravesado y,  tras una corta y angustiosa agonía, moría en sus brazos.

Con un doloroso chasquido, se arrancó la flecha que  atravesaba su pierna, cargó con  Ronald  y, haciéndole un hueco entre el pasaje, todavía aterrado por el ataque, regresó a San Felipe dejando a su amigo muerto en  el interior de la iglesia, dirigiéndose, después, a la cantina.

-¡Ponme un whisky.! Y… -¡ Que sea doble, Martin!- pidió al viejo camarero.

Un poco mareado y, doliéndose de la rodilla, llegó a su  casa  donde le esperaba su madre, ya enterada de la trágica noticia. Ella estaba de pié, junto a la ventana, mirando sin ver en la lejanía mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas.

-¿Lo sabes, ya, madre?- Preguntó mientras tomaba asiento junto a la chimenea.

-Si, Andy. ¿Cómo está tu pierna?

– Bien. Me duele, pero puedo soportarlo

– ¿Dónde le has dejado? Se interesó Raquel.

– En la iglesia- Respondió el joven.

Ella siguió junto a la ventana mirando, a lo lejos, a través de la lluvia que arrugaba los cristales.

-¡ Madre!- Gritó en voz alta. ¿Dónde estás?

Nadie contestó. No sabía cuánto tiempo  llevaba durmiendo. Entre el whisky que se había tomado para mitigar el dolor agudo de la pierna y el calor que desprendía la chimenea, se había quedado dormido.

Ronald se había quedado, para siempre, en una pequeña colina, cubierto su féretro por unos kilos de tierra oscura. En  una tablilla clavada a una cruz de madera, se leía : “ RONALD – 1870”. Su cuerpo quedó mirando al cielo, descansando bajo un viejo roble, muy cerca del camino por el que tantos viajes había efectuado conduciendo la diligencia.

La muerte de Ronald trajo, como consecuencia, el nombramiento de  Andy  como nuevo conductor de la diligencia de San Felipe. Nunca olvidaba llevarse la mano al ala de su sombrero cuando pasaba, al ir y al venir, por las inmediaciones de la colina en la que descansaba el viejo Ronald, y tras echar un rápido vistazo a la tumba, cada vez menos visible y sólo reconocible por la cruz de palos destartalados y un ramillete de flores que alguien, con buen corazón, de vez en cuando depositaba en la tierra, soltaba al aire el látigo para arrear a los caballos que, espoleados por el chasquido, pasaban  rápidamente del trote al galope.

Era  un día frío. Había nevado y las roderas de la diligencia quedaban marcadas tras ellos. Viajaba sin pasajeros, solamente acompañado por  Tommy, su nuevo  ayudante. Habían vadeado el río Brazzos cuando, a unos pasos del camino, a la derecha, observaron sobre la capa blanca un rastro de sangre. Andy, intrigado, detuvo los caballos, puso pié a tierra hundiendo sus botas en la nieve y, desenfundando su colt,se dirigió a su compañero:

-¡Tú, espera aquí! ¡Estate atento!- le dijo.

Muy atento y, sigilosamente, se adentró en la espesura siguiendo las huellas de sangre que cada vez se acentuaban más. De nuevo comenzó a nevar. Una fría y ligera  brisa se levantó, repentinamente, dando paso a una ventisca que, a través de los árboles, llegó de pronto y azotó su rostro. Con el revólver amartillado, la mano tensa y el dedo en el gatillo, detuvo sus pasos al escuchar, no muy lejos de allí, una serie de gemidos mezclados con gritos de dolor. No se trataba de un animal, de eso estaba seguro. Los lamentos habían cesado. El silencio era blanco. Solamente se oía el sonido de la nieve al caer desde las ramas de los árboles que, bajo la pesada carga, se doblaban dejándola en el suelo con un frío chapoteo. De improviso, un alarido de mujer se extendió  por el bosque, haciendo que los caballos de la diligencia se encabritaran, nerviosos.

Asustado, Andy avanzó hacia el punto del que partía aquel estertor y, tras un matojo de jaras retorcidas, se encontró con una joven india, desangrándose, con el rostro enmarcado en unas trenzas negras de pelo sedoso, húmedo, pegado a su frente, los ojos desorbitados mirando, atemorizada, al hombre que se  le acercaba, las manos sujetando su vientre abultado y, con un rictus de dolor en su boca, se desvaneció, perdiendo el conocimiento.

-¡Madre, madre!- gritó, desde la calle.

Dio una patada a la puerta que se quedó temblando en sus  pernios  y,  ante la atónita mirada de su madre, en dos zancadas ganó su habitación depositando, con suavidad, a la joven india en su cama.

-¡Rápido!- dijo Raquel- ¡Pon agua a calentar! ¡Tráeme unas toallas! Y… ¡Vete a avisar al doctor! ¡No te quedes ahí mirando!

Por primera vez al pasar cerca de la tumba de Ronald, había olvidado dirigirle  el saludo llevándose las manos al ala de su sombrero y no pudo ver cómo en la cabecera, junto a la cruz destartalada, habían comenzado a florecer dos eléboros rojos y morados que destacaban en la blancura de la nieve.

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Andrés no recordaba cómo ni cuándo  había llegado a aquel lugar. Había perdido la noción del tiempo y, a duras penas, mantenía en su recuerdo que un día, al anochecer alguien llamó a su puerta y, sin mediar palabra, con un gesto entre autoritario y cordial, le invitó a salir al porche, pidiéndole que se abrigara. No pudo negarse y, seducido  por aquella enigmática  presencia, dirigió una cariñosa mirada  a su anciana esposa que se entretenía ordenando un jarrón de flores secas y, apoyándose en su inseparable bastón, cerró la puerta a sus espaldas.

Caminaron durante unos minutos sorteando pequeños matojos de jaras olorosas, retamas ya florecidas y una gran variedad de plantas bajas a las que la luz de la luna que comenzaba a brillar,  iluminaba   tenuemente. No miraron atrás ni una sola vez. Iniciaron la subida  a una pequeña loma en pendiente que se presentaba ante ellos y, sin muestras de cansancio, se encontraron con una panorámica totalmente desconocida para Andrés. Ante los ojos atónitos del antiguo conductor de autocares se extendía una   amplia llanura, iluminada por una extraña luz que nada tenía que ver con la que había dejado al otro lado de la loma. Verdes  praderas separadas unas de otras por pesadas losas de pizarra  clavadas en el suelo.  Un murmullo de aguas bravas saltando entre peñas limpias y resbaladizas se dejaba oír, mientras en sus orillas bebía un puñado de potrillos que, entre cabriolas y relinchos, se habían alejado de sus madres. A lo lejos, enmarcado por una  sinuosa cadena de montañas, un lago de aguas tranquilas reflejaba las nevadas cumbres con verdes escarpados que precipitaban al vacío inmensas columnas de agua en forma de cascada, tras romperse en millones de gotas  silenciosas. El riachuelo que se formaba  llegaba hasta la orilla besando las hierbas de los prados, mezclándose con las olas juguetonas.

–          Bienvenido al país de la armonía, Andrés-, oyó decir  al desconocido- Aquí estarás como nunca has imaginado estar. Olvida los momentos oscuros de tu pasado. Olvida el mundo mediocre y gris que has conocido y piensa que, a partir de ahora, una nueva etapa se abre ante ti.   Vive como siempre has soñado vivir. Goza de la nueva vida que se te ofrece.

–          ¿Por qué, yo? – Preguntó.

–           Porque, al principio – siguió, mirándole a los ojos- la bondad se reparte por igual a cada uno, pero el tiempo y la vida van marcando a quienes quieren ser depositarios de valores como la generosidad, la sencillez, la sinceridad y la nobleza. Por el contrario, hay quien escoge otro tipo de caminos y comparte con la mediocridad de su entorno, otea forma de comportamiento. Cuando las  cosas que se hacen, como tú las has hecho, salen de lo más hondo del  alma y van encaminadas a  favorecer a los demás, lo único que queda es  paz interior y en el terreno de la paz no hay lugar para que arraigue el egoísmo. Y aquí, tú vas a comprobarlo por tus propios medios. Prepárate porque vas  a sentir  intensas emociones. Vas a vivir momentos que te resultarán familiares y sentirás que ha valido la pena.

***********************************

Se encontró caminando por una gran avenida en la que, curiosamente, no había coches, ni autocares, ni motos, ni  bicicletas, ni ruidos estridentes o ensordecedores. Solamente murmullos, risas de niños a los  que no veía pero que, adivinaba,  jugaban a juegos extraños que él no conocía. O… quizás si que los conocía pero los había olvidado.

-¡Andrés!-oyó gritar a sus espaldas- ¿Eres tú?

Se volvió rápidamente para  ver quién le llamaba por su nombre. Se sorprendió  al ver  a una mujer que, inclinando la cabeza a un lado, escudriñaba el rostro del antiguo conductor.

-¡Claro que eres tú!-exclamó- ¡lo sabía!- dijo emocionada, y, acercándose a él,  le

tomó del brazo dejando un beso en la palma  de su mano.

– Pero… ¿No me reconoces?- dijo ella.

-¡Claro que sí! Tú eres la mujer que dio a luz en mi autocar. Ahora te recuerdo.  ¿Qué haces aquí?

-Llegué hace un tiempo. Por cierto ¿Cómo está tu pierna? ¿Sigue doliéndote la rodilla?

-¡Andy!- gritó alguien. Era una voz de hombre grave.  Se volvió intentando identificar a quien había  gritado y se encontró con un hombre menudo, de ademanes bruscos, que, mascando tabaco, le dijo:

-¡Andy!. Soy yo, Ronald. Ven aquí, muchacho.- Y acercándose a él, le rodeó con sus brazos, estrechándole fuertemente.

.- Oye, chico ¿cómo sigue tu rodilla? ¿Te duele?

-¿Andy?- Se oyó tímidamente, a sus espaldas. Era una voz  dulce, femenina que no le resultó desconocida.

Giró la cabeza para encontrarse con una mujer que les observaba, sonriendo.

-Es Raquel- le dijo Ronald – Se soltó  suavemente del abrazo del hombre y dirigiéndose a Raquel la tomó por los hombros y, con delicadeza, dejó posar sus labios en la frente de la mujer.

-¿ Te sigue doliendo la rodilla, hijo mío?- preguntó.

No le dieron tiempo para  contestar.

-¡Pero bueno! ¡Pero si tenemos aquí al viejo Andreas!- Se escuchó. ¿No me recuerdas? Soy Nicolaidis, el pastor de Meteora. Tú salvaste la vida de mi hija al dar a luz durante aquel bombardeo.

-¡No puede ser, ha venido Andrews!- gritó otro, dirigiéndose a un grupo que se acercaba  – Somos nosotros. Tú nos salvaste de morir en el incendio de Edimburgo. ¡Gracias, Andrews!

Y el grupo seguía aumentando. Cada vez llegaba más y más gente. Todos querían abrazarle, tocarle  y agradecerle lo bueno que había sido con todos ellos.

-¡Hola, Andy!- oyó tras él- Era Luna de Primavera, la joven india que había recogido en el bosque, a punto de dar a luz.

Se  acercó y, mirándole  a los ojos, dejó reposar su cabeza en el pecho del hombre, mientras de sus ojos caían dos lágrimas que empaparon el pelo negro y sedoso que, en dos trenzas, enmarcaba su cara.

–          ¿ Quién es ?- preguntó alguien

–          No sé- contestó otro. Es un hombre bueno.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Relato muy bien ambientado en sus cuatro tiempos.
    Puntualiza en los resultados de nuestras buenas acciones a través de todas nuestras vidas.
    Nada, ni siquiera el más pequeño de los gestos de bondad, queda sin premio en el País de la Armonía.
    Saludos

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