Tipo de escape. Autor: José Sainz

El viajero -yo, ahora, el viajero- tiende a acelerar procesos: se apropia, con premura, de gente o lugares o cosas que en el contexto diario seguramente no -o al menos probablemente no. En dos semanas Barcelona se convirtió en una vida chiquitita: un puñado de recuerdos, cierta curiosidad por algunos lugares, una nostalgia rara por varios otros, un grupo de amigos multiétnico, descartable e imprescindible mientras tanto, los nombres de un par de calles clave, una rutina sin horarios.

Chiquitita: de bolsillo, perecedera.

Como todas.

–         ¿Qué hacés acá? -grita.

Los dos marroquíes o pakistaníes o hindúes nos miran con la extrañeza de quien mira lo extraño: un flaco gordo abrazando la fragilidad intensa de un cuerpo breve que termina en los ojos más bonitos de la península. Las cejas, la frente, el pelo: todo lo que sobra. Para ellos esto va a ser, con suerte, una anécdota pasajera, un relato curioso, fuente de elucubraciones: qué habrá hecho este tarado para que ella lo envuelva tan fuerte. No sabrán que, en todo caso, deberían preguntarse qué no hice.

Su cuerpo ligero alrededor de mis brazos abultados. La incredulidad es un estado infrecuente que ahora cubre la noche húmeda, la poca noche que entra en esta calle estrecha y mugrienta muy llena de lo que me parece son inmigrantes, barrio del Raval, centro de Barcelona.

–         ¿Qué hacés acá? -grita, y me vuelve a apretar. Me confirma.

Lo mismo que los últimos dos años: quedarme callado, postergarlo todo.

Mi libro de viaje, el libro de viaje que leo, dice que te dicen Zambia: “Te dicen Zambia. Un día, en una reunión, en un mail, en un teléfono te dicen Zambia y es igual que si hubieran dicho Zimbabue, Malawi, Mozambique: país ignoto en el fondo de África. Después, semanas después, estás en un avión; que en aquella reunión, en aquel mail, aquel llamado dijeran Zambia -y no Zimbabue, Malawi, Mozambique- cobra una importancia decisiva. Otro idioma, otra historia, otras comidas. Otros paisajes, otra gente. Todo eso fue, al principio, una palabra. Alguien me dijo Zambia”. Barcelona solía ser sólo el patio de recreo de Messi, la ciudad lejana en la que vive Agustina, la casa de mi admirado ilustrador Juanjo Sáez, una región en busca de su autonomía. Hasta hace unos días, mi Barcelona era una maqueta de tres casas alrededor del Camp Nou y ninguna expectativa.

Todo se lo debo a mi inestimable inexperiencia aeronáutica. Nuestro comandante o capitán o como se llame el simpático de los altoparlantes nos quiere hacer creer, desde que despegamos, que no nos vamos a morir. Cada tanto nos dice que volamos a no se cuántos pies o metros de altitud y que los cinturones y los salvavidas y las máscaras de oxígeno y el tobogán inflable están por ahí, a mano por si acaso. Después nos dice todo eso de nuevo pero en inglés, y tampoco consigue más que alterarme.

Por lo pronto, el avión aterriza -y no es poco. La ilusión intacta, la insistencia del miedo.

La pereza del oficial que me toca, su austeridad discursiva se convierte en un elemento decisivo. Me pregunto si todos son así. La curiosidad es una marca distintiva, indeleble del viajero novel. Y es, mientras dura, sinónimo de ignorancia: el viajero cree que sabe, y le alcanza: el viajero, en general, no viaja para entender o sino para comprobar. El viajero, entonces, es un ciego prejuicioso.

– Pasaporte.

– ¿A qué viene?

– Turismo, vacaciones -contesto yo, el diccionario de sinónimos sobre el mostrador.

– ¿Dónde se hospeda?

– En un hostel -le digo, bilingüe: la hache como jota.

– ¿En un qué?

– En un hostel -le repito. El tono firme de la resignación, la seguridad de lo irreversible.

– En un hostal -me corrige, la hache muda.

El oficial golpea el sello contra mi pasaporte, que deja de estar, de ser nuevo: no hay bautismo más inocuo, más lejano. Todo el trámite, con la clase de idioma pertinente, no dura 30 segundos. Le sonrío leve. Que crea que no me importa.

13.30, la hora de mi país. Acá, en cambio, 5 horas más tarde.

Todavía sobra.

El aeropuerto de Barcelona es un monstruo indomable construido en vidrio y metal, los materiales que excitan tanto a los ricos. La asepsia suele ser un lujo y en El Prat es, además, un exceso. No hay rincón que no encandile, brillo que no brille, mugre en el piso, gérmenes, polvo, bacterias. El espacio es insoportablemente amplio, inabarcable, un loft en el que vivirían cómodos los refugiados del planeta. Deberían dar millas de viajero por recorrer estos pasillos.

Decir que es un no lugar es un lugar común, y sin embargo. Una arquitectura sólida pensada para pasar, para no quedarse, y a la vez tan cargada de detalles que la simulen habitable -y la simulan, lo bien que le sale. Afuera, los aviones de juguete, y acá, adentro, el lustre incómodo de la pulcritud que lo ensucia todo.

De repente comparto una habitación con tres americanas jovencitas. Promedian los 20 y me cuesta creerles: un cuerpo sólido, bien puesto, fuera del tiempo hace dudar a cualquiera. Están estudiando español en Granada y vinieron de fiesta por el fin de semana largo. Mañana a la noche, la madrugada de mi cumpleaños, les voy a dar la razón cuando me despierten los ruidos de sus intentos por encontrar sus camas en medio de una borrachera bíblica. Amelia, la niña estilizada que duerme arriba mío -en la cucheta superior- va a tener sus problemas para subir. Le voy a preguntar si está “wasted” -muy borracha- y me lo va a contestar el domingo, cuando ella, su resaca y sus compañeras desayunen conmigo y me deseen happy birthday y happy Halloween.

Me dirán que la madre de una de ellas estuvo en las salinas jujeñas, norte de Argentina, y que son oh so beautiful, que ella quiere conocer mi país pero que su madre no la deja ir sola. Amelia va a eructar y a mí me va a gustar el doble que sea tan asquerosa, tan guarra, que sea más que una adolescente prolija de botas altas y actitudes pijas.

Pero eso va a ser recién dentro de un par de días, cuando haya terminado de empezar a hacer lo que vine a hacer acá. Eso va a ser cuando tenga 23.

Y mejor que me apure, porque Agustina ya los tiene.

Una morocha menuda de más de 40 llora y llora porque hace por lo menos 5 que no ve a su familia, hijas y nietas que la abrazan y lloran y lloran. Una familia acomodada, argentinos legales en Europa, festeja la llegada de un matrimonio muy mayor.

Nadie me llora ni me festeja. En el asiento trasero del Seat que ahora es mi taxi entra la planta baja de mi casa. El taxista no sabe cómo llegar donde le indico: yo, por suerte, tampoco.

Como este relato: es un alivio que no haya forma de decir la verdad, que intentarlo sea un fracaso perfecto.

Me da miedo pensar que este viaje puede haber sido un error, o que empiece a convertirse en uno. Me da miedo pensar que no pensar empiece a convertirse en otro. Me da miedo pensar que Agustina empiece a pensarlo también, que se le pase el entusiasmo inicial, que los abrazos sean menos intensos, que vuelva a pasar lo de siempre: las discusiones y malentendidos, la distancia aunque estemos cerca. Me da miedo pensar que la diferencia entre los estilos de vida pueda ser decisiva, que ya es demasiado tarde para recuperar terreno. Me da miedo pensar que soy muy capaz de volver a arruinarlo todo, que puedo transformar Barcelona en un mal recuerdo con apenas dos caprichitos de la mente, que ella va a cansarse en serio, que por fin se va a dar cuenta de que le sobran motivos para no perdonarme. Me da miedo pensar.

La calle principal -creo- del barrio La Barceloneta es una avenida frente al puerto que termina en la playa y tiene una serie infinita de restaurantes típicos todos iguales para turistas todos iguales. Paella o calamares a la romana o el resto de los platos mediterráneos clásicos acá o en el último, que está a dos cuadras, y en el medio, fotocopias.

Muchos turistas ceden porque plato mediterráneo en ciudad con mar es parada obligatoria, y la competencia es más fácil porque el público sobra, abunda y me parece que a todos les da lo mismo. Esas dos finlandesas, la familia portuguesa, aquella pareja de ingleses y mi amiga Lourdes, que se va mañana, van a poder contar, cuando vuelvan, que comieron ahí, junto a los barcos y los yates, y van a estar contando lo mismo: el relato predeterminado del turista dócil, los lugares comunes de los lugares comunes.

La noche está fresca, el aire allanado por el mar, y demasiado tranquila para soportar el mito de la movida nocturna catalana. No hay nada más poderoso que un mito que se derrumba, silencioso.

Los buses son tan cómodos y amplios y limpitos y adaptados que Tyler no lo puede creer:

– Welcome to the future -me dice en cuanto subimos.

A veces dudo de su nacionalidad, o del impacto de su cultura en su personalidad. No es cerrado, soberbio, belicoso, imbécil, prejuicioso -como yo. Es, al contrario, abiertamente curioso y educado, muy seguro de Dios y rubio. Empezó su viaje en Uganda junto a un grupo de voluntarios. Me habla de lo revelador de ese viaje, de lo mucho que te ofrecen los ugandeses pese a lo poco que tienen, de su abnegación. Luego trabajó dos meses en un hostel holandés y se fue a Francia. Encontró, perdido en la campiña, un monasterio en el que rezó, durmió y meditó durante 15 días. Colaboró en las tareas grupales, que se volvían estúpidas por el ejercicio excesivo del altruismo tan propio de esos templos, que consiste en dividir en 8 o 9 pasos -8 o 9 personas- una tarea para 3 o 4. A veces el trabajo era pasarle una olla con arroz al relajado de al lado para que a su vez a otro y a otro hasta llegar al colador. Hizo autostop por tres días y fue salvado, casi siempre, por integrantes de ese grupo relegado, despreciado que en general llamamos tercera: muchos de los que lo llevaron, lo trajeron en dirección sur eran mayores muy mayores que hicieron cuando jóvenes lo mismo que él ahora.

Lo conocí un miércoles a la noche, en ese espacio límbico que hay entre el sueño y el mundo de los vivos. Lourdes había vuelto a Tenerife la noche anterior y yo dormía solo en mi cuarto por primera vez. Me sobresalté cuando entró: no esperaba más marroquíes, polacos, suizos. Me saludó con una sonrisa despierta que era un engaño: Tyler mostraba los dientes como si fueran las 10 de la mañana o el punto más alto del mediodía: eran las 3 y el cuarto un bloque oscuro. Yo no supe, en ese momento, si Tyler hablaba de verdad, si de la boca le salían sonidos o si era, en realidad, un personaje de un sueño denso.

– Hi, I’m Tyler.

– I’m José. That’s spanish for Joseph -le dije, que es lo que le digo a todos los que creo que no pueden pronunciar mi nombre.

– Nice to meet you.

– Where are you from? -y aposté a que era australiano, que están tan de moda. No sabía que sería la primera de una serie de derrotas de mis prejuicios sobre Tyler.

– I’m from California.

– I’m from Argentina -le conté yo, casi despierto, y el resto fue rutina: que 20 días, que a visitar a una amiga, que luego a Ámsterdam.

La cocina es un punto de silencio tibio y luz débil en una línea llena de puntos iguales: afuera es madrugada y nadie grita, baila, se agita. Hay dos tazas llenas de un líquido que simula, con éxito discutible, ser café con leche. El color está bien logrado, pero el sabor lo delata. Intentaría encontrar una metáfora si no me lo impidiera la falta de sueño: el viajero, parece, es alguien que duerme poco y mal.

El taxista también: lleva días trabajando: tratamos de no morir camino al aeropuerto. En una autopista que pasa junto al cementerio. Las calles titilan tenue por los restos de agua de los camiones miniatura que limpian la ciudad sin descanso. El alumbrado público hace el resto. La imagen es melancolía, montaje de postal.

Hace más de media hora que giramos alrededor de la vista aérea de Ámsterdam. Es mi segunda vez en el aire y sospecho de la falta de señales. Nadie nos está diciendo lo bien que estamos, así que debemos estar bien.

Agustina sale del sueño. Tiene modorra, la cara todajunta, la mirada incierta. El crujido de los altoparlantes cuando se abre el micrófono -300 alumnos de jardín desenvolviendo un caramelo gigante- es el anticipo del discurso solemne que nos va a tranquilizar, nos va a decir que todo bien, que damos vueltas encima de Holanda porque el piloto esta semana se despertó ligeramente gracioso y jugar con nosotros le resulta excitante. Casi:

– Señores pasajeros, les informamos que por impedimentos climáticos no podremos aterrizar en el destino previsto. Lo haremos en la ciudad de Rótterdam.

O similar, siempre con esa formalidad excesiva que sirve para no decir nada, la misma que sostiene el sistema que nos vende vuelos baratos y nos asegura que no van a explotar.

El avión tiembla como tiembla la gelatina en una cuchara con Parkinson: con cierta violencia.

El dramatismo aparece después de que todos entienden que Rótterdam está a 70 kilómetros de la capital holandesa, que no es Rusia o Turquía. Aparece ahora, cuando estamos encerrados en una nave quietita que se ríe del viento. El aeropuerto no nos tenía en sus planes y todos queremos bajar. Nadie lo consigue: estamos apoyados en la pista pero lejos todavía, nada que nos conecte con el suelo. 200 fronterizos babeándonos por una escalera: a veces las necesidades son raras. En un mundo que lleva décadas haciendo lo posible por prescindir de las escaleras, nosotros queremos una.

Ocho españoles que van de fiesta tienen una desesperación impropia. Durante la hora y media que pasaremos acá adentro van a agitar el bote a fuerza de chistes, a ponerse pesados hasta el llanto de una azafata y a estar bien cerca de golpear al piloto.

– Pero es que no nos dicen nada. Llevamos 5 horas en un puto vuelo de 2 y ni siquiera estamos en Ámsterdam -dirá uno.

– Ni siquiera nos dicen algo. ¿Qué coño esperan para bajarnos, joder? -dirá otro.

El piloto les va a explicar, amablemente, que él ya podría estar de vuelta en su casa y que si tienen apuro por bajar, que se tiren. Uno de remera rosa y jopito pronunciado, que debe de haberse masturbado mucho de chico y de grande decidió vestirse así para que creamos que no le pesa, nos va a mirar a todos y nos va a decir, con una cara de indignación muy estudiada -la boca de par en par, los ojos asustados- que le va a pegar si nadie se esmera en evitarlo. Amaga brusco y el otro lo frena. Seguro que se pasaron la secundaria así, actuando este numerito para ganarse algún amigo.

Su compañero de banco, el amigo que se ganaron, está sentado delante de mí. Le dicen Pope y es un pelado de nariz lejana que acaba de meterse una línea de cocaína con un billete como canuto. El dramatismo, decía.

Para qué, entonces. Para qué me subí a este avión si podría haberme quedado tan cómodo, tan quieto. Para qué, si podría haber respondido la carta hace tanto, cuando me la escribió: cuando correspondía que la respondiera. Podría haber sido pragmático y original, dejar de postergarlo todo por los temores más infundados y haber hecho lo poco que demanda una amistad a distancia. Pero no, nada. Ni un mail ni una llamada. Una carta tardía, fuera de tiempo. Una disculpa larguísima escrita a fragmentos en un café durante momentos dispersos a lo largo de casi dos meses. Doce carillas de explicaciones y perdones para que me llame un sábado horrible de sol horrible de octubre y me diga que leyó esa monstruosidad cinco veces, dos en las escaleras del correo. Y encontrar, en un hilito de su voz andrógina, un camino de tristeza. Y darme cuenta, por fin, de que soy un hijo de puta. De que no me costaba nada un mail o miles, algunas llamadas. De que me sobra el tiempo, casi siempre la plata. De que me pasé dos años inventándome excusitas para creerme que nunca era el momento adecuado para escribir. De que me las creí. De que nunca estuve tan ocupado como para justificarme. De que vuelve a tener razón. De que pierdo contra mí mismo, otra vez. De que no merezco el perdón. De que, para hacer mérito, tengo que tocarle el timbre, 10.000 kilómetros de por medio, el día de su cumpleaños.

Hoy.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Espero que al menos el viaje haya valido la pena…para componer algo o acabar de descomponerlo, que todo es válido…

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