La playa. Autor: Carolina Mejia Aboytes

Fue uno de esos viajes inesperados, de agarren sus cosas y nos vamos y de pronto y sin saber muy bien como, ya estábamos en la carretera. Salimos pronto de las calles embotelladlas para perdernos en el paisaje monótono del campo, la línea que dividía al cielo con los pastizales  se hacía cada vez más delgada a medida que el sol iba subiendo y pude imaginar porque Santiago había elegido esta ruta. Sin ningún edificio obstruyéndote la vista, alejado de los sonidos citadinos era fácil dejar volar tu imaginación. No me importaría seguir viajando así por siempre, dejando de lado cualquier preocupación…

…pero las necesidades terrenales me trajeron de vuelta al interior del carro. El calor empezaba a hacerse sentir. A mi lado se sentaba mi hermanito, que ya no jugaba ni platicaba como al principio, desparramado de cualquier manera en el asiento. Mi hermana, en el otro extremo del asiento, había optado por perderse en su música y no parecía estar en este mundo. Mi mamá trataba de apaciguar el calor abanicándose con la mano, pero de vez en cuando soltaba un bufido de desesperación. Esa era una de las razones por las que nunca viajábamos todos juntos. De hecho, si Santiago nos estuviera acompañado tendríamos que llevar a mi hermanito atado al techo para comprimirnos dentro del pequeño vehículo. Si Santiago estuviera…pero no estaba.

No estaban ni sus chistes, ni sus bromas pesadas, ni el sonido de su moto levantándome en las mañanas, ni las escapadas a media noche. Todo se había ido en un instante y los recuerdos parecían mezclarse con el paisaje y difuminarse de a poco.

Como un oasis en el desierto, un pequeño restaurante se asomaba en la cuneta del camino. Con una vuelta bastante forzada, que mando papeles y bultos volando por todos lados, mi papá se estaciono justo en la entrada. Como si todos hubiéramos tenido la misma idea al mismo tiempo, salimos del carro, felices de disfrutar un poco de aire fresco.

-Deberíamos de entrar y comprar agua- sugirió mi papá, impaciente por volver al volante. Su camiseta roja estaba marcada con gruesas manchas de sudor.- ¿Niños, quieren algo?

-¡Deja que se estiren un rato, Raúl!- le reprochó mi mamá, que ya había desenfundado su cámara y apuntaba a su víctima más cercana; mi hermana.

-¡No mamá, estoy toda sudada!- se quejaba Jimena mientras mi mamá le seguía tomando fotos.  Mi papá se metió al restaurante murmurando que se había casado con una mujer impráctica y sin sentido del tiempo y quien sabe cuántas otras cosas que ya no oí.

Yo di algunas vueltas por el pequeño y desierto estacionamiento. Tuve que obligar a mis piernas a desentumirse, sintiendo un cosquilleo por cada paso que daba. Dejé que mi blusa blanca flotara alrededor de mi con el viento y mire a mi alrededor. En el terreno ya no quedaba ninguna montaña de las que nos habían acompañado todo el camino y el cielo no tenía ninguna nube. Traté de quedarme viendo a través del azul profundo sobre mí, pero el sol me quemaba la cara. Cuando volvía ver abajo, vi que mi hermanito no se había separado del carro y me acerqué a él.

-¿Qué tienes bicho, quieres ir al baño?- le pregunté mientras me recargaba en un costado del carro junto a él. Negó con la cabeza.- ¿Tienes hambre? ¿Sed?-  negó dos veces con la cabeza.

Después me miró con los ojitos llorosos- ¿Por aquí se mató el Santi, Cristina?- y me señalo con su dedito las marcas de llanta que había en el estacionamiento.

El corazón me dio un vuelco y tuve que usar todas mis fuerzas para no llorar.- No, bicho. A Santiago lo chocaron más adelante. Casi llegando a la playita.- Le tome la cabeza y lo acerque a mis piernas, de donde el se abrazo con fuerzas.

-No lo quiero dejar botado, Cristi. ¿Qué tal si se enoja?- me preguntó con la carita todavía hundida en mi ropa.

-Pues que se enoje. ¿Quién le manda irse solo en la moto? Además siempre prometió llevarte a la playa y ya ves…- lo consolé lo mejor que pude, pero no pude hacer mucho porque mi papá nos llamó con señas desde la entrada del restaurante.

Mi papá parecía mucho más feliz y cuando nos acercamos descubrí porque. En sus manos traía cuatro paquetitos con empaque metálico congelados.  Nos abalanzamos sobre los helados de inmediato.

Después de que cada quién se tomo su helado, seguimos el camino.

La segunda parte del viaje fue la peor.  Mi hermanito lloraba a gritos, fastidiado por el calor y con las manos pegajosas por el helado. Mi mamá trataba de calmarlo, pero al final ella también se puso histérica y le empezó a gritar. No sé quién empezó a llorar primero, si mi hermanito o mi mamá, pero al final los dos acabaron llorando y pidiéndose disculpas. Mi papá iba mudo al volante y mi hermana hacía lo mismo, pero con sus audífonos.

Ya era de noche cuando todos superaron el drama y se dispusieron a dormir. Mi hermanito se hizo bolita y recargó su cabeza en mis piernas; no pasaron ni tres segundos y ya estaba dormido. Para su buena suerte, mi mamá tenía el asiento delantero, así que le basto echar todo el asiento para atrás y hacerse de una pequeña cama.

Mi hermana se acomodo de lado, y su cabeza hacía un ruido rítmico al chocar ligeramente con la ventana. Sentí pena por ella cuando le quite los audífonos para que descansara y me di cuenta que no estaban conectados con ningún aparato. Pobrecita, cada quién maneja su dolor diferente. Yo me quede viendo por la ventana…

Al principio me dio miedo. Una vez que el sol se escondió fue casi imposible distinguir cualquier forma en la obscuridad. Los carros pasaban zumbando tan cerca que tuve que cerrar los ojos una que otra vez pensando que se iban a estrellar contra nosotros. Por el espejo frontal apenas se podía ver la línea blanca de la carretera y de pronto me sentí muy pequeña.

Más pequeño aún me imagine a mi hermano Santiago a bordo de su moto, probablemente recorriendo este mismo tramo del camino. Siempre tan valiente, nunca hubiera admitido que le daba miedo la noche, es más; se habría burlado de mí por pensar tanta tontería. Entonces me lo imaginé diferente, valiente y erguido partiendo la obscuridad con sus faros delanteros. Lanzándose a la aventura de irse hasta la playa él solo, porque simplemente se levantó un día con la idea metida en la cabeza. Mi hermano mayor, con toda la rebeldía y belleza de sus diecinueve años dominando las sombras que acechaban en cada esquina. Santiago, aullándole a la luna como el coyote que se escuchaba a la lejanía. Y de pronto el resplandor de los faros de un camión que vino a acabar con todo…

Un carro rojo pasó casi rozándonos y me sobresalté. Pude ver como mi papá, todavía despierto, abría y cerraba los ojos varias veces para mantenerse alerta. Probablemente no era buena idea que se quedara manejando todo el camino pero su vista estaba fija adelante y fruncía el ceño, completamente concentrado. Tomaba el volante con una determinación de que me convenció de que nunca admitiría que estaba cansado o cedería su lugar. El hombre estaba en una misión. Era tal vez su manera de cerrar el ciclo.

El sueño se fue apoderando de mí y cuando menos me di cuenta ya estaba dormida.

El amanecer llegó con sus promesas renovadas y especialmente para nosotros, con un aire de brisa marina. Ya no estábamos en aquella carretera desolada, sino en un pequeño camino de tierra que se curveaba en todas direcciones. El suelo cambiaba tierra por pequeñas piedrecillas y a medida que nos acercábamos a nuestro destino, por fina arenilla blanca. Mi hermana me lanzó una sonrisa expectante y se la devolví. Había abandonado los audífonos y ahora asomaba la cabeza por la ventana, tratando de ver el final por adelantado. Mi hermanito parecía ser el más platicador esa mañana y con energías renovadas le platicaba a mi mamá todo lo que iba a hacer apenas llegando.

-Quiero hacer un castillo con seis torres iguales como los de la película que vimos, mamá. También quiero probar esos lentes raros que me compró papá para ver debajo del agua. Santiago me contaba que hay pececitos rojos chiquititos que te muerden los cabellitos de las piernas cuando no te fijas. ¿Cristina te acuerdas que nos dijo que vendían unos cangrejos enormes para comer? Yo no quiero comérmelos, le voy a pedir al señor que me los enseñe y que me de uno para llevármelo…-Mi hermanito seguía hable y hable y mi mamá solo sonreía y asentía de vez en cuando.

Al fin, el camino se abrió. Y una playa con arena blanca y suave que se extendía hasta donde podía alcanzar a ver. El agua de mil tonalidades del mismo azul de cuando visité la playa por última vez, hace ya unos cinco años. Dejamos el carro atravesado como pudimos y saltamos afuera. Fuera de unas pequeñas palapas al otro extremo de la playa, no había huella de otros seres humanos en el lugar. El aire salitroso me pegaba directo en la cara y cerré los ojos, extendiendo las manos para disfrutarlo. Mi papá llamó nuestra atención con una tosecilla y volteamos a verlo.

En sus manos sostenía una urna dorada pequeña con las cenizas de mi hermano. Los restos de tantos otros viajes, tantas noches en vela, tantas historias, tantos chistes, tantas aventuras…todo estaba ahí. Mi mamá tenía los ojos llorosos cuando abrazó a mi papá por la cintura. El me pasó a mí la urna y caminamos hacia la orilla del mar. Atrás de mi iban mis hermanos, uno tomado de la mano de otro.

Me quite las sandalias y la espuma blanca tocó mis pies. Entonces sentí el verdadero peso de la urna en mis brazos y sentí ganas de llorar. Sentí el peso de la mano de mi papá sobre mi hombro, pero no pude voltearlo a ver, para que no viera las lágrimas en mi cara. Me dio un leve empujoncito y avanzamos lentamente hasta que el agua nos cubrió las rodillas, sin que nos importara mojar nuestra ropa. Me quedé un rato así, llorando y abrazando a mi hermano mayor, hasta que descubrí que ya no me quedaban lágrimas.

Volteé a ver a la playa y vi a mi mamá y a mis dos hermanos esperándonos. Y desee grabar esa imagen por siempre en mi memoria. Sentí el apoyo de la mano de mi papá en mi hombro y supe que siempre estaría ahí para cuidarme la espalda. Entonces encontré la fuerza para destapar la urna y lentamente arrojar el primer puño de cenizas al mar.

La playa seguía desierta y con el sol apenas subiendo parecía el lugar perfecto para despedir a Santiago. Este viaje era la manera en que por fin había llegado a su destino final, pero también era apenas el inicio de una nueva etapa para mi familia. Y tal como lo habíamos hecho durante el trayecto hasta aquí, recorreríamos lo que nos quedara de camino de la única manera correcta: juntos.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Cuánta belleza en este viaje en el que tristemente se estaba cumpliendo con una tarea: la de llevar a su destino final a un ser amado.
    Saludos

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