Y… se encontró a si mismo. Autor: Lino Salson González

Empezó a bostezar. No veía en la programación de la televisión nada que le atrajera y, tras despedirse de  Marisa  con un beso de “Buenas noches”, se dirigió al dormitorio de los niños. Los arropó con cariño y, dejando un beso en la frente de los pequeños, salió entornando la puerta y, con la mano en alto, hizo un gesto de despedida mirando a su mujer

–          ¡Que descanses!- dijo ella

–          No  tardes mucho, cariño- contestó él.

Se asomó a la ventana, antes de bajar la persiana. Al otro lado del cristal, divisó la fachada del ayuntamiento, en la que deslumbraba, con luz propia el reloj con aro de piedra  granítica que marcaba el paso del tiempo con golpes silenciosos de eternidad infinita. A la luz de una farola, se acurrucaban dos enamorados disfrutando de la noche.  Inconscientemente, su memoria retrocedió varios años atrás cuando, en la fachada posterior de  la iglesia de San Miguel Arcángel, declaró su amor a Marisa tras un breve encuentro iluminado por una luna  escurridiza  a través de las ramas de un  abeto  solitario. El silencio de aquel momento se deslizaba a lo largo de un pentagrama sonoro en el que las notas musicales de una balada de trompeta jugaban ensortijadas en los efluvios húmedos de un beso no robado.

Apagó la luz y, dispuesto a aprovechar el poco tiempo  de  sueño que tenía por delante, cerró los ojos.

Sabía que, cuando tenía que madrugar o le esperaba un viaje largo o, presumía complicado, no le resultaba fácil conciliar el sueño. Y aquella noche algo barruntaba por la estancia en penumbra que le obligaba a dar vueltas y más vueltas sobre si mismo, deteniendo sus ojos entreabiertos en el verde titilante de un reloj despertador, que no avanzaba tanto como él quisiera.

–          Buenos días a todos- dijo arrastrando las palabras.

–          ¡Chico… qué careto tienes, macho! ¿Qué te ha ocurrido?

–                      ¿Te has caído de la cama?- le espetó el vigilante- Tienes  ojeras de difunto,       amigo mío.

–          ¡ No, qué va! Me ha costado un poco dormirme. Pero estoy bien ¿Cómo va todo? ¿Alguna novedad?

–          Si. En principio ibas a salir con el 14, pero al final te han asignado el 26.

–          ¡Vaya!  Ya empezamos.- Exclamó en voz muy baja.

–          ¿Tomamos un café antes de irme?- preguntó, sin dirigirse a nadie en particular.

–          -¡Hace!- contestaron todos al unísono.

Salieron a la calle, desde la que se divisaba la Peña Albú cubierta de nieve. Los primeros rayos del sol desprendían iridiscencias que se deslizaban, en torrente, llenando de color las cuencas de los arroyos de la Mina y de la Renga.

El viaje tenía como objetivo recoger a un grupo de ancianos que finalizaban sus vacaciones en el alto de  San Isidro.

La previsión del tiempo era que luciría un sol primaveral y la temperatura iría subiendo a medida que avanzara la jornada. Tenía por delante 450 Km .de autovía para,  luego, conectar con una carretera comarcal que, tras otros 150 le llevaría al refugio en el que esperaba el grupo.

Se enfundó la chaqueta de su uniforme y, tras  maniobrar, marcha atrás, salió de la explanada de la  base, dejando a uno y otro lado las casas que, enmarcando la calzada, le  despedían con los rayos del sol lamiendo los cristales que llevaban a sus ojos los reflejos de la primera luz del día.

En la radio del bus, sonaban las melodías de Manuel Alejandro arropando la voz completa, llena, preñada de matices  que salía de la garganta del inconmensurable Raphael.

-Juraría que todas las ventanas estaban cerradas- musitó para su interior, observando que, a medida que aumentaba la velocidad, entraba, desde el exterior, una ventolera que agitaba las cortinas con fuerza.

Detuvo el autobús unos segundos y, acercándose a la parte de atrás, se aseguró de que las ventanas quedasen perfectamente cerradas. En ese momento, un olor especial, a algo que no pudo identificar, se expandió desde  el interior. No le dio demasiada importancia.

Superó los primeros cien kilómetros, hasta llegar  al peaje sorteando desvíos provisionales por obras,  chicanes  de generoso trazado y dos magníficas retenciones que, sin venir a cuento, le obligaron a frenar lenta y pausadamente, hasta detenerse durante unos segundos.

–          No tenemos prisa- Pensó. Y, fijando su mirada en el horizonte, viendo  desde lo alto de su asiento la cola de vehículos que tenía por delante,  se dispuso a escuchar la música que,  siempre  le acompañaba en sus desplazamientos cuando, como en aquella ocasión , viajaba en solitario.

El CD comenzó a emitir una melodía cadenciosa  con sonido armónico de voces e instrumentos musicales flotando en una sinfonía de  color sin pentagrama.

El autobús vacío vibraba con los graves y sonoros lamentos de los oboes, mientras que el sonido cristalino y limpio de la flauta travesera se enredaba  entre  los  pliegues de las cortinas, recogidos a ambos lados de las ventanas….” Digan lo que digan.¡ los demás!”

Una vez abonado el importe  en la cabina del peaje, se dispuso a  reiniciar la marcha en dirección norte. La música seguía acompañándole y sus ojos recorrieron, a través del espejo retrovisor, la amplia panorámica que le brindaba el autobús vacío. Todo estaba donde tenía que estar. Nada faltaba y nada sobraba. Los cuarenta asientos, perfectamente  alineados con sus reposabrazos regulables y sus reposacabezas, también perfectamente limpios y  esterilizados. Y… aquel olor seguía aumentando.

Volvió la vista al frente controlando desde la altura de su espléndida atalaya, a través de una gran ventana de cristal, cómo las líneas blancas de la calzada, se dejaban engullir por aquel motor rugiente que las transformaba en sonidos tubulares.

El gris del asfalto penetraba, allá a lo lejos, delante de él, en un paisaje cromático de verdes y ocres que le envolvían por doquier. Había repetido aquel viaje en tantas ocasiones y la carretera le resultaba tan familiar y conocida que, casi, casi… podía conducir con los ojos cerrados.

–          ¡No seas tan vanidoso!- Oyó  en la distancia.

Se sorprendió porque  aquella voz  no había surgido de su garganta e, inconscientemente, volvió a pasear la vista por el interior del autobús vacío,  a través del espejo retrovisor. Todo seguía como antes. Nada había cambiado. En el exterior, en cambio, sí se iban apreciando  variaciones. La luz del día  iba tornándose azulada, rojiza o adoptaba tonos verdosos, según circulase envuelto en la nada de la

llanura castellana o entre los taludes arcillosos,  esponjosos y tamizados de  pequeñas coníferas salpicadas de romeros apagados y matojos  de lavandas, ya espigadas y con la frente inclinada. Viéndolo, en la lejanía, el autobús surcaba el verde  mar  de plantaciones de  remolacha o los viñedos de cepas alineadas como jóvenes lozanas, preñadas de vino que fluye por el interior de los  verdes sarmientos.

Se concentró, de nuevo, en la carretera, intentando olvidar aquel raro aroma y se sorprendió a si mismo  haciendo los coros  a la música que sonaba por el altavoz, tarareando la melodía que inundaba el espacio vacío: “ Yo soy aquel… que cada noche te  persigue!”.No se cortó un ápice. Engoló la voz y entonó como si lo hubiera hecho  en otras muchas ocasiones. “…Ya estoy aquí, aquí, para quererte….” Incluso llegó a esforzarse tanto que las venas del cuello se le hincharon como si fueran a reventar.

 

–          ¡Bravo! ¡Bravo!- Se oyó. El sonido procedía de la parte trasera, vacía,  del autobús, acompañado de unos lentos, acompasados y parsimoniosos aplausos.

Esta vez, si. Había sido  muy nítido y muy claro. Alguien,  no sabía quién, si hombre o mujer, había coreado y aplaudido  desde atrás. Y aquel raro  olor seguía aumentando.

Frenó repentinamente y, echándose a un lado, aparcó a  la derecha de la calzada. Tan  precipitada fue la maniobra que, al adelantarle un camión frigorífico, le espetó un estruendoso bocinazo de LEYLAND americano. Ni lo oyó, ni se enteró. Por lo que no tuvo ni ocasión de disculparse, como hacía cada vez que la situación lo requería.

–          ¿Quién anda ahí?- Preguntó, tras soltarse el cinturón de seguridad y salir de su asiento.

Nadie le contestó. Un silencio  de desván antiguo, se extendió gateando por el techo del vehículo. Se mantuvo de pie unos segundos y, apoyando sus manos sobre los respaldos de los asientos vacíos, comenzó a caminar, por el pasillo, hacia la parte tra-sera, escudriñando minuciosamente cada una de las plazas vacías, sin  ocupantes. Sus ojos miraban, con atención, esperando que, de repente, apareciese algún gracioso que, suponía,  hubiera querido gastarle una broma. El raro olor había desaparecido.

–          ¿Quién anda por ahí? – volvió a preguntar.

Los latidos de su corazón se acompasaban con el ralentí del motor del bus, detenido. La vibración del suelo  se transmitía a través de  unas piernas temblorosas que soportaban, a duras penas, un cuerpo que ya empezaba a empaparse en sudor.  El sol lucía, engañoso, enmarcando de vaho los  gélidos cristales. Curiosamente, la ventana que  él mismo había cerrado, volvía a estar abierta, permitiendo que  el aire frío invadiese el interior. Siguió avanzando muy lentamente hasta que, allí, en el asiento 39, se encontró aquello. Dio un salto hacia atrás al tiempo que sus ojos parecían salírsele de las órbitas. Sus dedos se aferraron, con fuerza, clavándose en el tapizado del respaldo vacío. Su boca empezó a abrirse de una forma estúpida y grotesca, un tic nervioso se cebó en su párpado izquierdo y un erizamiento frío y repentino comenzó a invadir cada uno de los vellos de su organismo.

–          ¿Qui…qui…quién eres?- se atrevió a musitar, vacilando y balbuceando,  fuera de si, con una voz apenas perceptible.

–          ¡Tranquilo!  No pasa nada.- oyó sin mirar ni ver de dónde procedía- ¡Acércate!

No controló el tiempo que había transcurrido desde que oyera la invitación,  hasta que dio el  primer paso. Le pareció  larguísimo. Allí se encontraba, de pie, incrédulo ante lo que estaba viendo, una entidad desfigurada,  sin reflejos, sin expresión en  un  rostro boreal. Como si un resorte le  hubiera empujado hacia a tras, tuvo que aferrarse al respaldo de una de las butacas para no caer al suelo. Quedó inmóvil, como petrificado. No supo calcular el tiempo que se mantuvo sin mover un solo músculo. Lentamente, recuperó los dos o tres metros que había saltado hacia atrás y,  dejándose convencer  por la voz susurrante y sugestiva que salía de aquello, atrevió a preguntar:

–          ¿Quién eres ¿ ¿ Qué haces aquí?

–          Te acompaño. Simplemente, eso. Viajo contigo.

–          Pero…. ¿Cómo has subido? No recuerdo haberte recogido en sitio alguno.

–          No me has recogido. Yo ya estaba aquí.

–          Pero… ¿cómo es posible? ¿Quién eres?

–           Y… eso ¿qué importa? Estoy aquí, contigo.

–          ¡Venga! No fastidies. Es un mal sueño ¿Verdad?

–          No. No es un mal sueño. Es, simplemente, un momento especial.

–          ¿Qué es eso de un momento especial?

Se sintió mucho más tranquilo. Pudo recuperar el aliento. Su corazón  se estabilizó y se sorprendió a si mismo hablando pausadamente con aquello que tanto le había turbado.

-Hay momentos en la vida- le escuchó con atención- en que es necesario parar, hacer un alto en el camino, respirar hondo, contar hasta mil y… pensar.

–          ¿Por qué me dices todo esto?

–          Porque, a lo largo del tiempo, una vez que llegas a determinada altura, es bueno mirar hacia atrás y ver lo que queda bajo tus pies. Lo que puedes encontrarte es lo que, de una u otra forma, a modo de trampolín, te ha ayudado a impulsarte y llegar hasta donde has llegado y, bajo las  plantas de tus  pies, has podido dejar  ilusiones propias y ajenas, emociones  intensamente vividas, sentimientos  de decepción  por parte de otros y de otros dirigidos  hacia ti. También…

–          Pero ¡Coño!, – le interrumpió-.  Eso se hace cinco minutos antes de  palmar.

¿No crees? ¡Oye! ¿No serás tú la muerte, por casualidad?

–          No. ¡Tranquilo! Yo soy tu mismo. Y, en cuanto a lo de los cinco minutos, tienes

razón. Lo que ocurre que, llegado el momento, unos tienen tiempo y otros, no.

–          Eso quiere decir que yo no voy a morir.

–          ¡Claro que no! Todavía tienes muchos kilómetros por recorrer. Y, por eso, ha llegado el momento de  frenar, detenerte, pararte y… pensar. Es bueno recordar, recuperar la base de toda tu vida, tus andanzas en pantalón corto, tus pies descalzos brincando en los  pequeños charcos que dejaban las patas de las vacas en los caminos mojados, cuando regresabas del monte, durante los veranos. Aquellos  sonidos de una guitarra que nunca aprendiste a tocar. Aquellos escarceos amorosos que nunca pasaron de simples revolcones. Tus primeros estudios con suspensos en Junio y, con esfuerzo, recuperados en septiembre. Aquellos primeros enamoramientos con dos, tres o cinco maravillosas experiencias al mismo tiempo. Tus sufrimientos al sentirte expulsado de tu nube, pero siempre  arropado por el grupo de amigos y compañeros a los que siempre agradecerías y recordarías con cariño. Tus decepciones al sentirte náufrago en el mar de los sentimientos, cuando ves que  eres descartado en la terna de candidatos a vivir de sueños. Esa relación que se fragua con barro en la base, confiando en que el tiempo venidero te  va a otorgar el privilegio de recuperar y sanear los jirones que dejaron tu alma tocada. Esa familia que has orquestado con tanto amor y que, a medida que el tiempo  pasa, ves cómo se desgrana, se desencaja y se desestructura, esforzándote en mantener intactos los principios básicos de honestidad y rectitud moral. Esos sueños de ideologías revolucionarias marchitas en el alero de  los tejados  caídos y destartalados de una juventud sanamente vivida. Todo eso, amigo mío, va formando los cimientos de una existencia que deberá vivirse, siempre, de acuerdo con tus principios. Una existencia que deberás vivirla disfrutando del sol, de la lluvia, del calor de los demás, del sonido del viento ensortijado  en las aspas gigantescas de los blancos molinos, del trino de los pájaros, de la sonrisa de los abuelos dejados a su suerte o del llanto de un niño… el llanto de un niño… el llanto de un niño

_ ¡Coño, Marisa, que me he dormido! ¡Voy a llegar tarde! ¿Qué le pasa al niño?¿Por qué llora?

 

Anuncios

Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Las indiscutibles ventajas de un sueño soñado a tiempo…un llamado a hacer un alto en el camino.
    Suerte y saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s