Hacia Algodoal. Autor: Silvana Schirripa

Cuando llegué al puerto de Manaos no tenía demasiada información.  Sólo sabía que podía embarcarme para llegar a Belem navegando por el Amazonas.  Saqué un boleto y busqué el barco, en un puerto bullicioso con personas y mercaderías moviéndose en todas las direcciones, con  un olor penetrante, mezcla  de basura  descomponiéndose al calor, agua de río y combustible usado.  Entre todos los muelles flotantes y barcos coloridos encontré el mío: Hirlanda,  era blanco, con dos pisos cercados por barandas de color turquesa, rodeado con gomas de autos que parecían armarle un collar y la bandera brasilera lista para flamear durante la travesía.  Al llegar al final de la precaria rampa hecha con una madera, entregué mi billete.  Debió notarse en mi cara que no era una turista informada, porque me preguntaron si tenía mi red.  Por supuesto que no la tenía y tampoco tenía dónde comprar.  Tuve la fortuna de que me propusieran dos soluciones: usar el camarote que me sugería el capitán, un joven de piel dorada con mirada y sonrisa desbordante de picardía, o una red de nylon que me prestarían.  El camarote era la única opción primera clase del barco, y sólo tenía tres, que ya estaban ocupados.  El capitán me ofrecía amablemente compartir el suyo.   Elegir la segunda opción me hizo ganadora del titulo “garota que gosta de hamaca”  que el capitán se ocupó de repetirme cada vez que   nos cruzábamos en algún estrecho pasillo.    La opción segunda clase me pareció además de popular, la mas adecuada.   También me dio la excusa para recorrer la bodega abarrotada de bultos indescifrables y apenas iluminada por la luz que se colaba por unas  claraboyas.   Unas jaulas con gallinas custodiaban la puerta de la cocina.  Allí  un hombre  que yo calculaba de unos cincuenta años, con el torso apenas cubierto por un delantal que le colgaba del cuello, me entregó con sonrisa cómplice un enredo de sogas de  nylon celestes que se transformarían en  mi cama colgante.

Cuando llegó el momento de colgar mi hamaca ya quedaban pocos ganchos disponibles.  Elegí uno que estaba al lado del único pasajero que tenía pinta de ser tan turista como yo.  Era rubio y llevaba el pelo atado en una cola,  estaba sentado en su  hamaca muy abstraído en la lectura, supe después que era una guía  Trotamundos.   El había llegado al Amazonas hacía un mes,  con el objetivo de fotografiar cuanta embarcación e instalación flotante encontrara para una empresa de astilleros holandesa.  Se llamaba Claude, era belga y nos fuimos entendiendo en un mix de idiomas: español, portugués y francés.

El barco zarpó y con la primer comida supe que lo mejor es embarcar temprano para colgar la hamaca en los lugares dónde no llega la mesa, porque ahí, donde yo estaba, cada día, religiosamente, sacudían mi hamaca para que me levantara a las 6 de la mañana a las 12 y a las 7 de la tarde.   Era el momento en que un repliegue de hamacas multicolores dejaba lugar a la mesa y los bancos que colgaban del techo.   El menú era de lo más simple y popular.  Para el desayuno: pan con manteca y café con leche.   La comida era siempre carne o pollo guisado, arroz y feijon.   Pero lo mejor llegaba después de la cena: largas noches de dominó en la terraza  jugado como partidas de póker: concentrados, silenciosos hasta que un grito o golpe de ficha contra la mesa marcaba el final de una partida.  El cuadro se completaba con cachaza, camarón seco, música alegre y a buen volumen, con un cielo negrísimo repleto de millones de estrellas y una brisa suave provocada por el movimiento del barco.

Fuera del Hirlanda el paisaje era constante: árboles frondosos que llegaban hasta la orilla barrosa, agua marrón que corría incansablemente, pequeñas chozas que brotaban de la selva con una antena parabólica o alguna cruz.

A veces la naturaleza nos sorprendía. Una tarde fue con la aparición de unos delfines de río, un poco menos lindos que los del mar pero llenos de historias.   Al grito del primer avistador le siguió el revuelo de curiosos, entre los que me encontraba.  Entre todos los brazos extendidos logre verlos, primero un poco lejos, un rato mas tarde, por suerte, los habíamos alcanzado.  Cuando el barco volvió a alejarse y muchos habían abandonado la baranda de observación, aparecieron las historias y leyendas sobre ellos.   Empezó un joven  con aspecto de estudiante  contando el hábito romántico del macho que carga en su pico  troncos o piedras para ofrecerlas a la hembra cortejada.  Le siguió un señor de piel morena y curtida, con ojos verdes que se agrandaron para contar que eso también lo hacían con las mujeres,  porque muchas veces se convierten en hombres, salen del río para conquistarlas y luego de hacer el amor con ellas, vuelven al agua.

Otra tarde, ya entrando en la noche, una tormenta cambió la rutina.  Se había instalado en la costa derecha,  por suerte era el lado donde tenía mi hamaca.  Fue el único momento en que la temperatura bajó unos grados a causa del viento y tornó útil mi camperita de jean. Habían bajado las lonas del lado izquierdo y todos los pasajeros tenían la vista orientada hacia el norte.  El juego de luces era hipnótico: relámpagos ágiles bailando en la oscuridad,  rayos que caían sobre la selva e iluminaban la silueta de los árboles,  destellos azules, violáceos escapando de entre las nubes.  Y todos nosotros, silenciosos asistentes del espectáculo, que duró hasta avanzada la medianoche sin abandonar el horizonte.

El barco se detenía cada día en pequeños puertos con muelles de madera desvencijados.   Al acercarnos a cada uno de ellos brotaban de la selva montones de canoas, la mayoría de ellos con niños que piden a gritos que les den algo.  Desde el barco, los pasajeros un poco menos pobres que ellos comenzaban a arrojar cosas.   Eran los paisajes más tristes del viaje.

 

Después de cuatro días llegamos a destino.  Una mañana comenzamos a ver a lo lejos la silueta de Belem.   A medida que el Hirlanda se acercaba, los edificios iban tomando su verdadera dimensión.

Es una sensación extraña la de arribar a un puerto: la alegría de llegar a destino,  una rara angustia al regresar a tierra firme, como si no supieras cómo vivir en ella y la tristeza al despedirse de los compañeros de viaje:  Joao, un padre de familia gordito  y  halagador que se estaba mudando hacia Fortaleza, él se ocupó de instruirme en el domino y pelarme los camarones secos durante la partida;  la señora rubia que ocupaba uno de los camarotes, ella había visitado Buenos Aires y le gustaba hablar conmigo para recordar su viaje y los chinchulines que había comido;  la vieja mestiza que desde su hamaca observaba con curiosidad todos mis movimientos.

Con mi vecino de hamaca nos habíamos hecho inseparables. Siguiendo los datos de su guía de viaje  nos instalamos en un pequeño hotel de la ciudad donde pasaríamos unos días antes de partir hacia Algodoal.

Belem es una ciudad grande, con un puerto importante, un mercado histórico y pintoresco, parques y enamorados.  Nunca había visto en otro lugar tanta gente besándose: en parques, colectivos, mercados, veredas, en todas partes había enamorados.

Pasamos allí dos días, visitando el parque zoobotánico, el Forte do Castelo, construido por los portugueses para proteger al Amazonas de las incursiones de sus rivales europeos y el Mercado do Ver o Peso.

El mercado está en el área de Cidade Velha, es el sector antiguo, construido en la época colonial al amparo del fuerte.  Las estructuras del mercado fueron traídas desde Inglaterra y hoy se encuentra rodeadas de centenares de barracas repletas de frutas, verduras, pescado, artesanías, ropas, hierbas medicinales y quién sabe cuántas cosas más.  El recorrido es intenso en olores y colores e interminable en descubrimientos.  Los camarones secos que yo había conocido en el Hirlanda, se lo encontraba de a millones y en los tamaños que se te ocurriera, también había pescados y carne seca. La variedad de fruta era inagotable: graviola, jambo, carambolas, cupuaçu, acerolas, bacupi eran algunas de las más exóticas y de las que pude retener el nombre. Desde ya que no faltaba el coco, el cacao, los ananás y las bananas.  Antes de terminar la visita pasamos por el sector de comidas: ahí los olores se intensificaban y mezclaban entre las ollas humeantes.  No podíamos abandonar Belem sin tomar “tacacá” una sopa típica que mezcla  tucupí, un caldo de mandioca con caldo y hojas de jambú, una planta de la zona,  camarones secos y caldo de pimienta de cheiro.   Difícil de entender un “tacacá” y sin duda hay que acostumbrar al paladar, aunque no tengo dudas de que lo volvería a probar.

Para ir hasta Algodoal, tomamos un micro en la Rodoviaria de Belem que nos dejaría en el puerto Marudá.  Un camino escoltado por una  hermosa secuencia de gente asomada a la ventana: primero fue un hombre de unos setenta años en una  ventana naranja.  Después una señora de edad imprecisa, apoyaba sus brazos en una ventana verde de una casa amarilla.  Después otra mujer con mas años, y un niño a su lado; otro hombre mas joven en la ventana de un almacén rojo, una mulata con el cabello suelto, dos niñas, una abuela muy viejita, de piel negra y cabello blanco, y así durante tres horas de rutas,  de casas y ventanas de colores, de pequeños pueblos que nos miraban pasar.

Para cuando llegamos a Marudá ya era de noche y el negro del cielo amazónico se había cubierto nuevamente de estrellas.   Un muchacho gentil con los dientes blancos resplandecientes en su sonrisa de tez oscura,  con los músculos tallados por el trabajo, cargó rápidamente nuestras mochilas en su carretilla para llevarlos hasta un puerto que parecía improvisado.   Las dejó sobre el bote que nos cruzaría hasta la isla.  Quizás hayan sido cuarenta minutos de navegación ruidosa y casi a ciegas.  Apenas podía ver un bosquejo del rostro de Claude y del señor de la lancha.   Después apagó el motor,  en medio de una gran nada oscura, sacó el remo, lo podía clavar en la arena.  Habíamos llegado.  Tiró nuestros bultos en la playa, nos saludó con la mano, dio vuela su bote y se llevó la única luz que nos iluminaba.  Quedamos como náufragos en una playa desconocida, rodeados por la noche y el suave sonido de las olas escurriéndose por la arena.  Una mínima luz a lo lejos nos sirvió de guía para encontrar una posada.

La mañana nos permitió un nuevo descubrimiento: estábamos en un pequeño poblado con calles de arena, cruzadas por perros, cabras y niños.  La playa era blanca, interminable y los bueyes mojaban sus patas en la orilla.  El mar inmensamente verde y tranquilo sostenía rústicos barcos de pesca.  El cielo estaba limpio, el sol calentaba todo lo que veía y a nosotros nos quedaba toda una isla por recorrer.

 

Anuncios

Un Comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s