Memoria de la jungla, la jungla de la memoria. Autor: Ko Pao

Ordenar mis recuerdos del viaje por el Sureste asiático es cometer una traición. Mis recuerdos de ese viaje son como una jungla, las imágenes se entremezclan, se superponen y giran en alegre confusión.

Cuando uno anda por la jungla va envuelto en una especie de penumbra, aunque allá afuera sepamos que es mediodía y luzca el sol. Los pies pisan una alfombra de hojas húmedas y resbaladizas que restan peso y estabilidad al cuerpo. Avanzamos entre humedades y penumbras. Y olores. Todo huele intensamente. Cada cosa tiene su perfume, pero el calor las funde en un mismo empaste fermentado. De vez en cuando se cuela un rayo de luz que concentra la atención bajo su foco: la corteza de un árbol, un escarabajo multicolor, una mariposa gigante. Una gota de sudor recorre nuestro cuello y un insecto recorre nuestra espalda. ¿Cuál es el insecto y cual la gota? Nos damos un manotazo en el cuello. Error, era una gotita de agua. ¡Maldición! ¿entonces qué es eso que recorre mi espalda por el interior de la camisa? Avanzamos apartando la maleza y resignándonos a que se cierre otra vez. A un ritmo regular, monótono, acompasado con los sonidos de las chicharras y los pájaros. En cuanto lo modificamos para ir más rápido nos agotamos y tenemos que pararnos doblados y jadeantes. Todo propósito es inútil. Todo cambio de ritmo o de orden, estéril. La selva es así y nosotros estamos en ella.

Ordenar es traicionar. Poner los recuerdos en fila uno detrás de otro se me antoja una gran impostura. El orden espacial y cronológico, tan importantes durante la preparación y el desarrollo del viaje (Sevilla-Madrid-Dubai-Bangkok-Phom Penh-Manila-Hong Kong-Bangkok-Dubai-Madrid-Sevilla) ahora carece de sentido. Mi memoria, siempre tan creativa, establece conexiones entre Bangkog y Marruecos -no solo el Mediterráneo, ríe, come y bebe en la calle- o entre Hong Kong y New York en su deseo de conquistar el cielo cuando han perdido la tierra. Mis recuerdos de este viaje son como los templos de Angkor: mágicos, recónditos, inesperados, sorprendentes. Aparecen de pronto entre la espesura de la selva camboyana. Esos templos de piedra fueron construidos por el imperio Jemer, un imperio tan legendario y remoto como un sueño del que descienden los actuales camboyanos. Los jemeres gobernaron entre los siglos IX y XIV un poderoso reino cuyo territorio corresponde con lo que hoy día es el Reino de Camboya, pero también algunos territorios de Tailandia, LaosVietnam y parte de Birmania y Malasia. Transcurrido el periodo de esplendor, el imperio declinó acosado por sus bárbaros particulares: la tribu china de los siameses. La selva se tragó los templos y fueron olvidados. Sólo unos cuantos monjes budistas permanecieron junto a los templos sagrados, pero según parece ellos no cuentan, porque la historia oficial dice que los templos no reaparecieron hasta que un francés los descubrió en el siglo XIX, según parece, mientras perseguía una mariposa. Sólo unos pocos monjes permanecieron de guardia, pero la Camboya que yo he conocido es profundamente budista. En cambio los relatos sobre Pol Pot, los jemeres rojos, Angkar Lue “el país de los muertos”, las invasiones y la violencia me recuerdan a las luchas de las divinidades hinduistas con sus múltiples brazos y sus ejércitos de tigres y monos.

Recuerdos como templos de piedra que emergen de la selva; imágenes o fragmentos de imágenes y de pensamientos brevemente iluminados por un rayo que se cuela en la verde espesura, y sobre todo esa espesura. También el cansancio, el sudor, la falta de aire, la belleza. Aunque en esos momentos la belleza parece importar poco, porque lo que queremos es respirar. “Ya habrá tiempo para la belleza cuando vea las fotografías”, nos decimos. Pero nos equivocamos. La belleza lo impregna todo como los chaparrones del atardecer en el trópico.

La ingrávida resignación del pez globo

La falta de oxígeno o el temor de que falte me llevan a otro escenario del viaje: El buceo. Pero el buceo no es un escenario. No, no lo es, pero si una experiencia que une espacios e imágenes. Una experiencia particularmente intensa si es la primera vez que lo practicas. Mi hija y yo nos sacamos el PADI de buceo durante nuestro viaje en la zona de Palawan, Filipinas.

De pronto todo deja de pesar: el traje de neopreno, el cinturón con los plomos, las botellas –no las bombonas, las botellas-, las aletas y el maldito idioma. Nos dejamos caer de espaldas desde la barca y todo queda en suspensión. El peso no existe y la responsabilidad tampoco. Ya no tengo que traducir lo que dice el monitor en un inglés entrecortado y silabeante con mi precario conocimiento del idioma, porque debajo del agua no se habla. Aquí tenemos que entendernos por señas. ¡Qué alivio! “OK” es OK, “mírame” es igual que en el idioma de los raperos, “estoy en reserva” es el signo con el que los entrenadores piden tiempo en baloncesto y “me he quedado sin aire” es el gesto de pasarse el índice por el cuello como si lo rebanáramos con un cuchillo, todo así de sencillo. Practicamos con las manos, también con los ojos y la boca, porque aunque no jueguen ningún papel en la mímica del buceador no podemos dejar de utilizarlas, al menos yo no puedo, componiendo expresiones que recrean las emociones con las que realizaríamos esos gestos. Es el principio del teatro y de la fe. Como afirma Frank Galvin, interpretado por Paul Newman, en “Veredicto final”: <<actúa como si tuvieras fe y la fe te será dada>>. Si realizas los gestos que acompañan una emoción, la emoción aparecerá (y la imagen de la situación que la provoca también) siguiendo un recorrido inverso. Me siento a gusto gesticulando en el fondo del mar.

Luego vienen los simulacros de emergencias que debemos practicar y eso me hace luchar con el agua como con la jungla. Con gestos bruscos intento quitarme el chaleco y volver a colocármelo o prescindir de las gafas para después recuperarlas. Inútil, es del todo inútil esa pelea. Hay que moverse lentamente, dejarse llevar, aprovechar cada movimiento… dejarse mecer por el agua ¿Por qué tanta prisa? Los movimientos bruscos y rápidos son más torpes y sólo consiguen agotarnos tontamente. La respiración se hace más agitada, parece que nos falta aire, llenamos los pulmones y nuestro cuerpo comienza a elevarse como un globo. Ahora a la falta de coordinación y de armonía viene a sumarse el sentimiento de ridículo, me elevo sin poder evitarlo como si me hubieran pescado con un anzuelo por las posaderas. Para, hombre, respira lentamente, suelta el aire, me dice con gestos mi monitor mirándome a los ojos. Mira, haz como yo. Y se desplaza suave y limpiamente a través de las templadas aguas tropicales. Lentitud y precisión. Se mueve como los peces, bueno, como algunos, porque hay peces que son más nerviosos que O.J. Quintana, mi tranquilo maestro de submarinismo.

Por fin terminan los ejercicios y podemos dar un paseo acuático. Siguiendo instrucciones, mi hija Cristina y yo permanecemos juntos y nos buscamos constantemente con la mirada, algo que de todas formas hacemos fuera del agua. Miramos a izquierda y derecha maravillándonos del espectáculo. Peces de todos los colores y formas se complacen en ser contemplados. Nunca había pensado en ellos como seres presumidos, pero todos lo son, empezando por el pez payaso que no para de jugar con las anémonas, siguiendo por el esquinado mero que siempre mira de perfil, hasta la raya que levanta un poco de polvo del fondo marino para no pasar desapercibida ante nuestros ojos inexpertos. Ellos se complacen en ser admirados y nosotros nos deleitamos en la contemplación. Ese es el ritmo, muchacho, sigue así.

O.J. pasa muy suavemente su mano por debajo de un pez sin llegar a tocarlo pero haciéndolo subir por presión. Es un pez un poco raro porque tiene un rostro, no el perfil plano y simétrico de los peces. Tiene los ojos saltones montados encima de un morro sobresaliente que recuerda más al cerdo que al caballo. Entonces ocurre algo sorprendente. El pez con cara comienza a inflarse y a ascender como un globo. Mientras lo hace gira un poco sobre su eje a izquierda y derecha. No controla bien la dirección ni la flotabilidad. Jugamos con él como si de una pelota o una pluma se tratase. Al principio nos mira preocupado con sus ojos de dibujo animado, pero en seguida de resigna y se relaja. En cuanto puede se desinfla y se escabulle detrás de una roca. Aunque podría desaparecer completamente no lo hace, permanece semioculto pero visible. No es presumido como los otros, más bien tímido. Un pez globo tímido y curioso.

Islas filipinas: La pereza, la languidez, la piel; un sentido diferente del pudor.

Sacamos la cabeza fuera del agua y el paisaje que nos circunda es casi más impresionante que el del fondo. Estamos rodeados por un conjunto de islas altas y verdes. Algunas terminan en pequeños acantilados y otras formando pequeñas playas de arena blanca. Hay palmeras adornando la orilla como en las postales, pero la vegetación del centro montañoso es mucho más agreste e intrincada. De las zonas más altas parece que pudiera salir King Kong. Creo haber leído que este archipiélago fue escenario de Apocalipsis Now.

Mi amigo Juan Carlos y yo tratamos de escalar una de esas colinas, sin equipo y sin guía. Nada mas cruzar el umbral de la selva, que coincide con el final de la playa y el comienzo de la ascensión, una nube de mosquitos se instaló sobre cada uno de nosotros junto a un bochorno húmedo y cálido. Tenía que secarme las gotas de agua de las pestañas para poder ver. La selva se abría engañosamente acogedora, porque cuando volvías la vista ya no estabas seguro del camino que habías tomado. Los monos se reían de nosotros y las arañas a las que rasgábamos sus telas en nuestro torpe ascenso nos observaban desconfiadas. En la selva como en el fondo submarino, lo mejor es moverse a cámara lenta adaptándose al entorno. Así se mueven los habitantes de estas islas; lánguidamente. Y si les sorprende la hora de la siesta trabajando apoyan la cabeza en un brazo y este en la mesa o el mostrador. Si los despertamos, se toman su tiempo para incorporarse y sonreír. Cuando comprendimos que era muy fácil perderse y que quedaba poco tiempo de luz emprendimos la vuelta. Tras varios tanteos dimos con el camino u otro parecido que nos condujo a la playa sudorosos y jadeantes.

Hay muchos tesoros escondidos en las islas de este inmenso archipiélago. Las guías y los planos pueden ayudar. A nosotros nos gustaron Sangat en Coron y el Nido en Palawan, pero existen muchos más. El que esconde Manila no supimos encontrarlo. Quizá nos faltó la fe del pirata, seguro de que el suyo es el auténtico mapa del tesoro, pero más bien parecía que a todos los piratas del mundo les hubieran vendido el mismo plano falso llenando la capital de bucaneros ansiosos de un tesoro que no acababa de aparecer. En las ciudades que surgen en torno a los buscadores de oro, los primeros establecimientos que aparecen son la cantina, el casino y el burdel.

Sólo algunos detalles. La antigua ciudad colonial española amurallada está rodeada por lo que debió ser el foso, hoy ocupado por un campo de golf privado en pleno centro de la ciudad. Bordeando el perímetro de dicho campo se encuentra la miseria más lastimosa de la zona. No pobreza, miseria, enfermedad y malnutrición. La contaminación es tan espesa que mancha la ropa cuando llueve. La embajada americana parecía estar en guerra por la cantidad de policías en su verja interior y de militares en tanquetas con ametralladoras en su exterior. Las mujeres son muy guapas. Las niñas que se prostituyen en la calle también. Pienso en la oscura raíz de la belleza de esta ciudad. Cuando llegamos a Manila, un autobús nos trasladó desde el aeropuerto hasta una estación nocturna que tuvo que abrir unas cancelas de hierro para dejarnos pasar, cerrándose inmediatamente detrás de nosotros. Las personas que esperaban un autobús dentro de la estación estaban enjauladas por su seguridad, recordé algo parecido en una ciudad de Brasil. Unos empleados de la estación nos dijeron que no nos moviésemos de allí hasta que ellos fueran a buscar los taxis. Cuando volvieron, repitieron la operación de las puertas. Una vez dentro de los vehículos nos indicaron con gestos que cerráramos pestillos y ventanillas. Todo aquello se me antojaba un poco teatral: el negocio del miedo de los turistas, pero no dejaba de ser inquietante.

Hong Kong: La madre de todos los bazares

 

Hay otra jungla de la que tengo que hablar. Ésta completamente urbana. Se trata de un edificio que simboliza el espíritu de la ciudad de Hong Kong, el bazar de todos los bazares.

El edificio donde nos albergamos se encontraba en el centro. Era un rascacielos de los años setenta, no demasiado bien conservado y aunque tenía varias entradas a diferentes calles carecía de portal propiamente dicho. Toda la parte baja estaba literalmente ocupada por pequeños establecimientos comerciales. Un bazar de tiendas chinas muy iluminadas, con el género desbordando la puerta y ocupando parte del pasillo con maletas, sombreros, trajes occidentales y chinos, bisutería, etc. Había relojes en los escaparates, pero sobre todo en las bocas de los hindúes que nos perseguían infatigablemente diciendo a nuestros oídos: ¿Watches, watches, watches? Cuatro ascensores distribuían el ascenso y el descenso de masas de gentes a grupos de plantas diferentes. Las tiendas con  el aire acondicionado a tope, contrastaban con el un calor asfixiante de los pasillos. En el interior del edificio, las plantas se distribuían en torno a un gran patio central, era como un inmenso corral de vecinos vertical, multiplicado por cien o por mil. En realidad era un pequeño barrio. Dentro había pensiones de todos los tipos (aunque las llamasen guest house), con su recepción en una planta y las habitaciones repartidas caprichosamente por otras; lavanderías y sastrerías detrás de puertas sin placa, pequeños talleres clandestinos, viviendas, oficinas, mucha ropa tendida, mucho ir y venir de viajeros con maletas, personas de todas las razas y colores, mucho calor. En determinados tramos de los corredores aparecían puertas de hierro, rejas, que podrían clausurar una parte del pasillo. Los cables de la luz viajan por fuera de la pared, como es costumbre en muchos países del sureste asiático. Todas las plantas se parecían y era fácil perderse. Yo me perdí entre las plantas 10 y 13. Había tomado mal la dirección y costaba distinguir una puerta de otra. Al cabo de un rato empecé a llamar a voces a mis amigos cuando creía estar frente a la puerta que daba acceso a sus habitaciones. Dejé de hacerlo cuando algunos de los vecinos comenzaron a imitarme con sorna. Después de andar perdido más tiempo del que me hubiera gustado, lo que hasta ese momento me había parecido “color local” comenzó a volverse amenazador. Una vez que llegué a mi destino todo volvió a la normalidad. Nunca sabré si había verdadero motivo de preocupación.

Nuestra habitación era muy pequeña, sólo podíamos estar acostados o de pie en el WC, pero era la más “clean” de todo el edificio, como no se cansaba de repetir su propietaria. Además tenía wi-fi, el modem casero se veía perfectamente en el pasillo cogido con cinta aislante. Doña Paquita o Antoñita, que podría ser la traducción del nombre de nuestra casera china, era muy amable. Cuando nos marchamos se empeñó en acompañarnos personalmente a la parada de un autobús que nos ahorraría los taxis al aeropuerto

Mol Pao un hombre que salió de la selva

Pao es un hombre que viene del campo lo que en Camboya quiere decir de la selva. De una de esas casas como palafitos hechos con troncos, ramas y hojas de palma. De un lugar donde la comida hay que conseguirla día a día. Pao es un hombre humilde que siempre mira de frente, que inclina su cabeza juntando las manos para dar las gracias. Pao es un jemer. El orgullo de la estirpe que construyó los templos habita en el fondo de sus ojos y en su espalda recta. Pao ahora muestra los templos a los turistas porque ha sido capaz de sacar su título oficial de guía. Habla inglés y está aprendiendo castellano. Con nosotros se comunica siempre en nuestra lengua y apunta en su libretita las expresiones que le parecen más curiosas. Nunca se enfada, llegado al punto peligroso de ebullición, Pao, como la mayoría de los camboyanos, se ríe. Pao tuvo que vivir un año en el régimen de semiesclavitud que implica trabajar en un taller de confección clandestino en Tailandia.

<<No podíamos salir a la calle. Con el pretexto de que éramos ilegales el dueño nos retuvo en el sótano durante un año. Casi me vuelvo blanco –y loco- como ustedes. Un día me la jugué.  Tomé un taxi y me dirigí a la frontera de Tailandia con Camboya. Afortunadamente pude pasar. Ahora vivimos en la ciudad en una habitación pequeña, pero mis hijos van a la escuela, aprenden inglés y yo no tengo que hacer trayectos tan largos desde el campo. ¿Religión? En Camboya hay hinduismo, que tiene muchas reglas y preceptos. Hay budismo que significa que si tú haces el bien recibirás bien y si haces el mal recibirás mal. Y también animismo, remedios tradicionales y magia, sobre todo en la selva>> ¿También magia negra?, pregunto. <<Sí, sí, pero de eso mejor no hablar>> Según parece la magia negra y el mal de ojo ligada a las querellas territoriales por las lindes en el campo es un elemento universal de nuestra civilización.

Con Mol Pao visitamos varios días los templos, comimos semillas de loto y dimos de comer a los monos, pero reservó uno para enseñarnos la ciudad fluvial del río Tonle Sap. Aunque había muchos camboyanos también había muchos vietnamitas. Allí fue donde vimos al niño de la palangana. A nuestro paso por el río íbamos dejando a izquierda y derecha casas, colegios, centros culturales, mercados y comisaría de policía flotantes. Hacia el final de nuestro trayecto el río se ensanchaba en un lago. Allí, a lo lejos, distinguimos una figurilla flotando en una especie de embarcación diminuta. Se trataba de un chiquillo navegando en una palangana, una palangana de un diámetro escasamente superior al espacio que ocupaba su cuerpo, y remando con un palo. A cada palada la embarcación se giraba a izquierda o derecha. Era como un náufrago en la distancia. De cerca las cosas cambiaban porque el chaval tenía perfectamente planeado su numerito. Se acercaba remando con su palo al barco de los turistas, les enseñaba una serpiente medio muerta y tendía un vaso de plástico solicitando “one dolar”.

Un viaje iniciático

El Viaje al sureste asiático ha sido un viaje de iniciación. Durante el mes transcurrido sólo he podido asomarme a algunas ventanas desde las que atisbar un mundo diferente. Desde la ventana de un tuc tuc cerrado con capota por la lluvia, desde la ventana borrosa de un autobús traqueteante atiborrado de personas y bultos en el que los pasajeros comían cartuchitos de insectos fritos, desde la ventana de una cabaña en una selva con elefantes, desde el ventanuco de una pensión en un rascacielos de Hong Kong o el hotel casino de Manila. Viaje también iniciático, porque los misterios de esta cultura cálida, húmeda y vegetal no se revelan al viajero occidental más que cuando está dispuesto a sumergirse incondicionalmente en ella. Dejarse llevar. Algo tan sencillo y tan difícil. Dejarse llevar por la marea humana que puebla las calles, dejarse mecer por las ráfagas de viento cálido cargado de lluvia, dejarse sumergir en sus aguas transparentes o enlodadas, dejarse envolver por los olores de las comidas, inundar el paladar con sus sabores suaves, perfumados o picantes. No enfadarse jamás, contagiarse con la risa de los niños y de los adultos que ríen como niños.

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