Sería el viento, tal vez. Autor: Pernando Gaztelu

Ray y sus amigos jugaban al futbol. Como siempre, en manga corta. El viento helado y fuerte de la estepa hacía de esta gran planicie cualquier cosa menos un campo de fútbol. Pero no tenían otro y al ser una isla, el conquistar nuevos horizontes era más complicado de lo que se podían plantear.

Hoy le tocaba viento ganador a su equipo, y es que dependiendo de cómo soplara y en que campo estuviera, el viento era el jugador decisivo. Ganar con viento en contra era posible, pero seguramente más complicado conforme todos se acostumbraban a jugar con él como compañero. Y este era el caso, ya eran especialistas. A sus quince años los muchachos del “pueblo” se sabían todas las tretas para empujar el balón o simplemente dejar que el jugador invisible lo hiciera.

Estos expertos estaban a punto de entrar en la secuencia de no retorno de las islas. A la edad de quince años ya eres mayor de edad allí. La educación primaria y secundaria obligatorias acaban entonces, si quieres seguir educación a distancia, tienes que hacer esos complicados cursos de nivelación. La opción más común para los casi tres mil habitantes ha sido siempre la misma, tareas rurales. Boyero, peón de patio, tractorista, esquilador, domador, mayordomo, etcétera. Cuatro o cinco generaciones ya. Siempre el mismo camino. Pocos son los que vienen de fuera, administran alguna finca y vuelven a irse, a modo de aprendizaje. Para tener esa suerte hay que ser un rico de Londres, un militar, o incluso ser de sangre azul.

El resto, todos los familiares y amigos de Ray, son simplemente trabajadores rurales. Viven una vida aislada, sencilla y cómoda. Con pocas complicaciones y con pocos objetivos. Los límites están claros, los define el océano atlántico, o como a los mayores les gusta decir, el atlántico sur.

Y no son sólo límites físicos. La mente no suele ir más allá de los muros de agua salada. Porque no hay continente cercano, o al menos no hay ninguno que sea interesante para la mayoría. Las islas son su refugio, su vida y su responsabilidad. Es lo que siempre le han dicho sus padres, sus vecinos y los militares que los visitan cada año. La corona los quiere allí, y allí están por la corona. God save the queen! Cerca de tres mil almas unidas en un sentimiento, en una tierra y en labores comunes, tres mil vidas, una sola familia austral.

Tal vez fuera la época del año, esa primavera tímida, tal vez fuera la edad – ¿porqué la llamarían así a la adolescencia? – tal vez, tal vez. Ray estaba más confuso que nunca. No estaban lejos de Londres, estaban cerca del continente. Pero no le interesaba a nadie. ¿Qué tendrán esas tierras? Nunca había sabido de ellas hasta hacía unos días y ya no podía parar de pensar en la Patagonia, en el continente, en sus ovejas, en su estepa, en su cordillera, en sus glaciares, en sus ballenas, en sus pingüinos.

Quitando la cordillera y los glaciares, del resto de las cosas las tenían también en las islas, pero ¿serían iguales? ¿Cómo sería viajar más de tres cientos kilómetros sin encontrarse el mar? Tenía que ser extraño. Al final de cuentas, para quien ha nacido en una isla como él, el mar es un refugio. Ray disfrutaba con sus atardeceres, con sus amaneceres, con poder ver prácticamente de costa a costa con sólo subirse al monte más alto de la isla en la que estuviera. El archipiélago tenía esa ventaja. Todo está al alcance del ojo humano, de la mano, de su familia. Todo es de ellos.

Por otro lado, en el continente debía haber mucha más gente, no se conocerían entre ellos como en la isla y seguramente no serían tan compañeros como en el “pueblo”. Donde como todos te conocen nunca te dejan tirado.

“A quien intentas engañar Ray” se oyó a si mismo. Si te equivocas te dejan tirado igual. Aquí nadie te regala nada y si tu granja va mal, se la quedará otra familia. O produces o trabajas para el que produce, no mueres de hambre, pero si te dejan de lado si no eres bueno. La isla es una cárcel, la isla es donde todos se conocen tanto que se dan asco, porque además, conocen al abuelo y bisabuelo tuyo y saben que muy probablemente si no has sido como él, algún día lo serás y te estarán esperando. Tú sabes como han sido los padres de los demás y esas historias infectan el día a día.

Esa noche Ray no durmió bien. Al día siguiente en cambio, el improvisado y viejo campo de fútbol fue su terreno de batalla. Luchó contra John por el balón en medio campo, luego contra James llegando al área y finalmente contra Harry en la portería. Ganó Harry en ese momento, pero luego también le vencieron James y John. El partido acabó en discusión por el supuesto penalti, y esta degeneró en discusión sobre la relación con el continente. Ray había caído dos veces, una en el campo de fútbol y la segunda en el campo social. No podía ser que sus amigos creyeran que los vecinos continentales fueran el origen de todos sus males, que fueran sólo unos malvados invasores y que a nadie le interesara, aunque fueran así de malos, conocer esas tierras.

No era cuestión de una discusión estúpida, Ray estaba hablando en serio. Él había nacido como todos ellos después de la guerra. Eso era historia y por lo que le contaron, una estupidez de Argentina. Nadie tenía dudas de su condición de ciudadanos británicos. La corona los tenía bien resguardados. Ray estaba seguro, cómodo, insatisfecho. Y el culpable era Alejandro.

–          Venga Ray, deja ya el continente en su sitio, ¿a quien le importa?

–          Ese es el tema, no os digo que tenga que ser el centro de nuestras vidas, pero si debería importarnos. Es como tener un gigante al lado tuyo y negar que existe.

–          ¿Tú llegas a ver la costa? Pues yo no, y si no voy en barco o en avión, para mi que haya un continente al lado es tan ficticio como la novia que dices que tienes por Internet.

–          Pero si que crees en la commonwealth y todos los territorios de ultramar que nos enseñaron en el colegio, esos si te parecen reales. Tal vez si fuéramos un poco más abiertos de mente, tal vez si nos inquietara un poco más la gente que vive allí, tal vez…

–          Anda, deja esa maldita coletilla, que comienzas a tartamudear. Venga, vamos a dar una vuelta que ya me estás hartando. Y no te doy una colleja porque me caes bien, que sino.

–          Harry déjalo volar con sus cosas un rato, que nosotros nos vamos yendo. John ya se ha ido y quedáis sólo vosotros.

–          No, queda sólo Ray, que yo me voy contigo. Mejor que medite un poco a ver si se le pasa. Que tío, no se que le pasa desde hace una temporada. Mas vale que apoye los pies en la tierra, o no se que será de él.

Hacía unos meses mientras buscaba datos de Argentina, Ray había encontrado por casualidad la historia de Alexander Betts, un ex isleño nacionalizado argentino. Había oído alguna vez hablar de él en el pueblo, pero sólo que era un traidor y poco más. Cuando acabó de leer su historia, Ray se dio cuenta que fuera traidor o no, había sido muy valiente. Y si hay algo que admiraba Ray era el valor. Decidió entonces contactar con Alejandro, como se hacía llamar ahora.

Ambos se sorprendieron de la respuesta del otro. Al principio un poco distantes, con recelo, pero después el agradecimiento de uno por el acercamiento y el del otro por abrirle un mundo nuevo se transformaron en lo que podría llamarse amistad. Compartían más cosas de las que se puede pensar de un adolescente de quince años y un adulto de sesenta y dos. Ray conocía bien a la familia Betts, ¡quien no se conoce en “el pueblo”! Alejandro estaba encantado con describir su Córdoba adoptiva, la sierra, sus tradiciones, sus costumbres, lo bien que lo acogieron y lo fácil que fue adaptarse. Sus viajes por el mundo defendiendo la causa, y hasta su día a día. Eran el tío y el sobrino que nunca lo habían sido y siempre quisieron ser.

Por pedido de Ray evitaron el tema político. Alejandro accedió, también le parecía que no hacía falta tratar de influenciar a un jovencillo, que tampoco podría cambiar la forma de pensar de todo un gobierno. Además, éste era su espacio de desconexión con el trabajo y al mismo tiempo de conexión con su pasado.

Un día, Ray cayó gravemente enfermo. Los médicos de Stanley no llegaban a saber porqué, hicieran lo que hicieran no paraba la fiebre y su estado estaba cada vez peor. La operativa era obvia, transporte al continente, sería tratado en Chile. Allí tenían los medios para saber diagnosticar mejor su estado y podría volver una vez supieran que rara enfermedad tenía.

El invierno austral más duro de los últimos años hizo de la estepa isleña un lugar donde nadie debería haber vivido. Sólo el sentimiento de supervivencia es el que mantiene a las personas en lugares como Stanley, porque las islas más desoladas quedaron así, desprovistas de vida humana hasta el fin de los temporales. Todos se preocupaban por sus barcos, por su ganado, por sus granjas y las pérdidas que tendrían. Se reforzó la cobertura militar con unos cincuenta soldados al servicio de reparaciones y mantenimiento de las infraestructuras, la empresa de prospección FOGL cesó sus trabajos por unos meses y los balleneros también amarraron a puerto sus barcos. Aquellos meses desaparecieron completamente, como desaparecen los rayos del sol en la noche.

En septiembre la familia de Ray se enteró de la noticia. Primero culparon al hospital, luego a los oficiales chilenos, después a los representantes del gobierno insular. Pero eso era inútil. Nadie supo responder donde estaba Ray ni que le había sucedido. En algún momento, había desaparecido, sin dejar rastro. Su enfermedad había sido un misterio, ahora su paradero la cortejaba.

Acostumbrados a aquel viento fuerte y frío, los habitantes del pueblo asumieron que Ray había pasado a formar a partir de entonces, algo más que las propias islas. Había conseguido su sueño, este soñador y tal vez algún día lo volverían a ver. Su familia dejó de buscarlo al mes de su desaparición. Para ellos, lo más evidente era que había decidido escaparse, el muy tonto. James, John y Harry se reunían cada mes en el campo de fútbol. Daban dos patadas y se iban a la cantina de dos calles abajo. Pensaban mucho y sólo tenían una cosa clara, Ray no volvería nunca.

Dos veranos pasaron. Un día mientras se pasaban torpemente el balón, un helicóptero amarillo los distrajo del juego por completo. ¿Sería el príncipe? Salieron corriendo los tres para ver la escena. Era un simulacro, porque si hubiera sido un rescate o un transporte al continente ya lo habrían oído. En “el pueblo” todo se sabe.

El estruendo fue como una ráfaga. El gigante amarillo descendió rápidamente. Una camilla con algo encima era bajada rápidamente por la puerta lateral. La baraúnda y el rotor que la generaba desaparecieron casi sin que se dieran cuenta. Silencio. Ese viento que nunca había ido, ahora volvía a sus oídos. Harry creía haber visto al príncipe William por la ventanilla del helicóptero, John y James corrieron a ver la camilla y preguntar a los militares que la llevaban al recinto más cercano. Podía ser Ray, podía ser un solo un muñeco.

En la cantina discutieron acerca de porqué ese simulacro, porqué tanto secretismo entorno al príncipe, porqué no volvía Ray. ¿Habría logrado su objetivo? ¿Sería feliz estuviera donde estuviera? Se dieron cuenta que les importaba inmensamente más la vida de Ray que la de su propio príncipe y entendieron por fin algunas de las palabras que Ray siempre les decía. Tal vez hubiera algo interesante en el continente, tal vez, tal vez.

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