De bar en bar. Autor: Pernando Gaztelu

–       Diculpame, ¿podrías sacarle un poco de espuma? Me parece que te ha quedado un poco mal.

–       Ahora mismo –respondió el barman con cara de pocos amigos

–       Mariano, dejame en paz. Vos andá con tu familia ¿Por qué tenés que amargarte acá conmigo? Mirá, son las nueve de la noche, deberías estar en tu casita bañando a tus nenas, riéndote con tu mujer. No seas boludo, andate.

–       Che, a ver. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte años? Contame que te pasa.

–       ¿No podés dejarme tranquilo? Cuando pueda hablar te lo contaré. Mirá, ¿sabés que te digo? Si te querés quedar, tomate una cerveza y callate.

–       Listo. Hacemos así. Pero ya sabés, cuando querás, me contás. No me dejés así.

Mariano hizo caso a su amigo de toda la vida. No ganaba nada peleando, lo que tiene que hacer un amigo es escuchar y estar ahí cuando hace falta. Como a las once de la noche, el silencio se hizo aburrido hasta para Alberto, que con la cara larga y cansada hizo un gesto raro. Se bajó del taburete alejándose de la barra.

–       Che, gracias por la compañía. Creo que me voy al sobre, estoy cansado.

–       Dale, sin problemas. ¿Nos vemos mañana?

–       Te llamo. Cuidate.

–       Vos también.

Con paso lento, mirando al suelo y pateando colillas, Alberto dobló la esquina mientras su amigo lo veía alejarse. No era fácil verlo así, tampoco era la primera vez. Sus altos y bajos eran cara vez más frecuentes, más comunes. Eso no era buena señal, podía caer en cualquier mierda de un día para otro y Mariano no lo tenía que dejar. Cuando eran chicos, habían estado metidos en situaciones complicadas. Siempre habían salido juntos. Unas veces tiraba él, otras Alberto. Eran inseparables y ni se le ocurría pensar que habría pasado si su amigo no hubiera estado ahí. Habría terminado metido en la droga, en una banda del barrio o en la cárcel, ¿quien sabe? Le debía mucho a Alberto, y por eso estaban juntos.

Esta vez la cosa era muy rara. No tenía ni la más mínima idea de lo que le pasaba a su amigo. Una chica que lo estaba volviendo loco no podía ser, se habría dado cuenta de algo, Alberto era incapaz de ocultar algo así. Un problema de dinero tampoco, porque no es que anduviera sobrado, pero a su amigo no le faltaba plata, era de familia bien y tenían un negocio que le permitía trabajar muy poco y vivir holgadamente. ¿Qué podría ser? Mejor sería averiguarlo antes de que fuera a peor la cosa. Cada día estaba más distante, más cabizbajo, cada día era menos él.

Pasaron dos semanas, tres, un mes. Para Mariano era imposible seguir así. Alberto se paseaba como un alma en pena arrastrando los pies, de la casa al bar, del bar a otro bar y de éste a casa de nuevo. Comía algo en el primer bar, como a las dos de la tarde o algo así. Después como a las cinco se iba al bar de más cerca de su casa, unas birras – no demasiadas – y de ahí al catre como a las once, nunca más tarde. Una secuencia estúpida y recurrente que no tenía fin, pero que tenía que acabar tarde o temprano, o al menos eso pensaba el sufrido compinche.

–       Mirá, ya me está tocando las pelotas este jueguito tuyo de mierda.

–       ¿De qué me hablás? ¿Otra vez con tus pelotudeces?

–       Contame de una puta vez que te está pasando.

–       Ja, otra vez la vaca al río. Te lo voy a contar, pero acá no. A ver si así me dejás tranquilo de una puta vez. Estoy hasta las pelotas de vos. Igual con suerte, con lo que vas a escuchar, te vas a la mierda y me dejás tranquilo.

–       Dale, largá.

–       No, acá no, ya te dije. Pagamos y vamos a mi casa.

–       Dale, yo te invito.

Salieron del bar, doblaron la esquina. Mariano estaba algo más relajado. Por fin había llegado el momento. Se aclararía todo. No tenía ninguna duda de que, lo que Alberto le contara no cambiaría su forma de pensar, seguiría con él hasta el final. Amigos de verdad, amigos para toda la vida. Pero, ¿qué podía ser lo que tenía que contarle? ¿Qué le hacía pensar que iban a dejar de ser amigos después de tanto tiempo, después de tantas cosas vividas? Era impensable. No se figuraba nada y eso que siempre él había destacado entre los dos por la gran imaginación que tenía. Mariano sólo podía conjeturar cosas simples, cosas dolorosas pero tolerables. Se había vuelto alcohólico, o depresivo, o adicto a las mujeres, tal vez se había dado cuenta que odiaba a alguien, a su familia. Cualquier cosa de ese tipo.

Llegaron a la puerta de su casa. Casa baja, con la vereda llena de hojas. Un olmo era el culpable, junto a su desinterés por la limpieza del exterior. Entraron. El desinterés también se veía en el interior. Mariano ya casi ni se acordaba de cómo era la casa de Alberto. No había pasillos, un gran loft, de esos que estaban de moda en los ochenta o noventa. La cama al fondo. Al lado el único espacio separado del resto, un baño bastante grande con ducha y bañera, algo raro, pero cómodo cuando hay dos personas en casa. Al lado del baño una cocina abierta al gran salón repartido entre sofá y televisión, zona de juegos – un billar, un gimnasio y una bicicleta de sipinning – y por último, una chimenea que no pegaba con nada, pero que estaba ahí para hacer de sala de estar junto con otros tres sofás.

Había ropa repartida entre la cama y los sofás, amontonada al azar. Cerca de la cama había más medias y pantalones. Cerca del sofá de la tele, más remeras. La cocina era un caos, pero tampoco estaba asquerosa. Parecía que a pesar de estar tan mal, un mínimo de higiene había quedado en la mente de Alberto después de tantos años viviendo en casa de sus padres. Hacía sólo cinco años que vivía solo.

Nada más entrar, Alberto fue directamente al baño. Sin cerrar la puerta hizo pis. Se lavó las manos y fue a la cocina. Sirvió dos cafés. La cafetera estaba llena hasta la mitad. Los puso en el microondas, un minuto.

–       Sentate, ponete cómodo. Sacá un poco de ropa del sofá. Está limpia esa.

–       Ja, sí, no huele mal. Te la dejo encima de la cama.

–       Donde querás. Ahora voy con los cafés. ¿Querías café? No te pregunté antes, que boludo.

–       Sí, sí. Olvidate. No pasa nada.

Estaban nerviosos los dos. ¿Café? No entendía nada. No tenía nada que ver pasarse en el bar todo el día y después tomar café en casa, lavarse la ropa y tenderla en una ventana, limpiar la cocina de vez en cuando. Era todo tan incongruente. Cada vez crecía más la intriga. Los minutos se hacían eternos, el ceremonial era innecesario. Tantas semanas esperando y ahora se lo tomaba con toda la calma del mundo. El baño, el café, ponete cómodo. ¿Qué estaba pasando? ¿Se había olvidado de todo? El reloj de arriba de la puerta de entrada, gigantesco – para ser visto incluso desde la cama – hacía un ruido insoportable. Tic, tac, tic, tac. Olía a café, bastante. Tic, tac, insoportable.

–       ¿Qué mirás? ¿El reloj? Es un regalo, por eso no lo he tirado. Pero ya me he acostumbrado. Cuando te acostumbrás ya ni lo escuchás.

–       Ah, no lo había pensado. A mí me parece que es bastante ruidoso, pero será una impresión mía.

–       No, no es una impresión. Es ruidoso, ¿pero que se yo? Ya me acostumbré

Esto no llevaba a nada. Esto no tenía ningún sentido. Esto tenía que acabar. “Pedazo de pelotudo, contá de una vez lo que tenés que contar”, pensó. No iba a presionar, al final de cuentas, si había surgido la idea de contárselo en el bar, era porque lo necesitaba y porque creía que había llegado el momento. No tenía que arruinarlo. Paciencia.

La charla siguió siendo banal por un rato más. Mariano respiraba hondo, sabía que tenía que aguantar. Alberto estaba extrañamente relajado, como si supiera que el momento había llegado y que tenía que disfrutarlo. Saboreaba el café y las palabras. Las cervezas que había probado, noticias de la semana, las teles nuevas de leds, las vacaciones del año pasado en Mar del Plata, de todo un poco. Estaba preparando el camino. Estaba por contarlo todo.

–       ¿Está bueno el café? Lo hice ayer.

–       Sí. No está mal. No es el peor que he tomado. – sonrió nerviosamente.

–       Bueno, te lo voy a contar. ¿Estás preparado?

–       Dale, soltalo.

–       No lo vas a entender nunca.

–       Che, me voy, ya está – se levantó he hizo ademán de dirigirse a la puerta – Chau.

–       No, no, quédate, que quiero contarlo, en serio, pero me cuesta un montón. Entendeme.

–       Te entiendo, pero soltalo de una vez.

Alberto respiró hondo, tan hondo que se notó hasta como forzado. Sentía latir sus orejas, latidos fuertes, constantes. Respiró una vez más. Salió una voz un poco ronca, pero clara.

–       ¿Sabés lo que es un viaje astral?

–       ¿Un qué?

–       Es una cosa rara. Charlando una vez con un amigo que no conocés, me contó que si te relajabas bien, si respirabas hondo y hacías un montón de boludeces de esas, podías despegarte del cuerpo, salir volando con el alma.

–       No me digás que…

–       Shhhh, cállate, dejame seguir que es difícil. – Mariano se puso serio, guardando la sonrisa que había empezado a dibujar – Me pareció una boludez y no le hice caso cuando me lo contó. Pasaron unas semanas y nos vimos de nuevo. Me contó que casi lo había logrado, que la relajación lo había dejado hecho una seda. Me gustó la idea, era como un masaje. Así que me decidí a hacerlo. Me tiré en la cama, relajado, muy relajado. Poca luz. Empecé la secuencia de respiración, poco a poco. No era tan relajante al principio, era como estar corriendo, pero tirado en la cama. Después recorrí el cuerpo de a poco, para sentirlo, así tiene que ser, así me dijo éste. Y me quedé dormido.

–       ¿Y?

–       Después empezó todo. Soñé que me iba a un bar, como el de la esquina, pero hablaban raro. Me pedí una birra. Me miraron raro y respondieron más raro aún. Era gracioso el sueño. Estaba en otro país.

–       ¿Dónde?

–       Eso mismo me preguntaba yo en el sueño. Era gracioso, estaba como despierto, pero todo era muy real. No había visto la gilada esa del cordón que te une al cuerpo, mi cuerpo durmiendo ni nada de eso. Así que no tenía que ser un viaje astral de esos. Aproveché el sueño, me puse a charlar con unos que estaban ahí, en la barra, como yo. Resultó que estaba en Irlanda, así que me pedí unas Guiness. Lo pasé rebien. Después, sin darme cuenta de nada me desperté en casa.

–       ¡Que boludo! ¿Y eso es lo que tiene mal? – Se rio como un loco, soltó toda la tensión acumulada en la risa –

–       Shhhhh. Callate. ¿No ves que no he terminado?

–       Ah, bueno. ¿Pasó algo más?

–       Claro, ¿qué te creés? ¿Que soy un tarado y me preocupo por un sueño de mierda? La cosa me gustó. Yo nunca me acordaba de los sueños que tenía. Dicen que todas las noches soñamos. Para mí hasta entonces era mentira. Nunca me había acordado de nada, así que aproveché el tirón y me puse a “viajar” a mi manera. Llevo viajando todas estas semanas. Me chupo de día, debe ayudar, y después viajo de noche. He estado en París, Dublín, Atenas, Las Vegas, Toronto, Nueva Dehli, Sidney, Caracas, Río de Janeiro, Lisboa, Madrid, Colonia y no sé cuántos lugares más. Un día, no se porqué, se me ocurrió una idea. Siempre me acuerdo de la gente con la que estoy, pero a saber si ellos se acuerdan de mí. Tal vez les pasa lo mismo a los que están conmigo. Igual somos “voladores” y nos encontramos por ahí, o no, ¿que se yo? Bueno, se me ocurrió, hablando con la gente que me encontraba, decirles que si me mandaban algo, un souvenir. Alguno se reía y no decía nada, otros me pedían el correo o el e-mail. Ahí quedó la cosa. Mirá.

–       ¿Qué es esto?

–       Mirá la foto. Mirala bien.

–       ¿Qué? Son dos tipos en una barra de un bar. Parece que no es acá, el suelo está sucio, está escrito en inglés…

–       Es un bar irlandés en Madrid, en el barrio de La latina. Yo nunca he estado en Madrid. ¿Querés ver mi pasaporte?

Mariano se echó para atrás asustado. Parecía haber visto un monstruo, un espectro. En la foto antes no había prestado atención a los segundos planos. Había visto a dos tipos, tomando unas cervezas. La barra era recta y luego se hundía hacia el fondo del bar, hacía una L. Casi llegando al extremo, en medio de la gente, pegado a la barra, estaba Alberto con otra persona, brindando los dos.

–       Tranquilo, tranquilo. No soy un espectro. Soy real. Y entiendo esto menos que vos.

–       Pero, entonces…

–       Nada, no hay nada más que te pueda contar.

–       Esto es… – se quedó congelado, no podía decir nada más.

–       Che, si te lo he contado es por algo

–       ¿Cómo? ¿Qué has dicho? Disculpame, estoy… – respiró hondo, tomó aire, la cosa seguía y tenía que escucharlo, era su amigo… –

–       Eso, que te lo conté por algo.

–       ¿Por qué me lo has contado?

Alberto, más relajado que nunca, volvió a respirar, esta vez de forma normal. Lo peor había pasado y lo mejor estaba aún por venir. Sonrió un poco, pero mantuvo el gesto serio. Era importante lo que iba a decir y era lo que realmente había querido decir desde el principio.

–       Esta tarde viajo de nuevo, ¿querés venir?

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Primero casi que me mata el suspenso, alcancé a imaginarme mil historias lúgebres, luego me engancho con lo de los viajes astrales (que nunca he podido hacer: primero por miedo y ahora pues no se…estaré fallando en algo) y al final me quedé suspendida en un hilo con aquello de “Esta tarde viajo de nuevo, ¿querés venir?”

    Yo si quiero ir. Dónde es la cita? Cómo haremos para reconocernos?

    (Original tema para el concurso. De estos viajes no se nos había ocurrido escribir en Moleskin. O al menos no que yo sepa)

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