Ramírez murió en el Bocaisapo. Autor: Ian Sergio Miranda Sánchez

 

“A llorar

la sal

la desaventura

apenas”. J.C.

El lugar era oscuro pero cálido. No faltaban las cervecitas que te invitaban en las mesas. Me encantó el bar por ser acogedor. Ahí rebosaba la música autóctona, era un crisol de nacionalidades; podías encontrar franceses, israelitas, alemanes o norteamericanos; bueno, casi a todos les decíamos “gringos”. Te embriagabas con alegría al saber que Jaime Sáenz declamaba en ese lugar. Cuna de bohemios y de salvajes desdichas, eso era éste lugar lleno de mística que te embruja llevándote a la miseria con el singani y las hojas de coca.

Este bar se encuentra en la parte neurálgica de la ciudad de La Paz, está muy cerca de la casa de Murillo (un revolucionario del siglo XIX), es un lugar encantado, lleno de fantasmas que se asustan de ver la Cruz Verde que está en la esquina de la calle para espantar a las almas en pena, para sorpresa parece que esta atrae a los vivos para que se embriaguen en la antigua calle “Jaén”.

Eran las doce de la noche, salí con mis primos después de mucho tiempo. Yo iba a mi otrora ciudad como un turista, ya que estaba desarraigado de las costumbres andinas. Tuvimos una travesía cultural por los bares de La Paz, ellos me dijeron que tenía que conocer un lugar llamado “Bocaisapo”, me atrajo el raro nombre, me parecía bastante pintoresco. Entré con duda. El lugar estaba caliente y una espesa niebla de marihuana impedía ver bien. Me senté en una esquina, y uno de mis primos pidió dos cervezas. Hacía frío, yo no quería beber pero tenía que “compartir” con ellos. Comenzamos a beber y hablar sobre nuestras vidas y sobre lo distanciados que estábamos, salamos algunas heridas pero atenuamos otras. El ambiente hizo que nos calmemos un poco, bebimos y reímos.

Después de una media docena de botella una pareja de franceses se sentó en nuestra mesa. Yo les dije que se acercaran para compartir, hablamos sobre las relaciones entre Bolivia y el resto del mundo, la conversación se tornó redundante, ellos se aburrieron y se fueron.

Un par de horas después, el local se llenó. Vi a una persona que me llamó la atención, era un hombre de unos cincuenta años, tenía el cabello largo y negro, era bastante dandy para asistir a un bar así. Él –cuando entró-  aparentaba estar sobrio, se sentó en la cantina para hablar con la dueña del local. La gente se acercaba a saludarlo y a invitarle trago. Le pregunté a uno de mis primos “¿Quién es ese tipo?”, ellos me dijeron “Es Jorge Ramírez, era inquilino en la casa de la abuela, ahora es un poeta, creo que muy conocido”. Como a mí me gusta la literatura esperé a que pase por nuestra mesa para invitarle un trago.

Mis primos me siguieron contando de él, me dijeron que ganó dos premios nacionales de poesía “Alejandra Candia”. Ese tipo no era un cualquiera, pensé que era un gran letrado, pensé que era cuerdo e inteligente.

Uno de mis primos lo invitó para que compartiera con nosotros, él le dijo que su padre era hijo de la señora que le dio alquiler cuando llegó a la ciudad, Ramírez dijo “Ah sí me acuerdo, en la calle Indaburo, que bien me trataron ahí, son mi familia, los quiero mucho”, nos saludó a los tres, le di un fuerte apretón de manos, acto seguido respondió diciendo “Ñeque” (palabra aymara que significa fuerza), se nota que eres una persona fuerte y buena”, le agradecí.

Ramírez bebió con nosotros, me molestó que se sintiera como un gran invitado ya que aprovechaba nuestra generosidad absorbiendo como esponja nuestro trago. Él ya estaba un poco borracho. Le pregunté algo inocente, para iniciar una conversación “¿Le gusta la literatura?”, me miró molesto haciendo una mueca y respondió “Sabes quién soy yo, no te hagas al boludo soy Jorge Ramírez, gané dos premios nacionales de poesía, yo vine de la nada siendo un pueblerino de Tarija, soy un pendejo por que gané, escribo lo que me da la gana” era un sujeto pedante que se exaltaba de ser más grande que otros, me pregunté “Si es tan famoso por qué nunca escuché de él”. Nos quedamos callados y pregunté “¿Qué libros ha leído?”, él me respondió rápidamente “James Joyce y Bolaño, tienes que leer a Joyce es un dios, lee Ulisses cuando fumes una hierba, vas a alucinar cuando lo leas si estás fumado”, me reí cuando acabó de decirme eso, saquó un pitillo y lo fumó impaciente, siguió hablando de esos dos escritores, la charla se tornó aburrida.

Él ya estaba demasiado ebrio, siguió con su repetitiva charla de Bolaño y Joyce, le pregunté si le gustaba leer otras cosas más, indagué si leyó a Storni, Paz, Pizarnik, Buñuel;  él me dijo que no que sólo esos dos escritores eran sus “dioses” y que no le importaban los demás. Pensé que un renombrado poeta debería estar sumergido en la literatura universal, pero él no era así. Ya un poco mareado preguntó si yo quería ser escritor, yo le dije que me agradaba la idea, me respondió con retórica que si lo hacía yo tenía que sufrir, según él la literatura era un mundo de enemistades y de egocentrismo, no siempre se encuentra trabajo. Yo le dije “Entonces que hace usted para vivir” me respondió “Pinto paredes”. Sentí lástima por lo que me acababa de decir.

Nos despedimos, seguramente esa noche se perdió en la bebida.

***

            Al día siguiente, después de recuperarme de la resaca, me senté en la computadora para averiguar sobre el “ilustre” que conocí la otra noche. Me sorprendió ver que su trayectoria literaria era verdadera, leí algunos de sus poemas, me impactaron mucho, para ser “pintor de paredes” tenía proyectos muy buenos, pero no entendí como un buen poeta estaba enclaustrado en esos dos libros y tampoco entendí por qué estaba inmerso en la bebida.

***

            Volví al Bocaisapo después de unos tres meses. Ya había recorrido la mitad del país como mochilero, ahora me quedaría en La Paz sólo por unos días. El lugar no había cambiado para nada, seguía yendo la misma gente, los mismos “bohemios”. Me senté a escuchar algo de música. Entró Ramírez, estaba sobrio, se sentó en el bar, pasé por su lado para ver si se acordaba de mí, no me prestó la mínima atención. Volví a mi mesa, después de un rato pasó por mi lado, le dije “Buenas noches don Ramírez”, sorprendentemente se acordó de mí, su mente estaba lúcida, pero sólo estando alcoholizado. Al igual que la otra vez se apropió de mi bebida, parecía sediento ya que tomaba sin parar. Le pedí que me recitara un poema suyo, declamó entusiasmado “Mi zapatito me aprieta mi mediecita me hace calor y aquella chiquita del frente me tiene loco de amor”, me quedé atónito, no creía que un “maestro” de poesía se haga la burla recitando una porquería infantil.

Una cosa que no me olvido de él es lo que me dijo antes de que me vaya “Yo no soy alcohólico, bebo con moderación y yo no soy drogadicto, fumo de vez en cuando”, esas palabras me parecieron ridículas, sé que nosotros artistas o escritores nos damos un empujón con la bebida y la droga, pero negarse a ella es lo peor.

Me quedé a verlo detenidamente, me di cuenta que estaba más demacrado, su cabello estaba largo, su piel lucía opaca, había enflaquecido mucho. El alcohol lo estaba consumiendo lentamente. Me paré de la mesa para despedirme, dejé que acabara la bebida. “Ya sabes dónde encontrarme, esta es mi oficina, paro aquí todas las noches”. Me dio mucha lástima dejar ese hombre hundiéndose en su miseria.

Triste acabé mis vacaciones y retorné a casa diciendo que Ramírez murió en el Bocaisapo, su genialidad y él murieron en ese lugar. Espero estar equivocado.

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  1. Gabriel Duchen

    Al principio, marcado sin lugar a dudas, el estilo propio de Miranda. Una felicitacion, por tan buena pieza. Un fraternal abrazo al autor, y quedo a la espera de nuevas obras.

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