Ojayit. Autor: Francisco Manuel Marcos Roldán

Ambas sendas desembocaban  en una casa destartalada, medio derruida por el abandono y en la que la presencia de actividad humana todavía era más que evidente. Los ladrillos invadidos por el musgo parecían querer ser engullidos por la naturaleza exuberante. Ojayit nos explicó antes de llegar la historia que circundaba entorno a la casa en ruinas, propiedad de un antiguo visir de la zona que murió por causas extrañas. Diez años atrás se extendían campos de algodón, donde ahora crecía café. El énfasis de la historia llegó cuando habló de las plagas que le llevaron a la ruina. “Se dice muchas cosas sobre él. Sobre todo que era una persona impura. Eso le llevó a hundir su imperio…” y mantuvo el silencio al ver a lo lejos la casa, como un punto blanquecino, en medio de la vegetación. “Esa es…” Aumentó por un instante la magia del encuentro con su suave voz casi melódica, explicando que después de su abandono los campesinos comenzaron a utilizarla para guardar las reses. “Desde entonces todo ha cambiado. Aunque la vida aquí sigue siendo la misma de siempre…”, y se echó a reír con una profunda carcajada a la vez que me miraba a los ojos queriéndome transmitir, que por mucho que pudiera decirme mi entendimiento, comprensión o vivencia no iba a llegar a la suela de sus descalzos pies, por venir de una forma de vivir que él nunca iba a poder tener. No tuve más remedio que acompañarle, propagándose nuestras carcajadas en el silencio de los campos que nos rodeaban.

Era primera hora de la mañana, el sol se había elevado por el horizonte. Los rayos iluminaban la antigua casa, de aspecto fantasmal, de la cual se habían desprendido algunas tejas, humeando la madera carcomida de las vigas. A escasos cincuenta metros nos detuvimos en la bifurcación durante unos minutos, hasta que decidimos coger el camino de la derecha que nos llevara a uno de los mercados más emblemáticos de la zona.

Los Olmos ondeaban a ambos lados erguidos, proyectando la sombra que se amoldaba a la irregularidad del terreno. Los había sembrado el propietario de las tierras, como escudo al sol para los largos viajes que mantenían los carros cargados de algodón. Las ruedas habían abierto profundos surcos, vestigios del paso de los años y de la actividad creciente de un material consumido por occidente. El agua de lluvia lo hacía medio transitable, cuando las lluvias anegaban las planicies que se extendían por hectáreas. Caminemos por la parte más elevada, donde el barro era escaso y la hierba crecía a pocos centímetros del suelo. Cuando acabaron los Olmos Ojayit se apartó cerca de un lugar escaso de hierba donde la tierra permanecía seca superficialmente escribiendo कपास के रास्ते, lo llamó el camino del algodón, desde donde enormes carros tirados por bueyes habían trazado una de las más singulares rutas invadidas en nuestros tiempos por infinidad de turistas, que visitaban a pie los parajes de una parte del mundo, donde la población gentil lo ofrecían todo aun viviendo en la más absoluta pobreza.

A Ojayit lo habíamos conocido un mes atrás en uno de los poblados cercanos a la ciudad de Bhopal en el estado de Madhya Pradesh, en el que mi mujer y yo decidimos pasar dos meses de vacaciones. La amistad fructificó después de varias semanas en las que íbamos a comprarle enseres que el mismo fabricaba. Nos llamó la atención su  vocabulario en español, que había aprendido de un tal hombre llamado Carlos de posición social acomodada, que venía de vez en cuando a visitar la ciudad durante largas temporadas y con el cual había entablado una estrecha amistad.

En el camino el sol ascendió a su Zenit y nos encontremos con varios congéneres de Ojayit, que iban y venían casi a diario desde una población a otra. Él los saludó amablemente haciéndoles reverencias. Reemprendimos el camino diez minutos después, hasta que Nayakan acabó su discurso. Me explicó que Sabal, hijo de Nayakan había enfermado gravemente, y estaban pensando en ir a Bhopal, a una ONG de la cual le habían hablado, en la que trataban a niños enfermos. La escasez de recursos y medios era la tónica de los pueblos que trabajaban la tierra.

Otros tantos hombres comenzaron a acompañarnos en el camino concurrido a más cerca estábamos del poblado. Un bullicio de personas nos alentó a apresurar los pasos. Detrás de la colina que divisemos a unos escasos cien metros se extendía uno de los mercados más simbólicos de toda la zona. Ojayit cambió la mirada complaciente, se cogió del brazo empujándome para que acelerara y en apenas cinco minutos lleguemos a la entrada del pueblo. En medio de una aparente soledad renacían los cánticos más ancestrales, un mundo tan distinto que no pude más que asombrarme, hasta que un agradable olor a flores me invadió, abandonando por unos instantes la visión de lo que tenía frente a mí. Una atmósfera acogedora, y tiendas que se extendían sin tregua, hasta la colina más cercana. Él me miró un par de veces con actitud jovial y amistosa mostrándome el vínculo tan estrecho que se había fraguado entre nosotros, en un mercado donde podías encontrar de todo, invadido de variopintos puestos.

La primera sensación se expandió como una convulsión que se arremolinó en mi estómago haciéndome retener por unos instantes la respiración. Ojayit abrió al máximo los ojos complacido, apretando una leve sonrisa. Mis sentimientos pendían de un hilo, bajo la puerta de un recién llegado a otra cultura, en un país, donde las aguas más remansadas me habían llevado a solventar la emoción. Ojayit me cogió de la cintura y empujándome entre el tumulto nos adentremos por las calles abarrotadas. Él se limitó a observar, saludó a varios conocidos en un itinerario que nos iba a llevar por varias calles.

Unos cuantos niños comenzaron a revolotearme, estirando de mi camiseta verde estampada. Sus profundos ojos salían proyectados bajo la tez oscura. Corrían de un lado hacia el otro, con actividad, energía, cargados de vitalidad extendiendo la mano. Descalzos sonreían al compás de sus andares. Así que saqué la mochila, y de ella extraje varias piezas de fruta desprendiéndome de una parte primordial de mi equipo. Ojayit permaneció durante un instante distante, observándome, detenido con ojos sinceros, transmitiendo calma, prosperidad y  alegría. Cuando observé sus ojos centrados en mi persona recibí musicalmente la emoción de alguien simple y lleno de vida. En medio del vendaval de voces, gritos, palabras y pasos paseé el resto del día, hasta que volvimos a casa. Mi mujer me esperaba de su vuelta de Bophal con una impresión efervescente… Debíamos de partir antes que llegara el crepúsculo.

Fueron gratificantes las horas transcurridas, sin prisas ni relojes que marcaran la partida, los rayos del sol eran las agujas, moviéndose desde el amanecer hasta su Zenit, y de ahí al crepúsculo para desaparecer hasta el día siguiente. Un ciclo sin fin, que me hizo permanecer con el corazón encogido, al verme minúsculo, en medio de un engranaje perfecto, a través del cual el mundo seguía su ciclo primigenio. Ojayit despertó esa parte de mí que aun estaba dormida… abriéndose una concepción diferente como un ventanal que me empujó a volver al cabo de seis meses. Lo que había empezado como una aventura acabó siendo la base de unos valores que nos hicieron ser más felices, permaneciendo en mi recuerdo la travesía entre los Olmos y la vieja casa encantada, el aroma a incienso, el revuelo de niños y el color de las calles de aquella población mercantil gracias a Ojayit.

 

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  1. antonio marcos

    En este mundo occidental estamos acostumbrados a no saber ver todo lo que nos ofrecen unas manos vacias, desnudas, algo que no es material, pero que es el valor mas grande, el amor. Perdimos el don de agradecer lo poco ó mucho que aqui tenemosy en viajes asi recordamos la lección.

  2. Carmen

    Me ha encantado tu descripción y por supuesto en unos segundos he saboreado los encantos de un país como la India.

  3. Elvira Endo

    Ese es el primer y más grande valor de un viaje: que nos cambie la vida, que nos ponga el mundo personal patas arriba (en el mejor sentido de la expresión) y nos haga ver todo con ojos nuevos.
    Saludos

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