Relato en dos ruedas. “Los nadie… que no hacemos arte sino artesanía”. Autor: Yalis1986

Soy artesana, voy en búsqueda de aventuras, sin mucha plata pero con mucho arte. Trabajo con macramé y con porcelana fría, les vendo a los lugareños y a los visitantes pulseras y muñecos. Mi trabajo no es muy valorado por las personas que tienen un sueldo fijo a fin de mes. “Ellos” nos ponen diferentes nombres: vagos, hippies, incluso ilusos, aunque a mi me gusta autodenominarme artista ya que defino una visión y una elección de vida mas allá de lo que veo materialmente.

Y un día me decidí, me subí a la bicicleta (mi mejor  tesoro material) y fui a conocer de punta a punta el país de mi madre, un país cercano con poco territorio geográfico, pero con mucha historia y con un gran paisaje. Mi viaje comienza cuando subo al tren, un tren viejo vapuleado y desvalorizado, con las vías casi muertas y con un andar lento por miedo a descarrilar. Pero ahí voy, de ahí soy, esa es mi elección. No voy sola, voy con mi pareja, un niño-hombre con mucha historia de vida para su corta edad, pero ahí vamos, con expectativas y felices.

Llegamos a la provincia de destino, muy cansados, luego de 30 horas de viaje. Pero inmediatamente como bajamos subimos a la bici y comenzamos a pedalear. Nuestras bicicletas se movían por los enormes camiones que nos pasaban por al lado. Con mucha fuerza seguimos, con mucha hambre y sed, pero sabíamos que en un par de horas llegaríamos a la tierra prometida. Este era un viaje personal, quería conocer el país de mi madre, su gente y sus costumbres. Tenía una extraña sensación, como si conocía adonde iba, como si me rencontrara…

Nuestra primera parada fue la costa, corrimos hacia ella y entramos al agua de una sola vez.  El mar era más cristalino y la arena más blanca que la de mi país. Nuestros cuerpos se llenaron de alegría y por fin nos sentíamos limpios después de pedalear cinco horas sin descanso. Luego de un largo tiempo en el agua, decidimos subirnos a la bici y seguir un caminito de arena que nos llevó  a la calle central del pueblo, al llegar encontramos varios puestos de artesanos, y por suerte había uno vacío y decidimos  instalarnos. Por fin empezamos a vender y tuvimos suerte, nos compraron una pulsera a $80 (que en casa valdría no más de $10). El resto de los artesanos nos recibieron bien y nos invitaron a acampar y a una “comilona”.  Fuimos a “La Cañada” que quedaba a dos kilómetros del centro, era de noche y no se veía nada, solo teníamos la iluminación de  los bichitos de luz que nos mostraban el sendero. Al ritmo de una canción conocida por todos,  y un cigarrillo de por medio, llegamos rápido al lugar. Todo el pueblo estaba iluminado por las estrellas, nunca vimos tantas, y en ese lugar tan mágico, no había luz eléctrica, solo un par de negocios que tenían generadores eólicos o luz solar.  Nunca vi en mi vida un lugar así.

Aunque no todo es alegría, la convivencia también era parte del viaje. No tener donde dormir, comer poco, estar cansados empezó a ser una carga para nosotros. Instalamos la carpa escondida entre los médanos de la costa, estábamos casi muertos, no nos hablamos y dormimos hasta el otro día hasta las tres de la tarde, nos despertó el hambre. Levantamos campamento, agarramos la bicicleta y seguimos rumbo a nuestro destino. Con la plata de la pulsera nos compramos agua fresca y comimos pan con un poco de queso adentro. Nuestro camino siempre fue bordeando la costa de norte a sur. En ese andar arriba de la bici, encontramos una segunda playa (con el centro turístico a dos cuadras). Era muy distinto a ese lugar mágico sin luz eléctrica, este era un lugar comercial. Y veíamos, y nos reíamos, de los falsos artesanos que llegaban con sus mochilas caras, preguntando por hoteles. Era claro que no nos identificábamos con ellos, aunque veníamos del mismo lugar.

Cuando estábamos disfrutando del agua de la playa, mucho más cristalina y cálida que la anterior, se nos acercaron dos artesanos que nos comentaron que en el lugar se iba a realizar un festival “Derrochando Coplas”, era su sexta edición, una ocasión de festejo para la ciudad. Obviamente a la noche fuimos, pero nos encontramos con el problema que había que hablar con los organizadores del lugar para solicitar un puesto para vender. Mi pareja fue, habló y nos consiguió el lugar (aunque no vendimos mucho esa noche y nos pidieron colaboración, plata, para el costo de la organización).  Estábamos muy cansados, pero la pareja de artesanos que nos avisó del evento también nos invitó a dormir a su casa, y con mucho entusiasmo fuimos a la vivienda de nuestros nuevos amigos. Ellos nos dieron un te caliente y hasta nos cocinaron, dormimos en una cama calentitos, ya que afuera hacia frio, y la verdad creo que esa noche íbamos a morir congelados si armábamos la carpa afuera.

Además de nuestras pertenencias artísticas, llevamos una mochila repleta de cosas útiles: ropa (poca), un solo par de zapatillas, hilo para colgar la vestimenta y un solo jabón para lavarla… era una mochila que parecía no tener fondo, hasta llevamos una olla de cocina y una cocinita a gas (fue nuestra gran salvación), ¡las veces que la venta no era buena y pedíamos comida y la cocinábamos! fue una supervivencia la nuestra. Muchas de las cosas útiles que llevamos en este viaje las padecimos en viajes anteriores… por ejemplo la “ropa de mas”, que en esta aventura se transformó en la “ropa de menos” gracias al jabón blanco… próximamente, en una nueva aventura, las zapatillas finita de tela se transformaran en unas de cuero (cueste lo que cueste)

No debíamos instalarnos en un lugar, ese era nuestro lema,  y emprendimos viaje nuevamente. La realidad era que las piernas no querían pedalear mas y el resto del cuerpo tampoco, y recurrimos al dedo (aventón) para seguir andando. Por suerte, y tuvimos mucha suerte en el viaje, nos levantó un camionero que nos llevó al pueblo mas cercano. Charlamos de muchas cosas, y entre mate y mate, lugar común entre los países del cono sur, nos comentó de su vida y el difícil trabajo del camionero. En la charla le preguntamos si conoció un lugar para poder bañarnos, y a raíz de esto, fuimos a una laguna, entramos, nos sacamos la ropa, quedamos totalmente desnudos, yo me sentía incomoda, pero después recordé que el cuerpo no tiene nada de malo, y me metí al agua, lave toda mi ropa con lo ultimo que nos quedaba de jabón y seguimos viaje, cada vez mas al sur.

El camionero nos acercó al próximo pueblo, que no tenia nada de mágico y nada de centro, pero igual decidimos quedarnos y conocer a su gente. Nos sentamos al cordón de la vereda, pusimos nuestras cosas a la venta, nos fue bien, vendimos una pulsera, un collar y algo mas que no recuerdo. Pero lo relevante de ese pueblo pasó cuando se nos acercaron dos nenas, con edades de aproximadamente cinco y once años, y nos preguntaron si éramos “viajantes” y nos comentaron que vivían con su madre en un refugio. Charlamos largo y tendido con ellas y les regalamos nuestro arte. Además compartimos frutas y verduras que nos obsequió un verdulero. Sin mucho mas por conocer seguimos con la bici y la mochila.

En la siguiente ciudad, otra historia de vida nos impactó, la de una nena de 15 años que viajaba sola, era hija de una india de Bolivia y un uruguayo, vivió hasta los 7 años en Belgrano y luego hasta los 14 años en Uruguay. Pero pronto se cansó de las mudanzas y le dijo a su madre que “se iba para no volver”, a lo que la madre le contestó que era “libre para elegir” (la niña pensó que la iban a retener, pero se equivocó). Al poco tiempo conoció las drogas, ¡se pico hasta el cuello!, daba impresión verla. Siguió con su relato de mudanzas  y sueños, hasta que mencionó un suceso clave en su vida, en donde se le acercó un hombre en Buenos Aires y le dijo que estaba “enferma”, ella se asustó, y le contestó que “mas enfermo” estaba él. Continúo su viaje, y en San Pablo (Brasil), se lo volvió a encontrar y le propuso que viajaran juntos, ella aceptó. Él le regalo un cuadernito para que escriba “lo primero que le pasara por la cabeza” y luego lo leía para analizarlo. Al cabo de un par de años él le confesó que era psicopedagogo, y ella se enojó al enterarse que era como un “conejito de india” y parte de un experimento para saber lo que pensaba una persona adicta en el día a día. Por suerte para su salud, pudo superar el enojo y poco a poco pudo salir de las drogas, gracias a su fuerza de voluntad y a su compañía. Actualmente están trabajando para un programa de rehabilitación para adictos.

Luego de conocer la costa del país de mi madre, su cultura, su gente y sus historias. Decimos que era momento de volver a nuestro país de origen. Llorando empaque mis cosas, mi arte. Un poco en bicicleta, otro poco en micro y con “aventones” de los camioneros llegamos al tren que nos llevaría de vuelta. El viaje se me paso volando porque no podía parar de dormir y levantarme solo para comer y tomar agua, como si hubiese vivido un año en tiempo real pero solo en tres meses. Me volví a dormir, estaba muy cansada, pero con la diferencia que cuando me desperté tenía la ciudad, mi casa, de frente. Pero me sentía rara, me sentía como en un viaje, y fue ahí cuando entendí que ese lugar al que fui a conocer, ya lo conocía. Y el lugar donde viví toda mi vida, era extraño… y ahí comprendí que yo nunca fui a conocer solo a rencontrarme con lo que soy…

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