Memoria viva y presente en Chile (El derecho a la memoria). Autor: Dora Ruth del Valle Cóbar

Camina despacio, va como saboreando cada baldosa del piso que se hunde a sus pies… todavía no puede creer que ha hecho realidad su sueño 38 años después: conocer Chile, la tierra del Poeta y de Allende… El Poeta, porque es único: Neruda; de Allende, el presidente que se atrevió a soñar por toda América Latina y nos abrió a todos las grandes alamedas.

Aquéllas canciones de protesta que escuchábamos en los años 70, el Inti Illimani, el Quilapayún, la Violeta Parra, Víctor Jara… todos los acordes llegan a la memoria, cada nota danza en el corazón, en el alma.

Le trae los recuerdos de aquél cuyo seudónimo fue Luis Emilio, por el dirigente comunista chileno Luis Emilio Recabarren… y se le hace un nudo en la garganta pensando que ya no podrá contarle que conoció Chile, que visitó cada uno de esos lugares que siempre quisieron conocer.

El dolor nos ha arrasado, se ha llevado flores de nuestro jardín… y todavía no se ve que venga la primavera.

Ha salido temprano para visitar todos los lugares posibles… se le acaba la vida en ello. Fue al cementerio, llevaba los brazos llenos de flores, claveles rojos –en Chile también son un ícono de la resistencia- y cartuchos blancos. La vieron extrañada cuando preguntaba cómo llegar al cementerio; decían: “esta extranjera no tiene a nadie a quién visitar, ¿para qué querrá llegar al cementerio? Además, no puede ya con el peso de las flores…” No era el peso de las flores, era el peso de los años de dolor y lágrimas contenidas… era el peso de la memoria, de las tristezas compartidas entre dos pueblos.

Llegó. Frente a ella se levantaba colosal la tumba de Allende… no vio más, ahí mismo se hincó y le lloró al Presidente asesinado… y, con él, a los cientos de miles de desaparecidos y ejecutados en todas las guerras de liberación del mundo.

Esta tumba se ha convertido en lugar de peregrinaje, aquí terminan todas las marchas del 11 de septiembre, después de pasar por La Moneda -le explica la persona que la guía en su recorrido por la memoria.

Mmm, en Guatemala ni siquiera nos preocupamos por saber dónde está la tumba del Presidente Arbenz, derrocado por los mismos que derrocaron a Allende, mucho menos que se le visite… escasamente el 20 de octubre.

Hizo su ritual y continuó caminando, el camino era largo… cruzó el río Mapocho, ése que acogió en su seno a tantos patriotas víctimas de la dictadura… Visita La Moneda, el Palacio desde cuyo balcón Allende, Salvador no sólo de nombre, dijo su trágico discurso de despedida cuando las botas militares traicionaron los sueños del sur del continente; cuando los puñados de dólares llenaron los bolsillos de aquéllos que empuñaron sus fusiles contra la gente, de aquél que pretendió esconder su mirada vacía y sórdida detrás de unas enormes gafas oscuras.

Ya no están, pero todavía las fuerzas económicas que le sostuvieron continúan agazapadas. Hoy atacan estudiantes que se vuelven a rebelar, como hace 40 años.

También en Guatemala continúan vigentes las demandas de hace 40 años, de hace casi 60 años, cuando fue truncada la Revolución democrática.

Parece que la memoria no existiera, se repiten los procesos, se repite la represión, se repiten las demandas que no han caducado.

La persona que la conduce es una memoria viva. Fue detenida y torturada, pero salió con vida. La memoria se construye de esos retazos personales, pero no es sino hasta que se interpreta y se enlaza –como una cadena de ADN- que logra convertirse en una memoria colectiva. La lleva a ver diversos lugares donde hubo detenidos… muchas personas ni siquiera sobrevivieron. Quienes sobrevivieron han contado lo que sucedió.

Qué bueno que hay sobrevivientes; en Guatemala no hubo presos políticos, por lo tanto no hay sobrevivientes… reconstruir la memoria es una tarea más difícil, aunque poco a poco se va una encontrando quiénes recuerdan.

Sigue recorriendo casas de detención, monumentos, baldosas con los nombres de los que aquí cayeron… muchos lugares eran casas de barrio, con vecinos al lado, pero fueron ocupadas por los militares o las fuerzas de seguridad para usarlas como casas de tortura… en muchas de ellas fallecieron grandes dirigentes sociales.

¿Cómo no escuchar los gritos de las gargantas torturadas? ¿Cómo no sospechar que cosas raras pasaban en esas casas cuando se escuchaban vehículos llegar a altas horas de la noche? ¿Y los golpes? ¿Acaso estaban sordos y ciegos?

A un lado se extiende ancho el océano, mucho más ancho que este dulce y sobrio país; por el otro se erige imponente la cadena de los Andes, con sus pequeños nevados más altos porque el invierno apenas concluye… pero las flores de la primavera ya asoman por doquier, como las expresiones de la memoria y del homenaje a las víctimas de la represión. Chile se ha llenado en toda su longitud de memoriales, que recuerdan lo que pasó, para conjurar aquéllos terribles días de dolor, para que nunca más vuelva a levantarse la bota militar sobre los cerebros, los cuerpos y las almas libres.

Llega a la Villa Grimaldi. Un paraíso, un paisaje. En aquéllos tiempos no había casas alrededor, era un lujoso restaurante en las afueras de la ciudad, con la cordillera pegada a la nariz. Para mantener la memoria, han recreado la historia, el lugar fue un centro de tortura cuando la dictadura se lo apoderó. Pasaron por ahí alrededor de 4,500 personas –de las cuales 229 nunca volvieron al seno de sus hogares-. Las celdas diminutas, de castigo, de aislamiento, la torre de control, el jardín de las rosas de Grimaldi –para dignificar a aquéllas mujeres cuyas vidas fueron arrebatadas en el lugar. Un homenaje a aquellas flores cortadas del jardín de la humanidad que ya no volvieron.

Termina el recorrido al final del día, cuando el rojo del cielo comienza a acariciar la cordillera, la besa, posa sus rosáceos y violetas sobre ella, derramando belleza y amor… cuánta falta le hace a la humanidad ese amor.

Ha perdido el apetito, ni siquiera piensa en comer. Para concluir el día y poder estar sola consigo, se mete a una sala de cine… Violeta se fue a los cielos… la historia de Violeta Parra, esa valiente y brava mujer cuyos humildes y paupérrimos orígenes no le impidieron hacerse grande en el mundo, en el arte, la poesía, la música, la pintura y la arpillería. Llora, como que fuera ayer cuando Violeta se suicida…

Apenas tenía yo seis años cuando Violeta se suicidó… a los 14 ya cantaba sus canciones y ni siquiera la conocía. Pero Violeta nos acompañó todos estos años de lucha. Fue bueno haberle llevado flores a su tumba.

Sabía que no era una visita turística, pero esto era demasiado. Demasiada memoria, demasiados recuerdos no vividos, demasiadas emociones todas juntas. Estaba dispuesta a volver al interior, volver a la tierra, volver al origen de la vida, reconstruir las memorias de aquellas personas que partieron antes. Hay que hacer justicia, y la memoria es una forma de hacerla. “Hay que desnudar la memoria”, como dijo Nora Murillo, poeta guatemalteca, hay que bañarla con lágrimas y lluvia, vestirla de colores y aromas, volverla a presentar en sociedad, para que todo mundo la conozca y para que nadie la olvide.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Es un relato perfecto! Y un lindo homenaje a todas las victimas de la represión en el mundo.
    Hay que devolverle la voz a nuestros muertos “para que nadie los olvide”.

    Un saludo grande desde Colombia donde tenemos miles de compatriotas a quienes llevarles claveles rojos y cartuchos blancos todos los dias.

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