Nueva York: No todo lo que brilla es oro. Autor: Alonso Roberto Pahuacho Portella

Apenas se abren las puertas del tren, el subterráneo me bota una vez más su aliento: un aire caliente que siempre hace reconsiderar la idea de volver sobre los pasos y seguir hasta la siguiente estación. Adentro del vagón es fresco, cualquiera sea la línea; afuera sales al infierno, cualquiera sea la parada. Los libros y películas siempre han recreado al subterráneo de Nueva York como un lugar oscuro, frío y lleno de peligros; sin embargo, no se trata tanto de que los anchos pasadizos metálicos del subsuelo de la gran manzana sean peligrosos de por sí. La cuestión radica en que casi no existe personal que controle el orden abajo, especialmente en las plataformas más profundas y en las estaciones de los lugares más alejados como Harlem o el Bronx.

 

Llegué a Manhattan con la idea de ver una ciudad moderna, ordenada y multicultural. En parte fue así, en parte no. Me quedé en el mismo centro –Manhattan- y desde allí pude desplazarme incluso hasta Queens, que es otro de los 5 condados que conforman toda la ciudad (los demás son Brooklyn, el Bronx y Long Island). Cada uno de ellos está interconectado por una serie de trenes y subterráneos que atraviesan toda la isla –incluso por debajo del agua- y con los cuales es posible llegar hasta Nueva Jersey, el otro estado que se encuentra al frente de Manhattan, cruzando el río Hudson.

 

Nueva York es una ciudad que se conoce caminando. Me había conseguido una metrocard, una tarjeta del tren con la cual uno puede subirse a la línea que quiera y cuantas veces desee hasta que llegue a su fecha de expiración. Se compran en las mismas estaciones del subterráneo y valen por 1 día, 1 semana ó 1 mes, dependiendo de las necesidades de cada persona. Para la mayoría que trabaja y recorre largas distancias (de un condado a otro) es frecuente verlos con su tarjeta válida por 30 días; en el caso de los turistas se acomodan mejor con la de una semana.

 

Existen más de 20 servicios de tren en Nueva York, cada uno representado con un color distinto y una letra que los identifica. Además de eso, cada línea puede tomar, a veces de improviso, la modalidad de local o express. La diferencia radica en que las local hacen paradas en cada estación, por más pequeña que esta sea; mientas que las express son conocidas por solo detenerse en las estaciones importantes o de trasbordo (donde te puedes bajar para tomar otro tren). Hay que estar atentos si es que uno va a un lugar específico o alejado, se puede pasar de largo.

 

 

La crisis se come la manzana

 

En Setiembre del 2008, el mundo entero se sorprendió ante la noticia de que el banco Lehman Brothers –el cuarto mayor de Wall Street- se declaraba en banca rota tras perder casi 6000 millones de dólares en poco más de medio año. Así, se desataba la gran crisis económica mundial que tuvo su punto de partida en el corazón del Financial District en Manhattan, del cual los norteamericanos aún no se recuperan del todo.

 

“Para los que llevamos viviendo años acá, nos parece mentira que estemos en una situación similar a la que se vivió en el Perú en los años 80, donde verdaderamente para conseguir trabajo tenías que conocer a alguien”, me cuenta el abogado peruano Daniel Díaz, Oficial del Departamento de Admisión para alumnos extranjeros y profesor adjunto del Departamento de Negocios y Tecnología de La Guardia Community College (CUNY) en la Ciudad de New York, quien se vino a vivir a esta ciudad hace 20 años. Él ha hecho de todo y ha visto de todo, pero lo que le preocupa actualmente es la falta de oportunidades laborales que se vive en la isla. Sobre todo para los profesionales calificados.

 

Según Díaz, existen muchos profesionales que han perdido sus trabajos a causa de la crisis y que ello ha causado un efecto contrario a lo que se supondría: ha hecho que muchos cambien sus Hojas de Vida alterando sus calificaciones para poder postular a trabajos menores. Algo paradójico porque se supone que mientras más calificaciones se tengan, mejores posibilidades de conseguir trabajo se tendrían. En Manhattan hoy en día sucede todo lo contrario.

 

La crisis es una realidad palpable en Nueva York. Si bien es cierto que hay rubros en donde no es tan complicado encontrar oportunidades, hay que conocer a alguien adentro. Es el caso de los oficios de mano obra que funcionan en “uniones”, una suerte de confederación de trabajadores o gremios que se agrupan por funciones específicas: carpinteros, mecánicos, obreros, construcción, etc. Otras oportunidades que han visto los neoyorquinos para salvarse de la ola (des)financiera son aplicar para los servicios de taxis, trabajar como vendedores ambulantes o pedir sus vales (estampillas) de alimentos al Gobierno. “Antes tu ibas a un supermercado y la gente latina o negra era la que tenía las estampillas de comida del gobierno. Hoy en día vas y te encuentras con gente blanca con las mismas estampillas, ¿Por qué? , porque como no tienen ingresos, califican”, añade incrédulo el abogado peruano.

 

 

De procesión por Times Square

 

Nunca imaginé ver tanta gente aglomerada en un mismo lugar y a cualquier hora. La fila parece no tener fin, aunque en realidad se tratan de distintas personas que van pasando cada minuto, un interminable desfile de rostros y acentos extraños. Times Square se encuentra exactamente en el cruce de la calle 42 con la bifurcación de las avenidas Broadway y Sétima, en el corazón de Manhattan. Este lugar es de uso casi exclusivo para peatones, los vehículos rara vez se aventuran bajo los enormes paneles verticales que anuncian una publicidad holográfica distinta cada día.

 

Debajo de las luces y la bulla, hay escaleras que todos usan para sentarse y observar a los demás. Uno puede traer su comida comprada en cualquier Mcdonals o Subway y disfrutar de la tranquila compañía de aquellos personajes anónimos. Nadie conoce a nadie, pero a la vez todos saben que al estar allí en medio, probablemente se harán conocidos.

 

En la noche todos siguen la misma rutina. Las luces y anuncios gigantes le dan vida a la ciudad que en medio de la noche salpica el firmamento con unas cuantas estrellas. En el centro, uno puede pasear tranquilo hasta altas horas de la madrugada sin temor a toparse con algún moreno que nos haga la conversación no precisamente en términos amistosos. Las tiendas se quedan con las luces prendidas, pero no significa que sigan atendiendo. La mayoría de centros comerciales sí cierran a una hora determinada, los que sobreviven son los fast food como Burger King o McDonals donde incluso tienen locales que funcionan las 24 horas.

 

 

Otros lugares imperdibles

 

Uno no puede irse de Nueva York sin visitar sus dos museos más conocidos: el de Historia Natural y el Metropolitano de Arte. Se encuentran ubicados a ambos lados del Central Park: el de Historia hacia la octava avenida con la calle 81 y el Metropolitano en la quinta avenida a la altura de la calle 79.  Lo curioso de los dos es que, en teoría, la entrada es gratis. Para el que no conoce el idioma o simplemente es un turista ingenuo seguramente le dirán que pague los $20 que aparecen en la tarifa del museo. Lo que no le dirán es que ese precio -en los dos museos- es “sugerido”, lo que hace posible que uno pueda incluso ingresar sin pagar absolutamente nada.

 

Como obviamente nadie quiere perder, nunca le dirán ese detalle en la información. Uno puede ir preparado con su penny (centavo) y decirle que va a pagar, pero solo como una contribución al museo. En ambos casos, pagué un dólar, y es tuvo más que justificado al final de mi visita.

 

Como a Nueva York también le dicen la ciudad de los rascacielos, tenía que subir a uno para comprobarlo. El más conocido de todos es el Empire State, ubicado en la intersección de la quinta avenida con la calle 34. Sin embargo, una vez abajo y apunto de subir me embarqué en otra aventura: volví sobre mis pasos y fui a dar al Rockefeller Center, donde había oído decir que también existía otro rascacielos con mirador en la cima que daba una vista espectacular al Central Park: el Top of the rock del Rockefeller Center. Desde arriba, el Central Park se ve como un minúsculo rectángulo verde que se extiende como una alfombra en medio de los demás edificios.

 

Existen otros lugares para conocer, pero también se debe tener la billetera gruesa para poder gastar. Cada ticket cuesta en promedio $20 sin impuestos, lo que sitúa al turista en una posición algo ajustada. Fue un alivio no haber tenido que gastar en hospedaje ni alimentos (en realidad algunos días sí almorzaba solo) ya que fue mi tío el que me acogió en su departamento de la calle 42, muy cerca del río Hudson y de donde para llegar a Times Square solo tenía que caminar 5 cuadras.

 

 

Condados peligrosos

 

Para la mayoría de turistas, Manhattan es el paraíso; pero esto no siempre es así. En Nueva York, como dice Daniel Díaz “no todo lo que brilla es oro”. Con dos décadas viviendo en la isla –se vino sólo, sin conocer a nadie- ha sabido sortear toda serie de dificultades y pruebas que le puso el destino. En la ciudad, al igual que en el Perú, hay zonas pobres y marginales, pero que quedan fuera del alcance de los ojos del turista, que solo tiene tiempo y dinero para pasear por Times Square o visitar la isla de la estatua de la libertad.

 

Si bien los robos no son frecuentes, pasan y son lugar común en los condados y lugares más alejados del centro como Harlem y el Bronx. Daniel Díaz no ha sido ajeno a ellos aunque en todo el tiempo viviendo en la isla solo ha sido asaltado dos veces, la última en la víspera de Navidad hace 3 años, cuando trabajaba en el Bronx en una oficina de abogados que hacía litigios para seguros sociales. Una experiencia que lo marcó.

 

“Yo salía del trabajo 5:30pm y cómo el tren pasaba exactamente a las 5:45pm tenía que correr a la estación para alcanzarlo. Ese día decidí ir primero al Burger King que estaba al frente para comprar unas papas y después esperar en la estación por el siguiente tren. Las estaciones son exteriores, no como en Manhattan, por eso cuando subí al segundo piso vi a un moreno parado en la pared con un paquete envuelto en periódico”.

 

– ¿Y no sospechaste?

 

– Un poco, pero igual subí a esperar arriba a que pase el tren. Cuando me di cuenta se había sentado a mi lado y me dijo I don’t want to have trouble… y abriendo el paquete salió a relucir una pistola.

 

– ¿Entonces qué hiciste?

 

– Lo agarré a maletinazos. Al tirarle el maletín, como estaba lleno de libros, el hombre cayó al piso y la pistola rodó hasta el borde de los rieles del tren. Se levantó, pateó la pistola hacia las escaleras y se fue corriendo para abajo, hasta que lo perdí de vista. Luego yo bajé y le dije al señor de la estación que vende las tarjetas para el tren que me habían querido robar.

 

– ¿Intentó auxiliarte?

 

– No, me contestó: “Pero esto es el Bronx, ¿qué esperaba usted?”

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Nueva York pintada de pies a cabeza.
    Una ciudad rica en matices y como lo estamos comprobando con este relato, en vivencias de toda clase

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