Laos. El sempiterno cantar de los gallos. Autor: Carlos Ferreiro Sánchez

Hay culturas cuya escala de valores nada tiene que ver con lo occidental. Las hay por ejemplo, que antes que el culto al trabajo tienen en la más alta estima al tiempo que se comparte con la familia. Estas personas trabajan lo imprescindible para cubrir sus necesidades básicas. Para ellos, la felicidad no se mide con la posesión de un tercer televisor de plasma, pues no tienen ninguno (¿para qué, si tampoco tienen luz?). Son felices aquellos que se ven rodeados por sus seres queridos en su medio natal. El sentido del tiempo de estas gentes se disipa aunque para nuestros ojos parezca que fluye igual que en todas las partes.

¿Qué quedará dentro de unos años de este reino del millón de elefantes y la sombrilla blanca, cuando Occidente lo convierta en un gran museo viviente donde turistas extranjeros, con sus cámaras fotográficas, acudan en tropel para retratar a sus habitantes viviendo rodeados de sus centenarios templos? El planeta habrá perdido otra cultura, en un proceso de globalización, sin remisión, que en apenas seis o siete décadas ha arrasado pueblos y tradiciones labradas durante siglos.

 

 

Luang Prabang

 

Una hora después de haber abandonado el aeropuerto de Chiang Mai (Thailandia), podían verse a través de la ventanilla del bimotor de hélice de Laos Airways algunas carreteras de tierra roja y campos de un intenso verde tropical. Desde el aire, Laos nos mostraba su paisaje de montaña aprovechado por el hombre para procurarse su alimento.

En el caduco y deteriorado edificio habilitado como terminal del aeropuerto, ganduleaban unos cuantos uniformes armados con sellos de caucho. Empleamos casi una hora en pasar los trámites aduaneros. Al menos diez oficiales y soldados cumplían con las formalidades del comunismo tropical.

El antiguo reino, en el que los elefantes simbolizaban el poder y la sombrilla la protección, ya no existe y sus herederos han desaparecido. El reino ha sido sustituido por otro tipo de aristocracia: comisarios duros oportunistas y generales de una república denominada popular.

Varones y agentes femeninos, con uniformes bien cortados y planchados, se pasaban de unos a otros nuestros pasaportes. La mirada de alguno de estos era lo más parecido posible al retrato robot de un psicópata.

Cross fingers— nos dijo un tipo escocés de unos sesenta años que viajaba con su callada esposa mientras él no paraba de protestar por la lentitud de los trámites.

Un oficial de papada inflada, que lucía bigote de rufián y pelo aceitoso de un brillo facineroso, nos devolvió sellada nuestra documentación con la amabilidad de un portero de hotel venerable situado en una lúgubre calle.

Fuera del edificio, atrincherado bajo una sombra, un hombre vestido con una sencilla camisa sin cuello y un “sampot”, los tradicionales pantalones holgados laosianos, sostenía entre sus manos un cartel en el que leímos: Mr. Carlos. Al acercarnos nos obsequió con un sonoro “sabaidii” (saludo de bienvenida), unas toallitas húmedas para refrescarnos y una cajita con dulces de coco. El individuo, chófer del hotel, nos trasladó en quince minutos al recinto paradisíaco que constituye La Residence de Phou Vao.

De camino observamos una forma de vida que Karl Marx podría haber definido como “lumpen  proletiarat laosiano”. Este pueblo ha permanecido oculto a los medios de comunicación durante muchos años y no está contagiado por el virus global-industrial-consumista porque no ha tenido ningún contacto con él. Tras años de miseria, Laos es el país, probablemente, más pobre de Asia. De la Asia de la península índica, de la del sudeste, de la  China y rivalizará en miseria con algunos estados de Asia Central.

Grupos de mujeres lavaban la ropa en las rocas que bordeaban riachuelos de aguas verdosas; campesinos labraban los campos con horcas; ancianas, con paños en la cabeza, conducían bicicletas que remolcaban carretas de madera; un conjunto de gallinas corrían apartándose de la carretera. Una agricultura de subsistencia, un rincón primitivo y bello de Asia. Un lugar donde ni el hombre ni las guerras han conseguido borrar la hospitalidad de estas gentes.

Motos, tuk-tuks, algún pequeño tractor y, sobre todo, bicicletas. Hombres y mujeres pedalean con ritmo lento y apenas esfuerzo. Niñas y jóvenes, con sus largas faldas y blusas impecables, ocupan el espacio central del asfalto. No se despeinan, no sudan. Charlan con otras jóvenes que circulan en paralelo. Con una mano sujetan el manillar y la otra la utilizan para sostener el paraguas o la sombrilla que las proteja del sol. No pesan ni un gramo. Parecen ingrávidas.

 

La ciudad está marcada por la poderosa presencia del río Mekong. Llega a Luang Prabang ya cansado tras haber recorrido la agreste meseta tibetana, los complicados desfiladeros de la provincia china de Yunnan y las complicadas junglas birmanas. Sus aguas han saciado la sed de pastores de yaks, de comerciantes chinos y de gentes de tribus perdidas en el Triángulo del Oro. El Mekong es tan importante para los lao como el Nilo para los egipcios. ¿Cuántas personas habrán traído a la ciudad sus frías aguas? Habitantes de las montañas en sus pobres canoas, transportistas chinos, vendedores birmanos o thailandeses, exploradores y algún monarca que arribaba en su fastuosa barcaza directamente en el embarcadero del palacio real. El aire de las calles cercanas al río, está salpicado por el aroma del incienso de los santuarios y templos budistas.

Hundida en un palmeral, en la confluencia de los ríos Mekong y  Nam Khan, se encuentra la pequeña y amable ciudad de edificios decadentes y tiendas con contraventanas en las fachadas. Durante el día, sus tranquilas calles están salpicadas por sombrillas que portan sus transeúntes. Por la noche, la oscuridad se ilumina tenuamente   por las velas y bombillas instaladas, con una estética exquisita, en sus abundantes terrazas y puestos callejeros. Sea tarde o temprano, alba o crepúsculo, la gente siempre sonríe.

La vida en Luang Prabang puede corresponder perfectamente a cualquier día de siglos pasados, antes de que se inventara la prisa. En pocos lugares he visto conservado con tanta pureza el ambiente de otra era.

La ciudad guarda en su interior una energía primigenia en la que los autóctonos viven inmersos a diario. Un curioso recién llegado del lejano mundo, tiene la impresión de estar haciendo un viaje en el tiempo y de encontrarse en una tierra que forma parte de una época distante. En esta zona del sudeste asiático, parece que el tiempo va hacia atrás. La vida se rige por costumbres de un período anterior a la electricidad. El ritmo lo marcan el amanecer, el mediodía y el anochecer. La existencia aquí aparenta ser fácil, casi prosaica y totalmente rutinaria. La gente parece optimista pese a la pobreza de su realidad; sonríen alegres con una ilusión incomprensible para un occidental.

En esta pequeña población campesina de vida lánguida  y apenas treinta mil habitantes, los reducidos talleres y comercios se sitúan, junto a los numerosos cafés y restaurantes, en las principales calles del centro. La ciudad permanece en un silencio continuo que a veces es perturbado por el lento paso de una moto o de un tuk-tuk.

Un profundo y constante olor a humo envuelve a Luang Prabang. Estamos a primeros de marzo, en temporada seca. En esta época los campesinos del norte de Laos proceden a la quema de rastrojos y maleza. Es tal la intensidad de esta práctica que la visibilidad se reduce notablemente  y parece como si la ciudad estuviese envuelta en una niebla permanente. Esta situación se percibe en todo el norte del país, desde la frontera con Thailandia y Birmania, en pleno Triángulo del Oro, hasta casi Vientiane. También huele a primavera, a verdor, a clorofila y a flores. De los huertos y jardines de las casas, se desprenden aromas florales de orquídea que se mezclan con el picante de la comida, que en cualquier esquina se pueda estar asando a la brasa en un carrito-cocina.

Quizá, lo que más llama la atención al recién llegado es el color. Las túnicas de vivos colores, rojo anaranjado y azafrán, de cientos de monjes, salpican todos los rincones. Los Wats (templos), con sus tonos granate y amarillo dorado, conforman los cimientos de la población.

En esta villa en la que todavía no hay aceras excepto en sus calles principales, decenas de gallos anuncian con sus cantos el amanecer. A esa hora el sol se despereza al otro lado de las montañas.

A cualquier hora del día o de la tarde, en el paseo fluvial, hay opción de regatear el precio con cualquier barquero para dar un pequeño paseo, cruzar el río a Ban Xieng Maen o ir río arriba unos minutos para parar en alguna aldea de tejedoras. Nuestro patrón-armador era un hombre joven, de negro cabello y barba mal afeitada. De aspecto feliz y reidor, nos embarcó en su lancha de doce o trece metros de eslora y, escasamente, metro y medio de manga. En la popa, a cielo abierto, sobre un colchón dormían su esposa e hijo de corta edad. Tras despertar y desperezarse a nuestra llegada, la mujer nos obsequió con una prolongada sonrisa que nos mostraba un par de encías muy hinchadas. Mientras iniciábamos nuestro paseo, se aseó con el agua del río y se retiró con la criatura al interior de un tambucho que hacía las funciones de cocina.

Nuestro patrón sostenía en sus manos una rueda, muy marinera, de madera y metal. El barco remontaba a escasa velocidad las aguas del río que en ese tramo bajaban lentas y tranquilas. Desde otras embarcaciones, y también en las márgenes del Mekong, pescadores lanzaban sus redes en busca del preciado “pqa”. Barcos de diferentes tamaños, pero con el mismo modelo de construcción —largos y sumamente estrechos— se cruzaban con nosotros. Alguno transportaba a monjes que iban a realizar sus compras a la ciudad, para llevarlas posteriormente a su Wat enclavado en alguna pequeña población cercana.

 

Un Wat es un lugar compuesto por varios templos, estupas y recintos. A diferencia de las iglesias católicas, es un espacio en el que el culto no es la única actividad que se desarrolla en él. La gente, fieles o no, lo utiliza para descansar a la sombra de un árbol hermanado con una estupa; algunos conversan sentados en las escaleras de los pequeños santuarios desparramados por el recinto; otros oran o meditan en el “Sim” (templo principal). Un Wat es un espacio vivo donde, además, habitan los monjes y novicios en sus minúsculas dependencias de madera. Comen, lavan y se asean en las diversas estancias. Estudian y reflexionan, solos o en grupo, en áreas sombrías donde instalan mesas para apoyar sus cuadernos y libros. Rodeados por paredes de color rojo Tibet, profundizan en el pensamiento de Buda.

En Luang Prabang uno encuentra monjes a cada paso que da. Esta es una tierra separada del mundo y sin apenas carreteras, donde hay muchos lugares para ir al encuentro con su dios. Próximos unos de otros, se hayan templos para ir a orar, a suplicar, a reflexionar, a estudiar.

Wat Sirimungkhum dispone de un gran espacio abierto en donde se reparten los distintos edificios y las viviendas de los monjes. De alguna de ellas cuelgan las brillantes túnicas color azafrán que están a la espera de que el sol las seque. A la sombra de un árbol me senté a respirar la absoluta tranquilidad que desprendía el templo. Desde mi posición podía ver la mirada de los budas del “Sim”.  Unos fieles entraron haciendo girar las ruedas “dharma”. Junto a una estupa rodeada de palmeras, se situaban otros budas de diferentes tamaños ataviados con “pukkai” (hábitos anaranjados de los monjes).

— Al de la derecha acuden los devotos para solicitarle que aleje el mal. Al de la izquierda se le pide la lluvia.

Así, sin preguntarle nada, Bee inició la conversación. De tez oscura y labios desproporcionadamente grandes, tenía unos dientes muy blancos dignos de representar la higiene dental perfecta en un anuncio publicitario de dentífrico. Ancho y de escasa estatura, mostraba unos modales refinados propios de cualquier “niño-bien” que hubiese recibido su instrucción por parte de alguna institutriz suiza. Veinte años había cumplido aunque aparentaba catorce. Él lo sabía, ya se lo había comentado algún turista japonés. Hablaba seis idiomas: lao, thai, chino, japonés, inglés, pali y algo de español. Su inglés era correcto y demandaba la traducción al castellano de algunas palabras y así poder ir ampliando sus conocimientos de nuestra lengua. Llevaba cinco años de monje y no sabía lo que haría en el futuro.

—En unos años lo decidiré. Si abandono los hábitos me haré traductor o guía turístico— nos comentó.

Mientras conversábamos, al fondo del Wat, varios novicios lavaban sus túnicas. Cerca de estos, un monje sentado en las escaleras de su aposento fumaba mientras contemplaba la calle.

—¿Cómo es tu ciudad?¿Practicas tu religión?¿Por qué no?¿Qué diferencias encuentras entre Laos y tu país? ¿Te gusta el fútbol? ¿Conoces a Cristiano Ronaldo?— inquiría Bee con su pulcra educación.

Mis respuestas eran procesadas por su mente y me hacía partícipe de sus reflexiones:

—En América y en Europa la gente se refugia en sí misma. Es muy individualista. No comparte sus bienes, ni siquiera su propia riqueza espiritual. El egoísmo provoca enemistades, y estas, odios, y estos, guerras.

Mientras seguíamos hablando, por supuesto a reloj parado, Bee seguía con su mirada el paso de una moto que entraba en el Wat y pasaba muy cerca de nosotros.

—Nada dura. El arte se quema, se disuelve—dijo Bee al tiempo que nos señalaba la pared lateral de un descolorido templete.

Nos levantamos y nos indicó con su brazo hacia dónde nos debíamos dirigir. Allí, al final del Wat, se encontraba una pequeña estupa conservada en pésimas condiciones, con el estuco agrietado y sin apenas pintura. Nos seguía un perro flaco y el joven religioso se acordó que, según los tibetanos, los monjes que no meditaban bien se convertirían en perros en la otra vida.

Así como las iglesias tienen  campanas, los Wats tienen tambores y gongs, y a esta hora, que está el sol a punto de desaparecer, uno de los novicios los hace sonar con fuerza e insistencia. A su llamada, algunos fieles —en su mayoría de edad avanzada— acuden al templo. Unos queman incienso y depositan las delgadas varas al pie de las imágenes. Otros realizan varias circunvalaciones alrededor del Sim. Este es un templo de culto sincero en donde comienzan a reunirse, en torno al altar, toda la nómina de monjes y novicios que inician el ritual de letanías y canturreos. A medida que transcurren los minutos, sus cánticos son más alegres y sonoros. Son salmos de agradecimiento, peticiones o júbilo. Arrodillados en el suelo sobre alfombras centenarias, miran al altar y veneran a sus budas. A coro, elevan sus canciones en una ceremonia que al contemplarla te obliga a plantearte ciertas dudas. Al salir miré hacia el altar y allí me encontré, fijando mi pupila en su pupila, con la mirada de Buda.

 

En el pequeño centro de Luang Prabang, los días comienzan con un antiguo rito de humildad y sumisión. Realizados los primeros maitines del alba, los monjes envueltos en sus hábitos anaranjados salen de los Wats y recorren en fila, ordenados de mayor a menor edad, las calles cercanas a su morada. El ritual diario —tan antiguo como su fe— los lleva de puerta en puerta en busca del alimento. Los fieles, normalmente uno por familia, engalanados con sus mejores ropas, los esperan frente a sus casas arrodillados en el asfalto. Al acercarse los monjes, el devoto inclina la cabeza al tiempo que toma un puñado de arroz y lo introduce en su cuenco. Cuando sus cuencos están llenos regresan a sus moradas. Los monjes deben de abandonar todas sus posesiones para liberarse de las preocupaciones mundanas. Su sustento depende de los ciudadanos y, a cambio, el pueblo confía en que ellos sustenten sus almas y los protejan del mal.

En absoluto silencio y respeto se lleva a cabo esta procesión, que saca de sus monasterios a centenares de religiosos que iluminan con sus vivos colores el lento amanecer de la ciudad.

 

Viajar a esta parte del mundo puede ser para el forastero una ablución curativa, una forma de huir o ajustar cuentas consigo mismo, un anhelo, quizá una decisión firme de cambio que, luego, al volver al ritmo cotidiano de su ciudad, su hogar y su trabajo, no se llegue a realizar.

Dejamos la ciudad del encanto antiguo y la santidad. Delicada, serena, bella, refinada, tranquila, paraíso del paseante y del mundo divino. Abandonar Luang Prabang es una experiencia melancólica. Romper un hechizo antiguo y misterioso.

Dice el proverbio que los vietnamitas plantan el arroz, los birmanos lo ven crecer y los laosianos, simplemente, escuchan como crece.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    El autor ha volcado en este relato sus cinco sentidos y es desde ellos que nos ha compartido esta experiencia profundamente espiritual

  2. Elvira Endo Alvarado

    Me ha parecido un relato muy completo y por tanto me encantó.
    Perfecto para esta mañana de domingo en el trópico.

    Me metí de lleno en la narración y sentí que yo también estaba ahi, en medio de los laosianos, con mi sombrilla blanca y una sonrisa amablemente puesta en mi rostro.

    Diría que finalmente he encontrado el sitio perfecto para retirarme a meditar: ese pequeño paraiso donde el Tiempo mismo se ha detenido para descansar

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