India. Trece años después. Autor: :Carlos Ferreiro Sánchez

Éramos muchos los que creíamos que el saudí Osama Bin Mamad Bin Awad Bin Laden estaba detrás de los atentados contra los hoteles Oberoi y Taj Mahal Palace en Bombay el día veintiséis de noviembre de 2008. En esos ataques ciento setenta y tres personas perdieron la vida. Sin embargo, en esta ocasión Al Qaeda no tenía ninguna vinculación con dichos sucesos.

Contagiados por un virus de difícil curación como es el odio, extremistas muyahidines de la organización terrorista Deccan Mujahideen iniciaban coordinadamente su masacre yihadista.

La posible implicación paquistaní irritaba a las autoridades indias y una parte de la población, encolerizada, clamaba venganza en las calles de las principales ciudades. Los gobiernos de los dos países con arsenal nuclear elevaban al límite la tensión. Mientras, en occidente, las bolsas de valores de las principales ciudades sufrían importantes retrocesos y las cotizaciones de las empresas con vínculos en India  caían en picado.

Las autoridades europeas sugerían a sus ciudadanos extremar la prudencia si se veían obligados a desplazarse a cualquiera de los dos países y el gobierno norteamericano enviaba a su mejor delegación diplomática para tratar de rebajar la tensión en esa zona.

En esos días, en La Coruña, mi esposa, mis hijos y yo, analizábamos la posible anulación de reservas y billetes de avión comprados meses antes para celebrar la finalización de carrera de nuestro hijo Carlos y la inminente terminación del pequeño Óscar.

El destino había sido ampliamente debatido. Nuestros hijos debían de comprobar que para ser feliz no es imprescindible pertenecer a una civilización enlatada con su cultura de invernadero.

Veinte días después de la matanza terrorista aterrizaba nuestro vuelo de KLM en el aeropuerto de Delhi. A las veintiuna treinta horas abandonábamos la cabina del avión, climatizada y aséptica, donde alguno habíamos estado escuchando arias de Rossini a través de auriculares estereofónicos, para tropezarnos, de repente, golpeados por una mezcla densa y pegajosa de humedad, calor y extraños olores. El subcontinente establece su propio campo medioambiental, climático y bacteriológico.

Nos encontrábamos en el país de las dieciocho lenguas oficiales y los diez mil dialectos, de las religiones más variopintas, de las costumbres y tradiciones que conforman un mosaico sin igual. India plena de matices y contradicciones.

Fuera ya de la terminal, los conductores de taxi se nos disputaban. Se sumaban a la contienda otros hombres que pretendían ayudarnos a transportar las maletas y que a alguno de ellos hubo que hacerle desistir de sus pretensiones utilizando modales casi  intimidatorios, más propios de un tenor en su máximo esplendor que de un padre de familia de vacaciones con sus hijos y esposa.

Todo seguía igual que hacía trece años: el caos, los gritos, la miseria, los olores…

Habíamos alquilado un coche con conductor a través de la web de una de las numerosas agencias que se anunciaban en la Red. Raghavan, así se llamaba nuestro chófer, apareció con retraso en el Toyota Innova pactado. Era un tipo menudo, poco eficaz y callado, casi taciturno. Originario de Kerala, su nivel de inglés era menos que básico, sonaba gangoso y arrastrado y se nos hacía muy difícil de entender.

De camino al hotel, ya en la ciudad, en la Nueva Delhi, el nivel de iluminación que ofrecía la capital era muy tenue. La luz que proporcionaban las bombillas de las farolas era más débil que la luz de las estrellas. Hombres durmiendo en las aceras se calentaban arrimados a pequeños fuegos. Eran trabajadores de la construcción esperando día tras día para ser contratados en la gran obra que estaba perforando la ciudad: el metro de New Delhi.

Raghavan, al siguiente día, acudió otra vez con retraso a recogernos al hotel Metropolitan; de la cadena Summit, daba perfectamente la talla esperada y se encontraba situado en un área tranquila desde la que caminando se llegaba en cinco minutos a Connaught Place.

Protegidos por el aire acondicionado y los cristales del Toyota Innova iniciamos nuestra exploración del viejo Delhi.

Cuando visitas una ciudad por primera vez, siempre escoges un lugar que permanece grabado en tu recuerdo como el que mejor define el alma de la urbe. Para mí, en la “Old Delhi” quedó la imagen de la Jama Masjid, la gran mezquita aislada del caos reinante. Por ello, quisimos que el primer contacto de nuestros hijos con la ciudad  fuese ese lugar. Del hotel a la entrada del templo, sin otro contacto anterior. El recinto seguía siendo un oasis de paz y además, debido a los recientes ataques terroristas, no estaba  siendo visitado por decenas de turistas occidentales o japoneses. Paz y oración era lo que nuestros sentidos captaban. En su gran explanada central algunos hombres en pequeños corros hablaban entre sí. Otros, sentados o en cuclillas, leían sus sagrados libros.

A Raghavan le habíamos dicho que en cinco horas nos volviese a recoger en una explanada utilizada como aparcamiento en las inmediaciones de la mezquita. Nuestro deseo era pasear por las calles y laberintos de Chandni Chowk. Las calles más anchas de la zona eran una confusión de tiendas, viejos coches ingleses y otros más nuevos japoneses, rickshaws, carros movidos por animales, enjambres de cables del tendido eléctrico uniendo unas viviendas con otras y azoteas de edificios convertidas en estercoleros. Todo ello, con miles de almas deambulando con aspecto feliz, como si este modelo urbano fuese una receta contra el descontento. En las calles más estrechas, los tenderetes exhibían cacerolas, mimbres, flores, especias… Parecía una mezcla de depósito de pertrechos para un ejército medieval o una trampa para cazar a compradores impulsivos.

En una zona, frutas y verduras; en otra, ropa; en otra, juguetes; en otras,  herramientas y cachivaches diversos de fabricación china o tailandesa. Pordioseros sentados en las aceras hacían compañía a algún leproso mostrando sus muñones. Por una de estas calles, después de entrar con pañuelos cubriéndonos la cabeza en el templo jainista Jain Digamber, pudimos ver como una anciana agonizaba tirada sobre el asfalto sin que ningún peatón se preocupase lo más mínimo por ella. Aquellos sijs de amplios turbantes y grandes barbas recogidas, que oraban minutos antes en el templo, tampoco se detenían. La muerte no se ve en India como en occidente. Es algo más natural que se asume con mayor espontaneidad y franqueza y que no asusta a nadie.

Casi al lado de la anciana, un asceta itinerante, los llamados “sadhus”, semidesnudo y con la piel cubierta de ceniza, hacía sonar su escudilla reclamando la atención para él. Cerca, en un puesto de flores, compramos un collar de guirnaldas para, llegado su momento, realizar una ofrenda.

En el barrio olía a algo difícil de definir; a una mezcla del humo de los infiernillos de la calle donde los mendigos hacen la comida, a humedad, a una combinación de especias con el olor a gasolina mal quemada, a excremento animal, a flores, a aguas fecales estancadas…

Los colores inundaban el sentido de la vista; lo llenaban de tal manera que te absorbían: el amarillo de los letreros publicitarios situados en los locales comerciales, las letras en naranja y negro de antiguos carteles de propaganda electoral, el verde primavera de los saris de las mujeres, el azul cobalto o el rosa fuerte de los pañuelos que cubrían sus cabezas.

El rojo vivo de un camión de bomberos intenta abrirse paso por el laberinto de callejuelas por las que circulan carros “tirados” por hombres como si bestias de carga fueran. No se inmutaban, no se apartaban; su carga era muy pesada para permitirse el lujo de cambiar la trayectoria. Los bomberos tendrían que esperar.

Polvo, contaminación, ruido, hacinamiento, palacios, templos y mezquitas junto a montones de miseria es lo que contemplamos mientras esperamos, otra vez, a Raghavan, perdido ahora sabe dios donde, y tratando de indicarle (mediante el teléfono móvil) donde nos encontramos.

Cerca de este embrollo de callejuelas y gente se encuentra una soberbia construcción que para muchos es la imagen de la ciudad: El Fuerte Rojo. Muy pocos visitantes tenía el fuerte ese día y el escaso público era en su mayoría indio de muy diversos estratos sociales. El recinto es un refugio para el paseante donde puede abstraerse y sentirse transportado a la época de los emperadores mogoles. Equilibrio de edificaciones con jardines  para ser paseados contemplando los distintos pabellones.

Los indios que encontramos durante el recorrido parecían gentes alegres y amigables. De mi mente no se borrará la imagen de una de las muchas familias  que caminaban por los  jardines. Era una familia muy amplia, posiblemente la formaban veinticinco o treinta personas, en su mayoría adultos y otros de edad avanzada. Silenciosos y observadores. Rostros ajados por el paso del tiempo. Ropas viejas y desaliñadas. Capuchas en los hombres con barbas blancas ansiosas de afeitarse desde semanas atrás. Al contemplar los rostros de aquellas gentes flacas y de miradas desoladas pensé que la fe es, en casi todas las partes del mundo, el mejor antídoto para olvidar el hambre y la miseria.

La heterogénea  romería de carros, autobuses, bicicletas, automóviles, ricksaws, motos y camiones, interceptada constantemente por peatones y animales, progresaba con lentitud por la carretera, más ratos parada que avanzando, acompañada siempre de una sinfonía de bocinazos que no tenía fin. En este caos de tráfico los cláxones se hacían sonar, no para solicitar paso libre, sino para que el peatón se enterase  de que se le acercaba un vehículo y pudiera así reducir las posibilidades de ser atropellado. El infernal concierto de bocinas era alentado por algunos camiones que llevaban escrito en su rótulo trasero el consejo de “horn please”.  El tráfico era una barahúnda pero se desarrollaba con muy poca agresividad; nadie gritaba, nadie se enfadaba, no se insultaban.

Kumar era nuestro nuevo chófer. Con él al volante pretendíamos salir de Delhi en dirección a Agra realizando varias paradas intermedias. Kumar era servicial casi en exceso. De edad indefinida lo situamos próximo a la cuarentena. De piel cetrina tenía aspecto de engullir a todas horas y daba la impresión de tener un ojo puesto en las dietas que cobraría de su patrón y el otro en la propina que obtendría de nosotros. Sus ojos eran pequeños, limpios y centelleantes. Kumar, tras ese aire de curtido pícaro callejero, me dejaba entrever un sentimiento de simpatía y cordialidad.

Abriéndose paso por la maraña de tráfico, Kumar conseguía que poco a poco nos fuésemos alejando de Delhi. La carretera mostraba un asfalto digno hasta alcanzar la desviación para Vrindavan. Sorteando ciclistas y motoristas que, por lo general, parecían aquejados de sordera, atravesábamos pueblos pequeños y pobres con arrabales paupérrimos. Aldeas de paso, sucias y rotas, con calles de tierra por donde deambulaban gentes y animales.

 

Vrindavan se diferenciaba de las anteriores poblaciones por su tamaño y sus templos. A esta villa, considerada un santuario, acuden los devotos en busca de milagros y arreglos sobrenaturales. También es santuario para muchas mujeres viudas. Vestidas de blanco y con la cabeza rapada esperan la muerte y dedican su tiempo a los cánticos religiosos y a la mendicidad. En la tradición hindú, las mujeres lo pierden todo cuando su marido muere. No pueden volver a casarse. No pueden lucir joyas. Son una carga para sus familiares que las repudian y las obligan a realizar esos cánticos por los que reciben dos rupias y medio cuenco de arroz. En las calles de Vrindavan había mujeres que cometieron el delito de sobrevivir a sus maridos.

Éramos unos extraños en esta población. En templos como Rangaji o Iskom Shiri Krishna-Balram, en cuyos suelos de mármol blanco y negro se hallaban depositados multitud de pétalos rojos, los fieles nos seguían con sus ojos. En sus miradas había una mezcla de súplica, indiferencia y curiosidad. Había también sonrisas que te buscaban y te ofrecían, de paso, el espectáculo de sus dentaduras amarillas.

En una esquina del recinto, una anciana de cabellos grises se acicalaba su coleta con un clavo oxidado. Aquella escena tenía lugar a unos doscientos kilómetros de Delhi y parecía pertenecer a otra época histórica. Podría haber ocurrido mil años antes.

Fuera del templo, entre atascos, vacas y pobres pidiendo limosna, un maduro comerciante pretendía vender sus exquisiteces recién cocinadas en su bicicleta-restaurante-cocina. El empresario-chef  —un hombre grueso que se movía de un lado a otro de su “restaurante” con la ligereza de un bailarín— no encontraba un sólo cliente en aquel ambiente de tullidos y desheredados del mundo. Un mendigo alto y fuerte, vestido con harapos y sucio de varios meses sin oler el jabón, estaba al acecho; el más mínimo descuido del chef le serviría para procurarse el alimento del día.

Caminando por Vrindavan, de vuelta hacía nuestro automóvil, niños mendigos, viejos lisiados, mujeres limosneras y algún ciego con su lazarillo nos cerraban el paso pidiéndonos unas monedas. Una niña, desgreñada y de enormes ojos negros, caminaba a mi lado con su brazo extendido y la palma de la mano suplicando bondad; en esta parte del planeta muchos niños nacen, crecen y hasta mueren con sus manos vueltas hacia el cielo.

Otra vez aislados por el aire acondicionado del Innova, vamos contemplando como los campesinos vuelven a sus aldeas. Es el momento mágico del día en los campos de la India. La gente lo llama “la hora del polvo de vacas”  por las nubes de polvo que levantan los animales al volver a los establos. El cielo se va tiñendo de un color lila pálido. Los hombres vuelven con sus apeos al hombro. Es un paisaje antiguo que parece eterno.

A pocos kilómetros de Agra nos cruzamos con mujeres vestidas con saris multicolores que llevan cántaros de latón sobre sus cabezas. Alguna fuente con buen agua las reclama.

A medida que nos adentrábamos en la ciudad el olor a alcantarilla se hacía más pestilente.  Agra, más que sucia es mugrienta. Inmovilizados en uno de sus endémicos atascos, sumidos en una escandalera de cláxones, rebuznos, balidos y mugidos, a la que había que unir las estridencias musicales de algún casette de automóvil, nos adentramos con la mirada en el enredo de calles estrechas, embarradas y llenas de basura. Olía a gasolina y a estiércol de vaca. En un cruce anegado por un estercolero jugaba un grupo de niños; cerca, en un solar cubierto de inmundicias y charcos de agua negra, unos puercos hozaban en el lodo rodeados de insectos. Me pareció que los enjambres de moscas y mosquitos que había visto a finales de los noventa aún seguían allí.

Apenas restan dos horas para la puesta de sol. Tras provocar un pequeño altercado —del cual desconocemos los motivos— con una familia india al subir al autobús que nos transportaba a la entrada del Taj Mahal, hacemos cola para acceder al recinto. Una vez dentro del mausoleo, miles de almas pretendemos alcanzar el clímax observando la perfección de un monumento sin igual. Familias enteras que posiblemente acudiesen desde Delhi o el Punjab, desde Kerala o Bengala y, por supuesto, turistas procedentes de casi todas las partes del mundo. Nosotros seguíamos la corriente que se había formado entre todos los visitantes, un fluido que desembocaba en una gran explanada flanqueada por jardines entre cuyos caminos quedaban prendidos todos los signos de admiración posibles.

La memoria siempre juega en nuestra contra porque embellece los lugares  que asociamos con momentos de felicidad iluminándolos con los colores inalterables de un sueño placentero. Al visitar por segunda vez esos lugares, nos resultan anodinos o incluso deplorables y nos preguntamos qué fue lo que nos hizo creer que allí habíamos vivido unos de los mejores momentos de nuestra vida. La hora, la luz, la compañía o el edificio en sí, hicieron que la reflexión anterior se viniese abajo por completo; si volviese mañana, y pasado mañana, y al otro día y al otro, estoy convencido que seguiría quedándome absorto al contemplar tal perfección de equilibrio y armonía.

Paseamos y nos sentamos a la espalda del monumento para ver como el río Yamuna discurría tranquilo en la puesta de sol de Uttar Pradesh.

A primera hora de la mañana olía a especias y a perfume barato, a comino y pachulí, a curry y a bergamota. El aparcadero para acceder al Fuerte Rojo era un lugar de encuentro entre aquellos que llevaban mercancías para vender y los que salían de la parte vieja de la ciudad con sus carromatos atestados de fardos. A pocos metros, la soberbia mezquita era custodiada por hombres con apariencia afgana que nos impedían el acceso por encontrase ésta en fase de restauración. En las calles adyacentes, decenas de bajos comerciales estaban atiborrados de los más variados utensilios. Jöhri Bazar es la arteria principal de esta zona. En una esquina, apoyado contra la pared, un barbero tiene instalado su negocio: una silla de madera, un estante que apoya en uno de los reposabrazos, un espejo, pócimas, jabón, lociones y su más preciado tesoro: su navaja. A él nos dirigimos para que nos indicase dónde se encontraba la entrada principal de la estación de ferrocarril.

Niños mendigos, ciegos pedigüeños, limosneros comidos por la lepra, casi todo el catálogo, en suma,  de las miserias humanas se mezclaban en la vieja estación de tren. Vendedores de chicles y botellines de agua vociferaban por los andenes. Mujeres que cargaban sus bebés a la espalda, sujetados con pañuelos, descansaban en el mugriento suelo del andén principal. Por estas tierras no hay sala de espera para los pasajeros que no viajan en primera clase. Hombres, mujeres, niños y algunos espectros de difícil etiquetado se arracimaban en el suelo envueltos por la peor miseria. Cuerpos, bártulos y restos de comida se mezclaban en aquella humedad saturada. Los gritos de los vendedores de comida eran apagados por los de los mozos de maletas que pretendían conseguir algún cliente de los vagones de primera clase.

Ahora, en la madurez de la vida, ya no se busca lo mismo que buscamos el primer día que entramos en una estación india, ni sentimos lo mismo que cuando la pisamos por primera vez. Sin embargo, te sigues encogiendo cuando ves a seres semejantes apiñados unos contra otros en busca de mejorar el acomodo de una pierna o disputarse el poder sacar un brazo por la  enrejada ventana del vagón que ocupan. Esas rejas horizontales que son comunes en las ventanas de los trenes indios y que acentúan la sensación de hacinamiento y claustrofobia que seguro padecerán los sufridos viajeros.

A unos cientos de metros de este caos milimétricamente ordenado, siguiendo por las calles lindantes, se observa como lentamente va cambiando el ambiente. De pronto se apaga la algarabía, se pierden los olores, desaparece el gentío y se muestra ante uno la entrada principal del Fuerte Rojo: Lal Qila. Dentro nos encontramos en un mundo aséptico y estructurado. Sus estancias, trabajos y artesonados son superiores a su homónimo de Delhi. En una de las esquinas de este fuerte todavía se conserva un templete abierto a los vientos desde el cual se puede observar la figura, no muy lejana, del Taj Mahal.

Nuestro último deambular por las calles de Agra nos sigue provocando impresiones crueles: niños mendigos merodean en los alrededores de los hoteles de turistas. Poco se puede hacer para paliar su miseria. Son verdaderos enjambres de miseria que golpean las conciencias creando una sensación de impotencia. Niños tristes que pululan y sólo aspiran a terminar la jornada. Mañana… dios dirá.

Entre estas escenas intentamos alejarnos de la ciudad. Vacas adormiladas y famélicas, plantadas en el medio de la ruta, no se apartan al paso de los vehículos. Con paciencia y resignación hemos llegado a Sikandra, pequeña población cercana a Agra.

Uno de los mayores templos sijs del norte de la India se halla en esta villa. El santuario se encontraba muy concurrido. Descalzos y con pañuelos en la cabeza éramos observados por alguno de los varios “guardianes del templo” que vigilaban la santidad del lugar. Uno de ellos vestía unos harapos, tan harapos, que toda la vestimenta era un colgajo de retales. Con su lanza en la mano nos invitó a entrar al recinto de oración. Nos asomamos a través de la puerta desde donde pudimos contemplar escenas dignas de verse: en una especie de altar, un santón sabio lee el libro sagrado a través de unos lentes que son más lupas que gafas. Cuando recita los versos para los presentes, deja al descubierto muelas de oro, puentes, empastes y una considerable dosis de sarro. Por los altavoces suena su discurso como si de una balada se tratase. Unos fieles dan la vuelta al altar mientras otros, sentados en el suelo, escuchan al sabio.

En otra estancia del templo se halla Kumar que sale a nuestro encuentro insistiendo en que lo acompañemos al lugar donde todos los fieles que lo deseen son agasajados con comida. En el aposento, de grandes dimensiones, hombres y mujeres, en cuclillas o sentados en el suelo, juntan sus manos y las extienden al frente para recibir una torta de pan. También en el suelo disponen de un plato metálico en el que les sirven arroz. Comida y agua gratis para todo aquel que quiera y se acerque al templo; sin preguntarle nada, sin exigirle nada a cambio. La única contraprestación reclamada es que lave el plato que ha usado para que el siguiente comensal pueda utilizarlo.

A muy pocos minutos de este templo sij se encuentra otra de las construcciones renombradas de la región: el mausoleo de Akbar. El equilibrio geométrico de su fachada principal es otra muestra de la delicadeza del arte mogol. Caminar por sus jardines inspira e incita al relax. Monos e impalas forman parte del idílico conjunto, lográndose una vista, seguramente, superior a la de cualquier catálogo de las agencias de viaje dispensadoras de los tours organizados.

 

Con el paso del tiempo cada vez desconfío más de mi memoria y por ello me siento en una esquina del jardín y anoto en un pequeño cuaderno lo que veo desfilar ante mis ojos: Hoy es día festivo en Sikandra. Los lugareños salen de sus casas a disfrutar de sus monumentos. Las mujeres con sus mejores galas pasean por el recinto. Mujeres de Uttar Pradesh y del Rajastán; portan dorados brazaletes, anillos, collares, pendientes y unos diminutos puntos de oro perforan sus orejas y nariz. Envueltas en sus espirales de color lucen acicaladas, pintadas y enjoyadas, como si ese día fuese un motivo para festejar la posible monotonía de sus vidas. Una madre con dos hijas casamenteras hace cola para comprar su entrada. Sus saris de seda, de otra seda, desvelan su procedencia y cuna. Casi a su lado, una monja india, de piel color antílope, rostro redondeado, ojos grandes y boca tierna, me sonríe ampliamente enseñándome su blanquísima dentadura. Le acompaña un hombre tan extremadamente delgado que no me explico como es capaz de sostenerse sobre esos alfileres que tiene por piernas. El hombre parece aceptar su desgracia con una resignación casi incomprensible para un occidental.

Kumar nos tasa el tiempo y tras dos horas contemplando equilibrio y belleza nos recuerda que debemos iniciar el regreso a Delhi.

El cordón umbilical, de apenas doscientos kilómetros, que une Sikandra con la capital es una calzada de doble sentido, con algún bache, que se disputan un ejército de motocicletas, carretas de bueyes, camiones, coches y autobuses con gente sobre el techo.

Los arrabales de Delhi no son agradables de ver. Ese entorno uno se lo espera en Calcuta —en esa “ciudad de la alegría”  que describió Dominique Lapierre— pero no en Delhi. Las chozas se levantan en medio de una escombrera municipal. Trozos  desvencijados de paneles o de viejas camionetas de reparto, parcheadas con pedazos de plástico para evitar que entre el aire, forman las paredes de las casuchas. Kilómetros y kilómetros de porquería.

A medida que nos adentramos en el centro de la nueva Delhi me invaden unas enormes ganas de encontrarme en la India colonial, la de la Inglaterra de la iglesia parroquial, el pub, el club, el colegio; la del coronel retirado que lee The Times. De una ducha, de un buen hotel… Y es que después de varios días entre tanta miseria y suciedad necesito descansar, olvidarme de ella y estar un rato aislado entre los míos tomando unas lonchas de jabugo con un buen manzanilla.

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Acabo de leer el relato de viaje a Laos…y después de esa calma viene todo este ruido y barullo de la India….jajajaja…qué contraste!
    Diría que me he situado en dos polos opuestos en menos de lo que canta uno de los gallos laosianos de la narración de Carlos.

    Me ha impactado el mísero destino de las mujeres “que han cometido el delito de sobrevivir a sus maridos”…Me he sentido golpeada y agredida en mi esencia femenina. Y mi instinto maternal ha sufrido un sacudón con aquella niña “con las manos vueltas al cielo”, mendigando eternamente.

    Siempre me ha dado la impresión de que los indios basan tanto su espiritualidad en el desprendimiento por lo material que han caido en la pobreza absoluta, en la suciedad, en el menosprecio por lo higiénico…o quizá todo éso se deba a las condiciones sociopoliticas del país. En fin, no es tema de discusión aquí.

    Anecdóticamente comentaré que solo al final de la lectura me di cuenta de que los autores del relato en Laos y de éste en la India eran el mismo!!!

    En ambos escritos están presentes los olores y los colores como lo que más impacta en el recorrido.

    Saludos a los lectores y felicitaciones al autor!

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