¡Doctor Livingstone, supongo!. Autor: Carlos Ferreiro Sánchez

En una soleada mañana del otoño austral de 2011 abandonamos Sudáfrica y, tras sobrevolar Zimbabwe, aterrizamos en el sur de Zambia.

Nos encontrábamos en la desastrada África profunda, con su bullicio, sus lisiados y sus vendedores callejeros. El aire estaba cargado de ese inconfundible olor, ese aroma que nunca olvidas cuando lo has percibido una vez: a sudor y a basura, a tierra húmeda, a especias, a vida sensual y a flores desconocidas, a África. Luz y frenesí de lo exótico, caminos de tierra arcillosa que llevan impresa huellas de pies descalzos y pezuñas de animales que caminan sin prisa.

En noviembre de 1885 un misionero y explorador escocés llamado David Livingstone fortuitamente descubrió lo que en lo sucesivo serían las cataratas más grandes del mundo: las cataratas Victoria. Las bautizó así en honor a su reina aunque estas ya tenían su denominación establecida por los nativos: Mosi-oa-Tunya (el humo que truena). A escasos kilómetros de ésta, considerada, una de las siete maravillas naturales del mundo, se levantó la ciudad que lleva el nombre del explorador: Livingstone.

La pujanza vegetal y la sinfonía de colores de los arrabales se interrumpen discordadamente al llegar a la ciudad: mareas humanas, basura, vehículos desvencijados, barracas… El contraste es duro, la realidad horripilante. Allí, si no miras a los tejados de chapa, a los destartalados edificios y al desorden general, puedes intuir que es una ciudad próspera debido al incipiente turismo.

A una hora de camino de esta población, junto a un milenario baobab que comparte espacio con un puesto de venta de refrescos, nos detuvimos a comprar una botella de agua mineral.

—    ¿Cuánto es? — pregunté al joven vendedor.

—    Cuatro dólares — respondió.

—    ¿Qué edad tienes? — inquirí tratando de que viese el chico que me daba cuenta del timo en curso.

Me respondió que pronto cumpliría 21 años, pero que de momento sólo tenía 9 y que ello no cambiaba para nada el precio solicitado. Sonreí y pagué por una botella de agua el precio de media docena y me consolé imaginando la alegría de una familia africana a la que le llega el dinero de un “mzungu” engañado por un niño de 9 años.

Seguimos en el land rover por la pista de tierra que conducía a un poblado de aspecto primitivo y nombre Mukuni. El pueblo se escondía tímidamente entre la naturaleza y se componía de hileras de pequeñas chozas con tejados de hoja de palmera y paredes de tierra batida. En el interior de las viviendas se apilaban cacerolas y arcones que mujeres de varias generaciones habían almacenado procedentes de sus dotes. También estaban depositadas sandalias que parecían haber pisado todos los caminos del mundo. Las mujeres, en esta parte del planeta, en su infancia dependen de su padre, en su juventud de su marido y cuando éste muere, de sus hijos.

De regreso, a medio camino, divisamos el “spray” de agua que se elevaba desde el río Zambezi. Las cataratas Victoria tienen una anchura de casi dos kilómetros y una caída de más de cien metros. Son dos veces mayores que las de Niágara y su volumen máximo de agua se suele alcanzar en el mes de abril: seiscientos millones de litros de agua por minuto en alguno de sus puntos. Las columnas de “spray” enviadas por el  agua que choca en su caída han sido vistas a más de ochenta kilómetros de distancia. Por mucho que te avisen que te mojarás, que no lleves cámara de fotos, que si dos o tres chubasqueros…, nunca llegas a imaginar el montón de litros de agua que te caen encima al acercarte a contemplarlas desde sus miradores estratégicos. El espectáculo es, simplemente, grandioso.

El hotel Royal Livingstone tiene un indudable estilo colonial. Es una flor europea trasladada a orillas del río Zambezi. En su bar inglés, decorado con muebles y objetos centenarios cada uno colocado en su sitio natural, al anochecer sonaba un piano Steinway&Sons y algunas parejas de ancianos americanos se ponían a bailar un fox-trot. Mientras, una dama cincuentona llamaba al camarero con un leve chasquido de dedos cargados de joyas acumuladas durante generaciones.

El hotel se encuentra situado dentro de parque Mosi-oa-Tunya. Jirafas, impalas, cebras y babuinos son estrechamente vigilados por guardianes que les permiten formar parte del decorado sin que molesten a los clientes. Además, y para evitar riesgos, dispone de un servicio de buggies eléctricos para el traslado desde las zonas comunes a las villas de los huéspedes.

El amarillo anaranjado de la puesta de sol en el Zambezi, sobrecoge y parece irreal, como pueden parecer las noches blancas de San Petersburgo o los atardeceres atlánticos en el puerto de Caión. Desde un mirador-cenador de madera, pivotado sobre el río, se puede tomar un oporto viendo como cae el agua y se levanta el “spray” formando un espléndido y radiante arco iris. Aunque dicen que sólo los imbéciles son felices, confieso que en aquel momento me sentía feliz.

 

El Presidente de Zambia llegó al hotel escoltado por una docena de automóviles civiles y militares. Algunos de estos vehículos deberían ser calificados de auténticos “haigas” si el uso de este añejo vocablo no pusiera de manifiesto mi avanzada edad. Su séquito estaba compuesto por unos cuantos militares de alta graduación y un par de decenas de secretarios. Las personas, las instituciones, la vida, todo está gobernado aquí por los secretarios. El que puede, enseguida contrata a uno. El secretario le sirve de muro de contención. Lo protege, es su salvación, su escudo, su barricada. Veríamos a muchos más, ya que en el Royal Livingstone, al día siguiente, se celebraba un encuentro entre varios jefes de estado africanos.

Esa misma noche, cenando en la terraza del restaurante del hotel acompañados por el murmullo de las aguas del Zambezi, surgió del fondo con esa sonrisa celestial que tienen algunos comerciantes en el trato a sus clientes. Tenía un aire distinguido que le proporcionaban sus sienes nevadas.

—    Goog evening. How are you?

—    Well, we are well, Mr. President.

¿De dónde son Uds.?¿Les gusta Zambia?… ¿A qué se dedican? Estuve a punto de contestarle —con el ánimo de prolongar la conversación — que éramos diplomáticos de carrera, pero con tal número de secretarios y escoltas a su lado, he de confesar que me dio un poco de miedo y le dije la verdad.

A continuación se  dirigió a su mesa, en la que lo esperaban un nutrido grupo de empresarios de diversas apariencias, y se pasó toda la cena hablando. Cuando hablaba, no hablaba él, hablaba su poder. Y los que lo escuchaban, no le escuchaban a él, escuchaban a su poder.

 

Eduardo era uno de los porteros del hotel. Cuarentón, de complexión fuerte rozando el sobrepeso, tez muy negra, ojos extremadamente saltones y blanquísimos globos oculares. En este mundo plagado de mentiras, intrigas y pestañas postizas, él parecía hablar siempre con franqueza. Además tenía la cualidad de saber escuchar atentamente poniendo para ello su mejor pose. Hablaba español bastante bien ya que había tenido mucho trato con personas sudamericanas.

—    ¿A que se dedica Ud.? — me preguntó Eduardo.

—    Soy un pequeño empresario en mi país.

—    ¡Ah! Entonces Ud. trabajó antes para el gobierno ¿no?

—    No Eduardo, nunca he tenido relación alguna con el gobierno.

—    Entonces ¿cómo es Ud. propietario de su negocio?

No sé si se quedó totalmente convencido de mis explicaciones ya que acto seguido me dijo:

—    Aquí para vivir un poco bien, no hay que ser socialista, sino socialisto, ¿me entiende Ud. Mr. Ferreiro?

 

Tras unos días de estancia en Livingstone abandonamos la ciudad para dirigirnos a Chobe, Bostwana. El camino más fácil era a través de Zimbabwe, pero la situación político-social en el norte del país no lo aconsejaba, por lo que decidimos ir a través de Zambia hasta Kazungula y cruzar el Zambezi en lancha, ya que el puente previsto entre ambas naciones todavía se retrasaría unos cuantos años.

A medida que nos alejábamos de Livingstone, la “Zambia del turista” parecía llegar a su fin. Simonga, Chilimbana…, pequeñas poblaciones de cabañas cónicas construidas en adobe con techos de paja observábamos desde el automóvil. El verde fulgurante y apabullante de la selva era el telón de fondo de cualquier perspectiva. Verde de muchos matices salpicado aquí y allá por el colorido de los ropajes de las mujeres que, en escaso número, caminaban por el asfalto. Colores chillones y alegres, sin restricción alguna, pero siempre maravillosamente conjuntados.

En Kazungula la frontera existía para cobrar impuestos y visados. Era un mecanismo de riqueza. Cientos de camiones permanecían aparcados en la carretera en espera de poder cruzar el Zambezi. A ambos lados de la frontera tendrán que aguardar una semana (de media) para poder atravesar el río sobre alguna de las dos barcazas que allí existen. Los camioneros, esos días harán su vida entre la cabina de su vehículo y el enjambre de humanidad  que allí se concentra. Niños que deberían estar en la escuela se encontraban jugando por las orillas junto a mujeres cogiendo cubos o bidones de agua en el río. Al mirar esta escena, una vez más, ves la insalvable distancia económica existente entre el África profunda y muchas otras partes del mundo.

La aduana consistía en un edificio de ladrillo atestado de gente, húmedo de sudor y mugriento, en el que reinaba una enorme confusión. Unos cuantos funcionarios, frente a mesas repletas de papeles, revisaban documentaciones que se pasaban de unos a otros. Fuera, junto al edificio, había hombres tumbados en el suelo y mujeres lavando ropa. Parecía mas propio de un asentamiento de gitanos que de una estancia oficial. Aquello era el caos pero de un modo organizado. ¿O era la organización de un modo caótico? En cualquier caso era algo descomunal. En la aduana estábamos decenas de personas apretujadas en una densa maraña. Situmbeko, que así se llamaba nuestro “chofer-guía”, se abrió paso hasta una de las ventanillas y, poniéndose de puntillas para ver por encima de la masa de cabezas, entregó nuestros pasaportes y papeles cubiertos a uno de los funcionarios.

Fuera de la “terminal”, un cono de plástico sobre el asfalto actuaba como barrera fronteriza vigilada por un soldado que portaba un fusil-ametrallador en una mano y un móvil, con el que hablaba, en la otra.

En la calle había muchas personas con pocas cosas que hacer. Para algunas gentes de Kazungula sobrevivir allí es una maldición de dios o un regalo del diablo.

I have something to you for one dolar (tengo algo para Ud. por un dólar) — me susurró al oído derecho un negro grandullón.

Mientras, por mi flanco izquierdo, otros dos se empeñaban en darme un apretón de manos.

—    Esconda bien su cartera. El mal genio se desata fácilmente con el estómago vacío— me dijo un joven australiano que bajó de su jeep al ver el acoso verbal que estábamos sufriendo.

 

Con nuestras maletas cargadas en una lancha fueraborda, iniciamos el recorrido de apenas cuatro minutos para situarnos en la otra margen del río Zambezi: la orilla botswana. El miedo, a veces, no me impide asumir riesgos. Me obliga a calcularlos. Esto es lo que no dejaba de pensar durante esos cuatro larguísimos minutos: ¿Y si no está la persona que debe de estar esperándonos en el lado botswano? ¿Cómo la reconoceremos? ¿ Y si él no nos reconoce? ¿ Y si ya se fue al ver que tardábamos tanto tiempo en poder cruzar? ¿Habrá taxis allí? ¿Existirá algún hotel? ¿Habrá cobertura para el móvil? ¿Será el mismo caos?

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Aquí me quedé sin palabras para comentar. He viajado muy de prisa por tres lugares bien diferentes entre ellos, conducida por la misma mano.

    Este relato tiene la misma calidad de los dos anteriores pero yo soy negada para los viajes por tierras salvajes. Mi espiritu aventurero no me alcanza para tanto.

    Así que aproveché y me quedé (fascinada) en el hotel colonial. Estoy bailando fox-trot y en medio de las notas musicales del piano escucho los chillidos de los monos…he de admitir que me siento profundamente imbécil.

    Carlos: nos permites sentarnos contigo a disfrutar del jabugo y del manzanillo que debió quedarte al final del relato anterior?

    Brindemos por ese inolvidable arcoiris en lontananza que permanecerá por siempre en mis recuerdos como el emblema de este viaje en el cual me quedé a mitad de camino.

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