Grecia y la sombra (Un paseo ateniense). Autor: Ricardo Martínez-Conde

Antes de llegar a Grecia quise advertirme (y recordar) que la sorpresa no solo existe, sino que forma parte de nosotros. Luego, una vez  allí, reparé que con un cierto impulso instintivo buscaba la sombra. Lo hice -y sonreía para mis adentros- como pudiera hacerlo un ser vivo cualquiera; como diría el clásico, ‘el verano  no era vencido’ y el sol ejercía todavía su dominio.

(Es curioso: al reparar en la sombra me vino a la memoria la respuesta de aquel aprendiz de pintor que, preguntado por el resultado de su larga estancia en París respondió, a modo de balance: “he aprendido que las sombras no son negras, sino azules”)

Esta alusión no es en vano por cuanto por mi parte, salvado mi daltonismo, sí había de tener ocasión de reparar en la importancia de las distintas naturalezas de la sombra; de otro tipo, pero sombras al fin, sobre todo en su relación con ‘el interior y el sentido’ de la luz. Por ejemplo, al amparo de la beneficiosa sombra física, hube de decirme y reflexionar: ¿no fue precisamente el haber reparado en una sombra, la que constreñía al hombre instintivo, lo que otorgó a estas gentes la dignidad más alta, la del privilegio de la razón? ¿No fue este pueblo y en este paisaje donde nuestra cultura –lo que somos- acuñó su rasgo distintivo y universal, a saber: el ejercicio de reparar en lo distinto, la especulación en las ideas, el empeño del conocimiento? ¿Y no viene derivado todo ello de un ejercicio entre la luz y la sombra como rasgo de distinción y de valor? Así se habría de propiciar la filosofía, y, a través, de ella, la ‘autonomía consciente’ al hombre. De ahí esos dos preceptos universales: la democracia y el sentido estético.

Una nueva naturaleza social y otra interior, espiritual,  surgieron de una sombra, la primigenia –la del instinto y la ignorancia- y el que los antiguos habitantes  de esta tierra sobria y silenciosa hubiesen reparado en ello nos permite hoy a los hombres hablar, sentir,  discernir acerca de ese gran secreto: uno mismo, el hombre por sí. Pensemos, ¿dónde reside la cualidad que nos distingue sino en el ejercicio pensante acerca de esa sombra en la que los griegos quisieron, y supieron, especular?

El viaje a Grecia adquiría, así, un significado distinto, lo que equivale a decir: advertida la dura realidad que ahora les acucia (el paisaje urbano desordenado, desconchado, de Atenas; la actitud un tanto hosca de sus gentes) se hacía necesario viajar con el recuerdo de la deuda adquirida, con la fecunda compañía de la imaginación.

Llegué a Atenas en vuelo procedente de París, esa ciudad abierta, elegante, esencialmente teatral en su imaginario paisajístico, y había sobrevolado, por lo tanto, el mar. En un día despejado sobrecogía el silencio mitológico de los Alpes, el armonioso mosaico de Venecia y sus islas acogidas a su idílico sueño; pero, sobre todo, había sobrevolado el mar, ese argumento griego por excelencia cuya naturaleza definió el poeta Argullol: “El silencio del mar –ha escrito- es tan absoluto que bien te narcotiza transformándote en una criatura del vacío, o bien se manifiesta como la suma de todos los sonidos” Como una criatura del vacío, sobre todo el del silencio receptivo, llegué al aeropuerto y pronto me fue dado percibir el  deterioro material de un país minimizado por una severa realidad económica. Hasta llegar a Atenas el panorama era de desorden, de esa decadencia que exhibe todo el cableado exterior como si lo que viésemos fuese un trasunto de imperfección, un futuro aplazado por las circunstancias. Traté de distraer la vista hacia aquellos lugares donde la gente se ocupaba en las tareas de la vendimia, atribuí a los olivos un significado más trascendente del que  hoy tienen (Atenea ganó el favor de su pueblo oponiendo a la agresividad de Apolo la plantación de un olivo) y solo obtuve sosiego cuando al fondo, sobre ese perfil de castro, en medio de una amplia llanura urbanizada circundada de montes, divisé el perfil de la Acrópolis, la elegante quietud del Partenón; ahí había querido llegar; a ese paisaje iba encaminada mi ansiedad.

Pero se hacía necesario enmendar la percepción; la realidad me ofrecía un enfrentamiento con la idea, con la imaginación. Una noche, andando por una de las callejuelas del barrio de Parka  bajo el efecto de una media luna que había sido colocada por una mano infantil sobre el Erecteión (las Cariátides casi sonríen)  me comentó el profesor Ayensa con una cierta unción y al amparo de varios ojos gatunos: “recuerda que Platón pasó también sobre estas piedras” Y recibí la advertencia como un don (también como con una cierta reconvención moral) a la vez que pensaba: al fin, lo que somos como individuo se lo debemos a esos hombres que un día, sobre este mismo paisaje y amparados en una vida escueta, reflexionaron por nosotros, para nuestro bien, a favor de nuestra libertad. ¿Acaso no fue uno de ellos el que formuló que “el hombre es la medida de todas las cosas”?

El cielo griego y su noche; sombra trascendente. La sombra como paradoja de la luz, tal es el secreto, pues ellos  la pensaron para discernir en la tiniebla de las pasiones, de la ausencia de razón. En ello dispusieron el más inteligente código político, la virtud dialogante de la mayéutica, la armonía de las figuras y las piedras, esas que reciben ‘la luz dorada del amanecer y del atardecer’ ¿Has observado, viajero, las discretas gárgolas disimuladas en el frontal más alto del templo de Atenea Niké tras la figura de bocas leonadas?; ¿has reparado en la figura de las Cariátides, que guardaron hasta aquí con pudor su hermosísimo peinado, el mismo que, al parecer, hoy inspira de nuevo a las jóvenes atenienses?.

A pesar de ser ya finales de septiembre todavía el calor agitaba el día; pero el paseo, cada paseo, merecía la pena: el mercado central abigarrado, vivo y colorista de cada día: del pescado, de la carne, de las especias, de las aceitunas, de la artesanía…; la incitación a la quietud del Ágora, para mí un rincón de rara belleza por su ascetismo, ahí donde hubieron lugar Aristóteles y sus peripatéticos. (Creo que cualquiera de esas laderas tendidas próximas al altozano de la Acrópolis podría desempeñar la función de Ágora, de aula abierta asentada en la naturaleza donde el hombre con inquietudes conversa y reflexiona. A un lado la ajetreada red de calles en torno a la plaza Monasteraki; de otro ese fragmento de convivencia multicultural donde casi se tocan los restos de la biblioteca de Teodosio con unos baños turcos y la iglesia ortodoxa). Y en cualquier rincón un perro somnoliento haciendo gala de una muy asumida indiferencia.

No lejos de ese actual centro urbano que es la plaza Syntagma el viajero tiene la posibilidad de contemplar en el Museo de la Cerámica el delicado perfil de una vieja vasija –argumento suficiente para justificar un viaje- y luego pasear por el campo de las estelas funerarias desde las que se desprende no una sensación de tragedia, sino de aceptación (vida y muerte como los viejos complementarios) Es el mismo escenario donde corre un escueto río oculto por densa vegetación, donde se ubica un fragmento de la primera muralla de Atenas y en donde retoza, lentamente, una tortuga. Hacia la otra parte, cerca del gran Jardín Central, el caminante curioso podrá viajar en el tiempo entrando en el rico Museo Bizantino, allí donde queda patente la bella proporción de las figuras hieráticas, conscientes de su función didáctica (‘próximas al hombre, cerca del cielo’) preludio de las muy coloristas que se guarda en tantas de las iglesias ortodoxas, de Atenas a Kalambaka, del interior a  la orilla.

Y siempre el sentimiento del mar, incluso visible desde la Acrópolis. El puerto de El Pireo, hoy transformado por el continuo trajín de los cruceros, guarda todavía, cerca de las islas incitadoras, su vieja alusión al viaje, a la valentía en el mar, a la aventura en procura de lo  Otro.

Estando en el viejo escenario griego pensé muchas veces que allí había ido a descubrir, a aceptar, a valorar no solo mis percepciones educadas en las aulas, sino a entender, a sentir de verdad aquello que llamamos ilusión o inquietud. Y así fue. ¿No ha dejado dicho, acaso, el filósofo, que el viaje es siempre hacia uno mismo, hacia las sombras de uno mismo?

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Esa misma sensación se me ha quedado a mi después de visitar (hace ya cierto montón de años) Atenas y la isla de Mykonos: la de estar caminando casi pegada de paredes y muros buscando un poco de abrigo ante el sol quemante de esos dias de verano.

    Recuerdo la poca amabilidad de algunos lugareños y el hecho, como escribí en aquella ocasión, de que “en Grecia se habla griego e inglés y paremos de contar, las demás son lenguas muertas o en vias de extinción”.

    Entramos en territorio griego en autobus desde Bélgica y guardo las imágenes de la aridez de las tierras que un sol inclemente de verano hacían reverberar…y luego, sorpresivamente, aparece el azul (casi caribeño) del mar…y no sigo porque mejor lo vuelvo relato y lo mando a concursar….jajajajaja….

    Ricardo: haces un remarcable mutis por el foro con tu frase final: “¿No ha dejado dicho, acaso, el filósofo, que el viaje es siempre hacia uno mismo, hacia las sombras de uno mismo?”

    Sí, señor: el viaje es en dos vías: lo de afuera nos lleva hacia adentro. Hacia nuestra Luz o hacia nuestra Sombra internas.

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