Bajo los puentes del Tíber. Autor: Javier Ramos de los Santos

Monseñor Della Rovere me espera a las doce en punto para la toma de posesión de los nuevos cardenales. Un servidor, recién llegado desde un pequeño pueblo de la Mancha, jamás podía imaginar que pasaría a formar parte de la extensa curia que habita en el Vaticano. Como buen amante de la literatura y experto en Filología Clásica me han confiado la custodia de parte de la extensísima biblioteca de la Santa Sede, que pertenece al Papa. Menudo privilegio para un humilde extranjero tener acceso a antiquísimos manuscritos de pasado remoto, facsímiles inéditos y algún que otro archivo que esconde secretos que podrían dar un vuelco a la Historia.

Aunque me embargan los nervios, aprovecharé, ya que he aterrizado en el aeropuerto de Roma nada más la entrada del alba, para visitar parte de la ciudad eterna que, sin el Tíber, no habría existido nunca. Su río ha sido siempre el alma de la capital italiana, su bendición y, a veces, su desdicha. Fluye como una imponente serpiente de agua que parte Roma en dos mitades.

Descubro los albores de Roma desde el Ponte Milvio, el más antiguo de la ciudad, construido con madera en el siglo II antes de Cristo. Unos cientos de metros más al norte contemplo a decenas de turistas embarcarse en pequeños cruceros que parten del majestuoso Ponte Duca d’Aosta, inaugurado en la época fascista y que une Roma con el complejo del Foro Itálico. Yo les imito. Mi navegación prosigue hacia el centro de la ciudad y sobrepaso el Ponte Risorgimento, sin encontrar huella alguna de los viejos establecimientos fluviales en los que se desarrollaba la vida nocturna en los años 50, según explica el guía con su particular acento del norte del país.

A poca distancia, a la altura del Ponte Regina Margherita y tras pasar bajo el Ponte Nenni, sobre el que circulan los trenes del metro, arribo hasta la Piazza del Popolo y al Ponte Reggina Margherita, que conduce al puerto viejo de Ripetta. Continuo con el descenso por el Tíber hasta llegar al Ponte Cavour y a un museo que mi prior me ha recomendado que visite, el de las Ánimas del Purgatorio, adyacente a la iglesia del Sacro Cuore. Eso sí, lo haré cuando tenga más tiempo, una vez me asiente en esta ciudad de atrapador encanto.

Mi itinerario continúa hacia el sur, en dirección al Ponte Vittorio Emanuelle, que une las dos orillas mediante la calle del mismo nombre. Más allá se atraviesa el corazón de la Roma histórica: a la izquierda, Campo dei Fiori y su espectacular Palazzo Farnese; a la derecha, el Gianicolo, la octava colina de la ciudad, que sobresale de la cárcel de Regina Coeli.

El centro del río lo domina ahora el renacentista Ponte Sisto, uno de los símbolos de la urbe italiana, construido por uno de mis grandes referentes dentro de la Iglesia católica: el Papa Sixto IV, con el fin de aligerar el tránsito de peregrinos hacia la Basílica de San Pedro.

Se me echa la hora encima y la inmediatez de mi encuentro me impide seguir este animado crucero hasta el Ponte Garibaldi, que une la zona del Trastevere con el centro histórico de Roma y sirve de casi de puerta fluvial para llegar a la Isla Tiberina. La última parte de mi trayecto fluvial, inolvidable hasta el momento y que ha conseguido atemperar mi estado de inquietud previo a la cita eclesiástica, me traslada bajo el Ponte Sant´Angelo, antiguo Ponte Elio, que unía Roma con el Mausoleo del emperador Adriano, sobre el que hoy se levanta el Castel Sant’Angelo. Es el único pasadizo antiguo que ninguna crecida del Tíber ha logrado dañar.

Llego, calmado, hasta la vecina basílica de San Pedro, con esa espléndida cúpula que se recorta en el horizonte, que hace más fascinante mi atmósfera viajera. Antes de mostrar mi acreditación al guardia suizo que custodia la entrada al Vaticano, una arcada no me impide contener un vómito que estropea parte de mi atuendo de clergyman. No es la mejor tarjeta de presentación de uno de los futuros custodios de la biblioteca más impresionante del planeta…

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Un Comentario

  1. Elvira

    Fantástico! Me ha encantado. Una excelente guía de viaje por algunos rincones de la Ciudad Eterna sin que se tenga la impresión de que es solamente un recuento de sitios que ver en Roma.
    Me encantaría que hubiera una continuación por otros rincones.

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